“Sólo en los nacimientos y en las muertes se sale uno del tiempo; la Tierra detiene su rotación y las trivialidades en las que malgastamos las horas caen sobre el suelo como polvo de purpurina.”
Eso dice Rosa Montero en La ridícula idea de no volver a verte, y sí, esos dos extremos que encierran la vida, se encarga de que le demos una nueva mirada a todo lo que hacemos, y que muchas cosas no son tan importantes como parecen.
La tía tenía 90 años. Me pregunto: ¿hasta que edad será prudente vivir?
Sándor Márai lo analizaba de otra forma en sus diarios:
“Dos momentos míticos de la existencia: cuando en el óvulo fecundado empieza a manifestarse la vida, esa energía terrible e inabarcable, y cuando esa misma energía deja de activar las células, entregando el testigo a esa otra fuerza terrible e inabarcable, la muerte. Ésta es la realidad, todo lo demás son ilusiones triviales, repugnantes”.
Hacía rato que la tía se venía marchitando. Llevaba ya varios meses sin hablar y cuando alguien le decía algo, sus ojos se movían como atentos a la voz, pero quién sabe qué tan delgado era el hilo que la conectaba con la realidad.
El fin de semana la pasó muy mal. El sábado tuvo fiebre, vómito, la oxigenación en la sangre se le fue al piso y la tensión se le disparó por las nubes. Llevaba horas sin dormir, presa, al parecer, de angustia.
Ya en la clínica lograron estabilizarla.
La enfermera que se quedó con ella, llamó a las 6 de la mañana del domingo para avisar que seguía bien: Dormía y sus signos vitales eran normales.
Luego, a las 7, Liliana volvió a llamar. “En un momento respiró y exhaló profundo, y ya" dijo.
“Silencio antes de nacer, silencio después de la muerte, la vida es puro ruido entre dos insondables silencios.”
- Isabel Allende -
lunes, 7 de marzo de 2022
viernes, 4 de marzo de 2022
El hombre con los audífonos
Hace sol.
Qué entrada tan floja. Debería enganchar con un primer párrafo arrollador, lleno de tensión y que de ganas de seguir leyendo, pero no se me ocurre nada en este momento.
Podría acudir a la ficción, algo como: Hace sol, pero, en un instante, el ambiente se oscurece por completo. Ese inicio, sin duda, sería mejor. Lo voy a tener presente para una futura entrada, pues, ¿cómo no preguntarse qué hace que la luz del sol se apague de un momento a otro?
Solo quiero narrar un hecho y ya está. Contar una tajada de vida —no todo puede tener un inicio, nudo y desenlace—, una viñeta, en fin.
Un hombre que va pasando frena y se sienta en una silla de parque. Estira las piernas, las cruza y luego echa la espalda hacia atrás para acomodar de mejor forma su espalda sobre las tablas de madera.
“Es inútil, pienso. Si está en busca de comodidad una silla de parque no es una buena opción.
¿Quién es ese hombre? ¿Qué hace ahí justo en ese momento? Sería fascinante tener la habilidad de ver un poco más allá de lo evidente, con tan solo observar una persona por un par de segundos, es decir, saber cosas determinantes acerca de su vida, que sé yo: qué le apasiona, por qué razón lloró la última vez, qué o quién lo hace sentir vivo y cosas así; pura carne narrativa para un relato.
Sabemos muy poco de las personas. Me refiero a que no sabemos nada importante, sino puros detalles superficiales con los que nos formamos un concepto de ellas.
Volvamos al hombre. Después de que se sienta busca unos audífonos en uno de los bolsillos internos de su chaqueta. Los cables son amarillos y están enredados. Comienza a desenredarlos con una parsimonia envidiable, sin rastro de desespero.
Cuando por fin lo logra los conecta a su teléfono móvil y pone las manos detrás de la cabeza. ¿Qué escucha? Se me ocurre pensar que tiene un playlist que títuló: “Canciones para después del almuerzo”. Tiene melodías que, cree, le inyectan algo de energía para el tiempo que le resta de jornada laboral.
