jueves, 20 de febrero de 2020

La mujer de mi vida


Hoy en la mañana quería afeitarme. Desde hace más de una semana tenía pendiente la compra de las cuchillas de repuesto para la máquina, pero resulto ser uno de esos planes que se aplazan y aplazan por su falta de peso en comparación a otras ansiedades y manías que se llevan en la cabeza. 

Cuando me acordé de mi compra-no-compra, finalmente decidí ir a hacerla en una droguería cercana. Me puse un pantalón negro de sudadera, busqué unas medias blancas que rara vez utilizo, unos tenis y salí de la casa. 

El hombre que vi reflejado en el espejo del ascensor no se había bañado y tenía el pelo aplastado en unos sectores de la cabeza y ensortijado en otros. ¿Qué más da?, pensé. He visto hombres que van a comprar el pan del desayuno en chanclas y bata a los que, probablemente, no les interesa lo que piensen las otras personas de su aspecto. 

Ya en la calle, pensé en la mujer de mi vida, e imaginé que siente una fuerte atracción hacia los hombres afeitados a ras. Mi aspecto era todo lo contrario. ¿Qué tal si me cruzo con ella?, me pregunté. Seguro cuando me vea, va a pasar de ser la mujer de mi vida a una completa extraña, una de las tantas mujeres que uno ve en la calle cualquier día, concluí, y todo por no haberme afeitado.

Luego pensé que, si me la llegara a encontrar, mi aspecto no importaría para nada, pues si en realidad es la mujer de mi vida, este pasaría a un segundo plano, ya que lo importante es lo que llevo por dentro y no sé qué más chorradas de esas que se inventan para subir la autoestima. 

Mujer de mi vida, si lees esto quiero decirte que ya me afeité a ras.   

miércoles, 19 de febrero de 2020

Helado de curuba

Cuenta mi madre que cuando era pequeña, a la edad de 7 u 8 años, el colegio al que iba quedaba a 5 cuadras de su casa. Dice que en esa época no era peligroso, para una niña de esa edad, caminar sola por la calle, así que mi abuela la alistaba y la mandaba al colegio sin ningún tipo de supervisión. 

En el trayecto se encontraba con amigos y pasaban por enfrente de la casa de Gabriel Ochoa Uribe. Ese era el clímax del trayecto, pues la esposa del director técnico de fútbol abría una ventana para vender helados de curuba que venían en forma de copa de champaña. 

Le pregunto cuántos centavos le costaba ese manjar, pero no lo recuerda. Me produce mucha ternura imaginar a mi madre caminando sola a esa edad y esperando con ansias el momento para comprarse un helado. 

Muchos años después, ya casada, el trabajo de mi padre la llevo a Popayán y ella, junto a Leonor, la mujer que le ayudaba con las tareas domésticas, decidió, quizá recordando sus caminatas cuando era pequeña, hacer helados de curuba para vendérselos a los estudiantes que en ese entonces pasaban por enfrente de su casa.

lunes, 17 de febrero de 2020

Sueño

Me despierto. Muevo la mano derecha y siento que algo cuelga de ella, un tubo plástico delgado. Cuando abro los ojos por completo me doy cuenta de que no estoy en mi cuarto, sino en una camilla. Me encuentro, o el personaje del sueño está, en un hospital o centro médico. 

Bajo la mirada y veo que me canalizaron. Ahora la subo y veo una bolsa con un líquido transparente que gotea de forma pausada. Quién sabe qué tipo de sustancia me están metiendo en el torrente sanguíneo. 

No estoy en un cuarto, sino en un cubículo, al parecer, de una sala de observación. Estoy solo y me siento desamparado, sensación que se refuerza por la vestimenta que llevo: una bata de hospital abierta por el frente. 

Al lado de la camilla hay una silla y contra la pared una mesa de metal. En el piso hay dos canecas, una de color rojo y la otra verde. Escucho voces del cubículo que queda al lado. Una mujer que, por su voz, presumo, es de mediana edad. Habla con una enfermera: “Pero esté tranquila que lo que le paso no tuvo que ver con su trasplante de cadera”, dice la segunda. Luego la mujer, la paciente, responde algo que no alcanzo a entender. 

En el lugar también hay un pitido, el sonido de una máquina que me está desesperando, debe ser el de algún aparato que está conectado a un paciente;  ni modo de  apagarlo. 

