jueves, 31 de mayo de 2018

Lanzamiento

Estamos en el lanzamiento de un libro, una recopilación de textos de viaje escritos por mujeres. Estoy ahí porque una amiga me invitó. Ella es una de las editoras y también conozco a varias de las autoras.

El evento es en la azotea de un edificio. Hace muy buen clima y el cielo se tiñe de color naranja, muy chic la vaina. No conozco a nadie y después de saludar a mi amiga, ella nota el desparche en el que me encuentro y me introduce en la conversación de un hombre y una mujer, y se va a atender al resto de invitados 

Mi grupo de conversación lo componen el editor de una revista y una redactora publicitaria Sueca. El nombre de ella suena  como "línea", pero con tilde en la e, es decir, algo como Li-ní-a. Me cuenta que siempre que alguien la conoce y luego de preguntarle el nombre dicen: “Ahhh Línea, ¡claro!”. Se lo hago pronunciar varias veces para familiarizarme con la marcación del acento y no olvidarlo. 

Sé que el editor escribió una novela. Alguna vez la hojeé, pero no me llamó la atención. El hombre lleva una de esas caras de “que perdedera de tiempo, debería estar en otro lugar”, y es de esas personas que intentan monopolizar la conversación, es decir, que todo tema de conversación nuevo que se propone debe tener su visto bueno para poder ahondar en él.

Intento meter la cucharada en lo que están hablando. Li-ní-a cuenta sobre un trabajo, con una ONG, que tuvo en Suecia antes de venir a Bogotá, en el que tenía que entrevistar a abusadores sexuales. 

El hombre hace un par de preguntas, y da su opinión. Yo participo poco, como para no desentonar. En ese momento mi amiga vuelve y el hombre cambia un poco su actitud, como si ella sí estuviera a la altura para hablar con él. 

Con el pretexto de buscar un punto en común, de encontrar un punto de conexión humano, cometo el error de preguntarle al hombre  si es el autor de esa novela. “Si”, responde orgulloso, y mi amiga, no sé si por joderme o de ingenua, me pregunta: “ ¿Cómo se llama?”. Me quedo callado. Busco y busco en mi mente pero no logro dar con el título. Al final ella lo da y hago un par de preguntas tontas al respecto, que el hombre responde de forma despectiva. Luego me aburro y me voy a buscar otro grupo de desconocidos. Lo siento por a Li-ní-a.

A la salida, me encuentro en el ascensor con dos gringas que me preguntan si estaba en el evento o si trabajo en el edificio. Les respondo y me preguntan que si no voy a ir a la fiesta, “¿Cuál fiesta?. El “after” dicen. Luego me dan el nombre de un bar que no conozco. Síguenos me dicen. Cancelo el taxi que había pedido y me dejó guiar por ellas, que ríen y hacen mucho escándalo.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Olvidarse

Olvidarse, perderse, dejar de ser. 

Hace un momento pensé en algo, y la conclusión del breve monólogo mental que sostuve fue: “Voy a buscarlo en Internet". Justo después mi mente saltó a otro tema y cuando abrí el explorador no pude recuperar el pensamiento. La maldita paloma se había escapado. 

Olvidar es uno de mis miedos frecuentes. Cuando salí del coma, producto de aquel suceso que me dejó el amable recordatorio, una de las primeras conversaciones que tuve fue con una Neuropsicóloga. Yo, en medio de mí desubique, estaba tranquilo y la doctora comenzó a hacerme una serie de preguntas que consideré estúpidas en ese momento: “¿Cómo se llama?, ¿en qué año estamos?, ¿Qué país?”, mientras yo pensaba: “¿De qué se trata esto?”, ¿acaso me creen tarado?, pero una de los posibles escenarios era haber sufrido perdida de memoria, como sufrí por unos días la pérdida del olfato y del gusto, como si la memoria fuera un sentido. En otras palabras, que hubiera olvidado esos datos ridículos, como olvidarse de quien es uno, si es que alguna vez llegamos a descifrar eso. 

De pronto ahí está fundado el miedo, pues recordar nos asienta en la realidad y nos da identidad. Si pensamos quién somos ahora, es muy probable que debamos recordar quién fuimos hace un segundo, un minuto un año o una década, suponiendo que lo que somos se debe a lo que hemos hecho o no hecho a lo largo de nuestras vidas, en fin. 

De pronto estamos obsesionados con el yo, con ser nosotros y nadie más y por eso olvidarse da pánico, pues es que solo imagínense cómo sería si un día si, de repente, uno se despierta sin saber nada del pasado, que en resumidas cuentas significa no saber nada del presente. 

Olvidarse, olvidar, olvidarnos, nos da la oportunidad, o mejor nos obliga a ser otro ¿Acaso no es eso lo que soñamos a diario? ¿Haber tenido una mejor repartición de cartas en el juego del destino para tener otra vida? Que raro ese miedo.

martes, 29 de mayo de 2018

Arder

“Es Mejor quemarse que desvanecerse” dijo Neil Young en la canción "My My, Hey Hey (Out Of The Blue), y luego Kurt Cobain también utilizó esa frase en su nota de suicidio.

¿Será mejor?, quién sabe, de pronto los dos rockeros lo tenían claro y por eso, digamos, se atrevieron a afirmarlo en momentos distintos, en los que la frase tenía un significado diferente para cada uno. 

La verdad no importa, es decir no ganamos nada con saber si lo mejor es arder de manera fulminante o consumirnos lento como una fogata que se deja a merced del viento; lo que inquieta es que nosotros o algo puede arder en cualquier momento.

Inquieta porque casi no tenemos control sobre esas chispas que van a prender la llama, y también porque la frontera entre la calma y el caos, el calor y un incendio, es muy borrosa. En un instante estamos en el primer escenario y la vida, con sus múltiples desvíos, justo al rato nos ubica en el otro como si nada. Todo, como siempre, en un perfecto pero peligroso equilibrio.

Recuerdo vagamente un artículo que escribió un historiador que, de una u otra forma, se puede relacionar con este tema. El hombre contaba que en las últimas décadas los ambientes de todas las sociedades están en permanete tensión, y que sus habitantes están expectantes y llenos de incertidumbre. Concluía que eso no era nada nuevo y que  lo realmente importante era estar alerta para identificar nuestro momento "Francisco-Fernando-Archiduque", por decirlo de alguna manera, que va a destara el caos, o bien, que va a hacer arder todo. 