El café que me estoy tomando se acaba. Desde lejos, y con un tiro certero, lo encesto en una caneca. Nadie me aplaude a pesar de que fue un tiro difícil. Me pongo de pie y dejo al hombre con su música o lo que sea que esté escuchando. El sol también abandona el lugar.
Qué entrada tan floja. Debería enganchar con un primer párrafo arrollador, lleno de tensión y que de ganas de seguir leyendo, pero no se me ocurre nada en este momento.
Podría acudir a la ficción, algo como: Hace sol, pero, en un instante, el ambiente se oscurece por completo. Ese inicio, sin duda, sería mejor. Lo voy a tener presente para una futura entrada, pues, ¿cómo no preguntarse qué hace que la luz del sol se apague de un momento a otro?
Solo quiero narrar un hecho y ya está. Contar una tajada de vida —no todo puede tener un inicio, nudo y desenlace—, una viñeta, en fin.
Un hombre que va pasando frena y se sienta en una silla de parque. Estira las piernas, las cruza y luego echa la espalda hacia atrás para acomodar de mejor forma su espalda sobre las tablas de madera.
“Es inútil, pienso. Si está en busca de comodidad una silla de parque no es una buena opción.
¿Quién es ese hombre? ¿Qué hace ahí justo en ese momento? Sería fascinante tener la habilidad de ver un poco más allá de lo evidente, con tan solo observar una persona por un par de segundos, es decir, saber cosas determinantes acerca de su vida, que sé yo: qué le apasiona, por qué razón lloró la última vez, qué o quién lo hace sentir vivo y cosas así; pura carne narrativa para un relato.
Sabemos muy poco de las personas. Me refiero a que no sabemos nada importante, sino puros detalles superficiales con los que nos formamos un concepto de ellas.
Volvamos al hombre. Después de que se sienta busca unos audífonos en uno de los bolsillos internos de su chaqueta. Los cables son amarillos y están enredados. Comienza a desenredarlos con una parsimonia envidiable, sin rastro de desespero.
Cuando por fin lo logra los conecta a su teléfono móvil y pone las manos detrás de la cabeza. ¿Qué escucha? Se me ocurre pensar que tiene un playlist que títuló: “Canciones para después del almuerzo”. Tiene melodías que, cree, le inyectan algo de energía para el tiempo que le resta de jornada laboral.
El café que me estoy tomando se acaba. Desde lejos, y con un tiro certero, lo encesto en una caneca. Nadie me aplaude a pesar de que fue un tiro difícil. Me pongo de pie y dejo al hombre con su música o lo que sea que esté escuchando. El sol también abandona el lugar.
jueves, 3 de marzo de 2022
Ser como Holden Caulfield
Uno debería actuar como Holden Caufield, el protagonista de El guardián entre el centeno.
Algunos critican ese libro y afirman que no tiene trama.
Puede que sea así. De lo poco que me acuerdo Salinger va contando lo qué le pasa al adolescente, pero son como eventos aislados. Pero eso, creo, no le resta calidad a la obra. Es un librazo.
De pronto nuestras vidas funcionarían mejor así, sin tanta planificación, sin tanta alharaca y bombo, sin tantas ínfulas de grandeza, sin tanto orden preestablecido, sin tanto paso a paso, en fin, usted me entiende querido lector.
De pronto el secreto de la vida consiste en comprarse un café, sentarse en un murito de una esquina y ver pasar la gente. Hilvanar un pensamiento detrás de otro con cada sorbo de la bebida, pero sin la angustia de tener que buscarle significado a todo. Tal vez sea eso y ya está, pero no nos damos cuenta. Nunca nos damos cuenta de nada.
“I'm always saying "Glad to've met you" to somebody I'm not at all glad I met. If you want to stay alive, you have to say that stuff, though.”
Eso dice Caullfield. De pronto es por eso que vivimos despistados, porque queremos agradar a todo momento.
Es posible que en el territorio de “no agradar”, que quizá comparte terreno con el de la soledad, hay información importante que desconocemos, pero el temor de caer en cualquiera de los dos nos aleja de ella.