Aparece una enfermera que mueve la cortina con un movimiento decidido y me extiende una mano para pasarme un vaso plástico con agua, luego mete esa misma mano a un bolsillo de su delantal y saca de él una pastilla de un color azul como el del cielo. No hablamos, ese pedazo de la escena es mudo, pero le recibo la pastilla como si nada. Imagino que el líquido transparente tiene algo que ver con mi actitud desprevenida. 

Sin respetar ningún tipo de secuencia narrativa, el sueño salta a otra escena en la que me encuentro caminando por la carrera 15. Cuando paso por el frente de una panadería una camioneta 4x4, con escoltas, frena justo al lado mío haciendo sonar las llantas. Uno de los hombres se baja con un arma en la mano y noto que está incomodo con mi paso por el lugar justo en ese instante; yo también lo estoy porque presiento que se en cualquier momento se va a armar una balacera para secuestrar a la persona que cuidan. 

Apuro el paso y cuando creo estar lo suficientemente lejos, volteo a mirar quién es esa persona que necesita tanta protección. Una mujer rubia, que lleva una cartera muy grande y gafas de sol, se baja de otra camioneta y camina por la acera con una nube de escoltas flotando a su lado. Camino más rápido para que no me alcancen.

viernes, 14 de febrero de 2020

Esquinas

Son 9, un grupo de estudiantes universitarios compuesto por 7 hombres y dos mujeres, los que están sentados en un bar que queda en una esquina de la carrera 11. El grupo de amigos juntó dos mesas para sentarse y la mayoría de ellos tiene una botella de cerveza enfrente. Uno de los hombres reparte aguardiente de una botella. Lo empieza servir bajo y la va subiendo hasta formar un fino hilo del líquido, se nota que tiene experiencia para hacer eso. De los parlantes del lugar sale reggaeton. 

Da gusto mirarles las caras, todos sonríen, felices del momento, de sus vidas y de que es viernes. Una pareja de la tercera edad pasa agarrada de la mano y los mira con extrañeza, como preguntándose el porqué de tanta felicidad. 

Pienso si los lugares guardan trazos de lo que fueron antes, como una especie de conciencia. Antes esa esquina fue un restaurante, y mucho antes una entidad bancaria. 

Camino en dirección al oriente y en la otra esquina de esa calle 4 obreros: 3 hombres y una mujer, que llevan puestos cascos amarillos y overoles azules con manchas de pintura,  están sentados sobre el andén y discuten sobre una de las mejores combinaciones de la vida: Tinto con chocolatina. 

Después de caminar un par de cuadras, en otra esquina, tres mensajeros: 2 hombres y una mujer hablan sobre comer helado. Uno de ellos pregunta: pero, ¿cuánto vale un cono de una bolita de helado en Crepes? Y la mujer responde: “Uy no sé, pero vamos que ya me dio antojo”. 

Cuando llego al apartamento y voy a sacar la llave para abrir la puerta, escucho que alguien toca piano en otro apartamento y ensaya escalas. A veces lo hace despacio como si fuera un principiante y otras veces muy rápido como todo un virtuoso del instrumento. Imagino que el piano está ubicado en una esquina de la sala que da hacia la avenida principal.

jueves, 13 de febrero de 2020

Náuseas

11:28 p.m. de ayer, hoy el día no ha llegado a esa hora, pero eso no importa porque uno podría aventurarse a escribir sobre el futuro, trasladarse a un momento que no existe, desfasarse en el tiempo a propósito, en últimas, complicarse la vida. 


Tengo náuseas, la palabra es igual de fea a la sensación. 

A las 11:28 p.m. les decía, me debatía entre sentarme a escribir algo y echarme a dormir. Ganó la segunda opción que se transformó, ya en la cama, en ganas de leer. La primera, entre redacción y edición, me habría tomado más de los 32 minutos que le quedaban al día, y quería dormirme antes de la medianoche; al final no fue así porque leí hasta casi hasta la 1 de la mañana. 

Le atribuyo las náuseas a eso, es decir, al hecho de no haber escrito nada. Sé que el mundo, el mío que quede claro, se fractura un poco cuando no lo hago. 

Pienso entonces sobre cosas que me dan náusea existencial y aparecen varias en mi cabeza: La necesidad malsana de querer “ser alguien” en la vida, un miembro “funcional” de la sociedad, si es que eso tiene algún sentido, o el querer tener siempre la razón; estar sentado en la verdad, cuando es una mera ilusión, pues como dice Manuel Vilas: “la verdad está siempre en constante transformación, por eso es difícil decirla, señalarla, Más bien siempre está huyendo. Más bien lo importante es reflejar su continuo movimiento, su irregular y desacomplejada metamorfosis”. 

