lunes, 19 de abril de 2021

El mundo está lleno de efes.

Hace ya muchos años, en mis inicios laborales, conseguí un trabajo en una empresa de consultoría. Recuerdo que estaba contento de haberlo logrado sin ningún tipo de palanca o favoritismo, sino a punta de mérito propio.

Me imagino que, en medio de mi felicidad, le contaba a todo aquel con el que hablaba de mi nuevo logro, y así lo hice con F. un amigo de ese entonces.

F. es de ese tipo de personas que le encuentran fallas a todo y son buenísimos cuando se trata de desmotivar a alguien. Después de contarle la noticia, lo primero que me preguntó, en un tonito de burla que daban ganas de partirle la cara, es que si yo salía en la página web de la empresa. Le pregunté que a qué se refería y me dijo que si no había una foto mía en esa típica sección de "¿Quiénes somos?".

F, siempre me ha parecido, es de ese tipo de personas que piensan que el universo les debe algo, y por esa razón siempre salen con ese tipo de comentarios que no aportan nada, y los camuflan con risitas y bromas pendejas.

En los 4 años que duré en esa compañía nunca me tomaron una foto para salir en la página. De hecho nadie del equipo de trabajo salía en la página, pues esta tenía imágenes con modelos X, como los de esas tarjetas con fotos de familias felices, que traen las billeteras nuevas.

No entiendo por qué ese debe ser un requisito para sentirse realizado en un trabajo, por qué ese afán de establecer quién somos, cuando pocos quieren saberlo.

Ustedes ya saben que entiendo muy pocas cosas, bueno, la verdad casi nada, pero soy bueno disimulando.

De F. les cuento que me fui alejando poco a poco, no porque me lo propusiera, sino porque los intereses personales de cada uno son muy diferentes.

viernes, 16 de abril de 2021

Insultos y traperazos

Debo hacer un pago y la página del banco no funciona. Salgo a una sucursal que queda a menos de una cuadra. Hace sol, pero casi no hay personas en la calle, un claro síntoma de pre-cuarentena.

Cuando llego al banco, las puertas están cerradas y la mujer del aseo trapea con un buen ritmo y cadencia, como si el trapero fuera una extensión de sus brazos.

Le pregunto que si están atendiendo y asiente con la cabeza. Para no estropear su trabajo, doy unos pasos ridículos en puntillas. La mujer me mira como pensando: “¡Camine bien tarado! Igual ya pisó donde había trapeado.” Le pido disculpas, pero parece que no me escucha, porque se concentra de nuevo en su tarea al instante.

Cuando la voy a pasar de largo me dice: “déjeme ver su cédula”. La busco rápido y se la muestro, pues no tengo intención alguna de ganarme un traperazo.

Adentro el panorama es tan desolador como el de la calle. Solo hay dos personas: una en la caja y otra delante de mí, pisando una línea amarilla que indica la distancia a la que debemos estar el uno del otro. Miro hacia el piso y no estoy pisando la mía. Retrocedo un poco hasta que aparece.

Cuando es mi turno, le digo a la cajera el número de la cuenta de ahorros en la que quiero consignar. “¿Cómo?”, pregunta. Repito el número 2 veces, y a pesar de que hablo fuerte, el tapabocas, al parecer, amortigua el sonido de los números que pronuncio, sobre todo el 2.

“ ¿Me deja ver el número de la cuenta?”, me dice en un tono cansado, y se lo paso antes de ganarme un insulto.

Cuando termino la transacción, abandono el lugar rápido, pues siento que alguien está a punto de echarme la madre.

jueves, 15 de abril de 2021

Museos

Es mediodía y hay un trancón monumental en la carrera 30. El conductor mira el Waze y me dice que nos demoramos 75 minutos en llegar al destino, mientras que 37 por otra opción de ruta que le bota la aplicación, aunque tendríamos que dar una vuelta grande.

Miro el reloj y solo tengo 40 minutos. Le digo que sí, que tome esa ruta que parece más complicada que la actual. Pasados unos minutos y para no pensar que voy a llegar tarde, le pongo atención al radio.

Están en uno de esos programas en que los locutores charlan sobre cualquier cosa, “La Tertulia”, creo que se llama.

Hablan sobre la carrera espacial de diferentes países. Dicen que Emiratos Árabes va a enviar un robot a la Luna a estudiar su superficie, “Como allá si tienen platica”, dice uno de los periodistas del panel a modo de broma.

Luego hablan sobre una empresa que pretende hacer vuelos al espacio por los que cobrará 20 millones de dólares. “Es que el mundo está muy loco —anota otro locutor— mientras unos no tienen que comer, otros están mirando como gastar una millonada para viajar al espacio.”

