miércoles, 9 de febrero de 2022

Lobotomía

La palabra llega a mi cabeza porque hace parte de la letra de una canción. ¿De qué grupo? No recuerdo. Quizá sea  Guns and Roses. Hay veces que la información de mi cerebro parece estar perfectamente ordenada y el hipocampo, aquella área encargada de generar los recuerdos, actúa a modo de bibliotecario y me los facilita para que los pueda revisar.

Otras veces, como ahora, los archivos están descuadernados y  las fechas,  imágenes, los datos, la información basura y la útil se mezclan hasta conformar una especie de masa compacta, que si se espicha por los lados comienza a desmoronarse.

Que miedo el deterioro del cerebro, en fin.

Imagino que si Hablo de esto, es debido a la hora.

Hace un rato terminé de redactar un texto, y luego de ponerle el punto final, me acordé, aparte de la palabra lobotomía, de que no había escrito para Almojábana.

Después de almuerzo intenté pensar en algún tema y no se me ocurrió nada. Después me eché en la cama para descansar 15 minutos, y luego, cuando encontré fuerzas suficientes para ponerme de pie, me ocupé de inmediato.

Les decía que debe ser la hora, es decir, me imagino que después de las 10 de la noche, el cerebro ya se está enfocado en dormir, y entonces, para tener descanso altera, a su antojo, sus fibras nerviosas.

Por eso dar con un tema sobre el cual escribir cuesta más y uno resulta escribiendo cosas de este estilo.

A la larga, todos los estímulos que recibimos a lo largo del día, los millones de mensajes que quieren alterar nuestra conducta, son una especie de lobotomía digital, que poco a poco nos va machacando el cerebro sin que nos demos cuenta.

martes, 8 de febrero de 2022

Incapacidad para leer

Abandono la lectura de una novela.

Llevaba más de 100 páginas, pero me estaba costando conectarme. Sentí que hablaba sobre muchas cosas, pero que la historia no iba para ningún lado.

Pensé que si le daba más tiempo me iba a enganchar, pero no fue así. Imagino que este momento de vida no es el indicado para leerla y que volveré a su lectura cuando la vida así lo quiera: Romanticismo chimbo de lector, en fin.

La vida es muy corta para leer de forma forzada. Frank Zappa lo dejó claro: So many books so Little time.

De pronto es que el libro no me gusto y ya está. No hay nada malo en eso, así la crítica lo elogie o les guste a millones de personas.

Paso el mal trago de lectura, pero aún siento necesidad de consumir ficción, así que comienzo otra novela de inmediato, pero pasadas unas pocas páginas, no más de 10, me detengo, porque tampoco me convence.

Siento una ligera ansiedad al pensar si no estoy desperdiciando mi tiempo de lectura, mientras en algún lugar se encuentra otra obra que me va a cautivar por completo.

"¿Será el inicio de una temporada de no lectura?”, me pregunto.

Luego Me debato entre leer, mirar el celular o prender el televisor.

Me decido por la primera y escojo La Tentación del Fracaso, los diarios de Julio Ramón Ribeyro.

Leo con calma, sin atragantarme con las palabras, sin afanes, como se debe leer, pienso.

La forma en que narra la cotidianidad, y los análisis que hace de la vida me parecen sinceros, sin ínfulas de intelectual y me tranquilizan.

Pienso que todas las personas los deberían leer, junto con los de Anaïs Nin, otra gran joya del mundo de los diarios.

lunes, 7 de febrero de 2022

Estar rodeado de pájaros

Caigo en un documental sobre la vida de Gabriel García Márquez, en el que entrevistan a varios de sus amigos, o a personas que por una u otra razón lo conocieron, como un peluquero en México o el arquitecto que diseño su estudio y biblioteca.

El programa iba relatando la vida del escritor y lo que le gustaba hacer. Cuenta el arquitecto, que luego se convirtió en un gran amigo, que le gustaba la forma en que Márquez observaba la vida.

Cuando lo contrató, le decía, por ejemplo, que se había pasado todo el día, observando a un obrero que siempre llevaba audífono puestos.

