miércoles, 31 de julio de 2019

Malas noticias

Le cuento a una amiga que todas las noches pongo el celular en silencio, porque no me gusta que me despierten los sonidos de las notificaciones de las aplicaciones o el de una llamada. Ella me mira con cara de asombro, y me dice que es incapaz de hacer eso, pues “¿Qué tal que tengan que avisarle algo— malo claro esta —a uno, algo que ocurrió mientras uno duerme?”, me pregunta. Imagino que su miedo esta fundado sobre esa creencia popular de que las malas noticias son de las primeras que uno se entera. 

No respondo nada, porque no tengo la respuesta, es decir, no sé si tenga alguna ventaja enterarse de una noticia mala poco tiempo después de que haya ocurrido o si lo mejor es disfrutar de una buena noche sueño antes de preocuparse por lo que sea que haya pasado. Yo, creo, le apostaría a lo segundo. 

Hace ya más de una década, en un viaje que hice al exterior por varios meses, un día estaba muy cansado y me propuse dormir toda la tarde. Ese día sonó el teléfono dos veces. La primera era para ofrecerme ya no recuerdo qué; le di las gracias a quién llamó y me volví a tumbar en la cama. 

Al poco tiempo cuando el sueño ya me estaba abrazando de nuevo, volvió a sonar el teléfono. Dudé en levantarme para contestarlo, pero luego pensé que quizás era una llamada urgente de mi familia, pues tenían que darme una mala noticia. Resulto ser un señor que estaba ofreciendo sistemas de alarmas para casas. Imagino que esos episodios han tenido que ver, en parte, con mi decisión de poner el teléfono en silencio todas las noches. 

No entiendo por qué uno tiene metido en la cabeza el “chip de la mala noticia”, parece que es algo incrustado en nuestro ADN, desde las épocas de las cavernas.

martes, 30 de julio de 2019

Tipos de sonrisa

La pareja está sentada en una mesa de la terraza de un bar. Es el cumpleaños del hombre y cada uno ríe de forma nerviosa a los comentarios del otro. Una jarra de cerveza rubia, que suda, reposa sobre la mesa. 

Cuando se quedan sin que decir, dan sorbos esporádicos a sus vasos de cerveza, como esperando una especie de ayuda divina del líquido, para que fluyan las palabras 

El hombre, el más interesado en que la conversación no muera, se las ingenia para soltar comentarios. Ella sonríe y responde de forma breve a cada uno de ellos. En un momento se acomoda un mechón de pelo que acaba de caer en su frente, detrás de su oreja derecha. 

¿Acaso es una señal? piensa el hombre, pues eso dicen, ¿no?, que si una mujer se toca el pelo, en una conversación, de esta o tal manera, significa que está coqueteando. Él nunca ha creído en ese ABC de la seducción, y por eso solo busca la manera de seguir hablando para llenar los silencios, y deposita toda su fe de conquista en las palabras que salen de su boca, en hilarlas lo mejor posible. 

Ahí están ambos, inmersos en ese juego lleno de lenguaje y expectativa en el que ninguno quiere dar un paso en falso. Ahora ella se acomoda en la silla para mirarlo completamente de frente, y él se anima a tocarle el hombro suavemente. 

Otra vez hay risas. Sostienen sus miradas y ella se acuerda del capítulo 7 de Rayuela: Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, que se sabe de memoria. 

Todo alrededor de ellos se desdibuja, se desenfoca, pierde fuerza. El hombre le coge las manos, pero no se inclina hacia ella.

En ese momento casi perfecto, un tropel de amigos entra al bar. Dicen en voz alta ¡Camilo!, y él se pone de pie para saludar a cada uno con un fuerte abrazo. Los hombres también la saludan a ella, pero están ahí para celebrar el cumpleaños de su amigo. 