Quizá la clave de todo este rollo de la existencia consista en ser un personaje secundario. Entender que nuestra trama de vida no es especial sino idéntica a la de millones de personas, y que, si acaso, interpretamos un rol pequeño en la de alguien.
.
Algunos critican ese libro y afirman que no tiene trama.
Puede que sea así. De lo poco que me acuerdo Salinger va contando lo qué le pasa al adolescente, pero son como eventos aislados. Pero eso, creo, no le resta calidad a la obra. Es un librazo.
De pronto nuestras vidas funcionarían mejor así, sin tanta planificación, sin tanta alharaca y bombo, sin tantas ínfulas de grandeza, sin tanto orden preestablecido, sin tanto paso a paso, en fin, usted me entiende querido lector.
De pronto el secreto de la vida consiste en comprarse un café, sentarse en un murito de una esquina y ver pasar la gente. Hilvanar un pensamiento detrás de otro con cada sorbo de la bebida, pero sin la angustia de tener que buscarle significado a todo. Tal vez sea eso y ya está, pero no nos damos cuenta. Nunca nos damos cuenta de nada.
“I'm always saying "Glad to've met you" to somebody I'm not at all glad I met. If you want to stay alive, you have to say that stuff, though.”
Eso dice Caullfield. De pronto es por eso que vivimos despistados, porque queremos agradar a todo momento.
Es posible que en el territorio de “no agradar”, que quizá comparte terreno con el de la soledad, hay información importante que desconocemos, pero el temor de caer en cualquiera de los dos nos aleja de ella.
Quizá la clave de todo este rollo de la existencia consista en ser un personaje secundario. Entender que nuestra trama de vida no es especial sino idéntica a la de millones de personas, y que, si acaso, interpretamos un rol pequeño en la de alguien.
.
miércoles, 2 de marzo de 2022
Los tres esferos de Vladímir Putin
Caigo en una noticia del presidente ruso, de la que solo leo el titular, porque dedicó mi atención a la foto que viene debajo: El “emperador” sentado en su escritorio.
La expresión de su rostro la misma de siempre: Una mezcla de mal genio y sufrimiento. Su semblante hace pensar que, aunque con todo el poder que ostenta, ha tenido una vida reprimida, o puede ser que ande estreñido a toda hora y ya está. De ahí la rabia contra la vida, el mundo el universo, el más allá, y que quiera agarrar a bombazos a quien se oponga a sus planes.
Sale mirando una pantalla en la que, me imagino, le informan sobre los avances de las tropas rusas sobre Ucrania.
Sobre la mesa también hay unos papeles desordenados aquí y allá y casi al borde un jarro de color azul oscuro: el típico mug en el que uno se toma el primer café del día.
Parece que fuera un regalo que le hizo alguien que aprecia mucho. ¿Quién? No sé, digamos que uno de sus nietos, si es que tiene. Pensemos que sí y que su preferida es Irina, una rubia de ojos azules y pelo rubio liso. Es difícil imaginarlo en rol de abuelo, pero puede ser que Putin se derrita cada vez que la niña le dice: “я люблю тебя дедушка” (ya lyublyu tebya dedushka): Te quiero abuelo.
Ni modo de culparla, uno no escoge la familia que le tocó.
Como todos nos parecemos en algo, Putin utiliza el regalo de su nieta para guardar esferos. Pero a diferencia de esos mugs repletos de esferos de múltiples colores, que usted o yo, querido lector, tenemos en la casa u oficina, Putin solo tiene 3 y todos son de color verde militar; todo es guerra para él.
¿Por qué 3 y para qué los utiliza?
Uno es de tinta negra y con él firma todos los documentos y leyes de su país. Otro es el que le presta a los pocos invitados que tienen la oportunidad de pisar su despacho, y que, aún con la cara de puño que siempre lleva, se atreven a pedirle prestado un esfero.
El último, una pluma, lo utiliza para una filia de la que solo su círculo cercano tiene conocimiento.
Cuando algo le sale mal, el dirigente ruso le quita la tapa se baja los pantalones y se clava la punta con sevicia, una y otra vez, en sus muslos. De esa forma reprime sus rabia y pataletas de conquistador.
