miércoles, 2 de abril de 2025

El ocaso de un gladiador

Salgo a hacer una vuelta, la termino antes de tiempo y me voy a un café a leer un rato. Luego de hacer el pedido en la barra, me siento y paso un buen rato acomodando el Kindle, buscando la posición más cómoda para leer. Sé que apenas empiece, cambiaré de postura: cruzaré la pierna, me inclinaré sobre la mesa, me recostaré en la silla, descruzare la pierna para cruzar la otra, en fin, soy de esos lectores que nunca encuentran la posición óptima, como muchos otros.

Al poco tiempo, un viejo y un hombre cercano a los sesenta se sientan en la mesa de al lado. Uno lleva pantaloneta y chaqueta deportiva; el otro, boina y chaleco a cuadros.

Como están tan cerca, es imposible no enterarse de que son padre e hijo. El segundo recalca que la tía Gladys no puede enterarse de lo que acaba de contarle. El padre asiente y promete que no dirá nada. El hijo repite la advertencia. Parece temer que, por la edad, su padre olvide la promesa y termine charlando con la tía sobre el tema. De repente, el viejo cambia de tema por completo y empieza a hablar de fútbol colombiano, como si el chisme de la tía Gladys se hubiera desvanecido en su cabeza.

Luego, una mujer mayor se acerca a saludarlo. El viejo se pone de pie con dificultad y le da un híbrido entre abrazo y apretón de manos. La mujer se va, pero al instante regresa, esta vez empujando a su esposo en una silla de ruedas. No sabemos dónde lo había dejado parqueado.

“¡Máximo, qué tal!”, grita el viejo.
“Bien, ¿y tú?”
“Jodido, pero ahí vamos”, responde con una franqueza algo cruel para el entusiasmo y estado del otro.

En menos de dos minutos intercambian frases cordiales y hablan de un conocido en común. Luego se despiden.

Cuando ya están lejos, el padre le dice al hijo:

“Yo estudié con Máximo en el colegio. Era tremendo jugador de baloncesto”.

El hijo asiente, pero no responde. Tal vez se pregunta si su padre olvidará el secreto que le contó, o si ya lo ha olvidado.

martes, 1 de abril de 2025

Sobre el destino y otros temas

Veo la presentación del cantante Benson Boone en los grammy. Es un showman completo. No sabía que él cantaba Beautiful Things, ni siquiera conocía el nombre de la canción, y siempre me pregunté cómo alguien podía cantar tan agudo y con tanta potencia..

Mi hermana me contó que dejó de participar en American Idol para perseguir una carrera musical por su cuenta. Al poco tiempo de dejar el programa firmó con una disquera y lo logró.

Pero eso es lo de menos. Lo que realmente me interesa es 
que en la audición del programa comentó que tenía 18 años y que comenzó a cantar a los 17. También dijo que no sabía que contaba con esa habilidad y que no tiene idea cómo surgió.

Imaginemos eso, tan solo un año de práctica le bastó para tener el nivel de cualquier cantante profesional. Pienso entonces en los miles de Bensons Boone que existen en la tierra. Hombres y mujeres que estudian música o que llevan años cantando y estudiando piano, pero que no lo han logrado.

Imagino que algunos, los más mayores, le tienen rabia y que sus pares contemporáneos lo admiran.

Pienso en todo este rollo, porque me pregunto: ¿Las personas están destinadas a ser algo? ¿Estaba Boone destinado a ser una estrella musical, mientras que los otros que lo intentaron solo serían espectadores, amateurs de por vida o acabarían en cualquier otra profesión?

Las respuestas, claro, no las tengo, pero me parece extraño. Esto me lleva a pensar en la escritura. Rosa Montero comenzó a escribir desde los 8 años y Piedad Bonnett cuenta que desde joven pensó lo siguiente: “El caso es que en alguna parte de mí se aposentó la idea de que lo que yo quería en la vida era escribir con la misma intensidad y hondura que Dostoievski.”

Estaban destinadas ambas mujeres a convertirse en escritoras, independientemente de sus actos. Lo mismo con Boone, ¿sí o sí debía convertirse en músico así hubiera trabajado en una gasolinera como Eddie Vedder?

La vida son preguntas.

lunes, 31 de marzo de 2025

A ratos perdidos

Sábado.

Camino con mi hermana por un centro comercial. Cuando vamos a pasar de largo una librería, me pregunta: “¿No quieres ver libros?”

Le menciono que hace poco me compré dos digitales, pero al final cedo a su oferta-pregunta y respondo: “Bueno, está bien”.