Tiempo después piden una jirafa, y ahora dos de ellos le hablan a ella, que vuelve a sonreír, pero de otra manera, con otra intención.

lunes, 29 de julio de 2019

Siete borradores

El número que aparece en la carpeta borradores del E-mail es siete. Es solo un número, y si no se compara con nada, si está desprovisto de contexto, parece que carece de emoción. Hay quienes dicen que es un número sagrado, que siete los días de la semana, las notas musicales, los pecados capitales, los mares, y así otras listas con aire místico

os expertos en el arte de contar historias dicen que es mejor evitar los datos y cifras al momento de narrarlas, pues estos no se conectan a un nivel emocional con la audiencia; vaya uno a saber; las historias se transforman y evolucionan de diferentes maneras y parece que no existe ninguna que afecte a dos personas exactamente de la misma forma, en fin.

Emocional o no, ahí está el número, ese siete, un hecho duro y frío o sagrado. Intento recordar que fue lo que quise decir en esos mensajes esas siete veces que dejé las palabras como borrador, en el tintero, pero no lo logro.

Miro algunos y la mayoría están en blanco, mensajes no-mensajes ¿Por qué me arrepentí de escribirlos? Puede ser que contengan palabras que me están haciendo daño, tóxicas, digamos; esas que lo mejor que nos puede pasar con ellas es expulsarlas de nuestro sistema, pero por una cuestión de masoquismo narrativo, nos empeñamos en conservarlas, y dejamos que sigan circulando en nuestro interior hasta que nos resulte imposible contenerlas y busquen una manera violenta de salir de nosotros, como a los gritos, por ejemplo.

¿Cuántas veces no hacemos eso?, ¿cuántas veces no dejamos palabras en borrador, y elaboramos respuestas, mensajes o ideas en nuestro cerebro que nunca salen o abandonan nuestra boca o manos?

A veces envidio a esas personas que no tienen filtro, esas que se van liberando de sus palabras en tropel, en desorden, sin importarles nada.

Quizás el mundo funcionaría mejor de esa manera, con una sinceridad cruda, sin adornos, sin tantas palmaditas en la espalda y críticas constructivas; pura anarquía comunicativa.

miércoles, 24 de julio de 2019

Escarbar el pasado

Leo una nota del diario español El País. 

Me gusta la forma en que escriben los columnistas de ese diario, que cuenta con pesos pesados como Juan José Millás y Rosa Montero. A veces cuando leo alguna columna, comienzo a saltar de link en link; así fue como llegué a la noticia que leo. 

A Martín de la Torre, un viejo de 83 años, le entregaron un sonajero. En una de las fotos se ve al hombre examinando el juguete con detenimiento, con una expresión que, parece, es una mezcla de melancolía, resignación y tristeza. Es una imagen extraña, como surreal, pero llega uno a comprender el gesto del hombre, al saber que lo que sostiene entre sus manos es uno de sus juguetes de infancia, cuando tenía 8 meses de edad. En ese entonces Catalina, su madre, lo llevaba en el bolsillo al momento de su fusilamiento en medio de la guerra civil española 

Se pregunta uno hasta que punto es bueno escarbar el pasado, si tiene algo de provecho desenterrar esos episodios fuertes de nuestra historia que nos descolocan, y nos obligan a rumiar ciertos hechos una y otra vez, a lanzar preguntas al vacío de la existencia. 

Imagino que para los antropólogos que realizaron el hallazgo del juguete junto a los restos del cuerpo de de la madre, el caso fue un deleite, ¿pero era necesario contactar al hijo, al viejo? 

Puede ser que de la Torre no necesitara ese encontronazo con una época de su vida de la que no recuerda nada. Quizás lo mejor era dejar enterrado el pasado. Me lo imagino tratando de conferirle significado al episodio, al sonajero: ¿Qué quiere decir? ¿Qué puede significar todo? Una madeja de preguntas interminable,  y llego a la conclusión de que quizás para un viejo, lo mejor es disfrutar lo que le queda de presente.

martes, 23 de julio de 2019

Deux ex machina

Es casi media noche y leo en mi cama metido dentro de las cobijas. La ciudad o, más bien, el planeta parece desolado. No percibo ningún sonido de la calle; solo estamos yo, mi libro y la lámpara sobre la mesa de noche, con su luz amarilla que proyecta las sombras de mis dedos sobre las paginas del libro. En momentos como ese me agrada esa sensación de soledad, que me deja fundir más fácil con la lectura. 

