martes, 3 de agosto de 2021

Tedio

“Aburrimiento extremo o estado de ánimo del que soporta algo o a alguien que no le interesa”, reza la definición.

Hoy me desperté con esa sensación. Ayer hablaba con una amiga y decía que estaba cansada. No se sentía mal físicamente; solo estaba cansada. Supongo que experimentaba tedio.

Intercambiamos un par de frases y uno de sus comentarios fue: “nadie sabe como encontrar el camino de regreso al tipo de vida que tenía antes”. Imagino que a eso también se debe el tedio que he experimentado en los últimos días.

De todas maneras creo que es necesario encontrar maneras de combatirlo con cosas sencillas.

Hoy, por ejemplo, mientras desayunaba, leí una caricatura de Calvin que me hizo sonreír. Iba a salir a comer con sus padres y tenía, claro está, que llevar a Hobbes. Como iban a ir a un restaurante elegante, lo vistió con un saco y una corbata del papa.

En el último cuadro, el papa dice: “no sé como me deje convencer de hacer esto”, mientras Calvin, sonriendo, le dice a la mesera: “A mi amigo le gustaría ver la carta de vinos”.

Más tarde, luego de mi segunda dosis de la vacuna, decidí celebrar comprándome un libro. Escogí “El libro del tedio”, pues me pareció apropiado para el estado de ánimo de los últimos días y porque parte de lo que leí en la contraportada me enganchó y me hizo sonreír:

“Sorprende y divierte, por ejemplo, la historia del empleado 
público que lucha a diario por descubrir las funciones para
las que ha sido contratado…”

Con la compra también me dieron un separador con una cita de Van Gogh:

“Tengo naturaleza, arte y poesía, y si eso no
es suficiente , entonces  ¿qué es suficiente?”.

lunes, 2 de agosto de 2021

Miedo

Recuerdo que en el colegio, cuano estaba en kínder, detrás de los salones había una zona verde con juegos: columpios y rodaderos, y también un pasamanos.

Siempre le tuve fastidio y miedo a esa estructura. Lo primero porque era gordito entonces la fuerza de mis brazos no era la suficiente para soportar mi peso y cuando me colgaba, solo avanzaba un poco y tenía que soltarme.

Lo segundo, porque no entendía el placer que otros encontraban en colgarse, de mil maneras, dichosos en esa estructura metálica. Yo siempre imaginaba que me iba a caer y hacer daño.

Lo que sentía tiene nombre: miedo.

Supongo que me daba miedo arriesgarme a experimentar la dicha de andar colgado patas arriba; tenía miedo de partirme un brazo, una pierna o la cabeza.

Ese miedo me ha acompañado toda la vida, pero el objeto o evento que lo desata ha ido cambiando.

Desde que comenzó la pandemia he tenido miedo de infectarme, y ser una de esas personas a las que el virus acaba en menos de una semana, aunque hay quienes dicen que al final todos nos vamos a infectar, entonces ¿qué más da?

Incluso es posible que ya me haya infectado y no me hubiera dado cuenta; tengo mis sospechas de un dolor de garganta que tuve el año pasado, en fin.

Me gustaría ser una persona más relajada, como esas que se la pasan viajando y que parece, han seguido con sus vidas de forma "normal", o esa que llevaban antes del mierdero que desató Covid Alfonso.

Tampoco es que antes de la pandemia fuera el ser más fiestero y social del planeta, pero si he dejado de salir bastante.

Supongo que esa conducta preventiva, ese miedo al contagio, le estará pasando factura, de alguna manera, a mi condición mental, por más de que no parezca. Incluso pienso que, a nivel genético o celular, algo de esa locura que algunos estamos incubando, se la pasaremos a las generaciones que están por venir.

Me gustaría que todo me resbalara y no preocuparme tanto por lo que me pueda llegar a ocurrir.

viernes, 30 de julio de 2021

Vmñl Nkoj

El escritorio en el que tengo el portátil tiene una bandeja retráctil, donde se encuentra el teclado. Los bordes de los brazos de la silla quedan justo a la altura de la bandeja, y  ya están roídos porque a cada rato les pego con una de las esquinas de la bandeja.

A veces, cuando me siento a escribir, no encuentro una posición cómoda, así que hoy decidí sacar el teclado y ponerlo encima del portátil.

En un arrebato de tipeo el teclado se resbaló y lo agarré a media altura, y le solté un madrazo. Lo que quedó escrito fue vmñl Nkoj, una palabra-no-palabra, con pinta de contraseña.

Podría ser una palabra de algún país de Europa central como la República Checa, esos idiomas con palabras llenas de consonantes, que incluso a veces llevan tilde.

El suceso me desconcentró y pensé que, quizás, el destino de alguna manera me quería dar un mensaje, una señal, pero es posible que entre sus reglas ser obvio esté prohibido, así que tiene que camuflar esos mensajes de alguna manera.