Como el programa aparenta una charla entre amigos, sin ningún tipo de orden, otro hombre, de la nada, dice: “Yo les pido disculpas, pero les voy a decir cuáles son, para mí, los museos que se deben visitar”. Sí claro fulanito”, le responden, lo que parece traducir, “bien pueda diga lo que se le de la gana, que este programa es un revoltijo de temas y por eso nos pagan”.

Entonces da una lista de museos, y por qué los recomienda, primero unos nacionales y luego menciona unos del exterior, como el museo de las relaciones rotas que queda en Zagreb, Croacia, y que le rinde homenaje a relaciones de amor fallidas.

Luego menciona unos de Londres, y cuando termina su intervención, una mujer dice que le llama mucho la atención el de la Cruz roja. “Es un museo en el que, por ejemplo, puedes experimentar lo que es un bombardeo en un bunker, como los ciudadanos de Siria”; eso me parece muy chévere, concluye.

miércoles, 14 de abril de 2021

La tenista

La conocí repitiendo una materia en la universidad, y su ternura fue lo que, desde un principio, me llamó la atención. Teníamos algunos amigos en común, pero no recuerdo como terminé por conocerla.

En algunos huecos pasábamos tiempo juntos. En esa época yo andaba muy trascendental, y ella escuchaba todas mis quejas en contra del universo o la vida. Por lo general no respondía nada, y se quedaba callada como analizando a detalle lo que le contaba, pero guardándose la respuesta.

Las pocas veces que me respondía algo, siempre lo hacía con preguntas del estilo: ¿Pero crees que ….? ¿No te parece…? y nunca con un consejo o una opinión. Me encantaba pasar tiempo con ella y tener alguien que me escuchara.

Sus piernas eran el epítome de las piernas, pues como jugaba tenis las tenía torneadas. Un día me pidió que la acompañara a un partido que tenía en una cancha en el Salitre, y me sentí importante.

En la universidad, al finalizar la semana, íbamos a tomar cerveza, pero nunca solos, sino con un grupo de amigos.

Un día la invité a a tomar cocteles y aceptó. Recuerdo que estaba decidido a decirle lo mucho que me gustaba.

Ya en el lugar, con un coctel a toda marcha por mi torrente sanguíneo, lleno de valentía, le tomé ambas manos y pronuncié un pequeño discurso. Al terminarlo, comencé a halarla hacía mí, hasta que las puntas de nuestras narices se tocaron.

Parecía la escena de una película. Solo faltaba que comenzara a caer nieve o que el director dijera “corte”. Justo cuando iba a besarla. Alguien la llamó desde la calle —estábamos en la terraza de un bar—, y el momento perfecto se esfumó como una ráfaga de aire.

La intrusa era una amiga del colegio con la que llevaba tiempo sin verse. Se saludaron, tocaron cualquier tema zonzo de conversación: en qué andaba cada una, que tenían que cuadrar para verse, que qué más de fulanita y zutanita, hasta que no les quedó nada más por decir y se despidieron.

Luego nos miramos y sonreímos. Intenté retomar el curso de los eventos, pero fue imposible. Nuestros cocteles estaban a punto de acabarse y a ella le dio afán de irse, porque al día siguiente tenía un partido.

martes, 13 de abril de 2021

Entropía molecular

Imagino que el término existe, pero no tengo idea qué significa. Me gusta la palabra entropía como sinónimo de desorden.

No debería escribir sobre lo que no sé, pero ya ven, cada quien, al final, hace lo que le da la gana.

Mejor volvamos a lo de entropía. La palabra llega a mi cabeza por el desorden de mi escritorio. Marie Kondo, esa señora que está obsesionada con el orden, se desmayaría con solo verlo.

Encima, a simple vista, puedo ver: el portátil, mi libreta, un blog de hojas blancas en el que empecé a dibujar, pero que dejé de utilizar porque me compré una libreta con hojas de buen gramaje; un pañuelo para limpiar gafas, un tapabocas, un blíster de vitamina C con sabor a mandarina, dos lápices enanos marca Staedtler, uno Faber Castel que solo utilizo para borrar porque, en medio de la entropía, no sé dónde fue a parar mi borrador; un estuche de gafas, un parlante que casi no utilizo, un disco duro externo, un chap Stick con sabor a nada, y un estuche de lentes.

A veces, a ese cuadro entrópico, digamos, lo acompaña una taza de una bebida caliente, por lo general desocupada.

