jueves, 31 de agosto de 2017

Espacios

“Los espacios nunca son iguales” piensa García que se encuentra en esa pequeña plazoleta en forma de hexágono, ubicada en la mitad de un parque, y que está rodeada por un jardín con plantas que parecen estar felices de recibir unos rayos de sol picantes.

El piso de ladrillos está erosionado, producto de las ramas de grandes árboles que, sigilosamente se retuercen debajo de este.

García cree, si no está mal, que en la banca que está a su derecha fue donde Ángela le terminó, un hecho que le parece ocurrió hace siglos. El viento hace que unas hojas caigan de los árboles y se revuelquen por el piso.

Ángela, “¿Qué será de su vida?” se pregunta. ¿La quiso? Sí, no cabe duda. En cierto momento, cree, la quiso como si fuera la mujer con la que iba a compartir el resto de su vida, como casi siempre ocurre con nuestras parejas, independiente de los días, meses, años que llevemos junto a esa persona.

Un hombre atraviesa rápidamente la pequeña plaza en forma de figura geométrica, en una bicicleta con un marco de color amarillo pollito, a la misma velocidad con la que a veces, cree García, los sentimientos hacia una persona cambian.

Un insecto pequeño aterriza en la manga de su chaqueta y comienza a caminar por los surcos de esta. García levanta el brazo para inspeccionarlo de cerca. El bicho, diminuto, mueve sus antenas como intentando decirle algo, quizá: “Sé en que estás pensando García”. Él toma aire y se deshace del intruso con un fuerte soplido para que le haga compañía a las hojas de hace un momento. 

Vuelve a Ángela, bueno, a su recuerdo. De nuevo mira hacia la derecha; fue en esa silla donde le pidió un último beso, “uno de despedida” le había dicho. Tremendo sinsentido. “Si para algo somos buenos, es para dar o regalar besos desprovistos de afecto o cariño” piensa García.

“¿Hola, en que piensas que estás tan concentrado?”, le dice Carolina, su novia. Ensimismado en sus pensamientos no la había visto venir.

“En nada” responde, y complementa su respuesta fingiendo una sonrisa. 

García se pone de pie; la pareja entrelaza las manos y arranca a caminar.

miércoles, 30 de agosto de 2017

De noche

Luego de despertarse, Había pasado una media hora y no lograba conciliar el sueño. ¿Exceso de calor, frio, qué? las posibles razones que buscaba eran excusas, pues sabía que su estado de vigilia en plena madrugada se debía al sueño que había tenido, y a la infinidad de interpretaciones que le estaba achacando.

Mariana, su esposa, caminaba en frente de él con dos grandes maletas, y él, por más que apuraba su paso no lograba alcanzarla. Como matemático le gustaba que todos sus asuntos, en lo posible, fueran medibles, precisos, exactos, dado el caso. Le aburrían en extremo esos mensajes subliminales de los abismos de su mente. Imágenes que se formaban de una nada repleta de recuerdos y sensaciones que daban pie a esos cortometrajes, muchas veces mudos y sin sentido alguno.

Dio varias vueltas en la cama, prendió el televisor y la habitación se ilumino tenuemente, cambió los canales si ánimo de engancharse en un programa, lo apagó. Sacudió las cobijas; ahora, después de tanto movimiento, tenía calor.

Hacía poco había leído un artículo sobre meditación, “maricadas de hippies bareteros” solía pensar, pero en esta ocasión cerro los ojos, tomo aire, lo retuvo hasta que no aguanto más y lo expulsó despacio. Se imaginó lo ridículo que se debía estar viendo y decidió dejar de conectarse con su ser interior y esas pendejadas. 

Abrió los ojos con violencia; al cabo de unos segundos su visión se acostumbró a la oscuridad. Antes de dejar de mirar un punto fijo en el techo, repaso mentalmente la ubicación de los objetos de su habitación; a medida que los listaba mentalmente, volteaba a mirarlos, como para asegurarse que no fuera un sueño. 

La mesa de noche de Mariana, ella que, quieta y dormida también adquiría una condición de bulto, de objeto, de algo; el teléfono, una lámpara sobre la mesa de noche de ella junto, casi siempre, a un libro. Esta vez no había ninguno. Su lado de la cama, el derecho; el interruptor al alcance de su mano izquierda. Tiene ganas de acabar con su ridículo juego de tinieblas, pero no prende la luz, prefiere seguir observando todo en sombras, siluetas y oscuridad. 

Le entran ganas de fracturar la rutina, de quebrarla, pero la rutina que menos incomoda, por lo menos para algunos de nosotros, es la de la noche. Sigue con su juego: Un cuadro en la pared de la derecha, desagradable, pero él y Mariana lo habían pintado a cuatro manos (¡tremenda cursilería!) y se supone que eso lo dota de un valor único. Es un paisaje, un valle en un día soleado con mucho verde y nubes perfectas, pero en la oscuridad su buen tiempo perdía sentido, da igual que fuera un lodazal. 

Ahora trata de imaginar su cara reflejada en el espejo que está justo al lado del cuadro. Se imagina con gesto de “cara de nada”, que difiere de estar serio y es más bien como la cara de un muerto mientras lo velan.

Libera su pierna izquierda de las cobijas y se refresca con el cambio de temperatura. Piensa que justamente eso es la vida, un eterno contraste de temperaturas, pasamos o nos pasan de vapor sobrecalentado a hielo como si nada, y ahí seguimos.

Ahora el closet. Recuerda que Mariana alguna vez le había dicho que, según los marihuaneros del Feng shui, estaba en una posición inadecuada, pero ¿cómo putas mover el hueco del closet a otro lugar del cuarto? Los huecos no se mueven, solo se tapan. Sabía que ningún libro sobre el tema le iba dar la solución. Imaginó la ropa de su mujer, vestidos colgando como cadáveres de los ganchos; llegó a su mente la imagen del baby doll negro con encajes rojos, sonrió, pero al instante frunció el ceño al recordar ese caro abrigo de piel que ella le hizo comprar el año pasado, como si se fueran a ir de vacaciones a la Antártida.

Ahora el televisor; intentó imaginar que programa estarían dando en este momento, seguramente televentas y sus ridículos productos, como esos audífonos que alguna vez vio que promocionaban, con los que aseguraban que incluso se podía escuchar el zumbido de una abeja, ¿Para qué carajos quiere uno escuchar eso? Pero hay gente para todo en este mundo o, por lo menos, eso es lo que la gente dice. 

El celular vibró a causa de una notificación, “un correo de spam” pensó, un mensaje automatizado, seguramente, que pretende decirle que es lo que necesita para seguir viviendo, una oferta que no puede dejar pasar, un curso al que le quedan pocos cupos o alguna taradéz por el estilo

El maldito calor termino por llevarlo al baño, a pararse en frente del espejo a mirar su cara de muerto o de nada. Orinó, bostezó, volvió a la cama y en menos de 5 minutos se quedó dormido.

martes, 29 de agosto de 2017

Ella, él y el niño

Es sábado y está temprano. Ella, una mujer que lleva una blusa blanca resplandeciente que, parece, ilumina su cara, está acompañada por él, su novio, y su hijo de 5 años. 

