Como no tengo forma de acceder al diccionario de la RAE, voy a imaginarme una definición para la palabra levedad:
Acción y efecto de ser flojito de voluntad y espíritu.
Mi intención era intentar explicar lo de la levedad, pero sin explicarlo, es decir, como lo hacen las buenas historias, que dejan claro una postura sin la necesidad de aleccionar.
Al final Camilo Buitrago se esfumo o me dio pereza pensar en él o decidió no trabajar ese día e irse a dar un paseo y encontrarle formas de animales a las nubes, para luego sentarse en una banca de un parque a leer un libro. El caso es que le perdí la pista.
Por eso escribo esto, ¿y qué es esto?: una especie de diatriba contra internet.
El punto, lector, Camilo Buitrago o quien me lea, es que nos convertimos unos tarados sin internet. No podemos funcionar, es como si nos cercenaran un apéndice indispensable para vivir. También podría hablar de la insoportable levedad de no tener celular o de la insoportable levedad de no poder usar la inteligencia artificial, pero de todas las posibles levedades existentes, la mamá de todas es la de no tener internet, porque al experimentarla, de poco sirven los celulares o los Chatgpt, Claude, Gemini y cuanta otra IA se han inventado.
Sin internet nos volvemos flojitos. Se va la señal y nos apagamos. No sabemos qué hacer o en qué actividad malgastar las horas. ¿Cómo hacían las generaciones anteriores para vivir?
Sigo sin internet y esto va pa largo. Mientras tanto Camilo Buitrago acaba de llegar a su apartamento, y tampoco tiene internet. Se prepara una limonada, le echa dos cubos de hielo y se sienta en la terraza a seguir con la lectura del libro que echó a la mochila cuando salió a caminar.
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