Al principio esos obreros se sentían algo intimidados de verlo revolotear mientras trabajaban, pero después de un tiempo le perdieron el miedo, y comenzaron a llevar libros de él para que se los dedicará a sus amigos y familiares.

Uno de los apartes que más me llamo la atención fue uno que titularon: “Los amigos de antes y los de después”, haciendo referencia a quienes lo conocieron antes de que ganara el premio nobel.

Una mujer canosa salió hablando y decía que ella fue una de las amigas de antes, y cuándo le preguntaron que como recordaba al escritor, sonrío ampliamente y dijo “Decía cosas llenas de alegría, como si estuviera rodeado de pájaros”.

Más adelante la mujer volvió a salir y dijo que una de las novelas que más le había gustado, por lo triste, era El coronel no tiene quien le escriba. “Por lo general me gustan las cosas tristes”, concluyó.

jueves, 3 de febrero de 2022

Entre el suspiró y el deseó

Escribo una historia en inglés a toda máquina, bajo la premisa de desparramar, que buena palabra esa, todas las letras en la pantalla, sin guardarme nada, para luego editarlas. Ese es uno de los consejos que dan para escribir, hacerlo de chorro, hasta vaciarse de palabras. Esta vez le hago caso.

Tiempo después, cuando me pongo a corregir lo que escribí, me encuentro con esta frase

He sihed, as he read sometime, for Allah to communicate with him directly.

No sé que es sihed, ni recuerdo que era lo que quería decir, El corrector de texto me sugiere la palabra sighed, suspiró.

Decido aceptar la sugerencia, aunque debo cambiar la frase para que tenga sentido

“Sí, el personaje—un hombre árabe que está a punto de hacer algo de lo que no está seguro— podría suspirar en ese momento, pues desea comunicarse con Allah”, pienso.

Imagino que hay veces en las que debemos actuar así, es decir, aceptar las sugerencias de la vida como vengan, sin pensarlo dos veces y luego, dependiendo de que tanto nos cambien el rumbo, mirar cómo editar nuestro caminao.

Sigo leyendo el resto del texto y cuando termino, me acuerdo de que la palabra que quería escribir en un principio era wished, deseó

Entonces borro el suspiró y escribo el deseó.

No fue mi caso, pero a veces eso tropiezos lingüísticos funcionan bien cuando se escribe, como le ocurrió a Juan Esteban Constaín mientras escribía El hombre que no fue jueves.  

El autor  en vez de escribir agotados, tecleó ahotados, un adjetivo arcaico que quiere decir osado y atrevido y que encajaba perfecto para lo que quería decir.

miércoles, 2 de febrero de 2022

Simón y los astros

Entre mis habilidades que no sirven para nada, se encuentra la de quedarme despierto así este cansado.

En dichas ocasiones y para permanecer en el territorio de la vigilia, prendo el televisor, me pongo a mirar el celular o a leer.

Hace unos días me ocurrió eso, y opté por la primera opción. Empecé a canalear y caí en “Contacto Astral”, ese programa en el que las personas llaman a preguntar por su futuro y el vidente o presentador les dice qué es lo que les va a pasar y qué acciones deben tomar.

El hombre dice llamarse Simón y la frase para los que caemos en su transmisión es: “Hola, soy Simón y los astros”.

Luego dice “La felicidad, el amor y tu pareja ideal tocan a tu puerta”.

Le bajo el volumen al televisor, y guardo silencio, pero no escucho ningún llamado. Simón no especifica cuál puerta, si la del cuarto o la de la casa.

De pronto sería bueno que diera un rango de fechas en las que ese glorioso evento puede ocurrir; así uno está atento para no dejar pasar la oportunidad. La vida, creo, muchas veces se trata de eso, de no dejar pasar las oportunidades, en fin.

A simón le entra la llamada de una mujer que le pregunta por su vida sentimental y cómo mejorarla. Después de escucharla, parece que los astros le dictan telepáticamente lo que tiene que responder porque, casi de inmediato, contesta lo siguiente: “Debes hacerte una infusión de romero, inojo y tomino, luego te bañas un Domingo y lees el salmo 91.