“Deux ex Machina”, es el pensamiento que, de repente, aparece en mi cabeza. No sé qué lo provocó, si fue algo que leí o simplemente apareció porque sí, por ese carácter caprichoso que presentan algunos pensamientos. 

“Dios desde una maquina” me dice Internet que es la traducción de esas palabras, de la expresión griega απò μηχανῆς θεóς. Andrea Marcolongo, la autora de “La lengua de los dioses” seguro me podría dar luces sobre la expresión más allá de una simple traducción, que, imagino, evita una considerable porción de su verdadero significado, pero solo la vi en una charla y no la conozco. No faltará el que diga que solo estoy a 6 personas para conocerla, pero mi duda, creo, no es tan importante como para ponerme en la tarea de averiguar cuál es esa cadena de personas que me podría llevar a ella, en fin. 

Anoto las tres palabras en mi celular. Se me antoja pensar que funcionarían para el título de un cuento. ¿De qué va a tratar? No lo se, pero igual así voy  titular el cuento, y luego voy a escribir lo que se me ocurra, lo que sienta en el momento, lo que me dicte Dios, digamos. 

Me gusta eso de la escritura, es decir, la manera en que refleja el caos de la vida, su porque sí, poder acudir a ella sin necesidad de tener un estricto plan a seguir. Su apuesta al absurdo.

lunes, 22 de julio de 2019

Donar sangre

Nunca había donado sangre. 

Siempre le he tenido algo de miedo a las agujas, un miedo que tuvo su episodio fundacional aquella vez en la que tenía 6 años y como mis brazos eran regordetes no pudieron encontrarles ninguna vena. Entonces ni cortos ni perezosos los salvajes decidieron sacármela del cuello. Me tomaron entre seis personas, dos sostenían mis piernas, otros dos mis brazos, otro la cabeza, y el último fue el que me pincho el cuello, mientras yo intentaba, con todas mis fuerzas, zafarme de su agarre, mientras gritaba y me retorcía como si estuviera poseído por un demonio. 

Desde esa vez siempre me inquieta tener que hacerme exámenes de sangre, pero intento no prestarle atención al miedo, como dejarlo ser, un acercamiento, digamos, budista al asunto. Hace unos años cuando pasé al módulo, el número 3, recuerdo bien, en el siguiente le estaban sacando sangre a un niño pequeño, que lloraba y gritaba como si lo estuvieran torturando. Sus súplicas me hicieron recordar mi episodio de la infancia, y me dio por mirar cómo entraba la aguja en mi brazo. Ahí  me desmayé. 

Pero les decía que nunca había donado sangre, ¿cierto?, pero siempre llega ese momento en donde toca enfrentarse a los miedos, donde la vida, por diferentes caminos, nos conduce a ellos. 
Lo más raro es que esa vez no tuve miedo. Me sentaron en una silla y me insertaron una aguja en el brazo izquierdo, luego hicieron lo mismo en el derecho y me dieron una pelota de goma para que la apretara. Eso, imagino, sirve para bombear la sangre. Esta salía de mi brazo izquierdo, pasaba por una máquina que le extraía las plaquetas y entraba de nuevo a mi cuerpo, sin ellas, por el brazo derecho. Se sentía raro, mucho, pero estuve tranquilo. 

Las plaquetas eran para J. pero no le alcanzaron, no sé si existan plaquetas defectuosas o si simplemente ella necesitaba muchas más de las que pude donar.

domingo, 21 de julio de 2019

La libreta

No recuerdo en qué momento comencé a cargar una libreta En ella, o ellas mejor, pues ya he tenido varias, siempre anoto diferentes cosas, desde direcciones o teléfonos, hasta imágenes que me cautivan o ideas para escribir algo, lo que sea. 

Desde hace unas semanas ando sin una, pues se me perdió la última que tenía. No sé dónde la dejé, pero si se extravió, creo que fue porque inconscientemente deseaba que fuera así. 

Esa libreta no la compré yo, sino que me la había regalado mi hermana, y tenía hojas blancas, no cuadriculadas ni rayadas, el requisito principal de mis libretas, pero estéticamente nunca me gusto. 

