domingo, 30 de junio de 2019

¿A dónde se va?

La hija de F. la llama al trabajo, para contarle que su papá ha muerto. La hija está de mal genio y le dice a su mamá que no puede ir a trabajar, que va a ocuparse del asunto. 

Cuelgan. F dice que apenas se enteró de la noticia, sintió un vacío momentaneo, que todo se le bajó, pues, a fin de cuentas, él, su ex-marido, había sido “El amor de su vida”, así lo dijo. 

Al rato le vuelve a sonar el teléfono. Es su hija de nuevo y esta vez le pide disculpas. Le explica que no está brava con ella, sino con la vida, con el desenlace de los eventos que rara vez coincide con nuestras expectativas. Le cuenta a su mamá que siente mucha rabia, rabia de que su papa no estuvo a su lado, de que nunca pudo disfrutar de él como hubiera querido, pues F y él se separaron hace muchos años; él se caso de nuevo y cambió de hijos, de esposa, de vida. 

¿Qué pasa con el amor?, ¿a dónde se va el sentimiento una vez termina una relación? Se supone que después de un tiempo, mucho dolor y lágrimas se avanza, ¿cierto?, se sigue adelante. Unos lo hacen más rápido que otros, pero en algún lugar del cuerpo debemos llevar restos del amor que hemos sentido por todas las personas con las que hemos tenido una relación sentimental. ¿En dónde?, digamos en el corazón, que es el que suponemos se encarga de ese sentimiento, o de lo que sea que es el amor. 

De eso habla Raymond Carver en uno de sus cuentos: 

“Hubo un tiempo en que creí que amaba a mi ex mujer más 
que a la propia vida. Pero ahora la aborrezco. De verdad. 
¿Cómo se explica eso? ¿Qué ha sido de aquel amor? Qué 
ha sido de el, es es lo que quisiera yo saber. Me gustaría que alguien pudiera decírmelo.” 

Exijo lo mismo que el personaje de ese cuento. Que alguien nos lo diga, que alguien nos aclare eso, para poder entender porque F. se sintió de esa manera cuando se enteró de la muerte de su ex-marido, alguien por quien, se supone, ya no sentía absolutamente nada.

sábado, 29 de junio de 2019

Ordesa, o de cómo narrar la vida

Leo Ordesa, la novela de Manuel Vilas, que bien podría llamarse: “Ordesa, o de cómo narrar jodidamente bien la vida”. 

Llegué a la novela por un artículo en el que Juan José Millás recomendaba películas, series y libros y ese estaba en la lista. También estaba “Un andar solitario entre la gente”, al que le he hecho dos intentos de lectura, pero llega un punto en el que me aburre, y pues a uno no le debe pesar abandonar un libro cuando se le coge pereza. 

Hace un tiempo investigando qué autores le gustaban a Millás aparte de Dostoyesvski, di  con Patricia Highsmith, porque el narrador de Mi Verdadera Historia,  mencionaba que el protagonista adolescente o su papá, ya no recuerdo bien,  se sentía atraído por la novela “Ese dulce mal” de esa autora, que se especializa en thriller psicológicos. Me la leí, pero no me pareció tan buena. 

En cambio la de Vilas, que  aún no  termino,  me ha gustado mucho, la forma en que narra su vida y la de sus padres es genial. En ocasiones es muy poético, y en otras simplemente cuenta sus recuerdos como mejor los recuerda, valga la redundancia, pero siempre procura estar desapegado de la opinión, de esas verdades absolutas que todos creemos tener, y que blandimos verbalmente a cada rato. 

“Me gusta viajar en mi coche. Salir a las autopistas. Parar en los 
Bares y restaurantes de las autopistas, donde todo el mundo es nadie. 
Allí hay camareros con vidas difusas, fíjate en ellos. 
Sí, fíjate en ellos.” 
— Ordesa — 

Lean a Vilas, aguanta mucho.

miércoles, 26 de junio de 2019

Temas

La mujer con la minifalda se sienta en su escritorio de forma incomoda , otra se pasa la lengua sensualmente por los labios, para quitarse la espuma que quedó en ellos, luego de haberle dado un sorbo a una taza de capuchino; un hombre de pelo corto y bigote mira un mensaje en su celular, frunce el ceño y luego lo guarda en el bolsillo derecho de su pantalón; una señora le pone la mano a un bus que sigue de largo, como si ella fuera un fantasma, y al rato decide parar un taxi; el hombre frita un un huevo en pijama, una pareja que exuda pasión se enjabona mutuamente mientras un fuerte chorro de agua los moja; un mensajero oprime con ansias el botón para llamar el ascensor; aquella mujer, la que sea, apaga la alarma del despertador por segunda vez, porque la realidad le sabe a mierda; el jefe cansado de su dieta pide hamburguesa en vez de pescado a la plancha con verduras; un hombre, otro diferente a los ya mencionados, camina escuchando música y toca un bajo que está hecho de aire; una mujer recién casada se fija en él, un perfecto desconocido para ella, con el que solo se va a cruzar esa vez, pero con el que imagina toda una vida por delante. 