Ya en la librería, comienzo a hojear los estantes de forma desinteresada, como dándole a entender a los libros que, por más que vea alguno que me llame la atención, no voy a llevar ninguno.

Gravito hacia uno que se llama A ratos perdidos 5 y 6. Cuando lo abro para leer las primeras páginas, me doy cuenta de que es un diario, uno de mis géneros, si se le puede llamar así, favoritos. Su autor es Rafael Chirbes.

Leo la primera entrada de un ocho de enero. Chirbes habla sobre la lectura de una novela. Hasta ahí, nada raro, una entrada de diario como cualquier otra. Pero luego me encuentro con esta frase:

"Llevo despierto desde las seis de la mañana, leyéndome esta novela insalvable, que destapa mis limitaciones como escritor. Cabeza vacía y mano torpe, que se suman a una pérdida de referentes, a este no tener nada en la cabeza que me tortura."

¿Cómo no identificarse con esa frase? Chirbes describe ese estado de no escritura que tantas veces me atormenta. Luego se pregunta:

"¿Cómo puede uno querer ser escritor si no tiene nada que decir?"

Más adelante, dice que detecta precisión en el lenguaje en lo que acaba de leer, algo que siente que él no tiene. Concluye que leer a ese autor es como un detector que saca a la luz sus carencias.

Nunca había oído hablar de Chirbes. Visitar librerías deja la sensación de que uno es un ignorante que no ha leído nada. Al llegar a casa, me entero de que fue un escritor y crítico literario español.

viernes, 28 de marzo de 2025

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Aporreo el teclado con rabia porque no sé qué escribir. De ahí el título del post. Ya los debo tener secos con este tema que, parece, es el único que se me ocurre: escribir sobre mi incapacidad para escribir.

Escribir parece la tierra prometida de muchos. Fernanda, una amiga, preguntó el otro día en un grupo de chat qué lugar ocupaba la escritura en nuestras vidas. Se hacía la pregunta porque con frecuencia piensa en dejar su vida actual para dedicarse de lleno a escribir, pero es una sensación que le dura poco y al instante se retracta.

Yo le respondí que alguna vez pensé lo mismo —ya hace rato que no—, pero que ahora, con todo lo que me puede gustar escribir, me veo lejos de convertirme en un novelista serial.

Fernanda me pregunta que si no conozco a Sarangi, que se convirtió en novelista luego de cumplir los 60 años. Le digo que ese también fue el caso de Sam Savage y pienso concluir con algo más, pero no se me ocurre nada.

¿Qué tal dejarlo todo por escribir y no tener nada por decir, como usualmente me ocurre?

Esto me recuerda lo que le dijo Kurt Vonnegut a Salman Rushdie cuando este le contó que se iba a dedicar a escribir novelas: si vas a escribir novelas, debes saber que va a llegar un momento en que no vas a saber qué escribir, pero igual tendrás que escribir una. De pronto eso le ocurrió a Rushdie en algún momento y también aporreó el teclado en busca de inspiración.

Estábamos hablando sobre eso y María, que no había escrito nada, dijo lo siguiente: “Sinceramente, no sé por qué esa insistencia de dejarlo todo y dedicarse a escribir. Sin vida no existe escritura que valga. Pero si de lo que se trata es de vivir de la escritura, sí sé que tan solo un reducido número de personas son las que pueden vivir del oficio. Así que adelante, sigamos viviendo y escribiendo.”

imagino que en nuestro caso no hay vida que valga sin escribir.

jueves, 27 de marzo de 2025

No estoy acá

Una de las fantasías que transito con frecuencia es imaginar que los directores de todo tipo de revistas solicitan mis servicios de escritura. Me dicen algo como: "Juanma, la edición de este mes va a ser sobre X tema, escribe unas 3000 palabras sobre eso".

"¿Con qué enfoque?", les pregunto, a lo que responden: "Escribe sobre lo que quieras. Puedes abordar el tema como te dé la gana".

Cuando alargo la ensoñación, hay veces que imagino que entrego artículos increíbles y todos me felicitan por ese gran aporte que hice, pero otras veces imagino que acepto un encargo y que, cuando se va acercando la fecha de entrega, no me llega ninguna idea a la cabeza. Faltando un día o tan solo unas horas, escribo un artículo mediocre a las patadas. Por eso, ahora en mis fantasías exijo como mínimo un mes de plazo.

Hablo de esto porque recordé No estoy acá, un artículo que escribió Pedro Mairal para una revista médica. Lo leí en una sala de espera y no fui capaz de llevarme la revista ni, mucho menos, arrancarle las hojas. Es, pienso, un artículo preciso y de los que me gustaría escribir si algún día me llegan a contratar para eso.