Tal vez era solo un capricho mio, pero siempre sentí que había algo que no encajaba con esa libreta y por eso quizás la olvidé en algún lugar, pues quería deshacerme de ella. 

Me pregunto quién se la habrá encontrado, si es que no está en algún basurero. ¿Si alguien la encontró, qué habrá concluido de mis anotaciones, que en la mayoría de las páginas eran frenéticas y tendían más bien a garabatos? 

Me pesa que en ella quedaron consignadas unas anotaciones para arreglar un cuento y unas notas para un artículo que nunca pude escribir; eso, en verdad, era lo único que puede considerarse importante de esa libreta, pues la llenaba desprovisto de la emoción con que he utilizado otras. 

Era gris, las tapas estaban aporreadas por el uso, y tenía un caucho que servía como mecanismo de cierre. Si alguien la encuentra, si quiere puede devolvérmela o utilizar las notas del artículo para escribirlo. Pido disculpas, si las del cuento no se entienden mucho. 

Hay días en los que no anoto nada en las libretas, pero llevarlas siempre con uno es bueno, pues la memoria es muy traicionera y nada mejor que anotar eso que creemos importante apenas lo presenciamos. 

Todos deberíamos anotar cosas en una libreta; funcionan para contrarrestar el caos de la vida. 
Keepers of private notebooks are a different breed altogether, lonely and 
resistant rearrangers of things, anxious malcontents, children afflicted 
apparently at birth with some presentiment of loss. 
—Joan Didion, On Keeping a Notebook—

miércoles, 17 de julio de 2019

Consistencia

Una visita de mí hermana coincide con un momento en el que estoy escribiendo. “¿Qué haces?”, me pregunta. “Escribo un cuento”, le respondo, mientras ella se recuesta en la cama. 


“¿Quiere que se lo lea?” Eso me parece extraño, es decir, que mis hermanos me tuteen, pero que yo los trate de usted. Siempre ha sido así; no sé en qué momento o por qué establecimos ese código de comunicación, pero me siento muy extraño tuteándolos, en fin. 

Le leo la corta historia que escribí, que no me parece nada del otro mundo, pero es un texto, un primer borrador y eso, para mi, ya es mucho. Cuando termino la lectura mi hermana me dice que no entiende la actitud de uno de uno de los personajes, una mujer. Supongo que ella, por cuestiones de género, entiende mejor cuál debería ser su reacción de acuerdo con la escena que planteo en el cuento. 

Trato de defender mi texto, de contraargumentar, pero un texto debe sostenerse por sí solo y  cuando  necesita mucha explicación quiere decir que tiene inconsistencias. 

Mi hermana tiene la razón. El motivo del personaje, la manera en que actúa es inconsistente de acuerdo a ciertos aspectos de la historia. 

Los lectores son expertos en identificar esos detalles de una historia que no coinciden, esos momentos en los que, como dice Antonio García Ángel, a uno le chirría el violín de la escritura. Por eso creo que escribir va mucho más allá de de distinguir entre hay, ay y ahí, de solo tener buena ortografía y gramática. 

Each thing you add to your story is like a drop of paint falling 
into a bowl of clear water. It spreads and colors everything. 
— Wired for Story —

martes, 16 de julio de 2019

Pareja en la lluvia

Algo, un recuerdo, una sensación, una idea, una frase que leí en algún lugar, o una mezcla de todo, genera esa imagen en mi cabeza: Una pareja camina abrazada mientras cae un fuerte aguacero. Los protege un paraguas grande con estampados de edificios de una ciudad capital importante, que bien podría ser Nueva York, París, Londres, Tokio o una ciudad que no existe, una ciudad no-ciudad; pues cada cosa cuenta con un complemento, un negativo, para poder ser lo que es. 

Es una pareja de novios, que acaba de comenzar su relación hace pocos días y, como la mayoría de ese tipo de parejas, creen que no se van a separar nunca, que ambos han encontrado al amor de sus vidas, con el que caminarán siempre independiente de cual sea el tipo de clima. 