Cualquier escena, cualquier cuadro minúsculo que compone nuestras vidas son temas, temas sobre los cuales se podrían escribir novelas, porque todos están repletos de incógnitas, de conflictos escondidos difíciles de ver a primera vista, y solo hace falta que nos fijemos con detenimiento para comenzar a desenredarlos, un arte que los novelistas expertos tienen muy desarrollado. 

Podríamos plantearnos, por ejemplo, cualquier tipo de preguntas acerca de la mujer recién casada que mira al hombre que camina y escucha música y con quién imagina toda una relación a futuro ¿Por qué lo hace?, ¿duda de sus sentimientos hacia su marido o es una simple ensoñación? O, por ejemplo, ¿qué decía el mensaje de celular que alteró al hombre? 

Temas que, al parecer, son normales, ¿cierto? Pero quién sabe cuánta tensión cargan y qué cantidad de eventos pueden desencadenar. Por eso nos contamos historias de cada una de esas personas, intentamos darle algún orden a la avalancha de información con que nos bombardea el mundo a cada segundo. 

“We live entirely, especially if we are writers, by the imposition 
of a narrative line upon disparate images, by the “ideas” with which 
we have learned to freeze the shifting phantasmagoria which is our actual experience.” 
- Joan Didion -

martes, 25 de junio de 2019

Maluquera existencial


Un amigo me cuenta que este fin de semana tiene una cita con una médica bioenergética, la misma que atiende a su novia. ¿Por qué?, porque afirma que últimamente no se siente bien, como si tuviera algo desbarajustado, excelente palabra esta, pero no es una dolencia física que se cura con una pastilla para el dolor y/o una bebida caliente. Podría escribir que es un dolor en el alma, pero me parece un recurso romanticón y zonzo. 


Mi amigo atribuye parte de su sensación a estar lejos de su familia;  emigrar siempre desordena algo, corrompe nuestro programa o, en otras palabras, nos enreda el caminado.

Una de las principales inquietudes que le rayan la cabeza y que me planteó con algo de rabia fue: “¿Por qué carajos tuve que dejar mi ciudad para poder buscar oportunidades?”

Y es que se supone que las ciudades capitales son el lugar indicado para buscar lo que uno sea que esté buscando, pero tienen un punto en contra, y es que son un mierdero: frías, caóticas; y resulta necesario blindarse de alguna manera para no dejarse joder por la velocidad a la que van.

Cada quien busca los métodos que considere necesarios para no enloquecer. En el caso de mi amigo es una médica bioenergética, pero hay muchas opciones.

Hace un par de años años estuve obsesionado con escribir una crónica sobre el Indio Amazónico. Al final mi proyecto no salió del todo como quería, pues “La Profesora”, la mujer que leía las cartas, que llevaba  un vestido de color verde perla y un turbante, me echó del establecimiento, asegurando que yo era un periodista, a pesar de que le juré que no era así;  eso sí, me devolvió los 30.000 pesitos que costaba la sesión.

Tiempo después seguí interesado con el tema y escribí un artículo que titulé “El supermercado de la salvación”, basado en los avisos clasificados de esoterismo que tiene el periódico, donde se encuentra de todo: Angeólogos Santeros, expertos(as) en regresos e incluso, en ese entonces, una abuela católica ofrecía “tratamientos”, que ternura esa vaina.

Yo casi siempre vuelco mis penas o bien, me medico un texto, bien sea escribirlo o leerlo, y  muchas he pensado en eso, es decir, si es más importante escribir o leer. Rosa Montero dice: “Dejar de escribir puede ser la locura, el caos, el sufrimiento; pero dejar de leer es la muerte instantánea", en fin.

Pero pues esa es la vaina o, para decirlo más decente, el punto; cada quién se medica como se le de la gana para intentar entender la vida, si es que eso es posible.

Gran parte de esa maluquera existencial que a veces nos ataca, tiene mucho que ver, creo yo, con esa ansias que muchos tienen de andar pregonando que su trabajo es su pasión y su carrera, su todo; una idea que le copio al brillante Brandon Staton y su proyecto Humans of New York, de una de sus últimas entrevistas, y que no traduzco para que no pierda fuerza pero, principalmente, porque tengo pereza:


“My job isn’t my passion, but I love mountain biking
on the weekends. And that’s enough for me.’ I think
the feeling I’m trying to resolve is a sense of ‘enoughness.’
There’s so much I love about my life, but I spend most
of my time at work. Is it OK to get my joy outside of work?
Or does my passion need to be tied to my livelihood and a 

sense of reponsibility"

lunes, 24 de junio de 2019

Rutilante

No conozco esa palabra, así que acudo a la RAE para que me de luz. Escribo la palabra en la caja de búsqueda, pincho el botón “consultar”, y me decepciono con la información que obtengo: “Que rutila”: 

Repito el proceso y resulta ser un verbo. Rutilar: brillar ¿Debería conocerlo?, ¿cuántas palabras de mi idioma materno no conozco?, ¿debería darme pena?, no sé, hoy es uno de eso días en que siento no saber nada, pero tengo claro que prefiero decir que algo brilla a que algo rutila, eso sí lo sé.

