Me la paso anotando títulos de libros y leyendo reseñas para no descacharme con mi próxima lectura. Acumulo libros en físico y digital que seguro nunca voy a leer, porque la vida es jodidamente corta y siempre se nos atraviesan obligaciones. Fantaseo con la idea de que me caiga la herencia de un familiar ricachón que no conozco y que el resto de mi vida lo pueda dedicar a leer, sin tener que preocuparme por pagar facturas o trabajar.
Hace unos minutos me compré dos libros que pienso leer en paralelo: una novela y unos diarios. Creo que es bueno no atragantarse con un género sino que lo mejor para la salud mental es mezclarlos. Que un día es bueno leer ficción, otro ensayo y así. Leer de a sorbitos.
Quizás ando en busca de ese libro que solo fue escrito para mí. Un libro que contiene a todos los otros, un libro Dios, como menciona Borges en uno de sus cuentos.
Pienso entonces que debería dejar de escribir. Escribir es más complicado que leer y, a veces, menos satisfactorio. No debería gastar energía decidiendo entre una cosa y la otra; debería dedicarme solo a leer.
Nuria Amat plantea en su ensayo Letra herida la siguiente pregunta: “si por alguna razón, que no vale la pena intentar comprender, tuvieras que elegir entre no volver a escribir o no volver a leer nunca jamás, ¿qué escogerías?”
Rosa Montero decidió hacerle esa pregunta a diferentes escritores y cuenta que la mayoría escoge leer y que solo un porcentaje muy pequeño de escritores que, según ella, cultivan más su propio personaje que la verdad, le apuestan a la escritura.
Todo se complica más porque la vida está repleta de otras cosas: trabajo, pareja, obsesiones etc. y entonces también hay que dedicarle tiempo a ellas.
Pero sí, mejor solo leer, porque al paso que va el mundo quién sabe cuántas lecturas son las que nos quedan.
jueves, 12 de marzo de 2026
lunes, 2 de marzo de 2026
Capuchino falso
Encuentro un café cerca al apartamento de mi hermana, y salgo en busca de él. Cuando creo estar cerca intento guiarme por Google Maps. La aplicación dice que estoy a pocos metros, pero no entiendo el mapa ni que dirección debo tomar. Comienzo a caminar siguiendo, eso creo, las indicaciones del mapa, pero el café no aparece por ningún lado.
Al final, creo que es un error de sistema, de la matriz, del universo y que el café quizá existió o nunca lo hizo. En ese momento me cruzo con un celador y le pregunto si conoce algún café cercano. “Vea, hay uno allá y otro al frente. No sé de más”, dice el hombre como de mal genio y se mete en su caseta.
El de allá lo veo, pero resulta ser un restaurante italiano y el de enfrente no existe. De pronto es ese que estoy buscando, un café que todos ven, pero que el universo decidió ocultar para mí.
Entro al restaurante y pregunto si venden capuchino. “Si”, responde un hombre con delantal blanco.
“¿ me puede dar uno con leche deslactosada por favor?
“Solo tenemos entera”, responde seco.
“Ok, está bien”, respondo como aceptando el reto. Me siento en una mesa, en una especie de terraza, y al rato llega un mesero con la bebida.
Miro la taza y de capuchino no tiene nada, ni siquiera espuma. Cuando lo pruebo confirmo mi teoría, es un mero café con leche. Debí haberme ido a la casa y guardado las ganas de gastar plata, pienso. Algo no cuadra. No sé si es el capuchino falso, el lugar o qué, pero espero que la extraña sensación extraña se diluya apenas empiece a leer,.
Saco el kindle, pero entre los cientos de libros que tengo cargados en el aparato no me decido por ninguno. Siento que me pesa haber acabado un libro buenísimo la noche anterior. Supongo que parte de la sensación de la que hablo se debe a una especie de guayabo lector, es decir, todavía no me termino de acomodar de la sacudida de lo que leí.
Entre los libros veo Walden de Henry David Thoreau y comienzo a leerlo. Me doy cuenta de que ya había subrayado unos fragmentos, pero al poco tiempo de lectura me convenzo de que no es el libro adecuado para ese momento, así que salto a otro de cuentos de una autora colombiana.
El primer cuento me hace reír y pienso que puedo quedarme en esa lectura. Le doy otro sorbo al capuchino falso y ya está frío. Luego de eso también decido que no quiero leer ese libro, que no es adecuado para mi energía de ese momento, si es que eso tiene algún sentido.
Vuelvo a revisar otros títulos y escojo On the Shortness of Life de Seneca, pero luego de unas páginas siento que estoy leyendo obligado. Caigo en cuenta de qué es lo que pasa: quiero leer ficción. En ese momento comienza a soplar una brisa fuerte y unos truenos, lejanos, comienzan a retumbar como para reafirmar lo que pienso. Pago el capuchino falso y abandonó el lugar.
Cuando llegó al edificio de mi hermana, unas gotas gordas comienzan a manchar el pavimento.
Al final, creo que es un error de sistema, de la matriz, del universo y que el café quizá existió o nunca lo hizo. En ese momento me cruzo con un celador y le pregunto si conoce algún café cercano. “Vea, hay uno allá y otro al frente. No sé de más”, dice el hombre como de mal genio y se mete en su caseta.
El de allá lo veo, pero resulta ser un restaurante italiano y el de enfrente no existe. De pronto es ese que estoy buscando, un café que todos ven, pero que el universo decidió ocultar para mí.
Entro al restaurante y pregunto si venden capuchino. “Si”, responde un hombre con delantal blanco.
“¿ me puede dar uno con leche deslactosada por favor?
“Solo tenemos entera”, responde seco.
“Ok, está bien”, respondo como aceptando el reto. Me siento en una mesa, en una especie de terraza, y al rato llega un mesero con la bebida.
Miro la taza y de capuchino no tiene nada, ni siquiera espuma. Cuando lo pruebo confirmo mi teoría, es un mero café con leche. Debí haberme ido a la casa y guardado las ganas de gastar plata, pienso. Algo no cuadra. No sé si es el capuchino falso, el lugar o qué, pero espero que la extraña sensación extraña se diluya apenas empiece a leer,.
Saco el kindle, pero entre los cientos de libros que tengo cargados en el aparato no me decido por ninguno. Siento que me pesa haber acabado un libro buenísimo la noche anterior. Supongo que parte de la sensación de la que hablo se debe a una especie de guayabo lector, es decir, todavía no me termino de acomodar de la sacudida de lo que leí.
Entre los libros veo Walden de Henry David Thoreau y comienzo a leerlo. Me doy cuenta de que ya había subrayado unos fragmentos, pero al poco tiempo de lectura me convenzo de que no es el libro adecuado para ese momento, así que salto a otro de cuentos de una autora colombiana.
El primer cuento me hace reír y pienso que puedo quedarme en esa lectura. Le doy otro sorbo al capuchino falso y ya está frío. Luego de eso también decido que no quiero leer ese libro, que no es adecuado para mi energía de ese momento, si es que eso tiene algún sentido.
Vuelvo a revisar otros títulos y escojo On the Shortness of Life de Seneca, pero luego de unas páginas siento que estoy leyendo obligado. Caigo en cuenta de qué es lo que pasa: quiero leer ficción. En ese momento comienza a soplar una brisa fuerte y unos truenos, lejanos, comienzan a retumbar como para reafirmar lo que pienso. Pago el capuchino falso y abandonó el lugar.
Cuando llegó al edificio de mi hermana, unas gotas gordas comienzan a manchar el pavimento.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)