Quizá también a ello se deba su gesto serio e indescifrable: siempre está muriéndose del dolor.
La expresión de su rostro la misma de siempre: Una mezcla de mal genio y sufrimiento. Su semblante hace pensar que, aunque con todo el poder que ostenta, ha tenido una vida reprimida, o puede ser que ande estreñido a toda hora y ya está. De ahí la rabia contra la vida, el mundo el universo, el más allá, y que quiera agarrar a bombazos a quien se oponga a sus planes.
Sale mirando una pantalla en la que, me imagino, le informan sobre los avances de las tropas rusas sobre Ucrania.
Sobre la mesa también hay unos papeles desordenados aquí y allá y casi al borde un jarro de color azul oscuro: el típico mug en el que uno se toma el primer café del día.
Parece que fuera un regalo que le hizo alguien que aprecia mucho. ¿Quién? No sé, digamos que uno de sus nietos, si es que tiene. Pensemos que sí y que su preferida es Irina, una rubia de ojos azules y pelo rubio liso. Es difícil imaginarlo en rol de abuelo, pero puede ser que Putin se derrita cada vez que la niña le dice: “я люблю тебя дедушка” (ya lyublyu tebya dedushka): Te quiero abuelo.
Ni modo de culparla, uno no escoge la familia que le tocó.
Como todos nos parecemos en algo, Putin utiliza el regalo de su nieta para guardar esferos. Pero a diferencia de esos mugs repletos de esferos de múltiples colores, que usted o yo, querido lector, tenemos en la casa u oficina, Putin solo tiene 3 y todos son de color verde militar; todo es guerra para él.
¿Por qué 3 y para qué los utiliza?
Uno es de tinta negra y con él firma todos los documentos y leyes de su país. Otro es el que le presta a los pocos invitados que tienen la oportunidad de pisar su despacho, y que, aún con la cara de puño que siempre lleva, se atreven a pedirle prestado un esfero.
El último, una pluma, lo utiliza para una filia de la que solo su círculo cercano tiene conocimiento.
Cuando algo le sale mal, el dirigente ruso le quita la tapa se baja los pantalones y se clava la punta con sevicia, una y otra vez, en sus muslos. De esa forma reprime sus rabia y pataletas de conquistador.
Quizá también a ello se deba su gesto serio e indescifrable: siempre está muriéndose del dolor.
martes, 1 de marzo de 2022
Buenas noticias
Hace casi 2 años que no escribo nada acerca del escritor Jacinto Cabezas. La última vez que lo hice fue en este post, en el que hablé acerca de su obsesión por los bordes de la existencia.
Somos muy pocos los que los conocemos. Si sé de su obra es porque hace muchos años un amigo me invito a una de sus charlas en la que pude comprar un ejemplar de la única novela que ha pulicado: Mulţumesc mult, frase en rumano que significa Muchas gracias.
Cabezas no escribe en ese idioma, sino que tiene una fijación con esa cultura y por eso el título de su obra.
La semana pasada el escritor estuvo en Bogotá y envío un correo para un conversatorio al que solo podían asistir 20 personas. “No pueden faltar, les tengo muy buenas noticias”, anunciaba en su mensaje.
Su charla fue en un restaurante del Chorro de Quevedo, el jueves a las 11 de la noche.
Llegué antes al lugar y me tomé unas cervezas con Miguel, el amigo que me lo presentó hace unos años, y pasada la hora del encuentro, cuando ya nos íbamos a ir, el escritor apareció jadeando y pidió disculpas.
Llevaba como siempre una cara de susto, como si supiera de una desgracia que está a punto de ocurrir. Se quitó una gabardina gris y un sombrero de copa negro —En vez de escritor parece más bien un personaje de una novela de detectives— y los colgó en un perchero.
Luego fue a la barra y pidió una cerveza y preguntó si alguien quería una. Solo uno de los asistentes le siguió la cuerda y le aceptó la invitación.
“ ¿De cuál?”, le pregunto Cabezas.