La palabra la leí en la novela Americanah, de la escritora Africana Chimamanda Ngozi Adichie, traducida por un tal Carlos Milla soler que, supongo, es español.

La novela está repleta de otras palabras que me suenan extrañas, lejanas, como apearse, por ejemplo, que no es otra cosa que bajarse de un automóvil. Pero acá nadie dice eso, uno dice: “se bajo del carro, me voy a bajar del carro” o frases por el estilo.

Una amiga, profesora de español y literatura, me dijo que por qué no me había comprado la novela en inglés. Tal vez debí haberlo hecho así, para evitar esa capa de traducción que no deja de cambiar la intención del texto original de alguna manera.

Lo compré en español, porque fue la primera edición que vi y, además, la de inglés era más cara. Ella me dijo que la última no era razón suficiente, que ella nunca escatimaba al momento de gastar en libros o comida. En ese momento le dije que no importaba, que al final todo se reducía a leer, independiente de cual fuera el idioma, pero tal vez mi lectura habría sido más satisfactoria si hubiera leído la novela en inglés.

Hace muchos años también me encontré con palabras extrañas e inconsistencias en el punto de vista, en “La Republica del Vino”, la novela del Nobel chino Mo Yan. En esa ocasión parecía que era una doble traducción del chino al inglés y de ese idioma al español, una especie de teléfono roto de traductores que no dio buen resultado.

Supongo que para que las obran rutilen como debe ser, lo mejor es leerlas en su idioma original.

sábado, 22 de junio de 2019

Dos mujeres

Una baila y la otra escribe. 



La primera lo hace de manera sensual; me parece que se mueve bien. Es una afirmación que hago sin base alguna, porque no sé qué es eso, pues no me gusta bailar; dada la situación puedo lo llegar a hacer medianamente bien tirando a mal, pero es algo que no me divierte, a diferencia de esa mujer que parece haberse inyectado una mezcla de beats, ritmos y melodías en el cuerpo. 



La miro desde la barra sin que se de cuenta. Baila, o le baila, más bien, a un hombre al que no le importa seguirle el paso. Puede ser solo un amigo, su pretendiente, su novio o tal vez su hermano, quizás es lo último, y por eso la actitud de la mujer no produce ningún efecto en él, como ganas de arrimársele o abrazarla, qué sé yo, o puede que el hombre sepa que es su momento, su terapia y que no la debe molestar.


Mientras la miro imagino que baila para mi o conmigo. Tiene el pelo negro liso y largo, y su nariz es respingada. Lo que más me gusta de la escena es ver lo mucho que se divierte bailando, verla en su burbuja de baile, ajena a lo que pasa fuera de ella, en su cuento, en su mundo, ¿acaso no merecemos todos tal grado de abstracción en aquella actividad que más nos gusta realizar? 


La otra mujer no baila, sino que escribe en la mesa de un café. La acompaña una botella de agua y un vaso, medio lleno, a su lado. Siempre que veo a una persona escribiendo en un café me imagino que es un escritor(a). Esta lleva puesto un pantalón negro pegado para hacer deporte, unos tenis del mismo color y tiene las piernas cruzadas por debajo de la mesa. Siempre me ha parecido que las mujeres tienen una habilidad única para cruzar las piernas en espacios reducidos. 

Al rato llama a la mesera y le pide un te con un rollo de canela, y también le dice que por favor se lo parta por la mitad, que le sirva solo una, y que la otra se la de para llevar. Me pregunto para quién es esa otra mitad, si para ella, más tarde cuando le vuelva a dar hambre, o para otra persona. Al rato le suena el teléfono y habla acerca de unas facturas, creo que no es una escritora.

jueves, 20 de junio de 2019

Partido

Llegamos tarde al lugar y ya está lleno. Quedamos lejos del televisor. Tengo puestas las gafas, pues siempre me quito los lentes de contacto al mediodía para descansar los ojos; me los volví a poner para ver el partido, pero me empezaron a molestar. A veces parece que mis ojos se revelaran: ya nos puso esa vaina hoy, ¡no nos joda más! El balón a veces se me desaparece y veo cómo los jugadores corren detrás de uno invisible.

Pido una cerveza. Al lugar siguen llegando personas con caras llenas de alegría, a la expectativa de una noche de fiesta un miércoles… ¡Un miércoles!