El pequeño se distrae con el individual y dice que quiere colorearlo. La mama le dice que hoy no hay crayolas; el niño reacciona de mal genio y hace un amague de berrinche que pronto es aplacado por la mamá con una seguidilla de palabras melosas y la promesa de un premio según su comportamiento. El niño calla, pero se nota que está malhumorado. 

Ella se muerde un labio y le sonríe a él, su pareja. “Por qué no le hice caso a mamá de dejar el niño en la casa?” piensa. Él, el hombre, que no ha pronunciado palabra hasta el momento, como leyéndole el pensamiento, le dice que tranquila, que se relaje, que la van a pasar bien. Ella responde con una sonrisa nerviosa. El niño dice incoherencias a las que ninguno de los adultos pone atención. mientras sus miradas intentan descifrar lo que el otro está pensando.

La mesera llega a tomarles el pedido. Lo hace muy rápido y por un momento parecen una familia tranquila. Ella, la mujer de la blusa blanca resplandeciente, imagina que tal vez si existe la posibilidad de un futuro junto al hombre que tiene al frente, pero es la primera vez que salen con su hijo, y a él le incomoda la presencia del niño. 

Tiempo después, la mesera los saca de sus pensamientos cuando pone una canasta de pan encima de la mesa. La conversación entre ella y él está repleta de silencios incomodos, que sólo son alterados por los comentarios del niño, a los que la mamá responde con ternura y el hombre, sin saber bien cómo actuar, sólo sonríe y lanza palabras tímidas y desconectadas a la situación. 

Luego de un rato de aparente calma, el niño comienza a hacer un berrinche relacionado con los panes. No le gusta el que pusieron en su plato y exige que se lo cambien. El hombre, desesperado con su comportamiento, toma un pan de la canasta, otro de su plato y los amontona en el plato del pequeño, al tiempo que lo mira como diciéndole “Ya, ¿feliz?”.

El niño deja de llorar y le da un mordisco a cada pan, luego se concentra de nuevo en el individual. La mujer y el hombre intercambian otras palabras que amortiguan con sonrisas cargadas de pena y fastidio respectivamente.

Piden la cuenta, pagan y abandonan el lugar de prisa, cada uno, incluso el niño, sumido en sus pensamientos.

lunes, 28 de agosto de 2017

Puta gripa

Natalia García lleva una semana con una gripa endemoniada. A ratos piensa que es la paciente 0 de un virus que lentamente se incuba en ella y que, luego de acabarla, arrasará con la raza humana. Un hilillo de agua le empieza a escurrir por la nariz, toma el rollo de papel higiénico de su mesita de noche y en un par de movimientos ágiles corta un trozo. Para Natalia, la medida de papel para sonarse debe ser exacta, si no, bota el pedazo que acaba de cortar y repite la operación hasta dar con uno que tenga la medida adecuada según ella.

Le molesta la luz que logra colarse la persiana, una luz pálida, sin fuerza, parece cansada. Afuera la lluvia golpea con furias las calles “Cómo me voy a curar con este maldito clima, que se acabe el puto mundo”, piensa.

Ahora le incomoda el desorden sobre su escritorio: un portavasos con un símbolo japonés, una libreta con apuntes desordenados y frenéticos. Lee uno: “De donde Jeremy, historia de la abuela, perfil” dice. No le encuentra el sentido, pero sabe que se trata de una nota que va a escribir sobre un racista loco de estados unidos que, sin motivo aparente, acuchillo a dos personas en un tren. “Puto mundo” piensa de nuevo. 

Ese tipo de sucesos la animan a pensar que la gripa que tiene, dentro de poco se va a transformar en un virus encargado de acabar con nuestra “pensante” raza humana. Tose y se suena de nuevo. Levanta un pocillo para ver si le da un sorbo, a lo que sea que contenga, para aliviar su garganta, pero sólo se encuentra con un sedimento de café muy oscuro, parece que lleva años ahí. 

La base de la torre del desorden de su lugar de trabajo es el diccionario de OxFord Español-Inglés/, Inglés/español que anuncia con emoción en su portada: “Más de 450.000 traducciones. Más de 275000 palabras y expresiones. Natalia Apuesta que, entre ese mar de términos, no sería posible encontrar uno que defina la estupidez humana, como la de ese desadaptado sobre el que tiene que escribir. 

“¿Para qué tantos lenguajes, palabras y tonos si nos empeñamos en no entender, en atacar al otro sólo porque lo creemos o piensa diferente?” se pregunta. Se toca la frente, esta muy caliente, no sabe si es a causa de la gripe o por la rabia que tiene en este momento. Se siente lenta, ralentizada, y que todos sus movimientos son torpes. 

Puta gripa.

viernes, 25 de agosto de 2017

Recordatorio

Estoy de mal genio, no logro precisar por qué, o sí, pero me rehúso a utilizar este espacio a manera de diario, como un muro de los lamentos que me ayude a vestirme de mártir, para quejarme de todo y todos.

En medio de mi malestar, abro un navegador de internet y un titular dice: “¿Sabrá utilizar el Barcelona el dinero que le dieron por Neymar?”. ¿A mí qué mierda me importa eso? Que se lo gasten en paletas si es que quieren; que buenos somos para distraernos. 

Por si es necesario y suponiendo que una paleta cuesta 2000 pesos, precio que me parece justo por ese producto (no tengo idea cuánto cuestan ahora), con el valor de traspaso del brasileño, el Barcelona se podría comprar 408.436.000 paletas. Dudo que quieran gastarse el dinero de esa manera. 

Pero volvamos al tema, a mi rabia contra el universo. Luego de putear mentalmente a Neymar, al Barsa, al fútbol, y a todos los millones de euros del planeta juntos, decido abrir una cuenta de correo vieja que reviso muy de vez en cuando.

Apenas logro ingresar, me sale el recordatorio de cumpleaños de Paulo. Paulo era un familiar que decidió quitarse la vida hace 2 años. De un día para otro, sin haber dado indicios de encontrarse mal, no quiso vivir más.

jueves, 24 de agosto de 2017

Sufrimiento

El texto acaba de ser leído ante un grupo compuesto por no más de 10 personas. “Gracias, ¿alguien tiene comentarios?, pregunta el hombre que dirige la sesión”. Al principio todo los presentes callan, hasta que uno de ellos decide hablar.

“El texto está bien—comienza a decir esa persona, hace una pequeña pausa y toma aire para pronunciar esa palabra que ralentiza todo—pero, me parece que podría mejorársele...” y comienza a enumerar los aspectos que él cree son susceptibles de mejora.