Pero bueno, lo difícil, supongo, es determinar, para cada situación crítica que se presenta en nuestras vidas, si lo mejor será arder o achicharrarnos despacio.

lunes, 28 de mayo de 2018

Batallas

Hace unos días contaba en esta entrada que quería escribir sobre un tema que me llamó la atención. Hoy tomé un nuevo impulso para continuar ese escrito que, hasta el momento, sumando la incursión bélico-narrativa de hoy, tiene 234 palabras en desorden. 182 la componen tres párrafos que he escrito varias veces y otro que solo se quedó en la frase: “Al leer el cuento se intuye que”, con el que pensaba atacar el texto desde otro flanco. Las otras 52 palabras lo componen un par de notas, que espero me puedan dar algún tipo de información táctica. 

Después de cavilar un rato, viendo el cursor parpadear, emprendí la retirada, pues mis tropas de escritura no estaban a la altura de esa batalla, así que decidí enviarlas a un cuento que trata sobre una mujer que se encuentra un celular en la sala de espera de un consultorio médico, se lo queda y esto da pie a una serie de acontecimientos que la han sorprendido tanto a mí como a ella. 

Por el momento, parece que la batalla de escritura del cuento tiene más futuro que la del otro texto, que trata sobre un idioma africano. Para esa primera batalla descargué unos documentos, a modo, digamos, de mapas de guerra, pero estos van más allá de mis conocimientos lingüísticos; de ahí la protesta de mis tropas: " ¿pero cómo nos va a enviar allá, sin conocer el terreno?", "Claro como el está ahí sentadote jugando con nuestra posición y destino".

De pronto nunca tenemos chance de ganarle la batalla a un escrito, y esos que consideramos buenos, bien sean producto de nuestras tropas o las de otros, solo significan que hemos logrado acertarle un golpe, pero no nos dejemos engañar, los textos siempre ganan la batalla.

domingo, 27 de mayo de 2018

El mejor escrito


Se supone que iba a ser este, pero ya no. Ayer, en un duermevela febril y delirioso, y mientras navegaba la frontera que separa los mares de la vigilia y el subconsciente, quizá con algunos  tintes de fiebre a causa de una gripa;  se me apareció una idea en la cabeza. 

No recuerdo de qué trataba o qué me sugería, pero estoy casi seguro de que habría dado pie al mejor escrito de la historia de la humanidad. Digo esto porque recuerdo la fuerza con la que irrumpió y la sensación que me dejó, y como, al instante, y durante pocos segundos, empecé a asociar ideas, a atar cabos entre temas que, parece, no tienen nada que ver, aunque bien sabemos que todo tiene que ver con todo, pero nos cuesta aceptarlo. 

El error, siempre los hay, es que dejé pasar la oportunidad, es decir, no la anoté y dejé que, junto a muchas otras, la gran idea cayera a los abismos de la mente. 

Pensé que al escribir sobre el tema la iba a resucitar (supongo que del golpe, producto de su caída libre, quedo muerta) pero no fue así. Solo queda esa placentera sensación que nos dejan esos fogonazos mentales tan escasos, en los que la vida cobra sentido, en los que, por un segundo, entendemos cuál es nuestro papel en esta extraña existencia.

jueves, 24 de mayo de 2018

Zapatos nuevos

Ayer Lucia, una Vecina que vive sola, se estrenó unos zapatos. Por la mañana, en la cocina, luego de pelar una papaya y al momento de dar media vuelta para ir a botar los restos de cascaras a la caneca, que se encuentra a menos de dos pasos del fregadero, se cayó y se fracturó la cadera. 

¿Qué ocurrió? Podemos pensar que la suela de los zapatos, al estar nuevos, tiene una mayor fricción con el piso y de ahí el peligro de girar de súbito si los tenemos puestos. ¿Qué se puede hacer?, ¿que los zapatos vengan con una advertencia para su uso, algo como: “tenga cuidado al girar bruscamente, pues dependiendo del tipo de superficie y el coeficiente de fricción, puede sufrir un accidente”? 

No, de nada sirve eso. Lo mismo le podría habría podido ocurrir con unos zapatos viejos, o bien, descalza. 

Volvamos con la vecina. Que momento angustiante y terrorífico el que habrá vivido mientras estaba tendida en el piso. Imaginemos las cascaras de la papaya esparcidas por el piso junto con el cuchillo, filoso por supuesto, que afortunadamente cayó y rebotó lejos, y a la mujer pensando “¡puta vida! —valga la redundancia—, casi me mato”. 

Luego de unos minutos decidió arrastrarse hasta el teléfono, que se encuentra en la sala; escena que podría parecer humillante, pero nada lo es cuando se trata de sobrevivir. En ese corto trayecto que quizá ya había recorrido con sus zapatos nuevos, a primeras horas de la mañana, fue un proceso tortuoso, en cámara lenta. Al intentar esquivar algunas de las cascaras su cintura protesto con un fuerte dolor punzante y no le quedo remedio que restregar su cuerpo sobre ellas. Por fin llegó al teléfono y llamó a una hija que fue en su auxilio. 

Aterra pensar todo lo que puede ocurrir al utilizar un par de zapatos nuevos.

miércoles, 23 de mayo de 2018

De calificaciones y otras nimiedades

Son varias las personas que pedimos Uber. Entre ellas hay una extranjera. Ya en la portería del conjunto de edificios, le cuento que mi calificación en esa aplicación es de 4.6, y que me causa una ligera curiosidad saber qué conductores no me calificaron con 5 estrellas y por qué razón.

Ella me dice que quizá se deba al factor conversación. Me cuenta que a ella no le gusta desgastarse conversando en los trayectos, pues es alguien que probablemente no va a volver a ver en la vida, además de que la charla parece un guion que ya ha ensayado mil veces, luego de que dice algo y detectan su acento extranjero:
“Usted no es de acá, ¿cierto?”
“No”
“Pero habla español muy bien”
“Si…”

La mujer dice que de  ahí en adelante la conversación puede tomar cualquier rumbo, y que a veces no habla, pero que no considera eso como una actitud grosera, sino que simplemente no le apetece hacerlo en ese determinado momento. Argumenta que es solo un servicio y ya, y que por ejemplo si uno toma un bus, no tiene que armarle conversación al conductor. Que todo se reduce en pagar un servicio de transporte para que a uno lo lleven de un lado a otro.