A ratos pienso que debería ordenar todo, pero me gusta esa entropía, la entiendo y me reconozco en ella; al final, como ya he dicho antes, somos más nudo que inicio o desenlace.

Las palabras Entropía molecular me siguen rondando la cabeza, así que busco la definición en internet: “Actualmente la entropía desde el punto de vista molecular se define como una función de estado que es una medida de cuánta energía poseen los átomos y las moléculas”.

No me queda claro.

Imagino los objetos de mi escritorio como átomos, cada uno con diferentes energías, y que intercambian información entre ellos sin yo darme cuenta.

Ayer, a punto de terminar un dibujo, el tarro de tinta china, temperamental e irreverente, y en un trabajo en conjunto con la plumilla, casi se voltea por completo encima del escritorio, hecho que elevo la entropía a niveles que nunca había presenciado.

Afortunadamente, el incidente no pasó a mayores. Si se preguntan por el tarro de tinta, ahora se encuentra castigado en una esquina del escritorio.

viernes, 9 de abril de 2021

Faltas

Cada quién con las suyas, con sus reproches personales. Una de las mías, en la que he caído estos días, es no leer.

La hora del día en la que más me gusta hacerlo, es por la noche a eso de las 11, porque hay poco ruido en el ambiente y me concentro fácil en la lectura. El único inconveniente es que si he tenido un día pesado decido no leer.  En las veces que lo hago, los ojos se me comienzan a cerrar y, al final, ni leo ni duermo bien.

Cuando siento que el cansancio me lleva hacia el sueño prefiero no leer, pues comienzo a leer de afán, a atragantarme de palabras y eso, creo, no tiene sentido. Nada mejor que leer a un ritmo pausado, sin afanes de sumar un libro a la estadística de libros leídos.

También, algo que me ocurre que en medio de esas lecturas de afán es que experimento micro sueños, que no estoy seguro cuánto tiempo duran, pero si lo suficiente para hacerme perder la línea en la que iba y, a veces,  el hilo de la historia, por lo que tengo que volver unas hojas atrás para  conectarme de nuevo con ella.

Puede que algunos digan que no debería ser tan exagerado, que el mundo no se va a acabar si dejo de leer por un par de días, y es verdad. Aunque vaya uno a saber, pues puede que una de nuestras acciones desate el fin del mundo, mientras nosotros vamos por ahí, tan campantes, sin tener ni idea de la consecuencia de nuestros actos.

De todas maneras pienso que si a uno le gusta mucho hacer algo, obsesionarse con la actividad no está mal.

Dicho esto, los dejo porque me voy a leer.

jueves, 8 de abril de 2021

Publicaciones

Laura, una de las millones de Lauras que pueden existir en internet, incluidas esas Lauras que son gordos panzones mayores de 50 y que se hacen pasar por una, dice que siente la necesidad de hablar sobre la falsa idea de perfección que promulgan las redes sociales.

Me dice a mí, a ti, a todos, en segunda persona: “Eres mucho más que los errores, dudas o inseguridades que puedes tener sobre ti”.

Le doy la razón, nos tienen jodidos los mensajes que a cada rato nos dicen cómo debemos ser, pero yo agregaría algo más.

Yo diría, si esa Laura o el gordo panzón me lo permiten, que muchas veces no somos más que errores, bultos de dudas que vamos de un lado para otro dando tumbos, aunque creamos que tenemos el panorama claro y que controlamos todas las variables que pueden afectar el curso de nuestras vidas.

A veces, pienso, la opción a la mano es abrazar la imperfección, sin echarse a la pena y ya está, pues el mundo tiende más bien hacia el caos que hacia la estabilidad.

No entiendo, por ejemplo, porque seguimos empeñados en hablar sobre volver a la normalidad, si nunca nada ha sido normal, si la vida siempre nos ha demostrado que el curso de los eventos se puede despiporrar en menos de un segundo. Lo normal es lo que hay, lo que se vive y punto; diría que el presente, pero ese cuento con tufo budista ya está muy trajinado.

Un rato después de leer a esa Laura, caigo en la publicación de una tal Liliana, que pregunta si existe un procedimiento, no quirúrgico, para eliminar las líneas de expresión de la frente. No entiendo qué pretende; se me ocurre decirle que se eche cemento a ver cómo le va, pero vuelvo e insisto, no soy bueno para interactuar en redes sociales, así que no hago nada.

Las dos publicaciones, imagino, tienen algo que ver. Mientras la primera suplica que nos aceptemos como somos, la segunda quiere cumplir un canon de belleza, o qué se yo qué es lo que quiere cumplir.

Me gustaría ver un debate entre Laura y Liliana.