A mí lado hay un grupo de 4 hombres y una mujer; al parecer algunos de ellos son extranjeros o hablan en inglés solo porque sí, hay gente así. Coquetean con las meseras y piden una botella de aguardiente que les llevan en una hielera que suda mucho, y tiene hielo casi hasta el tope; la ubican justo a mi lado. Los hombres se preocupan más por brindar y servirse aguardiente cada nada que por ver el partido.

A ratos suena Colombia tierra querida himno de fe y alegría… a un volumen exagerado que opaca la voz de los locutores que narran el partido.

Al medio tiempo  ponen Regaetton y algunas de las personas comienzan a bailar. Un grupo numeroso que está al frente pide una botella de Tequila, y la primera vez que brindan lo hacen con un trago largo. Algunas de las mujeres de ese grupo llevan Blue jeans muy ajustados y sombreros como si estuvieran en plena cabalgata.Ahora tengo sueño. 

El partido importa poco. Tomar y bailar son las actividades que marcan del ritmo de la noche o, quizá, de la vida de la mayoría de los allí presentes; hasta que llega el gol de Zapata, que le aseguró la clasificación de Colombia a la siguiente fase.  Todo el mundo se enloquece, no es solo un gol, sino también  la excusa perfecta para embriagarse y enfiestarse.

Acaba el partido y abandonamos el lugar.

martes, 18 de junio de 2019

Repetirse

Pensé en escribir sobre Cuchuco y la Raspa. Cuchuco era un perro y La Raspa una gata, que mis papás tuvieron cuándo vivieron, en Sibundoy, Putumayo, apenas se casaron. Al principio la Raspa se llamó Rasputín, hasta que se dieron cuenta de que era hembra, y para no complicarse modificaron el nombre de manera fácil. 


Iba a escribir sobre esa historia: Cómo mi mamá, cuando la gata se ponía a ronronear y a restregarse contra sus piernas mientras ella estaba ocupada en la cocina,  le decía al perro: “¡Cuchuco saque a la raspa! Entonces el perro se movía con pereza hasta llegar a la gata, la mordía del lomo y la llevaba hasta la entrada de la casa.  Esa es una historia  que mi papá, al igual que muchas otras, repite y repite: , ¿pero si ven?, ya me repetí. 

Imagino que uno de los síntomas de la vejez es repetirse. Aunque mi padre repite muchas de sus historias, siempre es bueno escucharlo, pues cada vez le agrega detalles nuevos o las narra de manera diferente, pero siempre de forma amena y agradable o, en el mejor de los casos, rescata una nueva de las profundidades de su memoria. 

Pero bueno, pensaba escribir sobre eso más en detalle, pero ya había tocado el tema hace hace 5 años, y siempre trato de escribir algo diferente cada vez que me siento en el escritorio. Aún así, muchas veces me repito, y siempre toco temas, a veces por los laditos otras de frente, que me inquietan y rayan la cabeza. 

La escritora Rosa Montero, por ejemplo, afirma que toda su obra esta atravesada por dos temas que nunca la abandonan: La muerte y el paso del tiempo, y en todas sus novelas se “repite”, vuelve y los toca una y otra vez. 

El post en el que nombré a Cuchuco y La Raspa lo titulé Luz, y en él hablaba de cómo mis padres, en sus primeros años de matrimonio, vivieron por un tiempo en una casita en medio del campo, a la que la luz, como dice mi padre, llegaba sacando la lengua, y apenas tenía fuerza para prender un bombillo pequeño, solo a ciertas horas. 

Ese post fue la base de las palabras que escribí para sus bodas de oro hace 2 años y, creo que me quedó bien, o por lo menos a mí me pareció así: un escrito redondito, compacto, sincero y sencillo más no simple. 

Repetirse entonces, resulta inevitable. Lo hacemos todos los días.

lunes, 17 de junio de 2019

Nubes y montañas

El sol golpea a las montañas. La mayoría de nubes, suspendidas en un cielo azul claro, son blancas, pero una nube rebelde, pequeña y gris, ocupa un espacio alejada de sus hermanas. Se mueve a una velocidad diferente, más deprisa, como queriendo abandonar la escena rápido, quizá siente que no encaja con el clima del día que, perece, va a ser soleado, aunque es muy difícil prever el clima bogotano. 

Esa es la vista que tengo desde un piso 8. Afuera, en a la calle, parece que todo está en silencio. Digo esto solo porque tengo unos audífonos grandes puestos y escucho a Mogwai a un volumen alto, una banda instrumental  que no conocía hasta la semana pasada, cuando un amigo me la recomendó. Me parece que su música apropiada para escribir, aunque mi amigo insiste que es perfecta para dormir; esto me recuerda que alguien, no recuerdo quién, hace algún tiempo me dijo que la mejor música para dormir es la de Pink Floyd. No lo sé.

Para mí la mejor música para dormir es la que no conozco para nada, pues caso contrario, me pongo a cantar las canciones mentalmente o a tararear la melodía de igual manera, y me demoro mucho en conciliar el sueño. 