Una vez el hombre termina de exponer su punto de vista, solo eso, una opinión, ni buena, ni mala, ni acertada, ni errónea, tan solo un comentario que, en la medida de lo posible, intentó que fuera lo más constructivo posible, el autor del texto comienza, aún sabiendo que a todo, por perfecto que sea, siempre se le puede encontrar peros, a justificar y defender cada palabra, cada signo de puntuación e idea de su texto. Somos buenísimos para encontrarle una explicación a nuestros desaciertos.

Mientras tanto el texto se retuerce en la hoja, pues quiere que su autor acepte los comentarios sin reaccionar, sin sentirse agredido, despojándose de la soberbia; que acepte lo que le digan, bueno o malo, y proceda a editarlo. El texto sabe que una vez leído debe sostenerse por sí solo; que, si una sola palabra de las que contiene genera dudas o malestar en el lector, es porque no funciona como un todo. 

Ahora otros presentes se animan a hacer comentarios sobre el texto. Su autor se sigue defendiendo a lápiz y espada, tratando de esquivar los comentarios que más bien le parecen afrentas y golpes lanzados que cree, buscan tumbarlo, derrotarlo, dejarlo sin opinión y palabra.

Mientras tanto, el texto sufre.

miércoles, 23 de agosto de 2017

El anti-novelista

Camilo Lara tiene las manos ensangrentadas, y el cuerpo que yace en el piso más que atormentarlo, le incomoda. 

Lara es un no escritor de renombre. Nunca ha publicado una novela, pero siempre imagina entrevistas en las que le preguntan en qué está trabajando; “en mí próximo best-seller” les responde a esos periodistas imaginarios que lo acosan a la entrada de su edificio. 

A pesar de no haber publicado nada, está convencido que su primera novela va a sacudir los cimientos de la literatura, que va a ser un texto con todas las características de un clásico, pero al mismo tiempo una obra contemporánea, apta para todos los gustos. Lara está convencido de que su obra va a ser aclamada por diferentes públicos, críticos y esferas literarias. 

Cómo no-escritor, se ha hecho un nombre en redes sociales, y miles de personas siguen su futuro éxito. Algunos lo tildan de loco y otros tienen cierta curiosidad y especulan sobre esa obra secreta que lleva años no escribiendo. 

Lara, abogado de profesión, aunque no parezca, si tiene todas las intenciones de escribir una novela. De un tiempo para acá combate su proceso y renombre como no escritor y por fin cree que ha dado con un tema que le va a permitir comenzar a escribir. 

Hoy, en una reunión con unos colegas conoció a una mujer con la que conversó por un largo rato. 

Resultó ser que la mujer también era aspirante a novelista y, al igual que Lara, se encontraba escribiendo su primera novela. Lara, que se sentía bicho raro en esa reunión, entablo una rápida camaradería con la mujer, Carolina se llamaba, y finalmente decidió preguntarle sobre qué era su novela. 

A diferencia de él, la mujer no tuvo problema alguno, en contarle detalles de la trama, que consiste en un hombre que se encuentra encerrado en un cuarto, “¿un prisionero?” preguntó Lara. “Aún no he solucionado ese aspecto, primero quiero concentrarme en el personaje, cuando sepa quién es, qué le gusta, por qué actúa como actúa, la trama se ira desenvolviendo solita”, le respondió ella. 

El cuarto en el que se encontraba, o mejor se encuentra, pues Lara imagina que algunas páginas ya están escritas, el sujeto que protagoniza la novela de Carolina, está repleto de libros y la clave para su escape se encuentra en las páginas de diferentes clásicos de la literatura. Así le había dicho ella. 

Lara la escuchó con paciencia al tiempo que sentía como comenzaba a sudar frio. Después de un rato y a causa de varias copas de vino en la cabeza Lara le propone a la mujer que si van al baño. Ella, que primero se hace la difícil, finalmente acepta y lo sigue, pues Lara también le atrae y es de los pocos hombres que se ha aguantado la explicación de su novela. 

Ya en el baño comienzan a besarse apasionadamente, la mujer se quita todas las prendas superiores y deja al descubierto dos senos redondos que desafían a la gravedad. Lara la toma de la cintura y pone una mano detrás de su cuello, mientras se besan, Lara abre los ojos, traicionando ese acuerdo tácito de ojos cerrados entre dos personas cuando se besan, y se distrae con el reflejo de los dos cuerpos en el espejo que se baten en una lucha de pasión. 

Cuando Carolina comenzó a quitarse la falda Lara la toma por el pelo y estampa su cabeza contra uno de los lavamanos. Nadie en este mundo tenía derecho a robarle la idea para su primera novela.

martes, 22 de agosto de 2017

Tin Marin De Do Pingüe

En una feria del libro me topé, de pura casualidad, con la novela “El señor de los dados”. En esa ocasión leí la contraportada y un par de páginas, pero no me la compré, porque mis últimos cartuchos monetarios me los iba a gastar en los dos primeros libros de la saga de Juego de Tronos.  Unos meses después, con el libro aún dándome vueltas en la cabeza y en un momento de debilidad, mí personalidad de comprador compulsivo de libros se apodero de mi voluntad y lo compré.

La novela trata sobe un psiquiatra que, aburrido de las prácticas tradicionales de su profesión y, por qué no, de la vida, decide de un día para el otro, actuar de acuerdo al número en el que caiga un dado luego de su lanzamiento. 

Antes de tomar cualquier acción frente a una situación diaria, bien sea trivial o no, Luke Rhinehart, personaje y escritor, enumera 6 posibles caminos a tomar, teniendo en cuenta que por lo menos una de las opciones listadas debe considerarla como “mala conducta”. Así, por ejemplo, su nueva práctica le indica que debe violar a la esposa de un amigo, y desde ese momento se convierte en “El Señor de los Dados”

La teoría que expone el personaje, indica que, a la larga, muchas de nuestras acciones están basadas en parámetros preestablecidos, muy alejadas de nuestra voluntad.

“¿Por qué los niños parecen ser espontáneos tan a menudo y estar 
llenos de felicidad, mientras los adultos parecen
estar controlados, llenos de ansiedad y difusos?"
- El señor de los dados -

lunes, 21 de agosto de 2017

Apolítico

Felipe Osorio está aburrido. Está aburrido a pesar de que todos los presentes en la reunión hablan sin parar y ríen de comentarios que exudan seguridad, mientras, de vez en cuando, brindan, chocando sus vasos de forma mezquina. 

Alguien, difícil precisar quién y de qué manera, de pronto fue Camila cuando fracasó contando un chiste sobre comunistas, encarriló la conversación hacia la política, no sólo del país sino del mundo entero. 

Felipe siente cómo los ánimos poco a poco se caldean; voces, acompañadas de miradas cargadas de odio, que cobran fuerza y se estrellan con otras, antes de que las ideas terminen de exponerse en su totalidad, y que pisotean la camaradería del grupo.