Le digo que, a nosotros, los locales, puede que nos ocurra algo similar en el sentido de que también acudimos a los mismos temas al momento de conversar. Ella me da la razón y vuelve al tema de la calificación, dice que seguro a uno lo califican mal, si se baja del carro y cierra la puerta de un portazo, como si uno no tuviera nevera en la casa.

Los carros y taxis de todas las personas llegan y me quedo solo. La aplicación dice que el mío está a 4 minutos. Miro el mapa y parece que el carro se quedó dando trompos en una esquina. Le escribo al temerario conductor y le pregunto si está cerca, pero lo imagino con una mano en el volante y la otra en el freno de mano, una maniobra complicada, y por eso no recibo respuesta alguna. Decido llamarlo y la llamada entra al buzón de mensajes. Cancelo el viaje.

Pido otro carro, y ahora este no pasa de la barrera de estar a 5 minutos de distancia, como si un campo de fuerza invisible no le permitiera acercarse, a menos de la distancia equivalente a esa cantidad de tiempo.

Vuelvo a cancelar y pido un taxi que llega en menos de un minuto.

martes, 22 de mayo de 2018

Narrar

En un curso de crónica, el escritor que lo dictaba nos decía que el punto de vista en primera persona, para una crónica, no es agradable para el lector, pues a veces se torna tedioso tanto Yo, y que sólo se debe usar cuando hemos experimentado de primera mano la situación que queremos narrar. 

Hoy, debido a una seguidilla de clics, que pretendían encontrar un libro, misión en la que fracasé, di con otro que hablaba sobre narrativas personales y en el resumen decía que la mayoría de veces el Yo narrador, de un cuento o una novela, es poco confiable, pero que en la no ficción el lector siempre debe ser persuadido en el sentido de que quien narra siempre dice la verdad. 

Por eso la tercera persona es chévere, pues nos aleja de las opiniones personales y fomenta la creatividad, pues obliga a ponernos en los zapatos de los personajes, de jugar con escritos ajenos, que son tan nuestros como de otros que existen o no. 

En ese curso de crónica del que les hablaba estaba Celia, una española editora y correctora de estilo, y siempre me gustaba cuando le tocaba leer algún texto en clase, por su acento cargado de eses pronunciadas. 

Celia tituló su trabajo final “Al otro lado del espejo”, una crónica bellísima, para mí la mejor de todas, sobre Claudia Tatiana, un travesti que había recibido un disparo en 2009 y había logrado recuperarse. 

Celia nos contó que había visitado un centro de rehabilitación, y que había pasado muchas horas con Claudia Tatiana, entrevistándola, desenmarañando su historia, que incluso la acompaño a algunas de sus clases y comió algo con ella en el pequeño cuarto de la pensión en la que vivía. 

Celia utilizó en su crónica un punto de vista en tercera persona, pero lo trato tan bien, que produjo uno de esos escritos donde la narración lo arrulla a uno, por lo ameno que resulta leer un texto, que lleva la dosis adecuada de descripción. Les compart0 un aparte de la crónica: 

“La pieza es diminuta y, para aprovechar el espacio, de las paredes sucias cuelgan 
algunos ganchos que sostienen prendas anodinas: un sombrero de corte masculino 
que alivia un instante lo lúgubre que es todo, un par de bolsas de plástico negras llenas
de cosas varias, dos bolsos cómodos y sencillos, uno rojo y otro negro, y un morral
con forma de perro de peluche, que no llega a apaciguar la sordidez del entorno.” 
— Al otro lado del espejo —

lunes, 21 de mayo de 2018

Palabrero

Edito un texto que escribí en inglés con la ayuda de una aplicación. A primera vista, la mía nada más, está bien, pero apesto con el uso de las preposiciones y estoy casi seguro de que el texto no está 100% correcto.

Además de esas dudas que pienso dejar pasar hasta que un hablante nativo lo revise, la aplicación genera un aviso. Dice que el escrito es muy palabrero, too wordy, así lo afirma.

La traducción literal de google para wordy es “verboso”, pero esa palabra, por una u otra razón, me genera desconfianza, así que prefiero palabrero, que la RAE define escuetamente como: “Que habla mucho”, es decir, una especie de Cantinflas. Es preferible, pienso yo, que a uno le pregunten: “¿Por qué es tan palabrero?”, en vez de que a uno le lancen una acusación del tipo: “Deje de ser tan verboso”; quizá de ahí viene la repulsión por la palabra, porque la asocio con “mierdero”, que si estuviera aprobada por la RAE tendría como definición: “Que habla mucha mierda”.

Le borro unas cuantas palabras al texto, evitando que la idea principal se pierda, pero nada, la berraca aplicación insiste que el escrito está palabrero o que yo lo soy, pues fui quien lo produjo.

Nada mejor que ir al grano y ser conciso, de ahí la importancia de podar los escritos hasta decir lo que se quiere con la menor cantidad de palabras.

viernes, 18 de mayo de 2018

Existencia

El correo electrónico está en inglés. Dice que mi perfil ha sido aprobado para participar en una lotería por una Green card, ese supuesto pasaje de entrada al sueño americano. 

Seguro es otra de las tantas estafas que se hacen a través de Internet, pues no recuerdo haber creado ningún perfil. Los encargados de redactar el correo tienen mucho coraje. Empiezan diciendo, atención, que América es reconocida por su diversidad étnica y la gran contribución de los inmigrantes a su desarrollo. También que quienes aplican, en este caso uno de mis tantos dobles, duplicados, doppelgängers regados por el mundo, son elegidos de acuerdo al país de origen y sus bajas tasas de emigración en los últimos cinco años, y que se enorgullecen de poder informarme que Colombia ha sido seleccionada para participar en el programa de lotería de la Green Card. El mensaje finaliza con un cuadrado rojo y letras blancas en el que me informan que puedo aprovechar esta ganga por tan solo 15 dólares. 