Hablan y ríen seguido, pero resulta imposible descifrar sus conversación, un elemento de la imagen que se forma en mi cerebro al que no tengo acceso. Me gustaría saber de que hablan, pues parece que sus palabras encierran la fórmula de la felicidad, por lo menos la de ellos, que parece real, genuina. 

No sé quiénes son, no presiento que sean cercanos o personas reales, si es que eso significa algo; quizá solo existen en mi imaginación o hacen parte de otro plano de la existencia. puede ser que esa sea la forma para comunicarnos con otros universos, es decir, a través de esos pensamientos aleatorios que, de repente, aparecen en nuestras cabezas y acaparan toda nuestra atención. 

Como sea, me agrada su inexistencia y lo felices que se ven. Me gustaría ocupar la posición del hombre, que ahora pasa el brazo derecho por encima del hombro de su pareja, mientras sostiene el paraguas en la otra mano con fuerza, pues la lluvia cae ahora con más furia y el viento sopla  fuerte. 

Me pasan de largo. Ahí van, se ven felices.

lunes, 15 de julio de 2019

Bebidas

Me siento en la mesa de un café y sobre ella reposa una factura. La hojeo y lleva impresa el costo de tres bebidas que tomaron las personas que estuvieron aquí hace 15 minutos una hora, o quién sabe si solo hicieron una parada técnica para esperar que María, la mujer que invito al tentempié de medía mañana, guardara la plata en su billetera, pues había recibido las vueltas y llevaba los billetes aprisionados contra un vaso de capuchino humeante. 

María invito a sus colegas, solo porque uno es un vicepresidente y ella anda detrás de un ascenso. Hay una gran diferencia entre colegas y amigos. María siente que no debería lambonear para obtener lo que desea. Ella no quiere estar con ellos, no quiere estar en ese café ni en ese trabajo ni con esos hombres que la miran con ojos lujuriosos; no quiere la vida que le tocó, pero como dice una de sus mejores amigas: “a veces hay que aprender a comer mierda sin hacer gestos.” 

Joaquín, el vicepresidente, es el típico fanfarrón de oficina, que desde el día en que María entró a la empresa no ha parado de cortejarla, pidió un tinto Extra grande de 300 Ml, lo toma apurado, y se preocupa por llenar cualquier silencio de la conversación con un comentario gracioso, que haga reír a sus amigos, porque él si los ve así, como amigos. En su afán de arrancarle una sonrisa a María, se ha quemado la boca varias veces, pero se traga el dolor para decir cualquier cosa. María lo detesta, y sonríe a algunos de sus comentarios por pura decencia o, más bien, estrategia. 

La otra persona que completa la escena es Jairo, un consultor Junior. Él no debería estar ahí, pero se los encontró saliendo de la oficina, y logró hacerles conversación con el clima, ese lugar común del que nos prendemos tan fácilmente. Una tenue llovizna cubre a la ciudad. “Y eso que en la televisión dijeron que hoy iba a hacer sol, ¡ja! ¿se imaginan?, pero su pregunta solo obtiene un silencio, dos, el de María y Joaquín, como respuesta. 

A Jairo el médico le prohibió tomar café, porque la cafeína es un detonante de fuertes migrañas, pero ya está cansado de hacer caso, de no poder disfrutar un mísero café cuando le de la gana. Como hace días que no sufre dolores de cabeza pidió un expreso, que deja enfriar un poco para luego acabarlo en dos sorbos decididos, como si fuera una copita de licor.

jueves, 11 de julio de 2019

No vaya y sea el diablo

Un hombre cuenta que su mamá decía que el diablo estaba en su casa porque a veces ella no encontraba ciertos objetos que siempre estaban a la vista. Si eso es verdad, yo creo el diablo se presenta cuando a uno se le cae al piso la tapa de unas gotas para lo ojos, por ejemplo, y apenas el objeto toca el suelo, el diablo, con un movimiento rápido y sigiloso, se preocupa en ubicarlo en la esquina más recóndita debajo de la cama, y entonces hay que ponerse a cuatro patas a buscar la condenada, porque ya la tocó el diablo, tapa. O como cuando una pastilla sale eyectada del blister y el diablo se la traga antes de que caiga al suelo, y no queda más remedio que sacar otra. 