Osorio está aburrido porque entiende muy poco de lo que hablan. Según él, el problema de la política, como muchos otros asuntos de nuestra vida, son sus extremos: Derecha e Izquierda. Lo de siempre blanco y negro, arriba, abajo; feo y bonito, etc. Esas dicotomías que nos complican la existencia.

Mientras sus amigos hablan, dibuja una línea en su mente y pone ambas palabras, derecha e izquierda, en los extremos que corresponden. Esos dos puntos, tan opuestos, sólo los conecta una línea, “El camino más corto para llegar de un lugar a otro, ¿no es así como dicen?”. Si son tan cercanos no deben ser tan diferentes.” Piensa. Le gustaría hablar, meter la cucharada, pero prefiere continuar callado y mirarle el escote a Patricia.

Su amiga lo pilla y Osorio dirige la mirada a un punto cualquiera de la pared del frente, ahora piensa en todos aquellos que no desean ser catalogados como pertenecientes a uno de los dos bandos. Se le ocurre entonces que los extremos están separados por 180 grados, y que cada uno de estos, a su vez, se puede dividir en cuantas unidades queramos imaginarnos, equivalentes, quizás, a las tonalidades de colores que se pueden encontrar en el universo, o el número de granos de arena en una playa.

“Cualquiera puede trazar una línea recta en determinado grado y arrancar a caminar en esa dirección”, piensa.

“Los socialistas eran, a su juicio, patanes e incompetentes; los nacionalistas, 
zafios y desconfiados; los comunistas, esquinados e hipócritas. De la derecha, mejor 
era no hablar: displicentes, resentidos y codiciosos. Sólo los anarquistas le parecían 
simpáticos, aunque irresponsables.”
- Mauricio o las elecciones primarias -

jueves, 17 de agosto de 2017

Café en la tarde

Un hombre canoso lleva puesta una cachucha y sudadera. Entra y ocupa una mesa de una esquina. Se sienta abre de par en par un periódico, recuerda algo y Sonríe.

En otra mesa una mujer alta y de figura estilizada, que lleva puesta una minifalda mitad azul, mitad blanca. Está acompañada por un hombre que cada vez que le habla se inclina hacia ella como en búsqueda de una muestra de afecto

“Tú sabes, eso de tener una buena cara ante los clientes y la sociedad cuando estás derrotada por dentro” dice la mujer

Su interlocutor no hace nada, no cuestiona, no mete la cucharada; asiente lentamente con la cabeza. Parece aburrido, cansado de un cortejo que no sabe si dará o no resultado. 

“No me involucro con una persona soltera que quiera tener hijos” dice ahora la mujer en un tono indignado “Porque él va para allá y yó para acá, ¿Si me entiendes?”.

Él hombre asiente de nuevo, “¿Así te guste mucho Marina?”por fin pregunta algo. Quiere saber cuál es el tipo de hombres que le gustan, ¿aplicará él?

La mujer, algo incomoda, aprovecha que ve a dos policías pidiéndole papeles a un motociclista en la calle, y le da un giro completo a la conversación.

“Uff esos policías si que son tenaces, el otro día me pararon y me toco llamar a mi hijo y a Andrés para que ambos me llevaran plata, pues una era para comprar el SOAT y la otra para los tombos”. Concluye su frase con otras palabras que hacen que su acompañante le responda: “! Que tierna!”.

Otro hombre cruza de largo la puerta del local y el viejito de la cachucha lo llama, se saludan a gritos y el que va por la calle entra, escanea la barra con la mirada, deja una bolsa en una silla y le hace señas al otro para que lo espere, que ya viene, que va a hacer algo.

Al rato llega se sienta, cruza una pierna sobre la otra como un habilidoso contorsionista y le pregunta al barista si no han traído más María Luisa, la torta. “No señor, no han vuelto a traer”. “No, muy chimbo” responde el hombre indignado, “el martes fue la misma vaina. Cuando vean que se les va a acabar deberían llamar para que les traigan otra”. Luego de esto discute con su amigo sobre las políticas de reabastecimiento del café. Saca un brownie, su compra de la vuelta que hizo hace un momento.

Mientras esto ocurre la mujer de la minifalda y su conquista sostienen un diálogo en el que la palabra millones juega un papel importante, “si ese contrato es como de 500 millones” dice él. “Uff mucha plata” responde la mujer con un falso tono de sorpresa en su voz.

Otra persona entra al local; es un amigo de los hombres que ocupan la mesa en la esquina. Lleva una bolsita en la mano de la que saca trozos de pan que se lleva rápidamente a la boca. “Regáleme un perico”, “ ¿Grande o pequeño?” El recién llegado evalúa la pregunta, masticando con empeño un trozo de pan y con una mano en el mentón. “Grande” dice finalmente. Saluda a sus compañeros que ahora están enfrascados en una discusión sobre política.

El que come brownie les dice: “Y si saben la última, ¿no?. El de cachucha se apresura en responderle: “Si, la última es la Z” y es el único que ríe. 

Le suena el celular al contorsionista, un pensionado seguramente. Responde con displicencia y desgano; comienza a contestar las preguntas que le hacen “Vea, apartamentos sólo me quedan aparta estudios de 28 metros desde $700.000, los otros que usted vio son oficinas”. Cuelga, “Es que toca hablarles así, porque no entienden” les dice a sus amigos como si le estuvieran exigiendo una respuesta.

Alega que tiene que hacer una vuelta, paga y se despide, al rato el de la bolsa con trozos de pan lo sigue y el de la cachucha queda igual de solo que al principio. Pregunta que cuánto debe y el barista le dice que el de los apartamentos ya cancelo todo “¡Aghh! ese Carlos, ¿no le digo?. La próxima vez no lo deje pagar.”

El hombre con su periódico y cachucha deja el lugar al tiempo que entra una abuela con su nieta. Se sientan y la última pide un capuchino y una empanda de pollo. La abuela no quiere nada. Le pregunta al barista por Antonio, un conocido en común y este le cuenta que ya vino hoy, que viene todos los días. “¿Está muy acabado, cierto?” pregunta la mujer “Hoy lo vi muy bien, responde el joven”.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Bullet

Bullet, es el seudónimo que escogió para firmar sus artículos. Hoy escribe uno que debe tener por lo menos 800 palabras. Lee las sus características: tono, punto de vista, entre otras, que debe tener. “¿Qué carajos voy a escribir sobre eso?” se pregunta. Cómo es costumbre, todo tipo de pensamientos cabalgan por su mente. Intenta aplacarlos con un pequeño monologo mental: ¿Por qué pienso tantas pendejadas?, concentrémonos”, que no le funciona.