El mensaje es lo de menos pues, por ejemplo, ¿quién no es pariente o conocido de ese rey Nigeriano con ansias de repartir su fortuna entre miles de personas?, o ¿Quién no ha recibido información sobre el caso de Amy Bruce que lleva un resto de tiempo muriéndose a causa de un cáncer en el cerebro y el pulmón? 

Lo que me llama la atención es la cantidad de veces que podemos existir en este mundo sin que lo sepamos. 

Conozco algún par de personas que se jactan de ser anónimos en la red. Según ellos si alguien intenta buscarlos, nunca los van a poder encontrar por su nombre. Aplaudo esas ganas de querer permanecer anónimos en estos tiempos en que la mayoría queremos dejar claro quiénes somos y que hacemos a cada rato, pero ¿qué tal que eso sea imposible, es decir, que apenas diligenciemos cualquier formulario en internet, el que sea y por más inofensivo que parezca, ya hagamos parte de esa red amorfa y extraña que día a día nos deshumaniza un poco más?. 

De pronto ese perfil que yo, o mi otro yo diligenció, sea producto de una inteligencia artificial que me anda duplicando en diferentes lugares del planeta. Va uno a ver y resulta que  se tienen multas de tránsito en Moscú o una familia en Indonesia. 

Que extraña es nuestra existencia.

jueves, 17 de mayo de 2018

Pizza en el bosque


Hoy ojeé una revista en una peluquería. Uno de los artículos traía la foto de una casa de campo cerca de  La Toscana. Era una foto panorámica, en un día soleado, que dejaba ver la inmensidad de una casa con paredes blancas, rodeada de jardines muy verdes, árboles frondosos, y en uno de sus recovecos se veía una piscina cristalina. 

El artículo hablaba sobre una mujer, una empresaria decía, que era la dueña y/o heredera del lugar. No queda claro si la mujer tenía una empresa o recibía el título porque había remodelado el lugar y ahora alquila parte de la casa, 14 habitaciones, para que las personas se queden allá. La mujer contaba que también tenían un lugar privado en el que ellos, refiriéndose a su familia, se quedaban, pero a veces, cuando no estaban ahí, también rentaban ese espacio. 

Mientras leía la nota pensaba que cuando me gane ese baloto, que no compro, o cuando fallezca ese familiar millonario que aún no conozco, y que espero, por alguna razón, me incluya en su testamento, programaré unas vacaciones a ese lugar. 

Otra de las preguntas tenía que ver con sus hijos, que si disfrutaban pasar tiempo allá, ¿Acaso quién no?. La respuesta fue más que obvia, que si claro, que les encantaba visitar la casa y que mucho más ahora, que ya dominan bien el italiano y pueden hablar con los lugareños. “¿Y cuáles son los planes que más les gusta hacer? La mujer, la empresaria, la dueña de esa berraca casa, que envidia, dijo que les gustaba caminar y montar a caballo en los alrededores y también ir a una pizzeria que queda dentro del bosque, o también ir a comer helado o gelato

En ese punto el artículo me perdió, pues me quede pensando en cómo será esa pizzeria.  Creo que lo del bosque le da cierto toque fantástico. 

Pizza, vino y helado, ¿Qué más se le puede pedir a la vida? Sé que muchas cosas, pues nunca estamos satisfechos, pero podemos empezar por esas, más una temporada de vacaciones en La Toscana. 

miércoles, 16 de mayo de 2018

"¿A usted le gusta leer?"

Matías quiere estudiar Derecho. Hoy le hicieron la entrevista para entrar a la universidad. Fue una entrevista grupal, y los entrevistadores fueron el decano y la directora de carrera. 

“¿A usted le gusta leer?”, fue una pregunta que le hicieron a todos. “Si”, respondió Matías en su turno. 
“¿Cuál fue el último libro que leyó?” 
“El Ensayo sobre la ceguera”, y cuando le preguntaron que por qué, simplemente respondió que la historia lo había enganchado, y argumentó el porque de manera sencilla. 

Cuando le tocó el turno a una mujer, también respondió que le gustaba leer, y el libro que mencionó fue “El Quijote”, y sin que nadie se lo pidiera concluyó diciendo que su gusto por el libro de Cervantes se debía a como había logrado  el escritor mostrar la Edad Media que era tan bella, y como describía a ese caballero que era el Quijote. Según Matías, la mujer tenía súper preparada la respuesta y más bien parecía que estuviera recitando de memoria un libreto. 

Luego fue el turno de otro hombre, que ante las sólidas respuestas del resto de entrevistados no tenía otra opción que decir que también le gustaba leer, y el libro que selecciono fue El Extranjero de Camus, una novela con un crimen y un juicio, muy pertinente, quizá, para la ocasión. 

“¿Usted defendería al extranjero?” fue la pregunta que le hicieron y el hombre comenzó a titubear para al final no decir nada. Cerró su intervención diciendo: “Realmente no sé. No lo he terminado, me faltan como 40 páginas”. 

Al siguiente que le tocaba el turno, evitó complicarse con lugares comunes y contó que el último libro que había leído tenía que ver con aviones, pues es un tema que le apasiona mucho y el libro era un regalo muy preciado que le había dejado su abuelo, con quien compartía esa afición.

martes, 15 de mayo de 2018

Todos somos poderosos

Hago fila en el supermercado para pagar unos productos. No importa cuáles; una vez leí un ejercicio de escritura creativa que consistía en ir a un supermercado y mirar lo que las personas llevaban en sus carritos y con base en los avistamientos, se debía escribir cómo eran sus vidas, entonces, qué sé yo, una señora podía llevar un tomate y una crema de dientes y uno en el ejercicio la podía transformar en una asesina en serie, por ejemplo. 

Volvamos a la fila, mientras hago parte de ella, ojeo el estante de revistas, y dulces, que también tiene libros, la mayoría de estos novelas. Está “Los divinos” la última de Laura Restrepo, “It” de Stephen King y entre estos también se encuentra otro libro: “Todos somos poderosos”. 

El título llama la atención, pues uno escasamente sabe quién es y que un libro, independiente de lo que uno crea ser, diga de manera tan categórica que uno es poderoso, inquieta un poco, ¿Poderoso en qué o para qué? 

