Domingo.
Estamos invitados a un almuerzo pero tengo mucha pereza de ir. Es una pereza infinita, milenaria podría decirse. Me tumbo en la cama y caigo en un estado de duermevela extraño. mi hermana me pregunta que si voy a ir y murmuro algo ininteligible a modo de protesta.
Tiempo más tarde me despierto desorientado, irrumpo en la vigilia sin saber quién soy. Me quedo con los ojos cerrados esperando a que esa sensación pase. Las ganas de un café me obligan a ponerme de pie.
Pongo a calentar el agua, agarro el kindle, una cobija y me siento en la silla que tanto me gusta para leer. Pongo un cojín en el espaldar, otro en uno de los brazos y acomodo el lector electrónico sobre él.
Afuera llueve. Las condiciones están dadas para sumergirme en una buena sesión de lectura. Recojo las piernas y las cubro con la cobija. Acomodo la taza de café para que me quede fácil darle sorbos y comienzo a leer.
Todo marcha bien salvo una cosa: cada vez que tengo que tocar la pantalla con el dedo para pasar la página, me desacomodo. Pienso que la tecnología ya debería estar lo suficientemente avanzada para poder pasar la página con la mente, pero no es así.
El futuro no llega.