Toma aire, estira los dedos y arquea la espalda; como última medida de procastinación se levanta de su escritorio y va a la cocina, ¿a qué? no lo sabe. No tiene hambre. Abre la nevera y sus ojos saltan de unos huevos al cartón de jugo de naranja, de unos tomates a unas salchichas, de una lechuga a una gelatina verde que quién sabe cuánto tiempo lleva ahí. La toca con la punta de un dedo y la masa se mueve, como molesta, de un lado a otro. “No estoy podrida déjeme en paz, ¿por qué más bien no se sienta a escribir?” le dice.

Jugando a personificar al alimento, crea esa pequeña línea de diálogo en su cabeza. No responde porque le parece muy loco hacerlo. Cierra de un portazo la nevera; decide tener sed y se sirve un vaso de agua a rebosar. camina resignado hacia su estudio, haciendo un esfuerzo exagerado de equilibrio para no derramar ni una gota. 

De repente una idea se le aparece y penetra su cabeza como una bala. Le sirve para desarrollar los 2 o tres primeros párrafos de su escrito: 286 palabras.

Algo bueno trae la potencia “destructiva” de ese pensamiento, pues remueve su conciencia despertando otras ideas- Luego de tamborilear un rato sobre la mesa y jugar a un timbalero frustrado, Bullet comienza a asociar ideas, a unirlas por extremos que en apariencia no cazan. El grifo de la escritura escupe palabras a un buen ritmo.

Sonrié, se detiene, vuelve a leer lo que lleva, añade comas, puntos; corta en dos o tres los párrafos que le parecen muy extensos, resultado: 759 palabras. 

Esas 41 palabras que le faltan que quién sabe dónde están escondidas serán las más difíciles de lograr.  

Ya cansado o aburrido, escribe un nuevo párrafo. Sus dedos funcionan más rápido que su mente o al contrario y escribe "abije" en vez de “viaje”.

Recuerda que Constaín narra en “El hombre que no fue Jueves” cómo en un aparte iba a escribir “agotados" pero hundió , al igual que él, mal las teclas y escribió ahotados, adjetivo arcaico que quiere decir “osado y atrevido”.

No descubre nada con su torpeza motriz, la palabra no tiene significado alguno; una cercana es abuje, un “Ácaro de color rojo que se cría en las hierbas” y otra, la que le sugiere el programa, que se le ríe en silencio, es “avine: arreglé, congenié, compuse. “Quizás es una de esas señales que nos manda el universo cuando más las necesitamos”. piensa.
 Desecha el pensamiento. No cree en esas estupideces. Ya habrá tiempo de componer el escrito, de avenirlo. Ya llegara ese instante en que las palabras correctas se apoderarán, como ácaros, de su cerebro para dar con esas palabras que le hacen falta.

martes, 15 de agosto de 2017

El cuento

Apenas pusieron la antena parabólica en mi casa me aficioné al Disney Channel. Aparte del amor platónico que sentía por Kelly de Saved by the bell, veía muchas caricaturas.

Recuerdo que a cada rato pasaban programas en los que mostraban tres pequeñas historias con los personajes clásicos: El pato Donald, Mickey, Goofy y, algunas veces, otros. 

Un día en el colegio, en clase de español, la profesora nos dijo que escribiéramos un cuento. El día anterior yo había visto una caricatura de unos renos, la cuál ya había visto varias veces y decidí contar esa historia tal cual sin cambiarle nada. Utilicé entonces los mismos personajes, misma trama, etc. y me esforcé en recrearla lo mejor posible en mis palabras.

Me tocó leerlo ante todo el salón y lo hice muy orgullosos, pues tenía el episodio fresco en la mente y sentía que me había quedado bien escrito.

Cuando terminé alguien dijo que había fusilado un episodio de las caricaturas de Disney y, al rato, otros más lo corroboraron. “Malditos, tienen envidia de que me quedó bien escrito” pensé.

Sabía que lo que había hecho no estaba del todo bien y la profesora me dijo lo mismo, que no debía copiarme sino inventarme una historia desde ceros.

Un tiempo después en la misma clase, otra vez nos pidieron escribir un cuento. Era la oportunidad perfecta para redimirme y alejar mi nombre de las garras del plagio. Esa vez escribí una historia sobre un arquero de un equipo de fútbol.

En esa ocasión otro alumno tenía que leer la historia y el que la había escrito debía, más o menos, representarla. Recuerdo que cuando pasé al frente adopté una posición de arquero y, hacía el clímax de mi cuento, me estiré para atrapar un zapato, que hacía sus veces de balón de fútbol.

lunes, 14 de agosto de 2017

(H)Elena

Hay días en los que la señora Cañizares firma con el nombre Helena. En esos días se siente “normal” si es que el término existe, es decir, actúa como otra las tantas piezas humanas perfectas del engranaje de la sociedad. 

En esas ocasiones madruga, medita, come comida saludable, va a misa, se confiesa, se viste con trajes elegantes pero discretos, esos que su madre llama “vestidores”, y se demora bastante arreglando su aspecto. Siempre parece que estuviera a punto de ir a una fiesta o coctel. 

Una vez sale a la calle, no para de sonreír y saludar personas, conversa con desconocidos, le da monedas, billetes algunas veces, a los indigentes y también se inclina para acariciar bebes de desconocidos adoptando un ridículo tono de voz, como si, no solo el niño sino también los padres, fueran unos perfectos tarados.

La señora Helena Cañizares actúa de esa manera porque siente que la letra H le da cierta elegancia a su nombre. Por alguna razón difícil de precisar, siempre ha sentido que la consonante le da cierto nivel a su identidad, lo que implica comportarse como una ciudadana de bien, una buena esposa, madre hija, etc. alguien que da exactamente lo que otros y, por qué no, la vida esperan de ella. 

El lugar está oscuro, y una vela vieja alumbra la mesa en la que están sentados. La llama, en medio de su danza, alumbra por breves segundos ambas caras.

El desconocido, un hombre que conoció por internet en una página de citas, la mira con morbo y sus ojos sólo destilan pasión, por ponerlo en términos amables. Por la mañana, antes de que su esposo se fuera al trabajo, ella le había dicho que hoy se iba a demorar. ¿Qué está haciendo? Siente un poco de remordimiento, pero al rato se lo pasa con un sorbo de whiskey. Suena una bachata, el hombre se pone de pie y le tiende la mano para sacarla a bailar una  a la pista de baile. 

Hoy se llama Elena.

domingo, 13 de agosto de 2017

Recuerdos

Hace un momento mientras mordía una tostada y pasaba el trozo de pan seco con un sorbo de café, recordó ese desayuno en la terraza de Le Café Qui Parle.

Ese día hacía sol y los rayos de sol se filtraban, como hilos de agua, por entre las ramas de los árboles. El lugar estaba a reventar y no se podía discernir bien entre los sonidos: cubiertos estrellando los platos, conversaciones risas y música, que conformaban la cacofonía del momento.