Leo la contraportada y cuenta que para ser poderoso es necesario dar un primer paso y que el libro es una herramienta indispensable—atonta un poco la palabra, por la inmediatez que sugiere—para dar ese paso hacia la poderosidad, que se asemeja a ponderosidad: “Que hace o se hace con gran cuidado”, y pues debe existir alguna relación entre ambas palabras, pues ser poderoso no debe ser una cuestión de soplar y hacer botellas como se suele decir. No todo acaba ahí, dice también que el libro es una guía definitiva para vencer todos los miedos y mostrarnos como el poder de transformar el mundo está en nuestras manos. Esto me hace pensar que después de leer el libro, hasta Thanos se queda en pañales. 

Luego la corta narración da un giro radical porque ahora hablan de que en el libro también encontraré consejos esenciales, disparan adjetivos fuertes, para convertirme en una celebridad del Social Media, transformando mi hobby en el mejor negocio de mi vida. 

Luego el texto se descontrola y menciona algo sobre un mapa de sueños, las relaciones tóxicas que me impiden ser feliz, y cierra diciendo que voy a descubrir todos mis súper poderes, ya decía yo que todo este cuento algo tenía que ver con súper héroes, y los de las personas que me rodean, porque, resulta casi obvio, todos somos poderosos. Que no se nos olvide.

lunes, 14 de mayo de 2018

Acto final

Desayuno. Mastico una almojábana al igual que unos pensamientos sobre la muerte, mientras miro, a través de la ventana, cómo las ramas de dos árboles se mecen con la brisa, Present Tense:

Do you see the way that tree bends?Does it inspire? 
Leaning out to catch The sun rays, a lesson to be applied
Are we getting something out of this all encompassing trip?
You can spend your time alone redigesting past regrets oh... 
Or you can come to terms and realize 
You're the only one who can forgive yourself

Pienso mucho sobre la muerte, ese acto final que concluye el viaje. Le doy varias vueltas al tema pero, como siempre ocurre, nunca llego a una conclusión contundente, me pregunto si a ustedes les pasa lo mismo, es decir, si también se preguntan seguido por ese tema o simplemente dejan pasar el asunto, viven y ya. De pronto la mejor forma de llevar la vida es evitar  a toda costa el existencialismo.

Estoy a punto de asistir a un funeral, así que, en medio del tren de pensamiento, procuro que la corbata no vaya a terminar dentro de la taza de café. Habría sido mejor ponérmela después de desayunar, pero apenas salí de la ducha pensé que mi cerebro había borrado los pasos para hacer el nudo, así que fue lo primero que hice para cerciorarme de que no había sido así.

Termino de desayunar y me lavo los dientes, echando ahora la corbata hacia la espalda para no mancharla con un escupitajo de crema dental. Luego pido un taxi. Voy tarde.

Cuando llego al lugar, hay mucha gente y nadie habla, todos llevan caras serias. Saludo a un par de personas y luego me quedo solo, en silencio, me acoplo al código de conducta del lugar: otra estatua más en traje y corbata. 

Una amiga llega. Lleva una cartera inmensa y un abrigo gruesísimo. Veo que necesita más de dos manos y le pregunto que si le ayudo con algo. Me responde que si con una sonrisa y me pasa el abrigo, es de lana y grueso, pesa mucho. 

Un hombre y una mujer entran a la sala de velación. El primero, con una hoja en la mano, dice fuerte: “buenos días, soy fulanito de tal, y soy el encargado del protocolo de la sala. Les presento a fulanita, la asistente de sala”, dice mientras ladea su cuerpo hacia la mujer, que luce incomoda con la presentación y todas las miradas puestas encima de ella.

El hombre lee unas palabras. Habla sobre la muerte brevemente. Imagino que es un texto estándar en el que solo cambian el nombre de la persona que fallece. El hombre dice algo sobre el acto final de la vida. Luego vienen unos padre nuestros y ave marías, junto con él “Dale señor el descanso eterno…”

Terminados los rezos, el hombre del protocolo pide a los 6 hombres encargados llevar el féretro  hasta el ascensor, e invita al resto de personas a pasar a la iglesia para la eucaristía.

En el sermón, el padre dice que seguro mucho de los presentes se han preguntado que cómo es posible que haya ocurrido semejante tragedia, que por qué las cosas ocurren así y no de otra manera, en resumidas cuentas, que por qué la vida es tan trágica. Luego dice que es algo obvio, que incluso él, como si fuera distinto al resto de los presentes, también se ha hecho esas preguntas, y que la verdad no tiene mucho sentido hacérselas, que lo que mejor podemos hacer en esos momentos en que la muerte hace presencia, es arrodillarnos ante la cruz y que ahí encontraremos alivio y entenderemos todo. Dice eso y otras frases llenas de misticismo que intento desmenuzar, pero la verdad no logro entender. Hace también referencia a la muerte como la visita personal que Dios, en cualquier momento, hará a cada uno de nosotros, pero que no debemos temer porque todo será mejor cuando estemos a su lado, concluye. 

Unas filas adelante, mientras el padre habla una mujer se marea y la recuestan en una de las bancas, mientras otra le echa aire, a modo de abanico, con un papel. La escena me sugestiona un poco y pienso que también me voy a desmayar, pero no ocurre nada.

viernes, 11 de mayo de 2018

Ansias

Tengo muchas ganas de escribir algo. Eso es bueno, lo único malo es que no sé qué, pero el solo hecho de querer hacerlo es un buen indicio. 

Supongo que hay infinidad de niveles de ganas para hacer cualquier cosa, pero para ser prácticos digamos que son cuatro: Alto, medio, bajo y penumbra, este último, un estado en el que, con cada una de nuestras acciones, podemos caer en la luz tan fácil como en la oscuridad, como si anduviéramos por un camino de éxtasis con el precipicio de la depresión al lado.  El nirvana y la oscuridad total, que están más cerca de lo que pensamos.

Hoy, afortunadamente, me encuentro lejos de esa zona de penumbra, pero mi musa está dormida. La verdad tiendo a creer que esa ensoñación poética no existe, que lo único con lo que contamos son las ganas de querer hacer algo y ya, y que no hay necesidad de ponerle tantas arandelas al asunto ni de fingir una sensibilidad artística especial cuando no la hay. 