Volvamos con las montañas, con ese último bastión verde que le hace frente al cemento que, poco a poco, intenta tragárselas. Ahora noto que sobre ellas flota una especie de bruma, niebla podría ser, pero seguro es smog; que lástima, se ve bien. 

Me gusta como suena Mogwai, parece que todo fuera una improvisación, un reflejo literal de nuestras vidas, pues las de todos, creo yo, no dejan de ser eso, una iteración constante que espera obtener un buen resultado. 

Intentamos planear, programar, llegar a un buen puerto, el que sea, pero la vida se encarga de desviarnos, de derrumbar nuestros planes solo porque si, porque se le da la gana, porque tiene más fuerza que nuestra voluntad, y por eso improvisamos, pues no nos queda otra opción. 

Al final nuestra existencia se reduce a la prueba y el error. Acudimos a la primera esperando no caer en el segundo, pero igual que con el clima de esta ciudad, no tenemos idea alguna qué es lo que va a pasar.

jueves, 13 de junio de 2019

Universo paralelo

Una teoría dice que existen millones de universos paralelos en los que existimos, pero llevamos vidas completamente diferentes, y que estos se crean, en aquellos momentos en los que debemos tomar una decisión, la que sea.

Suponga usted, estimado lector, que siempre lleva almuerzo a la oficina, y trata de comer lo más saludable posible. Un día olvida llevarlo; uno de esos días en los que la mente se ocupa con mil temas antes de salir de la casa y, a pesar de que el almuerzo con brócoli y habichuela hervida, y una porción de arroz del tamaño del puño de la mano, está listo y a plena vista, en el mueble que queda al lado de la puerta, ahí se queda olvidado el por el resto del día.

Ese día, llamémoslo el del almuerzo sin dueño, es uno de mucho trabajo en el que no se come nada en toda la mañana, y a la hora del almuerzo uno siente que es capaz de comerse una vaca entera.

El lugar al que se va almorzar tiene muchas opciones de comida saludable y chatarra. La mayoría de las personas escogen opciones del segundo grupo,y uno, que intenta llevar la cuenta de las calorías que consume en cada comida y con el brócoli en mente, piensa pedir una ensalada.

Antes de llegar a hablar con la cajera, uno decide que la comida saludable se puede ir a la porra, y pide una hamburguesa doble carne, con papas agrandadas y malteada de fresa. Es ahí cuando se crea un universo paralelo.

Imagino que en ese un universo la comida chatarra es la que manda la parada, y es también uno en el que nadie medita, ni práctica alguna terapia new age o algo por el estilo; un lugar donde reina una especie de anarquía espiritual.

martes, 11 de junio de 2019

Mirar por la ventana

Miro por la ventana distraídamente y veo como, a lo lejos, un helicóptero pasa por delante de una nube blanca. El contraste entre el blanco de la segunda y el color rojo del primero, hace que el avistamiento sea llamativo. 

¿Quién va en ese helicóptero? ¿Hacia dónde se dirige? Recuerdo que una vez una mujer publicó una foto de un día de trabajo en ciudad de México. Ella estaba ubicada en un piso muy alto y la imagen mostraba un helicóptero aterrizando en el helipuerto del edificio que quedaba al frente. 

Soñamos con eso, con ser el que viaja en ese helicóptero, con evitar trancones con no demorarnos en nuestros desplazamientos; recorrer distancias en menos de 10 minutos en hora pico, que nos tomarían horas en carro o bus. 

A mì me gustan los trancones, bueno, es un decir. Imagino que afirmo tal cosa porque no manejo, entonces soy un simple espectador no activo de ellos, por decirlo de alguna manera. 

Lo que más me gusta cuando hago parte de uno como pasajero, es mirar por la ventana, porque es un momento en el que hecho globos sobre todo, lo que sea desde preguntarme sobre la vida y la muerte, hasta recordar chistes bobos o pensar sobre algo que vi en televisión  o en asuntos sin importancia, como: “Deberían hacer una película de Terminator vs Los Trasnformers, ¿quién ganaría?” 

Me gusta mirar por la ventana, es un buen pasatiempo. Considero que ver pasar gente resulta apaciguante, pero sí, y solo sí, se adopta un modo contemplativo sin caer nunca en el juzgamiento. 

Por eso me gustan los trancones, porque tienen una estrecha relación con la actividad de mirar por la ventana. 

lunes, 10 de junio de 2019

Maldita opinión

Las opiniones son una porquería, si de algo debiéramos carecer todos es precisamente de ellas; y deberíamos procurar comunicarnos a punta de historias. Ese debería ser nuestro ideal. 


Si se fija usted bien, estimado lector, lo que que he escrito hasta el momento no deja de ser una mera opinión; pretende uno alejarse de ellas pero aparecen por todas partes y nos las apropiamos como si nada. 