Más de 15 personas esperaban su turno en una fila con un ambiente alegre y lanzaban miradas poco cordiales a los comensales que, según ellos, se tomaban todo el tiempo del mundo para desocupar las mesas.

A su lado unas parejas con dos niños pequeños también desayunaban. Uno de los pequeños, una niña rubia con dos trenzas largas y pulcras, tenía un vaso de jugo de naranja a la mitad y varios trozos de comida esparcidos en su plato. Su interés en comer era mínimo y había sido rezagado por una de esas bombas alargadas de color amarillo y en forma de espada, que la pequeña blandía de un lado al otro.

Las meseras del lugar saltaban afanadas de la cocina a la mesas, de un cliente al otro, con bandejas llenas de platos bañados en salsas de color ocre de diferentes tonalidades, que humeaban y desprendían olores condimentados, que abrían el apetito.

A lo lejos, un grupo de niños jugaba a deslizarse por un rodadero y sus caras reflejaban, piensa ahora, una felicidad plena.

Recuerda muchas cosas, pero cree que son muy pocas, en relación con la infinidad de sucesos que ocurrían en ese lugar y momento.

“Ojalá tuviera la capacidad de captarlo todo, saborear hasta la última gota de los elementos que componen los instantes de mi vida”, piensa.

El reloj de su casa da una campanada que indica una media hora. El tiempo, como siempre, en contra de todo. Otra vez se le hizo tarde para llegar a la oficina.

viernes, 11 de agosto de 2017

Ser nadie

Hace más o menos un año, una amiga se enfrentó a un punto de trama, esos sucesos que ponen a girar una historia para dejarla encarrilada en cualquier dirección. Dicen, los expertos en teoría narrativa, que es importante aprender a identificarlos pues son los que nos ayudan a planear la trayectoria de las historias.

Ella llevaba más de 10 años trabajando en la misma empresa y ya no aguantaba más la presión de su trabajo, familia, pares, de todo y todos, así que decidió gastarse sus ahorros en un viaje.

Luego de unos breves mensajes en Facebook, iniciamos una comunicación epistolar lenta que, una de las partes aviva, más o menos, cada 3 meses. Aparte de los variados temas que tocamos, siempre incluimos recomendaciones de películas, videos, libros, series, etc.

En su último E-mail me me recomendó leer a  un filósofo de la India que se llama Jiddu Krishnamurti. 

Descargué un documento titulado “El libro de la vida”, en el que, a lo largo de un año, escribió cada día una pequeña reflexión. Krishnamurti dice, por ejemplo, que todos vivimos inmersos en una lucha continua y queremos pasar de un estado a otro indefinidamente: Si somos pobres, queremos ser ricos, desempleados - empleados, feos- atractivos, etc. y que esa actitud sólo nos genera sufrimiento. 

Elena Ferrante, una, ¿escritora?, ¿escritor? que podría gozar de esos estados que tanto queremos alcanzar intenta ser nadie, en un mundo que a cada rato nos exige ser alguien, aplausos para ella.

“No me arrepiento de mi anonimato. Descubrir la
personalidad de quien escribe a través de las historias
que propone, de sus personajes, de los objetos y
paisajes que describe, del tono de su escritura,
no es ni más ni menos que un buen modo de leer.”
—Elena Ferrante—

jueves, 10 de agosto de 2017

Trueque de libros

Siempre me ha intrigado la el concepto del trueque. Creo que lograr desligar el dinero de cualquier actividad, aunque parezcamos no soportarlo, es un acierto.

Una vez una amiga organizó un trueque de libros. Cada uno de los invitados debía llevar uno importante, es decir, que le hubiera gustado mucho o marcado de manera especial. Los asistentes podían llevar su copia original, esas que solemos proteger y que nos resulta ilógico desprendernos de ellas o comprar una nueva. Mi hermana hizo eso, pues la copia que tenía de "Dispara yo ya estoy muerto" de julia Navarro estaba casi destruida. Yo llevé "Sputnik Sweetheart" de Murakami, la original, pues siempre he sido muy ñoño con el cuidado de los libros. 

Al llegar, tuvimos que llenar una ficha en la que debíamos explicar por qué nos había gustado el libro y el tipo de persona que  creíamos le llamaría más la atención, una especie de disparo al aire; creo que recomendar libros es algo supremamente difícil.

 Al momento de seleccionar los libros, cada persona tuvo que realizar una especie de pitch o discurso de venta sobre su libro para interesar al mayor número de personas posible.  Algunos discursos, en los que cada persona contaba cómo el libro había llegado a su vida, en cuál etapa de esta había sido leído y de qué forma lo había marcado,  fueron muy emotivos.

Los que mostraban interés por el libro tenían que escribir su nombre en un papel y depositarlo en una copa que reposaba encima del cada libro.

Yo escribí mí nombre unas cinco veces (teníamos la posibilidad de votar más de una vez). Después de más o menos 30 discursos, que expusieron las ventajas que cada libro le brindaría a su futuro lector, se sacaba un papel de cada copa para mirar qué persona se quedaba con el libro. Si a uno lo seleccionaban más de una vez (mí caso) se tenía la opción de cambiar el libro previamente seleccionado por el último.

Siempre será interesante, para los aficionados a la lectura, aprender sobre libros que han leído otras personas y por qué razón(es) les gustaron.  

miércoles, 9 de agosto de 2017

Zoroca

Hace mucho sol. La mujer, una taxista, culebrea por entre el tráfico con agilidad mientras alega por el teléfono:

“Donde está, ¿En el hospital?” pregunta. La llamada se cae y, mal humorada, murmura un par de palabras hasta que el celular timbra de nuevo. Contesta: “Yo ya le compré el almuerzo, dejo una carrera y voy para allá. ¿Está con su mujer? Aghh, apenas llegue le timbro y baja para que coma algo, pero solo usted, ¿bueno? Ya nos vemos.”

“Es que me hijo está en el hospital, con el niño, pero está con la mujer” dice mientras nos mira por el retrovisor, como si le estuviéramos exigiendo una explicación. Quiere hablar. 

“¿Qué le paso a su nieto?”
“Le salió una bola, en la garganta, un turupe”. Se lleva una mano al cuello mientras lo estira, para indicarnos el lugar exacto.
“ ¿Cuantos años tiene?”
“Un año y dos meses. Si el niño está allá es por culpa de ella.” 

Lo que le pasó, en mis tiempos se les llamaba ganglios inflamados”, Afirma con seguridad. “Yo sé cómo curarlos”. Como el día que le dio estaba enferma, no me le pude acercar al niño, entonces ni modo. Es que mi nuera, no lo cuida, no hace nada, hace las cosas sin fundamento”, concluye.