“La misma que usted se tome, maestro”. Eso respondió ese hombre que tenía candonga en una de sus orejas y la cabeza rapada.
Después de darle unos sorbos largos a la botella, Cabezas se subió a tarima del restaurante, un lugar donde hacía un rato un hombre con una guitarra había tocado unas canciones tristes.
Sin ningún tipo de preámbulos el escritor comenzó a hablar
Nos contó que lo que tenía por decirnos era breve, pero que era una noticia que le alegraba mucho.
Nos dijo que esta a punto de terminar su segunda novela y que va a llevar como título “Ver pasar gente”.
Miguel le preguntó de qué iba a tratar, y Cabezas le respondió: “De nada en específico, las buenas novelas no deben tener trama.”
Se agacho para alcanzar la cerveza, y luego de otro sorbo largo, concluyo:
“Ya estoy cansado de explorar los bordes de la existencia. Me di cuenta que es una idea muy magullada."
Esta vez mi novela va a consistir en una serie anotaciones que hice a lo largo del 2020, en pleno estallido de la pandemia”, dijo abriendo los ojos. “Ese año me paré en una esquina a la misma hora todos los días, sin importar cuál fuera el clima y tejí una historia sobre dos personas, una mujer y un hombre joven, que a veces coincidían en un paradero.”
Al final de la charla, prometió que nos iba a enviar el primer capitulo al email, pero es el momento en que no ha llegado.
No le veo mucho futuro a Ver pasar gente, pero si por algún giro del destino se encuentran con Mulţumesc mult, no duden en comprarla. Es una novela corta de no más de 100 páginas, pero por la que le tengo fe al escritor.
Somos muy pocos los que los conocemos. Si sé de su obra es porque hace muchos años un amigo me invito a una de sus charlas en la que pude comprar un ejemplar de la única novela que ha pulicado: Mulţumesc mult, frase en rumano que significa Muchas gracias.
Cabezas no escribe en ese idioma, sino que tiene una fijación con esa cultura y por eso el título de su obra.
La semana pasada el escritor estuvo en Bogotá y envío un correo para un conversatorio al que solo podían asistir 20 personas. “No pueden faltar, les tengo muy buenas noticias”, anunciaba en su mensaje.
Su charla fue en un restaurante del Chorro de Quevedo, el jueves a las 11 de la noche.
Llegué antes al lugar y me tomé unas cervezas con Miguel, el amigo que me lo presentó hace unos años, y pasada la hora del encuentro, cuando ya nos íbamos a ir, el escritor apareció jadeando y pidió disculpas.
Llevaba como siempre una cara de susto, como si supiera de una desgracia que está a punto de ocurrir. Se quitó una gabardina gris y un sombrero de copa negro —En vez de escritor parece más bien un personaje de una novela de detectives— y los colgó en un perchero.
Luego fue a la barra y pidió una cerveza y preguntó si alguien quería una. Solo uno de los asistentes le siguió la cuerda y le aceptó la invitación.
“ ¿De cuál?”, le pregunto Cabezas.
“La misma que usted se tome, maestro”. Eso respondió ese hombre que tenía candonga en una de sus orejas y la cabeza rapada.
Después de darle unos sorbos largos a la botella, Cabezas se subió a tarima del restaurante, un lugar donde hacía un rato un hombre con una guitarra había tocado unas canciones tristes.
Sin ningún tipo de preámbulos el escritor comenzó a hablar
Nos contó que lo que tenía por decirnos era breve, pero que era una noticia que le alegraba mucho.
Nos dijo que esta a punto de terminar su segunda novela y que va a llevar como título “Ver pasar gente”.
Miguel le preguntó de qué iba a tratar, y Cabezas le respondió: “De nada en específico, las buenas novelas no deben tener trama.”
Se agacho para alcanzar la cerveza, y luego de otro sorbo largo, concluyo:
“Ya estoy cansado de explorar los bordes de la existencia. Me di cuenta que es una idea muy magullada."
Esta vez mi novela va a consistir en una serie anotaciones que hice a lo largo del 2020, en pleno estallido de la pandemia”, dijo abriendo los ojos. “Ese año me paré en una esquina a la misma hora todos los días, sin importar cuál fuera el clima y tejí una historia sobre dos personas, una mujer y un hombre joven, que a veces coincidían en un paradero.”