"No vaya y sea el diablo", es una frase típica de los papás que hace mucho no escucho. De pronto es porque el diablo, el infierno y esas cosas con las que siempre nos han querido infundir miedo ya no son tan relevantes, y ahora somos conscientes de que cada uno lleva cierta dosis de maldad encima, de que cada uno carga su infierno, y que este se agranda o reduce de acuerdo con la vida y sus circunstancias, y también según lo cabrones que podamos ser. 

Hoy, al bajarme de un taxi, hice lo mismo de siempre: Apenas pisé el pavimento, me llevé la mano a los bolsillos para verificar que la billetera y el celular estuvieran en su lugar. Y antes de cerrar la puerta, no va y sea el diablo, miré el asiento, para asegurarme de que no había dejado un objeto. 

No sé por qué siempre hago eso; es como un acto reflejo pues, aunque estoy seguro de que nunca olvido algo, siempre repito la acción. Es como si un objeto fantasma se materializara en mi mente en cuestión de microsegundos, pero apenas lo voy a buscar se esfuma. O puede que tenga clavada. en en mi subconsciente, la frase: "Cuide sus objetos personales, no nos responsabilizamos ante alguna pérdida".

Imagino que parte de ese infierno que llevamos encima, se traduce en múltiples manías, como esa de revisar que no dejamos nada en los taxis, a pesar de estar seguros que es así. Cuando esas manìas se desbordan por completo es cuando, supongo, enloquecemos. 

También puede ser que esa reacción sea una especie de actitud mantra digamos, también inconsciente, es decir, ese tipo de acciones que realizamos pues caso contrario creemos que algo malo nos va a pasar, como mi ritual del limpión de cocina, por ejemplo. 

Si eso es cierto, es decir, si lo que nos ocurre en nuestras vidas depende de incorporar ciertos rituales en nuestro diario vivir, lo mejor es seguir actuando de esa manera no vaya y sea el diablo.

lunes, 8 de julio de 2019

Reproducción

Camino de vuelta a mi casa y suena una canción del Nevermind. Cuando acaba, la que sigue es In Bloom que, según Cobain, habla sobre reproducción: 


"And he likes to shoot his gun 
But he don't know what it means 

Don't know what it means" 

La canción me recuerda una conversación que tuve la semana pasada con C, un viejo amigo con el que hacía mucho no hablaba.Luego de su saludo, me preguntó que si estaba de vacaciones en Nueva York. En ese momento me encontraba sentado en el comedor en mi casa. Le dije que no, que estaba en Bogotá y le pregunté que en qué había basado su afirmación. Me dijo que por una actualización de FaceBook. 

Que miedo eso, que el mundo virtual vaya regando nuestra identidad, o lo sea eso, por donde le plazca; que nos ubique donde le de la gana. 

C. no insistió con el tema  y me preguntó que si me he hablado con Daniel. Le dije que sí, pero que la última vez fue hace muchos meses, que ni idea en qué andará ahorita. C. me cuenta que su esposa está esperando otro bebé. 

En ese momento imagino una conversación con Daniel: 

“¿Qué más, bien? 

“ bien ¿y usted?, le respondo 

Intercambiamos un par de frases más, que no le aportan mucho a la conversación, hasta que Daniel me dice: 

“Voy a tener otro bebé con A.” 

“Felicitaciones”, le digo, “¿Lo tenían planeado o se les coló?” 

Esa pregunta la he hecho un par de veces, cuando tengo mucha confianza con la persona con la que hablo, pero está claro que no me incumbe, que saber si lo habían planeado o no, no le aporta nada a mi vida, pero es una pregunta que siempre aparece en mi cabeza cuando me cuentan que una pareja va a tener bebé.

jueves, 4 de julio de 2019

Diez de la mañana

Hace mucho que no me levanto pasadas las diez de la mañana. Cuando madrugo, apenas suena el despertador, a veces pienso en eso, en lo mucho que me gustaría seguir durmiendo, pero, a veces, cuando tengo la oportunidad de hacerlo, y sin tener programado el despertador, como en los fines de semana, me despierto de forma natural. Supongo que despertarse de esa manera, sin ayuda de una alarma, es otro de los síntomas del envejecimiento. 