Hace un rato estaba escribiendo otro post que titule: “Tener la razón”. Era, es porque aún no he borrado lo que escribí, un texto cargado de rabía y comenzaba así: Nada más nocivo que creer tener la razón. Nada peor que intentar impartir nuestra verdad como si fuera la única, nada… 

Pero después de ese párrafo introductorio comenzaba como a echar indirectas sobre un tema en particular y pues que pereza eso, ¿acaso no?, me refiero a creer tener derecho a decir que está bien o que esta mal, un asunto, el del bien y el mal,  totalmente ligado al punto de vista, es frontera desde donde analizamos cada situación a nuestro antojo. 

No quiero escribir así, solo quiero contar cualquier vaina: un recuerdo, una imagen, algo que otra persona me contó. 

No entiendo, por ejemplo, cómo no escribí acerca de esa viejita que tiene un carrito de dulces en la entrada del hospital Simón Bolivar. Un pariente pasó una temporada en ese hospital, y un día me acerqué a esa señora para  comprar unas galletas de coco, que me parecen un bocado perfecto, pues se encuentran, creo yo, haciendo equilibrio en la delgada línea que divide la comida fit de la comida chatarra. 

Ese día conversé un poco con ella. Le pregunté que qué tal le iba con sus ventas y que cómo había hecho para poder instalar su carrito en ese lugar. Recuerdo que respondió a mis preguntas con desparpajo, mientras ordenaba algunos productos. No me acuerdo de sus respuestas, pero si que ese día el viento soplaba muy fuerte y que la mujer tenía puesto un gorrito de lana peruano. Le di las gracias, me despedí y pensé en escribir sobre ella. Tampoco sé con qué ocupé mi mente esos días, para que su recuerdo aparezca hasta ahora, seguro llené mi cabeza de opiniones.

domingo, 9 de junio de 2019

Lluvia en el sueño

Hoy me desperté a eso de las 9, desayuné y me volví a meter a la cama. Leí un poco, me vi un capítulo de una serie y luego me atrapó una modorra. Me tape con la cobija hasta los hombros, di media vuelta, cerré los ojos, y me quedé dormido profundamente. 

Mi consigna era descansar nada más, hacer pereza, pero un cansancio acumulado, supongo, me ganó, por eso caí en un sueño muy extraño, con tintes de pesadilla. Aunque no recuerdo bien de qué trataba, fue muy angustiante. Los eventos del sueño transcurrían en una noche lluviosa, y se desarrollaban en la carrera séptima a la altura de la calle 50 y pico; digo esto porque en el sueño pasaba de largo Treffen ese bar que, imagino, todavía existe y que queda al costado occidental de esa vía. 

Tengo las imágenes de la lluvia y una bruma levantándose del suelo muy frescas en mi cabeza, también las de personas que iban caminando de afán con abrigos oscuros. Parecía una película de los cincuenta, y seguro había un asesinato de por medio. Lo único que yo hacía era caminar a lo largo de la 7 de un lado a otro, pero siempre en el mismo sector.  Caminar con miedo y angustia, en una noche lluviosa, pero qué bonito eso.

¿Quién era yo en ese sueño?, es decir, me imagino que somos nosotros mismos en los sueños, pero que interpretamos diferentes papeles. Había más personas, otros personajes, digamos, pero solo los recuerdo como sombras, bultos indefinidos con los que nunca llegué a interactuar. 

Me marcó mucho la angustia que sentí en ese sueño. Algo malo había pasado, y si no buscaba refugio más eventos desafortunados iban a ocurrir. A eso, supongo, se debía la angustia, que trataba de calmar caminando sin un rumbo fijo, intentando perder a alguien, pero ¿a quién? 

Me gustaría que mis sueños tuvieran un hilo narrativo más claro, pues no dejan de ser un conjunto de imágenes difusas. 

Como llovía en ese sueño.

miércoles, 5 de junio de 2019

Me molesta

Me molestan muchas cosas: La hipocresía, que existan personas que le tomen fotos a un plato de comida, que yo alguna vez le haya tomado foto a uno, que algunas personas se ufanen de sus borracheras. Me molestan en especial esos artículos de ¿cómo hacer inserte aquí su tópico de interés? o las famosas listas, como esa que indica los 30 lugares del planeta que debemos visitar antes de morir cuando está claro que todos queremos viajar, pero ninguno morir. Me molesta no ser un putas de la gramática, para puntuar como si fuera una especie de dios del idioma. 

Me molestan las personas que dicen que van a escribir un libro, pero que se quedan en eso, en sembrar expectativa, en ser autores de libros no escritos, libros fantasmas, libros muertos antes de nacer. Me molesta la epidemia de expertos en la que vivimos inmersos, que no nos demos cuenta, como leí una vez, que si que alguien se considera experto es porque está mal informado o simplemente es un habla mierda. 

Me molestan los influenciadores, el afán que tenemos de tener seguidores en las redes sociales, y me molesta que a veces me fije en eso y en mis pocas, casi nulas, habilidades para interactuar con personas que no conozco en la supuesta autopista de la información. 