Lo primero que se me ocurrió fue escribir las letras, es decir:  Vemeñe ele Enekaojota, pero después de intentar interpretar el supuesto mensaje cifrado, no pude hacerlo. Así que si el destino tenía algo que decirme, debe ser más claro, porque soy malo para los juegos de palabras. 

Creo que lo único que queda claro es mi torpeza momentánea y que casi estampo el teclado contra el piso.

Una amiga una vez me preguntó, muy seria, que si no creía en las señales.  Le dije que no, que las cosas pasan y ya está, que no hay necesidad de buscarles un significado más allá del práctico.

“Ahh no, yo si creo en las señales y pienso que hay que ponerles atención”, me respondió,  cambió de tema al instante, y no me dejó defender mi punto de vista. 

jueves, 29 de julio de 2021

Indecisión y mal genio

Ayer pensé durante todo el día en escribir algo acá, y esperaba destinar 30 minutos o un poco menos de tiempo para hacerlo en cualquier momento del día, pero las ocupaciones no me dejaron.

Finalmente, a las 10 de la noche me senté a escribir algo, sin ningún tema en mente.

Ahí estaba el cursor titilando y mi mente en blanco, hasta que creí dar con un  tema al que podría arrancarle unas cuantas palabras.  Entonces  comencé a escribir y cuando iba en 172 me estanqué, no me salían más, el tema no daba para más, o de pronto sí, pero mi incapacidad para escribir estaba en su máximo nivel.

Me dio mal genio. Apagué el computador y pensé en ver un capítulo de alguna serie, pero mientras me decidía por alguna ya eran las 11 de la noche, y si me enganchaba con un capítulo fijo me trasnochaba, así que decidí no ver nada.

Más mal genio ante mi indecisión.

Cuando me iba a acostar acudí a la lectura: un último recurso para terminar bien el día, pero como estaba en una racha de indecisión también dude en hacerlo. La razón de esto fue “Visión del ahogado” la novela de juan José Millás que estoy Leyendo.

Suelo consumir las obras de ese escritor de manera fácil, pero esta me está costando, porque la prosa, a ratos, me parece enredada.

De todas maneras, le di una oportunidad y la historia comenzó a enderezarse y a tener sentido.

Leí casi por una hora y el mal genio se esfumo.

En La lectura, supongo, está la respuesta a todo.

martes, 27 de julio de 2021

Maldita actitud

Una vez, mientras esperaba a que me dieran un café, el señor que estaba atendiendo llamó a otro cliente para entregarle su pedido. Pregunto varias veces por un tal Yemin. Yo y otro par de personas que estábamos en la barra y esperábamos nuestro pedido, le indicamos que ninguno de nosotros se llamaba así.

De repente un señor dijo fuerte en un tono completo de indignación y con un acento quién sabe de donde “Es JEMIN, ¿pero qué es lo que hablan ustedes, acaso no es español?”

 ¿Por qué no podemos ser más tolerantes? 

A mí me dio mucho mal genio y estuve a punto de contestarle algo, pero si discutir no es agradable; mucho menos es hacerlo con un desconocido. A veces es mejor dejar que el curso de los acontecimientos siga su rumbo para que el de la vida de uno no se despiporre; en otras palabras: no meterse a donde a uno no lo han llamado, en fin.

Lo único que hice fue regalarle una de mis mejores miradas de:¿Qué putas le pasa?, que llevan una mezcla de desprecio y odio; reclame mi café y deje a Jemin o Yemin solo con su neurosis.

Pero tratemos de ponernos en sus zapatos. Sí, puede que el señor Jemin le moleste un poco porque la gente pronuncie mal su nombre, ¿pero qué le vamos a hacer si en Colombia no es común? Si fuera Jaime, seguro no lo llamarian Yaime.

El punto es,  ¿cuál es la necesidad de andar a la defensiva? Cada cuál con sus rollos, pero suficiente tenemos con que la gente se indigne en las redes sociales a cada rato, como para que anden en las mismas en la vida real.

De ahora en adelante a todo Jemin que me encuentre le diré Yemin, para ver cómo reacciona.

lunes, 26 de julio de 2021

Zapatos rojos

Un día, un sábado en la mañana para ser precisos, Luis García iba caminando hacia la panadería de la esquina. Parecía un día normal, si tal cosa se puede decir de un día, en el que García intercambiaba información y sensaciones con la realidad sin ningún sobresalto.

Cuando estaba cerca de su destino, García cayó en cuenta de que en la intersección había ocurrido un accidente. Habían atropellado a alguien y los chismosos ya habían hecho una media luna alrededor del cadáver.

García no le presto atención al hecho y entró a la panadería, compró una bolsa de pan, una de leche, y cuando iba a pagar, le dio por entablar una conversación casual con el tendero. “¿Qué fue lo que pasó en la esquina?”, le preguntó.