Al final de la charla, prometió que nos iba a enviar el primer capitulo al email, pero es el momento en que no ha llegado.
No le veo mucho futuro a Ver pasar gente, pero si por algún giro del destino se encuentran con Mulţumesc mult, no duden en comprarla. Es una novela corta de no más de 100 páginas, pero por la que le tengo fe al escritor.
lunes, 28 de febrero de 2022
Rasguñar la verdad
El abogado Julio Contreras se prepara para hablar enfrente del juez y defender a su cliente. Es un caso difícil y sabe que ganarlo depende de qué tan bien cuente la historia que preparó para convencer al jurado.
Lleva puesta esa corbata morada que tanto detesta su esposa, pero que, según él, nunca le ha dejado perder un caso.
A su cliente se le acusa de haber atropellado a una persona.
“Era una noche lluviosa. Transitaba por la avenida Flores a la altura del pasaje del comercio a no más de 50 kilómetros por hora. Los relámpagos lo iluminaban todo por un par de segundos, acompañados del estruendo de los truenos.
Justo después de que cayó uno, fue que vi a ese hombre salir de la nada, como una aparición o como si se hubiera teletransportado a ese lugar. clavé mi pie izquierdo en el freno, pero como el suelo estaba mojado, el carro no respondió bien y terminé arrollándolo”, le contó su cliente en la primera conversación que tuvo con él, mientras estaba detenido en la estación de policía.
Después de esa charla todo se complicó. Los nervios están que se comen a su cliente, pues el hombre a quien atropelló ahora se encuentra en estado de coma.
“Señor Juez” —dice Contreras con su mano derecha en el bolsillo y un aire de tranquilidad que da a entender que su cliente es inocente. Luego voltea su cuerpo hacia el jurado— y señores del jurado, les voy a explicar por qué mi cliente es inocente. Presten atención”.
Comienza a hablar. Preparó y repasó su defensa hasta sabérsela casi de memoría. Sabe qué palabras debe recalcar y en qué segmentos subir el tono de voz y en cuales bajarlo.
Defiende la verdad de su cliente a capa y espada. Ese es su trabajo y para eso le pagan.
Pero en el fondo Contreras sabe que siempre rasguñamos la verdad, que nunca, por más que estudiemos y tratemos de tener en cuenta todas las variables que la afectan, vamos a poder señalarla claramente, que siempre van a existir elementos que se escapan de nuestro juicio, porque nuestra percepción muchas veces falla o toma caminos equivocados.
Su cliente es declarado inocente. Contreras espera haber hecho un buen trabajo.
Lleva puesta esa corbata morada que tanto detesta su esposa, pero que, según él, nunca le ha dejado perder un caso.
A su cliente se le acusa de haber atropellado a una persona.
“Era una noche lluviosa. Transitaba por la avenida Flores a la altura del pasaje del comercio a no más de 50 kilómetros por hora. Los relámpagos lo iluminaban todo por un par de segundos, acompañados del estruendo de los truenos.
Justo después de que cayó uno, fue que vi a ese hombre salir de la nada, como una aparición o como si se hubiera teletransportado a ese lugar. clavé mi pie izquierdo en el freno, pero como el suelo estaba mojado, el carro no respondió bien y terminé arrollándolo”, le contó su cliente en la primera conversación que tuvo con él, mientras estaba detenido en la estación de policía.
Después de esa charla todo se complicó. Los nervios están que se comen a su cliente, pues el hombre a quien atropelló ahora se encuentra en estado de coma.
“Señor Juez” —dice Contreras con su mano derecha en el bolsillo y un aire de tranquilidad que da a entender que su cliente es inocente. Luego voltea su cuerpo hacia el jurado— y señores del jurado, les voy a explicar por qué mi cliente es inocente. Presten atención”.
Comienza a hablar. Preparó y repasó su defensa hasta sabérsela casi de memoría. Sabe qué palabras debe recalcar y en qué segmentos subir el tono de voz y en cuales bajarlo.