“ ¿Cuántos hijos tiene?”
"5”
“¿Y es el único que tiene problemas?”
“Nahhh todos” responde al tiempo que ríe. “La única es la boyancese” dice, haciendo referencia a una de sus nueras. “Esa china si es bien juiciosa, estudió y tiene un jardín para niños”

“De mis hijos el más juicioso es el que está ahorita en el hospital. Es buen papá, buen hijo, buen esposo. ¿pero si ve? Nada es completo en la vida, cuando los hijos son juiciosos las mujeres les salen desjuiciadas, como esa zoroca.

“¿cuántos nietos tiene?”
“11. El mayor ya va a cumplir 18 años, y mi hijo el licenciado en lengua española, esposo de la boyancese tiene 2, una que es casi una mujercita y tiene trece años y un bebe de 2.” No cuenta nada sobre el resto de nietos.

“ ¿Y su esposo?”
“Por ahí anda borrachito. Mi hija me pelea que por qué no lo dejo, pero yo no le hago caso, Lo mejor es dejarlo por ahí quieto”.

martes, 8 de agosto de 2017

Marzo de 1941

En Marzo 8 de 1941 Virginia Woolf escribe su última entrada en el diario. Desde que comenzó a llevarlo, estaba convencida que el hábito de escribir, así sólo fuera para sus propios ojos, era una buena práctica que, sin importar las fallas y los tropiezos involucrados en el proceso, aflojaba sus ligamentos.

Disfruto escribir: Creo que soy una observadora honesta.”
Por lo tanto, el mundo continuará proporcionándome emociones
así pueda o no usarlas”.
El diario de un escritor 1918-1941

Ese día como en muchas de las otras entradas no tocó un tema preciso, sino que trato diversos temas. Citó, por ejemplo, la frase “observar perpetuamente” de Henry James y contó: “Mi propio cerebro, aquí, es un completo colapso nervioso en miniatura.”

Luego dice que, entre sus 50 y 60 años, escribirá libros muy peculiares, si llega a estar viva. Europa está en guerra y el estado de los eventos es algo que la ha afectado bastante. Woolf era brillante e imagino que si podía escribir con tanto sentimiento y lirismo era porque tenía una sensibilidad única, y la cotidianidad, buena o mala, la afectaba profundamente, pero ese ¿don, castigo?, pudo haberla conducido hacía su depresión.

20 días después de esa entrada en su diario le deja una nota a Leonard, su esposo:

"Me siento segura de que estoy enloqueciendo de nuevo. Siento que no podemos atravesar otro de esos terribles tiempos, y no me voy a recuperar en esta ocasión. Empiezo a escuchar voces y no me puedo concentrar. Así que estoy haciendo lo mejor que se puede hacer. Tú me has dado la mayor felicidad posible. Has sido, en todos los sentidos. todo lo que cualquiera podría ser. No creo que dos personas podrían haber sido más felices hasta que esta terrible enfermedad llegó. No puedo pelear más. Sé que estoy estropeando tu vida, que sin mí puedes trabajar, y lo harás, yo sé. Ya ves, no puedo ni escribir esto apropiadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti"

Que palabras tan tristes. Reflejan toda la lucha interna que libraba en su interior, toda la energía que utilizó para combatir su enfermedad.

Luego de escribir esa nota, Woolf salió a caminar, llenó con piedras los bolsillos de su vestido y se sumergió en un río. Su cuerpo fue encontrado tres semanas después.

Fue cremada y sus restos fueron enterrados debajo de uno de los dos olmos entrelazados en su patio, a los que ella había apodado “Virginia y Leonard”. Él marcó el lugar con una lápida en la que escribió las últimas líneas de su novela “Las Olas”: 

“¡Contra ti me lanzaré, entero e invicto, oh Muerte!»
Las olas rompían en la playa.”
- Las Olas -

viernes, 4 de agosto de 2017

Lugar Común

Ante el apremiante plazo de entrega, el reconocido periodista Darío Piñeros debe escribir un texto y enviarlo antes de la medianoche. Su reloj marca las 10:15 p.m. pero Piñeros prefiere leer 22:15, la hora militar, conducta que espera que le dé un poco de método o rigurosidad a su proceso de escritura, Le gustaría tener un general a su lado apurándolo, pendiente de que sólo se preocupe en escribir una palabra detrás de la otra. 

Escribir, en estos momentos, es lo último que Piñeros quiere hacer. Justo en este instante, mientras él escarba su cabeza para dar con algún tema medianamente interesante, todos sus colegas se encuentran en “Botella Rota”, su bar preferido, celebrando el cumpleaños de Martina, esa practicante altiva y condenadamente sexy que hace poco entró al periódico.

“Piñeritos, vas a ir a la celebración de mi cumple, ¿cierto?” le había preguntado ella después de la junta de redacción. “¿Cómo me lo voy a perder?, llego un poco tarde, pero allá estaré”.

22:24 “Firme mi coronel, ya me pongo a escribir” le dice mentalmente Piñeros a ese personaje de bigote y quepis que imagina a su lado. Escribe dos líneas, luego las borra para escribir otras 5, y las deja ahí en la pantalla como muertas. 

22:26 “¡Firme!”

Quiere que su texto sea original, pero ¿qué es un escrito original?”, que esté lo más alejado posible de clichés y lugares comunes, se responde. 

22:31 nada ocurre en su cabeza, el engranaje de la escritura está oxidado, trabado, o bien porque no tiene ganas de escribir, o porque a cada rato Martina se le aparece en su cabeza con esa faldita negra y diminuta que llevó hoy a la oficina, o bien porque cree que tiene hambre o, en su defecto, sed; ya va por el quinto vaso de gaseosa.

“¿Cuál es la maldita aberración a los lugares comunes?” se pregunta Piñeros. ¿Por qué no acudir a ellos cuando los necesitamos? ¿Cuál es ese maldito afán de ser originales? Se imagina un relato corto de no más de 500 palabras, en el que dos personas se encuentran y luego del saludo y las preguntas de rigor sobre sus familias y parejas, se ponen a hablar sobre el clima, luego de fútbol y por último de política, luego se despiden y ya, nada más, no pasa nada, “una especie de anti-relato” piensa.

22:51 “¡Señor si señor!” Luego de jugar con el cuento en su cabeza, de buscarle unos personajes y darles ciertos rasgos de personalidad, Piñeros concluye que los lugares comunes, si es que existen, están subvalorados, pues nos brindan puntos de conexión con el resto de la humanidad. Que los consideremos simples o tontos es otro cuento, pero no podemos pretender andar como filósofos por la vida, preguntándonos acerca de nuestra existencia y razón de ser a cada rato.

22:57. Lugar Común, es el título que le da a su artículo. Luego busca en internet “lugares comunes en la escritura” y da con un listado de 40 ejemplos: “A su mente acuden, Le asaltó una duda, Mar de dudas, El silencio sobrecogedor y Mirada cómplice”, entre otros. Se compromete a utilizar por lo menos 10 en su escrito, que ahora fluye como un río envuelto en un silencio sobrecogedor, o lo que sea que signifique eso. 