“Hace como unos 20 minutos atropellaron a una persona”
“Ahh ya”, respondió García y su frase quedó como flotando en el aire, pero no recibió respuesta alguna.

Cuando salió de la panadería, la curiosidad le ganó y, con pasos tímidos, se acercó al tumulto de personas.

“Pobre hombre, tan joven que era”, dijo una señora

“No lo muevan, esperen a que llegue la policía”, dijo un señor bajito de bigote, como si fuera una escena a la que estaba acostumbrado.

“Suficiente realidad por hoy”, pensó García, y Cuando iba a dar media vuelta para devolverse a su apartamento, con el rabillo del ojo vio los zapatos del muerto, que habían quedado descubiertos porque la sabana era muy pequeña, o bien la victima muy grande o, en últimas, se la habían puesto mal.

“¡No puede ser!”, exclamó en voz alta, y las personas que estaban a su alrededor lo miraron extrañados, como exigiendo una explicación.

García cayó en cuenta de que había pensado en voz alta, dio media vuelta y emprendió la huida.

Se exaltó porque los zapatos que había visto eran los de Jorge York. Eran rojos con una línea verde que bordeaba la suela. Eran feos y York lo sabía, pero justificaba su uso, pues decía que nadie más tenía esos un par de zapatos iguales en el mundo y que los había comprado en Tailandia.

Lo más sensato habría sido revisar que el muerto no era su amigo, pero se rehusaba a pensar en eso y por eso huyó del lugar.

Luego cuando metió la mano al bolsillo para sacar las llaves del apartamento, el celular le sonó. Cuando lo iba a contestar leyó en la pantalla del aparato: “Jorge Y.”

¿Acaso York lo estaba llamando desde el más allá?”

“¿Alo?”, contestó temeroso
“¿Qué más Luisito?, ¿cómo estás?”
“Bi…bi..en… y tú?
“¿Por qué el tartamudeo, suenas asustado, ¿acaso viste un muerto o qué?

Por más de que York estuviera muerto, su comentario le pareció una falta de respeto, pero camufló su reacción y, alterado, le respondió”.

“Oye, ¿sabes algo?”
“¿Qué?, dime”
“Eres un mentiroso, no eres el único que tiene un par de zapatos rojos con una línea verde”
“¿De qué hablas?”
“ Sí acabo de ver a alguien más con esos zapatos”
“¿A Quién?, ¿lo conoces?”
Ehh… no, un hombre que iba caminando por la calle”
“Ahora que hablas de caminar, precisamente estoy en tu barrio y para eso te marqué, a ver si me invitas a una cerveza o, como es temprano, por lo menos a un café”.

“Si claro, te espero”.

“Qué idiota”, pensó apenas entró y cerró la puerta. "¿Ahora qué iba a hacer?"

Se sentó en la sala y esperó unos minutos  a que la realidad se ajustara, pero, al parecer, todo seguía igual.

Alguien timbro a la puerta, una dos tres veces…

jueves, 22 de julio de 2021

Diferencia horaria

Tengo una reunión con alguien de España al medio día de allá, que son las 5 de la mañana acá.

Siempre me ha intrigado eso de la diferencia horaria, que unos se estén levantando cuando otros apenas van a dormir genera, pienso, cierto desequilibrio. Por eso quizá el mundo anda patas arriba, por el desbalance entre la vigilia y el sueño, en fin.

El día anterior me propongo dormirme como máximo a las 11 de la noche, pero entre un poco de lectura y ver televisión cierro los ojos y apago la luz de la lámpara que tengo al lado de la cama a las 12:19 a.m.

Configuro una alarma a las 5:45, para tener tiempo de prepararme un café, y otra a las 5:55 por si sigo derecho y en la que la preparación de la bebida ya queda descartada.

12:19, 12:30, 12:45 y sigo despierto. Me gustaría ser como mi hermana o hermano, que cierran los ojos y se duermen al instante, pero  ayer fue uno de esos días en los  que mis pensamientos se disparan en todas direcciones, apenas cierro los ojos para dormirme. Creo que finalmente lo logré  a eso a la 1 de la mañana.

Me despierto, tomo el celular para mirar la hora y son las 3:30 a.m. lo apago y clavo la cabeza en la almohada. Hace un mes, otro día en que también tenía una reunión a esa hora, también me desperté antes de que sonara la alarma, y decidí quedarme despierto; pasé todo el día como un zombi.

También me gustaría ser como esas personas que pueden funcionar con solo cuatro horas de sueño, pero yo necesito mínimo seis.

Me vuelvo a despertar a las 4:20 a.m, cierro los ojos de nuevo, y espero a que suene la alarma.

La reunión duró 45 minutos y heme aquí escribiendo esto a las 6:29 a.m. con una cobija sobre mis piernas y a punto de ir a servirme el segundo café del día, mientras que en España ya es la 1:30 p.m y las personas estarán almorzando o ya lo habrán hecho.

Algo raro encierra la diferencia horaria.