En medio de esas ansias de escribir di, como en muchas otras ocasiones, con una columna de Millás que quizá da en el blanco de mi estado: 


“Estar a punto de ponerse a escribir es como estar a punto 
de tirarte por la ventana de un séptimo piso: de un lado 
lo deseas, para acabar con todo, pero de otro notas cómo 
el pánico, que tiene una mano grande y vigorosa, en 
cuyo interior cabe todo el sistema digestivo, comprime 
tus vísceras” 


De pronto ese párrafo lo explica todo, pues, ¿cómo uno no va a sentirse ansioso de cometer un acto de esos, de tirarse por la ventana o escribir? Es que solo imaginémoslo: pararse en la cornisa sentir cómo el viento golpea la cara, el agarre fuerte de los dedos a los marcos de la ventana, una gota de sudor que lentamente resbala por una mejilla; mientras esperamos que alguien nos hale hacia adentro de nuevo, pues supongo, no lo sé, sé muy pocas cosas la verdad, que por más mal que estemos, siempre esperamos que algo o alguien nos salve. 

Quién sabe en cuántas situaciones de nuestras vidas hemos saltado al vacío, pero, ya ve usted, estimado lector, seguimos aquí con o sin musa, con o sin escritura; sin muchas cosas que creemos necesitar y con otras tantas que, sin saberlo, son nuestra salvación.

jueves, 10 de mayo de 2018

Vamos a fingir

“Vamos a fingir que la vida es una sustancia sólida, con forma 
de globo, que giramos en nuestros dedos. Vamos a fingir que 
podemos distinguir una historia simple y lógica, que cuando 
despachamos un asunto—el amor por ejemplo— vamos, 
de manera ordenada, al siguiente.” 
— Las Olas — 

Cuando leí ese libro, ese párrafo se me quedó grabado en la cabeza. Es perfecto, una verdad, me atrevo a decir, absoluta, pues no hacemos otra cosa que fingir: fingir que lo tenemos todo claro, que controlamos todas las variables; fingir que sabemos qué es lo que hacemos, fingir que luego de A viene B y luego C, etc. fingir, fingir y fingir. 

En medio de esta conducta rutinaria, y como le ocurrió ayer a la esposa del hermano de un amigo, que murió atropellada por un bus, llega la muerte y nos deja en claro que no sabemos nada o, de pronto sí, sino que le estamos prestando demasiada atención a temas secundarios. 

Da rabia entonces que la muerte sea la única encargada de abrirnos los ojos, de sacudirnos para que comencemos a fijarnos en todo aquello que sabemos vale la pena, pero tenemos relegado.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Hablar en poesía

Hoy volví a hacer trampa acá, es decir, tenía toda la intención de escribir sobre un tema, pero me distraje en otros asuntos y cuando retomé el escrito ya eran las 11:47 p.m, así que guardé el post escribiendo un punto en el título, para que la entrada quedara con  fecha de ayer, y así poder escribirlo hoy,  en la madrugada, como si lo hiciera ayer; una especie de escrito del futuro en el pasado o viceversa, que enredado está esto. 

Después cambié el punto por el título que lleva el post y que tiene que ver con el tema sobre el cual quería escribir, pero luego de investigar un poco, lo catalogué de fascinante y pensé que dedicarle unas cuantas palabras a la ligera sería desperdiciarlo. 

A veces eso me ocurre. Se me presentan temas y una de dos: o  no estoy listo para escribirlo, o el tema no lo está para mí; en ambos casos sobresale mi falta de conocimiento. Cuando eso ocurre, creo que lo mejor es dejar las ideas en remojo y empaparlas con otras que vayan llegando en los días venideros. 

En este punto ya le estoy dando vueltas a este escrito que, claro está, no es poesía ni nada tiene que ver con ese tema, en fin, quería escribir algo, lo que fuera, mientras el frío de la madrugada no me sacara corriendo del escritorio. 

Han pasado más de 10 minutos y no se me ocurre que más escribir, es una lástima que no hubiera podido desarrollar la idea inicial. También es una lástima que a estás alturas del partido haya leído tan poca poesía en mi vida, y aún da más lástima que el día solo tenga 24 horas.

La escritora Margarita García Robayo dice que es muy importante leer poesía, pues es el mayor esfuerzo que uno puede hacer con el lenguaje o, en otras palabras, las mías, de estirarlo todo lo posible.

martes, 8 de mayo de 2018

El hombre

Llueve y hace frío. Es un día gris que más bien parece una película muda. 

El hombre que entra al café lleva un traje negro y una camisa blanca de rayas azules, desapuntada al nivel del cuello. No lleva corbata, suponemos que la carga en su maletín, destinada para un momento que lo amerite. ¿Cuál?, no lo sabemos, es algo que solo le concierne al hombre. 

Apenas se sienta, pone un paraguas contra la pared y lo observa durante un par de segundos, como pensando: “Ni por el putas se le ocurra resbalarse”. El paraguas le hace caso y se queda inmóvil. 

Luego el hombre descansa un maletín café de cuero sobre una silla. Acto seguido saca un portátil muy pequeño, lo abre y enciende con ágiles movimientos. A la par de esas acciones pone un bloc de hojas grapadas sobre la mesa, lo que parece una especie de informe, ¿de qué?, imposible saberlo. 

Teclea un rato en el computador. ¿Qué hace el hombre?, ¿Quién es el hombre? No sabemos. ¿Quiénes son esos con “desconocidos” con los que nos cruzamos a diario?, ¿qué papel juegan en nuestras vidas? El hombre ordena que le traigan un tinto. “¿Con azúcar?”, pregunta la mesera. “No, así, solo”, responde serio. Ahora lee el informe, con un marcador rojo en su mano derecha, listo para masacrarlo. 

Podemos pensar lo que queramos sobre el hombre. Que es un escritor que trabaja en su novela de a poquitos, a punta de frases sueltas, pues ya dejo de teclear y ahora solo se dedica con detenimiento a su lectura. Puede que no sea un informe, sino el borrador de su novela. También puede ser que no le interese para nada la literatura, y que sea un ejecutivo que trabaja en finanzas, alguien que maneja cifras que no nos caben en la cabeza, miles de millones que resultan difíciles de pronunciar, o bien, el hombre podría ser las dos cosas al mismo tiempo o ninguna 

En la muñeca izquierda lleva un reloj muy grande. Podemos imaginar que el hombre vive pendiente del tiempo, que lo obsesiona esa variable que inventamos y que determina en gran parte nuestras vidas. El hombre dirige la mirada a un reloj que cuelga en la pared, parece haber olvidado el que lleva puesto, como si los segundos, minutos y horas que lleva en la muñeca no le pesaran. 