Puedo quedarme listando las cosas que me molestan durante mucho tiempo, así que les voy a contar qué es lo que más me molesta, y es precisamente eso, o esto, es decir, estar molesto e indignado con y por todo, no dejar que los asuntos, las personas y sus actitudes, las cosas, con todo lo que pueda ser una cosa, me resbalen. 

Me molesta no estar en la capacidad de ser como una mota de polvo pues ¿qué le molesta a una mota de polvo? Seguramente nada, va por ahí y simplemente es lo que es, sin necesidad alguna de aparentar nada. 

El viento la lleva de un lado a otro, hasta que un trapo para limpiar el polvo la retira de una superficie, ¿y luego de eso para donde va? supongo que a las tuberías de la ciudad después de que el trapo se lava, y luego, de alguna forma, se queda allá en las sombras, hasta el fin de los tiempos, pues imagino que las motas de polvo, como las cucarachas, lo resisten casi todo. O quizás se convierten en algo diferente, o vuelven a salir a la superficie y retoman su andar errante, aleatorio; se apropian de su papel de mota de polvo como si nada, sin indignarse sin renegar, vuelven a ser ser lo que son o lo que fueron, lo que eran, y ya está, sin patinar sobre el asunto.

martes, 4 de junio de 2019

Molestar

“¿Qué más hiciste el fin de semana?”, le pregunto a L. a punto de iniciar una reunión con un cliente. “Salí con un amigo que me está molestando”, responde. 

Le pido que elabore un poco más sobre su respuesta, y me cuenta que fue a cine con un amigo de su infancia que se está portando muy lindo con ella, y que está sumando o ganando puntos. Lo primero que se me ocurre es que para ganar puntos, en ese jueguito enredado del amor, es necesario molestarlas, aunque nada es absoluto en esta vida, nada es blanco o negro, uno o cero; mucho más si definimos esa molestia causada, ese avance, ese cortejo como un movimiento, y nos basamos en la teoría de Einsten que menciona que todo movimiento es relativo. 

Los caminos que se abren al “molestar” resultan ser varios. Digamos que ese hombre que molesta a L, va por buen camino. Supongamos que ella lleva una tabla con un sistema de puntos en el que suma y totaliza cada una de sus acciones, bien sean positivas o negativas. Él, ese hombre me refiero, pude estar pensando que, con su forma de actuar, por ser bonito, tierno, una bomba sexual o lo que sea, ha sumado cierta cantidad de puntos. 

Pasado un tiempo, 2, 3, 5 citas, qué sé yo, ese hombre va embalado, y llega a ese punto en el que decide poner sus cartas de juego sobre la mesa, cantar la verdad, o cualquier otro cliché que se nos ocurra, pero ese hombre olvidó algo, y es que en esa hoja, en la que imaginamos que L. lleva el puntaje, tiene diferentes pestañas: Él, este otro, aquel, perenganito, etc. pues la acción de molestar a alguien, lamentablemente, no asegura exclusividad alguna con esa persona. 

Otro de los posibles escenarios producto de “molestar” es aquel en el que Él se esfuerza en ganar puntos positivos, pero solo suma en negativo, y al final ese molestar se convierte en un malestar para ambas partes.

lunes, 3 de junio de 2019

La firma

Recuerdo que cuando era pequeño, un día en clase decidí inventar mi firma. Si no estoy mal la que utilizo hoy en día tiene algo del ese primer diseño, que no intentaba otra cosa que emular la firma de mi padre. 

Ese día, y no se porque lo tengo tan fresco en mi memoria, me conté lo siguiente: “Voy a ensayar mi firma muchas veces, para cuando tenga que firmar muchos cheques en una empresa.” No sé de dónde carajos saqué semejante pensamiento, en esa época que en la que una de mis mayores preocupaciones era jugar con carritos. 

Les decía que lo que en verdad pretendí en esa ocasión fue imitar la firma de mi papá. Para mi era todo un espectáculo, y aún lo es, verlo firmar. Es una firma muy complicada, en la que resaltan sus iniciales, la H y la J, pero parece una escritura de otro tiempo, como gótica, con miles de curvas y trazos precisos. 

Parece que firmar  para él es todo un ritual.  Segundos antes de hacerla se torna serio; parece que evocara algún recuerdo, y apenas toma el esfero hace unos trazos desordenados en el aire, como para calentar la mano, y en una de esas curvas aéreas, escoge un momento de forma aleatoria, en el que lleva la punta al papel y realiza ese trazo espléndido que parece estar lleno de sabiduría, y que siempre es idéntico.  Es una firma sin errores. 