Hace unos días me desperté en la franja de la hora del diablo, a las 3:23 a.m exactamente. No quería mirar el reloj, pues dicen que si uno hace eso, después cuesta mucho trabajo volverse a dormir,pero las ganas de saber cuántas horas de sueño me quedaban me ganaron, y por eso lo hice. Luego di media vuelta, no le preste atención a la actividad paranormal presente, si es que la había, y me dormí, creo yo, de inmediato. 

Si la memoria no me falla, alguna vez leí que Bukowski decía que uno nunca debería levantarse antes de las 10 de la mañana. Ahora no encuentro esa afirmación por ningún lado, pero si doy con parte de una pregunta que se hacía el escritor: ¿Como diablos puede un ser humano disfrutar que un reloj alarma lo despierte a las 5:30 a.m. para brincar de la cama? 

Un ser humano nunca disfruta eso, pues como ya lo he escrito varias veces, uno de los actos más violentos de nuestra existencia es la transición del sueño a la vigilia, momento en el que uno a veces no sabe quién es o dónde carajos se encuentra;  es como si nos despojáramos de nuestra identidad por un momento y nos convirtieramos en un simple bulto de carne repleto de vísceras. 

Sueña uno entonces con levantarse después de las 10 de la mañana, pero uno no la tiene, o se niega a tenerla tan clara como Bukowski, y mucho menos escribe como él.

La última vez que me desperté pasada esa hora fue luego de un episodio de migraña, en el que logré dormir 12 horas seguidas.

miércoles, 3 de julio de 2019

Lecciones teológicas

Es temprano. El cielo está nublado con nubes gordas y oscuras repletas de lluvia. Las personas caminan de afán, muchos con sus manos en los bolsillos y como apretando el cuerpo para contrarrestar la sensación térmica con la que inicia el día; algunos llevan paraguas en las manos, listos para abrirlos a la primera amenaza de lluvia. 

Paro un taxi, me subo y luego de darle la dirección al conductor, me pongo a mirar por la ventana, para distraerme con las ideas que me llegan a la cabeza, lo que dura el corto trayecto de mi viaje. 

El taxista lleva puesta una emisora cristiana o católica, en fin, una emisora que habla sobre religión y, a esas tempranas horas, un locutor con voz grave, como especializado en dar noticias tristes, habla sobre la voluntad de Dios. El hombre dice que no entiende el término: embarazo no deseado, pues dios, el creador, Yahvé y/o Jehová, como cada quien le llame, es quién decide quien nace y quien no, que todos los vericuetos de la reproducción se reducen a su voluntad. 

El locutor le pregunta a su audiencia, todos  quienes lo escuchamos de aposta o de rebote, como yo, que alguien por favor le explique qué pasa con esas personas que en cierto momento fueron “embarazos no deseados”, y da a entender, palabras más, palabras menos, que si el término fuera cierto, la existencia de esas personas sería una paradoja. Luego de eso remata con la lectura de un versículo de la biblia, ya olvidé cual, que soporta toda su teoría y que pretende probar ese absurdo que cree haber identificado. 

Imagino, por un instante, preguntarle algo al taxista relacionado con el tema, que si está de acuerdo, o que qué opina, pero la religión es un tema muy resbaloso, así que me quedo masticando todo lo que pienso por un rato, y al final me lo trago.

martes, 2 de julio de 2019

Río de palabras

Me gusta la incertidumbre que envuelve a la escritura, el no saber qué dirección va a tomar un texto que, supuestamente, ya se tiene más o menos estructurado de principio a fin, pero que más bien parece un riachuelo que se abre paso por un camino de piedras de manera aleatoria . 

Por más fino que parezca cualquier hilo de palabras, la consigna, para quien lo escribe, es no dejar que muera; mirar cómo acomodar los obstáculos a los que se enfrenta, para que continúe su camino hasta alcanzar el punto final. 

