jueves, 4 de marzo de 2021

En el centro

Debo entregar un sobre en un edificio de oficinas. Cuando llego a la puerta el celador se acerca y me pregunta qué necesito. Le doy el nombre de la oficina a dónde voy y me pregunta que si tengo cita. “No tengo”, le respondo. El hombre respira profundo y luego tuerce la boca. “Pero…” digo, y antes de que termine mi objeción cierra la puerta, no del todo, pero lo suficiente para darme a entender: “Hermanito, lo siento”.

Me quedo ahí de pie e imagino que hago cara de nada, un gesto que mezcla: frustración, rabia, cansancio, entre otras sensaciones. El celador rescata algo de bondad desde las profundidades de su ser y se acerca de nuevo a la puerta. “Toca que llame a la oficina para que alguien baje por el sobre. Si quiere le dicto el teléfono”, y comienza a hacerlo antes de que saque el celular del bolsillo.

Intento memorizar el número que dicta, pero me quedo en 3500… ¿Tres cincuenta qué?, le pregunto ya con el celular en la mano. Vuelve a dictarlo, pero como si estuviera participando en la competición del dictador de teléfonos más rápido del mundo; igual, alcanzo a copiarlo. supongo que nos es el más veloz y le hace falta práctica.

Después de tres timbrazos me contesta Alejandra. Le cuento por qué estoy ahí y a quién busco y me dice que esa persona, un tal señor Wilches, no está, pero que ella puede bajar a recibir el sobre. Al principio de mi espera pienso en retar al celador a que me dicte cualquier otro número, a ver cuál es la pendejada con eso de hacerlo tan rápido, pero otra vez se aleja de la puerta.

¿10, 15, 20 minutos? No sé cuánto tiempo pasa, pero parece que la oficina queda en uno de los últimos pisos del edificio y que Alejandra decidió bajar a pie, a manera de ejercicio físico. Me aventuro a pensar que siempre baja de esa manera, pero subir le da mucha pereza y lo hace por el ascensor.

Volteo a ver que ha pasado con la calle y si ya más personas la transitan, pero sigue igual de desocupada.

En la acera de enfrente hay dos carros de ventas ambulantes muy cerca el uno del otro, que se pelean por llamar la atención de los pocos personas que transitan por el lugar. Uno lo atiende una viejita canosa que lleva puesta una ruana blanca que le queda grande, y el otro un señor con una gorra azul, jean y una chaqueta cortavientos gris. La mujer se pasea de un lado a otro inquieta, cruza una que otra palabra con su competencia y se devuelve a su carro, para al rato volver a hacer lo mismo. El hombre no se cansa de ordenar sus productos que son, en su mayoría, paquetes de galguerías en los que predominan los colores amarillo, verde y rojo. El carro también tiene un cartel de fondo blanco que dice: “Minutos a 200” en letras rojas, y de uno de sus costados cuelga una bolsa roja transparente que, al parecer, contiene mogollas de gran tamaño.

“Señor”, dice el celador, para avisarme que Alejandra, una mujer de pelo negro que le llega hasta la cintura, y que combina con el tapabocas que lleva puesto; por fin llegó. La saludo, le pregunto su apellido, lo olvido al instante y le entrego el sobre. Intercambiamos un par de palabras de pura, digamos, cortesía urbana y nos despedimos.

miércoles, 3 de marzo de 2021

¿Físico o digital?

Caigo en la publicación (digo caigo porque internet es como una marea que no se navega, sino que nos lleva a dónde le dé la gana) de una mujer que pregunta en ese tonito meloso de la segunda persona, “¿Tú en que prefieres leer? Y acompañaba la pregunta con dos imágenes: una de un libro físico y otra de un e-reader.

Las personas, los internautas, quiénes sean, se desparramaron en comentarios en los que además de decir cuál era su forma preferida de leer, daban su punto de vista: “en digital porque puedo llevar muchos libros al mismo tiempo”, “Físico toda la vida, nada como oler las páginas de un libro, el tacto con las hojas, bla bla bla”. Un hombre escogió físico, aunque  anotó que su novela solo estaba disponible en digital, y así seguían y seguían los comentarios. Muy pocas personas contestaban con una de las dos opciones que les habían dado o decían que ambas.

No entiendo esa necesidad de romantizar la lectura. Estuve a punto de responder, de darles mi opinión a esos simples mortales que se ensañan en discusiones sin sentido y decirles lo que pienso: El fin es leer; el medio no importa. Como dice el personaje de una novela: “Continúa siendo un libro si lo lees en un Ipad. La sopa es sopa sin importar cuál sea el recipiente que la contiene”.

Me abstuve porque cómo les conté en esta entrada, soy malísimo para interactuar con desconocidos en redes sociales y ,además, para esos imples mortales no soy más que otro simple mortal con otra opinión desabrida y falta de sustancia.