En cambio, mi firma, a pesar de que en algún momento de mi vida le dediqué tiempo a su diseño, es muy simple, casi nada si la comparo con la de mi padre. A veces, me imagino que porque no tengo ningún tipo de ritual o calentamiento antes de hacerla, me queda distinta, y la tengo que retocar una vez la termino. Esas veces no es firma sino garabato, pues supongo que una de las reglas de oro de una firma es serle fiel a un único trazo.

domingo, 2 de junio de 2019

Domingo

Cuando empecé este blog se suponía que iba a escribir en él todos los días de la semana. Poco tiempo después, me di cuenta de que mantener esa promesa los fines de semana me costaba, porque me daba pereza, escribía otras cosas o por lo que fuera. Inventé, en ese entonces, que escribir los fines de semana era distinto a escribir entre semana, que se sentía raro y no sé qué otras pendejadas. 

Después me dije a mí mismo: “mi mismo, vamos a escribir en este espacio únicamente de lunes a viernes". Mi mismo acató la orden, y eso es lo que he, hemos, por supuesto, para no dejarlo por fuera, intentado hacer: escribir mínimo 300 palabras 5 días a la semana, preferiblemente de Lunes a Viernes.

 Creo que para el número de palabras me basé en algo que dice Stephen King en On Writing. su memoir sobre escritura. King dice que se deben escribir como mínimo 300 palabras diarias. Si uno fuera extremadamente juicioso con la escritura, siguiera ese consejo, además de escribir todos los días, finalizaría cada año con un manuscrito de 109.500 palabras, sin importar que fuera bueno o malo. 

Como suele ocurrir, a veces uno se propone algo, pero la vida se empeña en desbaratar los planes, por eso hay semanas en las que no puedo cumplir mi promesa de escritura. Esta fue una de esas. Un día, en el que tenía toda la intención de escribir algo, llegué a la casa, me tumbé en la cama me tapé con una cobija, prendí el televisor y me puse a dormir Netflix. Me desperté pasada la media noche desubicado, me fui a lavar los dientes y me acosté de nuevo, 

Otro día llegué tarde y cansado, sin ningún tema en la cabeza y decidí no obligarme a escribir. 

Lo de tener un tema sobre el que escribir, es un decir, pues a lo que le he apuntado con este blog es a contar lo que sea, lo que se me ocurra, desde cosas, digamos, trascendentales, hasta las más insulsas, procurando, en lo posible, alejarme de puntos de vista propios. 

Como, por ejemplo, este post, que escribo solo con el ánimo de cumplir mi cuota de 5 textos por semana. 

Así va pasando el Domingo.

sábado, 1 de junio de 2019

Hilos de realidad

El título de esta entrada apareció de repente en mí cabeza. Apareció cuando desperté hoy temprano, con la luz del sol golpeándome la cara. No debió haber sido así, me refiero al haberme despertado de esa manera 

Ayer halé el cable de una persiana para bajarla, y la estructura se vino abajo. Ahí está ahora, arrumada debajo de un mueble, a ver si este fin de semana me animo a intentar arreglar ese pequeño desastre que ocasioné. 

Volvamos a lo de la realidad que, creo, no tenemos muy claro qué es. ¿Es acaso lo que vemos, palpamos, olemos, es decir, todo aquello que percibimos a través de los sentidos, o está compuesta únicamente por nuestros pensamientos? De cualquier forma, queda claro que no solo existe una, sino que cada quien vive la suya, cada uno está inmerso en un mundo completamente diferente, y por eso es que a veces sentimos que la humanidad va cuesta abajo, porque nadie se entiende con nadie, porque todas nuestras realidades son distintas y están desconectadas. 

Como en muchas otras ocasiones la RAE se lava las manos, acude a lo práctico, y nos dice que realidad es la existencia real y efectiva de algo; la verdad, lo que ocurre verdaderamente, o lo que tiene un valor práctico en contraposición a lo fantástico e ilusorio. La definición parece un horóscopo, en fin. 

Ayer en la noche, mientras caía un aguacero violento, un hombre en la calle se acercó a hablarme. Era viejo y su cara reflejaba un cansancio milenario, de todos sus antepasados juntos, que llevaba a cuestas. 

No le pongo atención ni confío en los desconocidos cuando estoy en la calle, producto de un miedo implícito que a veces se asoma. El hombre pedía plata. Dijo que tenía que dormir en la calle, y que todo era culpa del gobierno. Que Colombia era un país de mierda, junto con sus políticos, esos que piden que uno vote por ellos, pero que cuando quedan elegidos se olvidan de sus votantes. También dijo que prefería mil veces ser venezolano. E ahí un ejemplo de una realidad fuerte y despojada de esperanza. 

Creo que lo que originó el título de este post, fue ese momento que pende de un hilo y que separa al sueño de la vigilia, uno de los momentos más extraños, creo yo, de la vida, y que es muerte y nacimiento al mismo tiempo. Un momento que representa el tener que zambullirnos en la realidad, abandonar ese mundo fantástico e ilusorio, o bien, terrorífico, de los sueños, y a encarar la realidad del día a día, bien sea de mierda o magnífica, si es que esta última existe.