Hay veces en que se estancan por un tiempo y lo mejor es dejarlos solos, desinteresarnos de ellos como si de verdad no nos importaran, y volver a prestarles atención después de un tiempo, para mirar si ya se resolvieron, digamos, solos, o si el dios de la escritura le da una mano a él o a su creador para destrabarlos. 

La escritura hace parte de la vida, no solo de quien escribe sino también de  aquello sobre lo que se escribe, y como parte de la vida resulta ser puro caos, pues en eso consiste nuestra existencia, en big-bangs a escala que estallan en nuestras narices en cualquier momento, casi siempre cuando creemos que el riachuelo de nuestra existencia va por el cauce adecuado. 

Hace un rato había escrito otro texto de casi 500 palabras, y pensé en no escribir más, en ausentarme, pues creí haber cumplido con la cuota de palabras del día, pero algo me dijo que debía dejar correr este puñado de palabras cuesta abajo, palabras únicas pues los escritos tienen un solo momento.  Este no sería el mismo mañana, ni dentro de media hora, ni en un año o una década, es solo uno como la vida misma, que se nos puede escapar, sin que nos demos cuenta, en menos de un segundo.

lunes, 1 de julio de 2019

Tolkien

Me refiero a la película. 

Fui muy aficionado a Tolkien, a sus libros, a su mitología. Los libros de la Trilogía del Anillo son de los pocos que he releído en toda mi vida; en cierto momento, hace muchos años, me llegó a fascinar el lenguaje élfico y descargué un listado de palabras dizque para aprendérmelas, pero al final eso nunca ocurrió, me dio pereza.

El fin de semana pasado fui a cine y me enteré de que ya la estaban proyectando; la sala que logísticamente era la que más me funcionaba, lo hacía de noche. 

Tenía muchas ganas de verla. Durante la semana pasada intenté cuadrar para ir con una amiga, pero el plan nunca ocurrió. Al final la semana, su rutina, mi falta de decisión, el cansancio, estos y otros aspectos evitaron que lo hiciera.

Durante la semana averigüé otros horarios, pero eran para pensionados o personas con mucho tiempo: al medio día y a las 2:00 de la tarde; que vaina tan ridícula. Los días hábiles pasaron y llegó el fin de semana, acompañado de la sensación, el pálpito (esta palabra me siempre me ha parecido graciosa) de que la van a sacar pronto de cartelera.

Hoy desayuné con unos amigos y luego llamé a mi hermana a ver si me acompañaba, pero ella sigue con gripa o inicios de esta, en fin, con un malestar que la acompaña desde la semana pasada, así que me dijo que no podía, no quería o ambas cosas.

Mi amiga se había ido de puente, así que, al parecer, me quedaba una única opción: ir a verla solo. “¿Solo a cine un lunes festivo?, que tristeza de plan”, pensé. Alguna vez leí que alguien decía que los solos solo son para las guitarras eléctricas, pero evite pensar en esas cosas, y al final decidí ir, reforzando mi decisión con un párrafo de Ordesa:

“No me apetece quedar con nadie, porque estoy conmigo mismo,
Porque he quedado conmigo mismo, porque me ocupa mucho estar
conmigo. Es una adicción estar conmigo mismo”

Que si deprimente o no, no lo sé, pero se me metió en la cabeza ver la película hoy, y no quería depender de nadie para hacerlo.

Al poco tiempo luego de que empezó, una mujer, también sola, se sentó a mi lado, puso una botella de agua en el hueco donde, se supone, va la gaseosa y comenzó a comer crispetas de forma pausada. El sonido crujiente cada vez que las masticaba era tranquilizante; yo, en cambio, no compré nada porque seguía lleno por el desayuno. 

Pensé en esa historia de un ex-jefe de mi hermana que conoció a su esposa de esa manera, cuando los dos fueron solos a cine, pero únicamente miré de reojo a mi vecina, que estaba muy concentrada en la película y en comer crispetas.

Valió la pena. La película me gusto mucho. Vayan a verla antes de que la quiten de cartelera.