Piñeros teclea frenéticamente, ante el gesto satisfactorio y de aprobación de su general imaginario.

jueves, 3 de agosto de 2017

Realidad

“Que concepto tan complicado” piensa Camila, Camila Linares de Stein. ¿Es ella real sólo con su nombre o también necesita de sus apellidos, el propio y el posesivo de casada, para serlo?, pero ¿qué carajos significa ser real?, ¿Quién posee la verdad absoluta para determinarlo? Jodida cabeza que, de un momento a otro, la asalta con esos líos existenciales. “Suficiente tengo con intentar sobrevivir en esta jungla capitalina repleta de envidia y soberbia como para ponerme a pensar en callejones sin salida”.

“Ese es el problema” …piensa Camila, dándole cuerda al tema de la realidad, mientras sus ojos se acostumbran a la oscuridad de un cuarto que no es el suyo. “¿Qué hora es?”. Unas manos invisibles le oprimen su cabeza al tiempo que le clavan pequeños puñales. La boca pastosa y unas ganas increíbles de no hacer nada, no ser persona, de no ser real, confirman su realidad: Ayer se fue de fiesta y se pasó de copas, pero, de su sopa de recuerdos, no logra pescar las imágenes de lo ocurrido, “¿Ayer, hoy?”. 

Inhala y exhala profundo un par de veces; respirar de esa manera, según la sabiduría popular, parece ser tan curativo como tomarse un vaso de agua después de una fuerte sacudida emocional.

Se calma y apropia de sus sentidos. Su temperatura corporal le da una sensación de placidez. Nota que su muslo está más caliente que el resto de su cuerpo. Una mano descansa sobre él, una mano suave, que no es la del Sr. Stein.

Voltea la cabeza y ve su celular sobre una mesa de noche, al lado de un reloj despertador, una lámpara y una foto. Quiere alcanzarlo, pero sin despertar al sujeto que duerme a su lado. Prefiere continuar como una piedra por un rato. Imagina que se evapora, escapa de ese lugar sin nombre y se solidifica en la habitación de su casa. Abre los ojos y sigue ahí, real pero como muerta. Mira de reojo al hombre que duerme a su lado y considera que tiene un buen perfil, por lo menos el trago no la traiciono y se acostó con alguien que cumple con sus estándares de belleza. 

Rebobina lo que pensó y lo vuelve a reproducir con mayor fidelidad: “Ese es el problema, que los límites del significado de realidad son tan borrosos y se mezclan con otros temas igual de complejos como ser alguien y la verdad”.

Deja de ser una estatua y lentamente extiende una mano para Agarrar el celular, espicha una tecla. 8:17 a.m. La luz de la pantalla la ciega por unos segundos. Si no sabe dónde está, también tiene problemas para recordar qué día es. Espera que sea sábado o domingo, caso contrario debería dejar de disertar sobre la realidad y comenzar a elaborar una mentira creíble para su jefe, un viejo amigo que la rescató de un mar de desempleo y la llevó a trabajar como consultora externa a su empresa.

Sus ojos vuelven a posarse sobre la foto, conoce a las personas que salen en ella. ¿Dónde dejó las gafas? No las ve por ningún lado, estira nuevamente el brazo y pone la foto a una distancia en la que logra enfocar sin ayudas visuales. Ahí están sonrientes y, al parecer, felices Cecilia, su mejor amiga, con su esposo, que es su jefe, su amigo, su amante, un desconocido entre sábanas, prefiere pensar.

Todo parece real, pero Camila desea hacer parte de una de esas películas en la que la vida de las personas transcurre en una maqueta que maneja otra persona, un ser superior que los mueve, como fichas, a su antojo.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Bienestar

Llego al consultorio.

“Buenas tardes, vengo a ver al doctor Cáceres”
“ ¿Tiene cita?”
“No, es personal.”
“Mmm , qué le digo” murmura con molestia la recepcionista, “Siéntese y ya lo llamo” termina su frase con desesperanza, como convencida  que sin cita no hay chance alguno de que el doctor  me atienda.

Me siento y envío un mensaje al doctor: “Acabo de llegar”. Las palancas y sus ventajas.

Al rato, sale de su consultorio, despide a un paciente y hace entrar a otro, de los legales, con cita. Hay 3 personas más en la sala. Creo que la espera va a ser larga. Pienso en ponerme a leer una novela, pero una revista médica con Margarita Rosa de Francisco en la portada junto a un titular que dice: “Se aprende más de las derrotas que de los aciertos” me llama la atención.

La abro y comienzo a pasar las hojas de atrás hacia adelante y en el proceso me encuentro con un artículo titulado “No estoy acá”. Leo unas primeras líneas que dicen: “Contactamos al escritor argentino Pedro Mairal para que nos cuente qué es Bienestar.

A Mairal le hicieron un encargo específico: escribir sobre bienestar. Pienso, a mí que me gusta escribir, que texto podría producir si el encargo estuviera a nombre mío. De primerazo no se me ocurre nada. Me frustro ligeramente.

Cómo es una revista médica pienso que el escrito de Mairal va a ser aburridor, pero algo, quizás el título, me atrae y, afortunadamente, continúo con la lectura.


"Nos prestaron por una semana esta casa en el campo. Es pleno verano,
unos días de vacaciones. Pero no estoy.” 

Son las líneas con las que abre el artículo. Estas junto al resto de la introducción me atrapan por completo. Tiene un ritmo agradable, junto con unos visos de humor e intimidad que prometen un gajo de realidad, un momento de bienestar.

Cuenta entonces Mairal quedebe cuidar a su hija y como ella tiende una manta sobre el pasto para hacer una “cama de nubes”, pues es  obvio, para ella y su padre, no para nosotros, simples mortales, que “a la noche hay cama de estrellas y de día cama de nubes”

Mairal recrea la escena con una sensibilidad y habilidad increíble y suelta unos párrafos líricos, con justas dosis de figuras narrativas y descripción, para transmitir lo que sintió en ese momento.

No menciona nada sobre bienestar explícitamente, pues es el subtexto de su escrito, hasta que parte la palabra en dos bien/estar y mezcla el concepto con la escritura:


“Escribir me ayuda a estar, a estar bien, pero bien significa estar presente,
Estar bien ahí, bien plantado, estar muy, estar plus, estar más, hiper estar.

Bienestar. Escribir me ayuda a estar acá, a ubicarme en el tiempo: ni

desfasado hacía atrás pensando en lo que fue o lo que pudo 
haber sido, ni inclinado hacia adelante ansiando lo que
vendrá en un mañana mejor.”
— Pedro Mairal, No estoy acá —


Quiero ponerme de pie y aplaudir a Mairal, quien comprueba que no sólo escribir sino también leer, son sinónimos de Bienestar.

Léanlo.