Defiende la verdad de su cliente a capa y espada. Ese es su trabajo y para eso le pagan.
Pero en el fondo Contreras sabe que siempre rasguñamos la verdad, que nunca, por más que estudiemos y tratemos de tener en cuenta todas las variables que la afectan, vamos a poder señalarla claramente, que siempre van a existir elementos que se escapan de nuestro juicio, porque nuestra percepción muchas veces falla o toma caminos equivocados.
Su cliente es declarado inocente. Contreras espera haber hecho un buen trabajo.
viernes, 25 de febrero de 2022
.Punto y aparte
Cuando se me hace tarde para escribir en este espacio, como hoy, entro a Blogger y creo una entrada escribiendo solo un punto, así queda registrada en esta fecha y no mañana. Caprichos chimbos que tengo.
Me aventuro a pensar que el punto que escribo es un punto y aparte, y que es como una barrera. Antes de él estamos a salvo y después viene un precipicio.
Imagino que lo que nos separa de la muerte es un mísero punto y aparte; que la vida, el destino, Dios, el chupacabras, sea quien sea, decide ponerlo cuando se le da la gana.
Pienso en todo esto porque no deja de darme vueltas en la cabeza Paula, el libro de Isabel Allende.
Ella cayó en coma y duró un año en ese estado. La escritora chilena cuenta que a veces, de repente, le daban convulsiones.
El accidente que me dejó el amable recordatorio, también me hizo caer en coma, pero solo por 17 días. Durante ese tiempo estuve, como decía una de las cuidadoras de Paula cuando su madre por fin la instaló en su casa, "en limbo, junto a los bebés que murieron sin bautizar y otras almas salvadas del purgatorio”.
Hace unos años, en una visita a urgencias debido a una de mis crisis de cefalea en racimos, y ante el dolor de cabeza tan intenso que tenía, el médico que me atendió ordenó que me hicieran un TAC por si las moscas.
Más tarde, cuando el resultado salió, el médico vio la radiografía de mi cerebro y se dio cuenta de que me habían operado de la cabeza. “¿Nunca ha convulsionado?, me pregunto. “No”, le respondí, pero nunca he dejado de pensar en esa pregunta, pues pienso que por la cara que hizo el doctor, lo daba casi por hecho.
La vida casi me pone un punto y aparte, pero la maquinaria del universo, de la que desconocemos su funcionamiento, quiso que le rindiera honores al punto y coma.
Me aventuro a pensar que el punto que escribo es un punto y aparte, y que es como una barrera. Antes de él estamos a salvo y después viene un precipicio.
Imagino que lo que nos separa de la muerte es un mísero punto y aparte; que la vida, el destino, Dios, el chupacabras, sea quien sea, decide ponerlo cuando se le da la gana.
Pienso en todo esto porque no deja de darme vueltas en la cabeza Paula, el libro de Isabel Allende.
Ella cayó en coma y duró un año en ese estado. La escritora chilena cuenta que a veces, de repente, le daban convulsiones.
El accidente que me dejó el amable recordatorio, también me hizo caer en coma, pero solo por 17 días. Durante ese tiempo estuve, como decía una de las cuidadoras de Paula cuando su madre por fin la instaló en su casa, "en limbo, junto a los bebés que murieron sin bautizar y otras almas salvadas del purgatorio”.
Hace unos años, en una visita a urgencias debido a una de mis crisis de cefalea en racimos, y ante el dolor de cabeza tan intenso que tenía, el médico que me atendió ordenó que me hicieran un TAC por si las moscas.
Más tarde, cuando el resultado salió, el médico vio la radiografía de mi cerebro y se dio cuenta de que me habían operado de la cabeza. “¿Nunca ha convulsionado?, me pregunto. “No”, le respondí, pero nunca he dejado de pensar en esa pregunta, pues pienso que por la cara que hizo el doctor, lo daba casi por hecho.
La vida casi me pone un punto y aparte, pero la maquinaria del universo, de la que desconocemos su funcionamiento, quiso que le rindiera honores al punto y coma.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)