El celular le suena. Lo contesta y con un acento que parece chileno, con frases pegadas ininteligibles y picos en la entonación, saluda a un tal Eduardo. Responde que si a lo que este le pregunta, que más tarde va a estar en el lugar acordado. “Un abrazo Eduardo”, dice para despedirse, “nos vemos más tarde”. 

El hombre ordena otro tinto.    

lunes, 7 de mayo de 2018

Desléame

Siempre me ha llamado la atención el prefijo Des que denota negación o inversión de algo: Des-lactosado, descafeinado, desatinado, descachalandrado; esta última no existe, o bien la podemos llamar es una no-palabra, pero el lenguaje sería más divertido si nos diéramos ciertas licencias creativas con él. Dejemos claro que para ese último ejemplo que pongo,  que cachalandrado, vendría a significar como bien puesto o arreglado. 

Volviendo al tema del Des en estos días me lo encontré dos veces de forma diferente. La Primera fue en Pedro Páramo cuando uno de los personajes utiliza el término “Des-mañanarse”, que significa madrugar y que, en mi humilde opinión, es demasiado preciso y tiene todo el sentido del mundo. 

Los mexicanos tienen un montón de palabras que, aunque lejos de ingresar al riguroso mundo de la RAE, son exactas para denotar una situación. De ahí que García Márquez haya escrito en uno de sus artículos: “El mejor idioma no es el más puro sino el más vivo. Es decir, el más impuro; el de México, que parece el más imaginativo, el más expresivo, el más flexible”. De pronto esa era una de las razones por las que al escritor le gustaba tanto ese país, por ese español elástico. 

Hoy por los misteriosos artilugios de un simple clic que  lleva a un sinnúmero de ellos, di con un cuento titulado “El Escritor Des-leído, que trata sobre el escritor Errelese (R.L.S), así firmaba sus libros y lo conocía todo el mundo. Al escritor no le gusta mucho el estrellato, y en 30 años había decidido no dar ninguna entrevista a la televisión, como si, extrañamente, no quisiera ser leído. 

Hace poco, en otra novela leí que las palabras siempre buscan algo más allá del placer propio, y que escribir para uno mismo sería como hacer el equipaje y no irse de viaje. 

De cierta forma es un pensamiento, digamos, inteligente, pero que lástima que hasta en la escritura se presente ese afán de reconocimiento que está tan presente en los demás campos de la vida. Si, uno escribe para que otros lean, pero es innegable que también uno escribe con ánimos de salvarse, como de curarse de algo que es difícil precisar. 

Este escrito, hasta el momento desleído, tomó otro rumbo, o bien, se des-controlo. La verdad no es que tuviera uno definido en un principio, pero se me acabo la gasolina con lo del Des, así que, estimado lector, bien pueda léame o desléame.

sábado, 5 de mayo de 2018

Desayuno

El protagonista de la novela “Ese dulce mal” de Patricia Highsmith, vive en una pensión. El narrador cuenta que al personaje le parece una falta de respeto, con el resto de los inquilinos, leer un libro durante la hora de la comida, y por eso realiza esa actividad al momento del desayuno. 

Una jefe que tuve, quien en ese entonces vivía con su mamá y un hermano, una vez me contó  que le molestaba de sobremanera que alguien le hablara durante el desayuno. Según ella el momento de la mañana en la mesa no era para hablar; “Que estrés eso”, me dijo en esa ocasión. “¿Y nadie habla ni dice nada al momento del desayuno?”, le pregunté, y me respondió que no, que ese ya era un acuerdo tácito entre todos los miembros de la familia. 

A mí tampoco me gusta conversar en los desayunos, pero no porque me moleste que alguien me dirija la palabra, sino porque es un momento contemplativo del día, uno de los únicos, junto con el tiempo que paso en la ducha, en el que me parece que se puede pensar con cabeza fría todos los asuntos que por una u otra razón dan vueltas en la cabeza. 

Pero ya ve, estimado lector, cada quien, en la ficción y/o la realidad, con sus rituales y manías al momento del desayuno.

viernes, 4 de mayo de 2018

Un lugar

Un hombre cuyo saco se pasea entre la frontera de los colores morado y vino tinto está sentado con las piernas abiertas y sus pies marcan las 4:40, no sabemos si de la tarde o de la mañana. Luego, en su madrugada o tarde, abandona junto a su acompañante el lugar y la mesa es ocupada por una pareja de novios adolescentes.

Ella lleva un uniforme de colegio gris con cuadros azules y él viste todo de azul con jeans y una chaqueta. Arriman los asientos hasta quedar lo más cerca posible para besarse seguido. Cada vez que lo hacen, la mujer lo toma firme de la nuca firme y hala su cabeza hasta que las bocas inquietas se encuentran.

A dos mesas una mujer con un chal de lana que cubre toda su espalda, pantalón negro y botas grises hasta las rodillas teclea frenéticamente en su teléfono celular. Dos botellas de agua fría, con gotas de agua que resbalan, reposan encima de la mesa. Al rato llega su pareja, un hombre con un saco amarillo de capucha. Apenas se sienta pone una mano sobre uno de los muslos de la mujer y comienza a acariciarlo. Ella, ante el gesto de su pareja, recuesta la cabeza sobre uno de los hombros del hombre, quien ahora le revuelca el pelo cariñosamente.

Complementa la escena un abuelo de pelo blanco y su nieta. La pequeña parece indecisa, y no sabe si sentarse o no. Al fin lo hacen y entablan una conversación en la que solo habla el viejo y la pequeña asiente o niega con su cabeza. Al cabo de un rato, el abuelo deja a la niña sola y se va a hacer fila para comprar algo de comer. En la fila, mientras habla por celular, no le quita los ojos de encima a su nieta, que ahora está desgonzada en la silla, con la cabeza echada hacia atrás y todo su pelo, largo y negro, colgando; una Rapunzel en miniatura.