Me pregunto si Mairal tuvo un brote de inspiración para escribir ese texto o si era un archivo que ya había trabajado antes para el capítulo de una novela o un cuento, y lo editó para ajustarlo al tema de la revista. Sea como sea, me parece una obra maestra.

Tiempo después de haberlo leído, me puse en la tarea de buscarlo en internet y, cuando lo encontré, la página no permitía copiarlo, así que lo transcribí.

Cada cierto tiempo vuelvo a leerlo y no deja de maravillarme.

"Cumplo mi rol de niñero socorrista. Mi hija ahora arrastra una manta sobre el pasto. Quiere hacer “cama de nubes”. A la noche hay cama de estrellas y al día “cama de nubes”. Es solo poner la manta bajo el cielo y mirar. Después de idas y vueltas la convenzo de que pongamos la manta a la sombra de los árboles y no bajo el solazo cruel."

- No estoy acá -

miércoles, 26 de marzo de 2025

Me hace falta poesía

M. me dice: “a mí me atrapa como escribes. Quizá no tengas la poesía de otros escritores, pero me haces sonreír”.

Le doy las gracias e intento dejar atrás el comentario lo más rápido posible, olvidarlo. En la escritura no es bueno fiarse de los elogios. La clave, imagino, está en no dejar de escribir. Hacerlo incluso cuando no se tiene ni la más mínima inspiración, como suele ocurrirme.

Como este post, que arrancó con el comentario de M y ahora no tengo claro qué palabras lo van a concluir. ¿Está mal escribir así, sin norte alguno? Tal vez sí, y tal vez no cumpla con todos los requisitos para catalogarme como escritor, pero la verdad me importa poco.

Lo único importante es poner una palabra después de la otra a ver qué sale. Puede que nada, pero lo bueno de escribir es que es muchas cosas al mismo tiempo y entonces también consiste en fallar, en producir textos tremendamente malos hasta dar con uno que saque la cara.

Es mentira eso de que dejo atrás el comentario de M. Vuelvo a leerlo y pienso que tiene razón. En cuánto a lirismo, otros escritores me llevan años luz. Cuando intento escribir de esa manera me salen unas figuras todas melosas que de poesía más bien poco. Por eso trato de narrar lo que ven mis ojos sin tanto adorno.

Algo debo estar haciendo bien si la hago sonreír, pues tengo la siguiente teoría personal que, de pronto, M. comparte conmigo: si un texto me hace sonreír, ahí me quedo.

Es posible que a este texto le falten cosas, que se me haya escapado una tilde o que no lo haya editado bien para darle el ritmo adecuado. Pero de algo estoy seguro: le hacía falta este párrafo de relleno, que solo escribí para completar las 300 palabras.

viernes, 21 de marzo de 2025

Días oscuros

Esas dos palabras juntas pueden ser muchas cosas. Es un sintagma nominal, signifique lo que signifique sintagma. También, una metáfora que hace alusión a un estado emocional negativo. Pero si se piensa que escribir es contar lo que se tiene delante de las narices, significa que han sido días con un mal clima.

también puede servir para el título de un libro o una canción. Mi caso es el primero. Resulta que para mi cumpleaños P. me regaló dos libros. Uno de ellos se lo había pedido y el otro, Días oscuros, lo compró a la ciega en una librería, es decir, había unos libros empacados y con una pequeña nota que decía sobre qué trataban, y la que acompañaba a ese libro le gustó y por eso me lo compró.

Hoy, mientras esperaba a alguien en un café, comencé a leerlo. Son narraciones breves la mayoría de una página, otras de un par e incluso unas de tan solo un párrafo. El libro es un híbrido entre poesía y prosa.

La primera narración me gustó, porque cuenta una historia familiar. El siguiente párrafo me pareció preciso, un buen ejemplo de escritura verdadera: Después nos mudamos a Garzón. el trasteo cupo en un carro pequeño. Atrás viajamos los tres hermanos, muy juntos, con un par de camas, unos taburetes y un perro que, de vez en cuando, nos miraba con esa tristeza de dejar las cosas familiares.

Luego, los otros textos, pierden esa sencillez y se enredan con un lenguaje poético muy floripondio. A mí díganme lo que ven, lo que tienen enfrente de los ojos, pero no acribillen la narración con figuras rebuscadas que la entorpecen.

Me repito y vuelvo a esa frase de Millás que tanto me gusta: “Decir lo que se dice exige una precisión de microcirugía casi imposible de lograr, pues donde menos lo esperas salta la metáfora.”

O, a lo que dice el narrador de Claus y Lucas: “ Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es mejor evitar usarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos.”