Luego le dice que prenda un velón negro de sal porque acelera los procesos, y algo de que la parafina purifica los estados energéticos. Además, le indica que debe atar el manojo de romero con un hilo rojo, pues eso le ayuda a que se vuelva receptiva al dinero.

Me asombra como Simón y los astros sabe qué es lo que debe hacer la mujer, con  tan solo  escuchar su voz por teléfono.

Simón acaba la llamada y pasan un comercial en donde una voz pregunta: “¿Sientes que tu pareja te engaña?…Nosotros te encontramos a tu alma gemela”, concluye.

Apagó el televisor  para dejar a Simón con sus astros dondequiera que este.

martes, 1 de febrero de 2022

Correr

Correr era sinónimo de estar en el Colegio.

Si mi memoria no me falla, teníamos dos descansos por día. El primero duraba quince minutos. ¿Qué puede hacer uno en quince minutos? Yo que sé, comer algo e ir al baño si acaso.

Como era tan corto, y si uno no tenía nada para picar, tocaba salir corriendo a la cafetería para agarrar un buen puesto en la cola antes de que se hiciera interminable, pero siempre estaban los desgraciados deportistas que corrían más que uno, entonces el chance de quedar en un buen puesto, dependía de que alguno de ellos se destutanara a mitad de camino.

El segundo, el “largo”, duraba 30 minutos. Ese servía para echarse cotejos de micro, por ejemplo, o para tener tiempo de hacer fila en la cafetería y comprarse algo, si en el primero no se había tenido la oportunidad de hacerlo.

Pero también tocaba correr porque había que pelearse las canchas de fútbol, de microfútbol, las de basquet, voleibol o las mesas de ping-pong, pues los que las cogían eran los que mandaban, los que armaban los equipos para jugar lo que fuera.  Eran casi igual de importantes al dueño del balón, ese personaje al que tocaba preguntarle si uno podía jugar.

Yo, bien gordito en ese entonces, no tenía chance de competir o reclamar alguna cancha, así que debía esperar a que alguien de mi curso obtuviera alguna y que luego, armando los equipos, me escogieran. Siempre me ponían de defensa. Era bueno en esa posición.

Tampoco recuerdo qué hacía cuando no jugaba nada porque todas las canchas estaban ocupadas y ninguno de mis amigos había conseguido una.

Me imagino que me gastaba la plata que me quedaba en cualquier cosa barata, como los churros, esas bombas calóricas; de resto caminar por ahí sin rumbo alguno y ver si de pronto podía raspar participación en algún cotejo futbolero.

lunes, 31 de enero de 2022

MP3

En la universidad, en segundo semestre, tenía laboratorio de física  los viernes de 4 a 6 de la tarde.

Eran clases súper aburridoras, porque el ambiente fiestero permeaba el ambiente.

En mi grupo estaba D. y en el salón del frente C, dos grandes amigos. Cuando terminábamos la clase, salíamos derechito para MP3.

MP3 era el típico chuzo universitario que tenía unas cuantas mesas de madera cuadradas, vendían cerveza y ponían música a todo volumen.

El lugar no se llamaba así, pero no recuerdo por qué fue que decidimos bautizarlo con ese nombre.

El plan era sencillo, podría decirse que incluso inocente: Sentarnos a tomar cerveza y hablar de la vida, de nuestras clases, de fulanito o fulanita etc. y cantar algunas canciones a todo pulmón, según las cervezas que ya lleváramos encima.

El plan en MP3 se acababa cuando no teníamos más dinero o creíamos estar lo suficientemente prendidos.

De ahí, muertos del hambre, salíamos para un local de empanadas mexicanas en el que hacían un guacamole muy picante. La consigna era sencilla: empacarnos cada uno de a dos empanadas, y echarles mucho guacamole para, supuestamente, bajar la prenda.

Uno de los días que más recordamos, y también uno en el que estábamos justo en el borde del precipicio de la borrachera, fue cuando cantamos Carrie de Europe, como si la existencia de la raza humana dependiera de ello.

Cantar solo es un decir, pues la única palabra de la letra que nos sabíamos era el título de la canción, que gritábamos como locos cada vez que llegaba el coro.