También me dan náuseas esas personas que exudan superioridad moral y que, por lo general, quieren tener la última palabra en las conversaciones, personas que, si uno se fija bien, se mueren por “ser alguien en la vida” y creen ser poseedores de la verdad. 

Termino de escribir estas palabras y la sensación de náuseas se esfumó. Escribir cura.

martes, 11 de febrero de 2020

Mi rejoneador favorito

Debo imprimir mi extracto de la tarjeta de crédito. Enciendo el computador y espero a que cargue, mientras miro la imagen aleatoria que aparece en la pantalla. Parece la de un pueblito inglés con calles empedradas, es de noche y el piso está húmedo. Algunos faroles en la calle están encendidos, al igual que las luces de algunas casas. La imagen me da cierta desconfianza, es decir, el lugar se ve muy agradable, pero como para pasearlo de día, no a las horas en que fue tomada la foto, como para que de una de las esquinas le salte a uno, al cuello, un Jack el destripador.

Ahora en la pantalla aparece la casilla en donde debo introducir la clave, la misma que tiene mi correo. Tecleo rápido y el sistema me avisa que intente de nuevo. “Algún problema de minúsculas y mayúsculas”, pienso y vuelvo a introducirla, pero nada, de nuevo error.

Me descompongo un poco y le hecho la madre al computador, al sistema, a los datos a la nube a todos y todo; por más que tecleo la clave, el computador no quiere arrancar. Decido entonces recuperarla y me sale la casilla donde debo escribir la palabra-no-palabra de verificación, esa que sale en letras torcidas, pero tampoco puedo. intento tres veces, pero  no, nada funciona. Decido que la olvidé y me dispongo a recuperarla con las preguntas de seguridad del correo, esas a las que nunca les presto atención. La pregunta que sale es la siguiente: ¿Cuál es mi rejoneador preferido?

No lo sé, no existe. No me gusta el toreo y menos ver a un jinete hiriendo a un toro quebrándolo por el lomo. ¿En qué estaba pensando cuando escogí las preguntas de seguridad?

Me pongo a pensar si cambié la contraseña hace poco y me convenzo de que así fue; intento con otro par de contraseñas comodines de mi arsenal de contraseñas, pero ninguna funciona. Me levanto del escritorio y me pongo a hacer otra cosa, como queriendo que el mundo regrese a su cause habitual, ese en el que me sé la contraseña de mi correo. Pasados unos quince minutos vuelvo a intentarlo y la contraseña funciona.

Hay momentos en los que el mundo se descoloca, breves instantes en los que la realidad se quiebra y parece que interpretamos el personaje de un sueño.

lunes, 10 de febrero de 2020

Diario

A veces me dan ganas de escribir un diario, de registrar en algún lugar y en detalle, lo que me ocurre en el día, no porque tenga una vida repleta de aventura, sino porque tienen una gran ventaja: su carácter de, simplemente, narrar cosas: lo que se come, conversaciones que se escuchan, la caminata que se hizo en el día, hasta asuntos trascendentales, la muerte para ser más precisos, tema que se nos cruza a cada rato.

Desde hace un tiempo me fascinan los diarios de los escritores porque están repletos de pensamientos acerca de su arte y otros, como los de Anaïs Nin hacen sus veces de oráculo al leer el futuro de forma precisa.

Imagino que la mayoría de los escritores llevan alguno porque es un punto de contacto con la realidad, una manera de anclarse a ella y que les permite abandonar sus reinos de ficción, aunque lo bueno es que muchas veces la realidad resulta tan extraña que supera a la ficción.

Al escribir  un diario no hay que andar pensando en tramas ni en desarrollo de personajes, ni si en lo que se cuenta tiene sentido o no; uno cuenta lo que quiere y el lector, como siempre, tiene la libertad de atribuirle el significado que desee, de mirar si se puede ver reflejado en algo de lo que lee.

Además, funcionan, sí o sí, para ejercitar el músculo de la escritura, que como cualquier otro, si no se ejercita se atrofia.  La regla de oro para que sea un buen ejercicio es contarlo todo, desde lo más anodino y normal hasta  los pensamientos más retorcidos.

"But what is more to the point is my belief that the habit of writing thus
for my own eye only is good practice. It loosens the ligaments. Never mind the
misses and the stumbles. Going at such a pace as I do I must make the most
direct and instant shots at my object, and thus have to lay hands on words, choose
them and shoot them with no more pause than is needed to put my pen in the ink."
— A writers diary, Virginia Woolf —