Imagino que no entiendo las redes sociales y que no sé sacar provecho de ellas, pero es que estar dando una opinión a toda hora y decirles cómo me siento porque hace sol o llueve; desayune café con arepa o chocolate con pan; leo en físico o digital, me aburre, pero también como  como dice la frase: “no eres tú, soy yo”.

martes, 2 de marzo de 2021

Regalo

Como suele ocurrirme, desde la semana pasada un libro que tengo en mi radar de lectura, se me aparece en todos lados: artículos de internet, alguien publica una foto en una red social o me llega un correo donde lo mencionan.

Por eso pienso que muchas veces uno no llega a los libros, sino que son ellos son los que nos encuentran. Imagino que deben pensar “Ahh, ¿no me quiere prestar atención? Pues me le voy a aparecer en todo lado hasta que lo haga”.

“Está bien” le dije ayer cuando volvió a aparecer y me obligó a leer de que se trataba sin hacerme spoilers, que es lo mínimo que les pido cuando adoptan esa actitud. Para que dejara la intensidad y no me siguiera tocando los cojones lo busqué en línea, pero me pareció que estaba muy caro. “No mijo, muy interesante y todo, pero tampoco”, le dije. Pero este resulto ser todo un intenso, pues por la tarde di con la publicación de una librería que lo vendía a un precio menor del que había visto en mi búsqueda previa, así que lo pedí de inmediato.

Tengo muchas ganas de leerlo, pero no lo compré para mí, pues tengo muchos en cola por leer, sino para un regalo de cumpleaños. Me da mucha ilusión pensar que le va a encantar a la persona que se lo voy a regalar.

Regalar libros, al igual que recomendarlos, es difícil, pues son acciones que se hacen con las mejores intenciones, pero es imposible saber si uno le va a atinar al gusto de la persona, mucho más cuando se va a la ciega y no se ha leído el libro.

Espero acertar con mi regalo, y que sea tan bueno como dicen las reseñas y artículos en los que me apoyé para tomar la decisión de compra.

Si no menciono el libro es porque es posible que la persona a la que se lo voy a regalar, lea este blog.

lunes, 1 de marzo de 2021

Un momento

Me alejo del grupo y me siento en una banca improvisada, ubicada justo en el filo de una ladera, hecha con un tablón de madera y dos pedazos gruesos de tronco que hacen de patas. Estoy en un conjunto de casas de ladrillo y techos de paja. Cada una tiene una chimenea. Imagino como pasaría una tarde dentro de alguna de esas casas, sentado en un sillón reclinable, con una bebida caliente en la mano y con el crepitar de la leña como ruido de fondo.

Al fondo un grupo de árboles —“deben ser pinos”, pienso— bordean el conjunto, y más hacia el fondo alcanzo a ver los techos de las casas del pueblo.

También presencio un concierto de ladridos lejanos, de perros de todos los tamaños. Imagino que son fieros o intentan aparentarlo, pues en realidad son perezosos. Ocasionalmente un gallo despistado, son las 11 de la mañana, cacarea fuerte como si fueran las cinco.

No hace ni calor ni frío. Podría decir que hace un clima perfecto, y lo acompaña una brisa refrescante.

A ratos escucho el zumbido de algunos insectos que pasan cerca de mis oídos, pero no me preocupo en espantarlos; los dejo ser, que me piquen si es el caso.

El cielo está encapotado con nubes negras, grises y blancas, y parches de cielo azul color claro. La montaña está repleta de árboles, con unos claros que parecen rocas o arena. También se alcanzan a ver, en la ladera, unas casas pequeñas de paredes blancas y techos verdes.

Los ladridos de los perros se intensifican y ahora parecen de pelea, como si todos estuvieran reunidos en un mismo lugar y un intruso acabara de llegar.

A ratos, por encima de todos los sonidos del ambiente, se alza el ruido de un torno de algún taller, pero dura pocos segundos funcionando.

Justo al borde de la montaña hay una estructura metálica gigante si se compara con el tamaño de las casas del pueblo, parece una fábrica abandonada.

viernes, 26 de febrero de 2021

Gafas

Desde que tengo uso de memoria (que vivan las frases hechas) utilizo gafas. Con el paso de los años mi visión ha empeorado, un hecho que, pienso, es directamente proporcional al grosor del lente que debo utilizar, pues las últimas que he tenido cada vez tiene más el aspecto de un culo de botella.

Nunca he logrado hacer de mis gafas un accesorio de, digamos, moda o elegancia, qué sé yo, que el color del marco combine con la ropa que llevo puesta o algo por el estilo. Para mí solo cumplen con un propósito: ayudarme a ver mejor.

Las que tengo ahora no me gustan para nada. Su marco es plástico —imagino que es otro material, un polímero, como para sonar conocedor de lo que hablo. Las compré de afán, sin preocuparme mucho cómo fueran, y creo que el precio fue un factor determinante, porque compre no las más baratas, pero tampoco las mejores, decisión que se vio afectada por el grosor del lente, pues solo cierto tipo de monturas lo soportaban.

Con el paso del tiempo las patas se han abierto, y como consecuencia de eso han perdido agarre. En ocasiones que me inclino un poco hacia adelante terminan en el piso. La solución para ese problema fue ponerles un cordón, pero es poco funcional y me molesta en la nuca. Puede que usted, estimado lector, piense que soy muy quisquilloso y jodo por todo, espero que no sea así, pero de serlo, ¿qué más da?