Un niño de unos 10 años se pasea por el lugar de un lado a otro con una bandeja en sus manos. Distraído tumba un letrero amarillo que dice, en letras rojas: “Piso Mojado”. En una maniobra complicada se agacha a recogerlo, mientras hace equilibrio con la bandeja en una mano. Una señora que va pasando a su lado se da cuenta y se apresura a ayudarle. El niño, aliviado, se reincorpora y continúa caminando sin rumbo fijo; aún no encuentra a la persona que busca.

La mesa de las botellas de agua sudorosas, ahora está ocupada por un hombre de mediana edad, si suponemos que va a morir a los 86 años. A esa mesa la vamos a llamar: “mesa de los sacos amarillos”, pues este hombre también lleva uno de lana en ese color. Cruza una pierna sobre la otra a manera de contorsionista, mientras la luz del lugar se refleja sobre un zapato de charol negro muy brillante que quedó suspendido en el aire. De un momento a otro descruza las piernas sin ningún tipo de esfuerzo, y se pone de pie como activado por unos resortes. 

Al instante otra pareja ocupa la mesa y la despojan del título: “mesa de los sacos amarillos”pues ninguno de los dos lleva una prenda de ese color.

En este punto la tinta del esfero, que ya venía cansada, dejó de existir, evento que coincidió con la llegada de la persona que estaba esperando.

jueves, 3 de mayo de 2018

Plegaria por un desconocido

Al kontar es su apellido, a menos que Al sea su segundo nombre; Hassan Al Kontar, así se llama. Muchas veces llego tarde a las noticias, supongo que se debe a que prefiero pasar  más tiempo en la ficción; por eso, hasta hoy me enteré de su existencia.

Kontar es un ciudadano sirio que lleva dos meses atrapado en Malasia, en el aeropuerto de Kuala Lumpur. Abandonó su país al no querer prestar servicio militar, estuvo 8 años en los Emiratos Árabes Unidos, y cuando comenzó la guerra en Siria su situación legal en ese lugar se complicó. Ahora está en la zona de transito del aeropuerto, intentando que algún país le conceda una visa.

Hoy escuché una entrevista que le hicieron por radio, donde muchas de las preguntas fueron puras maricadas, tipo: “¿Cómo ha sido su día hoy?”, “¿Qué come?” y cosas por el estilo. Luego vi un video que publicó en redes sociales en el que contaba que si lo veíamos sin audífonos era porque alguien se los había robado. Lo bueno era que hablaba sin rencor, sin embargo, no tener un par de audífonos debe ser una de sus menores preocupaciones en este momento.

Kontar respondía a todas las preguntas con un tono animado, pero su voz se puso triste cuando habló sobre la estigmatización hacia los ciudadanos sirios y cómo al resto del mundo parece importarle muy poco lo que les pueda ocurrir.

Siente mucho afán por pertenecer, es decir, por tener una nacionalidad, la que sea, y parece que ese desarraigo que siente es una de las cosas que mas conflicto interno  le produce . No entiende uno cuál es nuestro afán de poder llamar a algún pedazo de tierra patria. Como piensa uno de los personajes de la novela Tiempo Muerto: "La sola mención de la palabra me pone los pelos de punta. ¿Qué es esa mierda? ¿Quién nace con la bandera tatuada en la nuca?"

“¿De qué manera podemos ayudarle desde acá?”, le preguntó una periodista.
“La verdad no hay mucho que puedan hacer. Recen por mí.”

martes, 1 de mayo de 2018

Salsa de piña

Sábado 6 de la tarde. 

El café hace rato se acabó, y la luz del día también está a punto de extinguirse. Cada vez debo acercarme más el libro a la cara para leer. Siento que mi vista se cansa, pero también que estoy a pocas páginas de terminar el capítulo; acierto, solo faltaban dos. “Nunca sabremos quién fue. Qué más da”, son las palabras que lo cierran. 

Pienso en que quiero prepararme un perro caliente en la noche. No sé por qué llegan pensamientos acerca de comida, pero ahora el perro ocupa toda mi mente. Es uno sencillo, que bien podría llamársele salchicha entre dos panes más que perro. Preveo que no quiero complicarme con la preparación, es decir, derretirle queso, picarle cebolla y cosas por el estilo que, a la larga, no son nada del otro mundo, pero es sábado y quiero abusar de la ligereza con la que viene cargada este día y la practicidad de todo lo que esté por venir. 

“¿Y la salsa de piña?” me pregunto. Hace unos días exprimí los restos de la que quedaba y el empaque quedó chupado como una uva. Decido ir a comprar uno. Me gusta mucho el contraste dulce de esa salsa, mezclado con las otras salsas, las papitas machacadas, la salchicha y el pan. Pienso también en la salchicha, una edición limitada de chimichurri que compré hace unas semanas. 

El cielo amenaza con lluvia, pero que yo sepa, nadie ha muerto en un aguacero citadino, al menos no a causa del agua, dejemos los rayos para otro escrito, así que arranco a caminar. 

Ya en el supermercado, encuentro la salsa rápido. A veces me siento muy perdido en esos lugares, porque parece que cualquier producto que busco, lo han ubicado con el único fin de que no lo encuentre, pero esta ocasión es la excepción a la regla. 

La luz artificial del lugar es muy fuerte, como si pretendieran que compremos a ciegas. Hay filas en todas las cajas y los lectores ópticos en cada una de ellas no se cansan de hacer ruido. Ubico la a caja rápida y su fila solo la componen dos personas, un hombre que ya está terminando de pagar, y una mujer que pone una caja de huevos en la banda y dos frascos de yogurt con cereal saludable de granola, uvas y esas cosas. “Cereal de pajarito”, pienso. 

Mientras hago fila una pareja entra al supermercado. La mujer lleva tenis Converse, una falda de jean y medias negras hasta las rodillas, y tiene el celular colgado a manera de collar, solo le falta llevar un letrero que diga: “Por favor róbenme”. Imagino un ladrón halando el aparato con todas sus fuerzas u otro, más condescendiente con el cuello de la muchacha, cortando el cordel que lo sostiene con una navaja. 

La luz del día está a punto de apagarse por completo. Hace mucho frio, pero las nubes, grises y regordetas, se atragantan con la lluvia, unas por otras.