Encuentro un café cerca al apartamento de mi hermana, y salgo en busca de él. Cuando creo estar cerca intento guiarme por Google Maps. La aplicación dice que estoy a pocos metros, pero no entiendo el mapa ni que dirección debo tomar. Comienzo a caminar siguiendo, eso creo, las indicaciones del mapa, pero el café no aparece por ningún lado.
Al final, creo que es un error de sistema, de la matriz, del universo y que el café quizá existió o nunca lo hizo. En ese momento me cruzo con un celador y le pregunto si conoce algún café cercano. “Vea, hay uno allá y otro al frente. No sé de más”, dice el hombre como de mal genio y se mete en su caseta.
El de allá lo veo, pero resulta ser un restaurante italiano y el de enfrente no existe. De pronto es ese que estoy buscando, un café que todos ven, pero que el universo decidió ocultar para mí.
Entro al restaurante y pregunto si venden capuchino. “Si”, responde un hombre con delantal blanco.
“¿ me puede dar uno con leche deslactosada por favor?
“Solo tenemos entera”, responde seco.
“Ok, está bien”, respondo como aceptando el reto. Me siento en una mesa, en una especie de terraza, y al rato llega un mesero con la bebida.
Miro la taza y de capuchino no tiene nada, ni siquiera espuma. Cuando lo pruebo confirmo mi teoría, es un mero café con leche. Debí haberme ido a la casa y guardado las ganas de gastar plata, pienso. Algo no cuadra. No sé si es el capuchino falso, el lugar o qué, pero espero que la extraña sensación extraña se diluya apenas empiece a leer,.
Saco el kindle, pero entre los cientos de libros que tengo cargados en el aparato no me decido por ninguno. Siento que me pesa haber acabado un libro buenísimo la noche anterior. Supongo que parte de la sensación de la que hablo se debe a una especie de guayabo lector, es decir, todavía no me termino de acomodar de la sacudida de lo que leí.
Entre los libros veo Walden de Henry David Thoreau y comienzo a leerlo. Me doy cuenta de que ya había subrayado unos fragmentos, pero al poco tiempo de lectura me convenzo de que no es el libro adecuado para ese momento, así que salto a otro de cuentos de una autora colombiana.
El primer cuento me hace reír y pienso que puedo quedarme en esa lectura. Le doy otro sorbo al capuchino falso y ya está frío. Luego de eso también decido que no quiero leer ese libro, que no es adecuado para mi energía de ese momento, si es que eso tiene algún sentido.
Vuelvo a revisar otros títulos y escojo On the Shortness of Life de Seneca, pero luego de unas páginas siento que estoy leyendo obligado. Caigo en cuenta de qué es lo que pasa: quiero leer ficción. En ese momento comienza a soplar una brisa fuerte y unos truenos, lejanos, comienzan a retumbar como para reafirmar lo que pienso. Pago el capuchino falso y abandonó el lugar.
Cuando llegó al edificio de mi hermana, unas gotas gordas comienzan a manchar el pavimento.
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