Estoy a punto de botar el cordón, pero antes de hacerlo lo destrozaré a punta de tijera para que sufra.

Hace unos días cuando me las iba a poner apenas me desperté, me quedé con una de las patas, la izquierda, en la mano.

Antes ya se habían dañado y las había llevado a una óptica para que las arreglaran, pero ahora el lugar está cerrado, así que decidí ir a la papelería a comprar el pegamento más cerdo que existe en el mundo.

“Buenas tardes necesito un buen pegamento, tiene uhu?”

“El uhu no es tan bueno” —respondió con un aire de suficiencia la mujer que atiende— “ se lo digo por experiencia propia”.
“¿Cuál me recomienda?”
“Llévese este”, me dijo y me mostro un frasco pequeño, de un pegamento transparente, “es el mejor”.

Le hice caso, lo compré y ya en la casa pegué la pata de la gafa a su marco. Más tarde, pasadas unas horas, las intenté cerrar y se despegó de nuevo, así que les eché pegante otra vez pero como si mi vida dependiera de ello. Ahora debo tener cuidado porque quedaron rígidas y no las puedo volver a cerrar.

jueves, 25 de febrero de 2021

La envidia

Jose David Ye cree que hay que tener cuidado con los halagos falsos. El señor Ye piensa que debemos cuidarnos de esas personas que no se cansan de celebrar nuestros triunfos como si fueran de ellos, pues caras vemos, hijos de la chingada no sabemos.

Lo ideal sería no desconfiar de las personas, tratar de ver lo bueno en cualquier intercambio de sentimientos, pero a veces la duda es el mejor escudo, pues es precisamente en esos casos en los que las cosas parecen ser de determinada manera, en los que más hay que rascarse el mentón y dudar. Es posible, espera que no, pero es posible que detrás de esas muestras empalagosas de afecto no exista más que envidia pura y dura.

Piensa que hay que desconfiar de esos seres luminosos que afirman estar en total sintonía con la vida y que dicen que no sienten envidia, pues no le cabe en la cabeza que las personas nunca lleguen a experimentar ese sentimiento.

De la misma manera, cree que hay que tener cautela con aquellos que con una sonrisa zonza dicen: “Que envidia siento”, y al instante, como para rectificar, concluyen: “pero es de la buena”. Gran mentira, pues envidia solo hay una, esa que nos corroe por dentro y hace que nos parezca injusto lo que otros han conseguido.

Ye sabe que no le corresponde decir si la envidia es mala o no. Imagina que es una reacción que traemos por defecto desde el nacimiento, y que es muy difícil no sentirla, ya que no contamos con la inteligencia emocional del Dalai Lama.

Cuando sufre un episodio de envidia, lo primero que Ye hace es no tacharla de buena. Acto seguido se regodea en ella, e intenta experimentarla a fondo sin ningún sentimiento de culpa; trata de verla como un terreno en común que todos hemos pisado alguna vez, y que nos da la oportunidad de vernos reflejados en los otros.

Lo único que le preocupa es que algún día se quede hundido en ella.

miércoles, 24 de febrero de 2021

Sin costo alguno

Me dejo tentar por el gancho del asunto del correo de una entidad bancaria y le doy clic. En la parte superior hay un banner de color morado y sobre él, en letras blancas mayúsculas, se puede leer lo siguiente: ASISTENCIA SIN COSTO. Las dos últimas palabras están subrayadas.

Al copy lo refuerzan las siguientes palabras: “Con tu tarjeta de crédito Accede a las siguientes asistencias que tenemos para ti”. Justo debajo de ellas, aparece un botón que dice “ir al sitio web.”

Al lado izquierdo sale una imagen de una mujer sonriente con pelo negro de color intenso, como de petróleo. Sostiene algo en las manos, no alcanzo a distinguir qué es, pero se le ve muy contenta. Imagino que ya disfrutó de las asistencias de las que habla el anuncio, de ahí su expresión de felicidad.

Miro fijamente la imagen por otro par de segundos, a ver si logro descifrar algo más en su expresión, pero no logro saber qué esconde detrás de esa sonrisa que, imagino, es falsa. Quién sabe cuántas veces le tuvieron que tomar la foto hasta que por fin salió bien, con esa dentadura tan  blanca, tan de mentiras.

No puedo negar que dan ganas de darle clic al botón, para conocer cuáles son esas asistencias sin costo de las que hablan.

Al final no lo hago y borro el correo. La razón para tomar esa decisión fueron las palabras “Sin costo”. Pienso que todo en esta vida tiene un costo, y que toda relación que se establece con alguien lleva uno, independiente de si es comercial o no. Todo cuesta en esta vida, así no haya dinero de por medio.

Si se trata de cobrar, los bancos son los primeros en mirar cómo hacerlo. Espero que mi escepticismo haya funcionado en esta ocasión y no me esté perdiendo de alguna asistencia increíble, qué sé yo, un encuentro privado con Juan José Millás o algo por el estilo