La mujer es rubia y lleva puesto un saco rosado. Está sentada en una de las mesas de la terraza de un café y teclea frenéticamente en su portátil. La tapa de su computador es gris, y una calcomanía verde de una lagartija resalta sobre ella.
A veces se detiene por un par de segundos y mira fijamente un punto en la distancia, como tratando de evocar un recuerdo. Cuando por fin lo visualiza, vuelve de nuevo a su tarea de teclear sin cansancio, para capturarlo antes de que se le esfume.
Los rayos de sol caen de forma perpendicular sobre su mesa y, por breves instantes, le da a su aspecto un aire de aparición divina.
Sobre el piso reposa una maleta con un estampado de flores de diversos colores. Esperemos que una de las correas las tenga engarzadas a un pie, pues está completamente inmersa en su actividad, ¿cuál? escribir una novela.
La mujer está y no está, es decir, habita dos dimensiones al mismo tiempo: la real de la que hacemos parte usted o yo, querido lector, y otra imaginaria, la de su mundo. Flota al lado de sus personajes y cuando quiere se mete en sus cabezas para escribir lo que piensan.
Para que ningún estímulo de eso que llamamos realidad la distraiga, también lleva puestos unos audífonos blancos de de diadema y cancelación de ruido, que cubren por completo sus orejas.
No escucha ninguna canción. En lo que lleva escribiendo, nunca le ha gustado poner música cuando lo hace, porque siente que es algo que la distrae y comienza, en el momento menos pensado, a llevar el ritmo con un pie o a cantar mentalmente.
Un sorbo de café, su portátil y un poco de inspiración es lo único que necesita para vivir libre de angustias.
martes, 13 de diciembre de 2022
lunes, 12 de diciembre de 2022
Escribir, caos y locura
No escribo desde el viernes en este espacio, pero siento que han pasado más días.
Estoy seguro de que cuando dejo pasar más de un día sin escribir, algo se desequilibra. Por ejemplo, hoy por la mañana caí en un torbellino de pensamientos negativos, y como la mente es bien cabrona, se negaba a salir de ese bucle, así que pensé: "ni mierda, voy a comenzar a escribir un cuento".
Entonces hice algo que tal vez no se deba hacer, y lo primero que hice fue escribir el título: "Realidad Liquida", un par de palabras o un sintagma, signifique lo que eso signifique, con las que vengo jugando en mi cabeza desde hace más de un mes.
La idea me llego de una frase de Rosa Montero: " A poco que levantes una pizca la esquina de la alfombra de la realidad, enseguida descubres el moho, el caos que se agazapa y esa pequeña muerte que anida en el corazón de todas las cosas."
Hace dos días había garabateado las escenas que va a tener, entonces escribí la primera casi de un tirón, cuando terminé, la sensación caos, o esa pequeña muerte de la que habla la escritora española, había desaparecido.
Me va a mejor cuando hago eso, es decir, cuando sé, más o menos, hacia dónde va la historia, que cuando me pongo a escribir de la nada. Juan Gabriel Vásquez decía que existen dos formas para escribir, una con brújula y la otra a punta de machete abriéndose camino en medio de la maleza mental (esto último me lo acabo de inventar, pero más o menos esa era la idea). Yo creo que me funciona más la primera, porque con la segunda me pierdo, y si eso ocurre, me aburro.
Queda claro que escribir cura, relaja, y nos aleja de esa locura que a todos nos habita y que en cualquier momento puede salir a la superficie de la conciencia. Esa es una de mis teorías: todos, por más cuerdos que parezcamos, estamos locos, pero contamos con diferentes válvulas de escape para liberar esa tensión demente con la que venimos al mundo por culpa de nuestros ancestros.
Doris Lessing lo tenía muy claro: "Creo que puedo simplemente pasar mi locura a…tal vez otra gente. Puedo rebotarla fuera de mí".
Estoy seguro de que cuando dejo pasar más de un día sin escribir, algo se desequilibra. Por ejemplo, hoy por la mañana caí en un torbellino de pensamientos negativos, y como la mente es bien cabrona, se negaba a salir de ese bucle, así que pensé: "ni mierda, voy a comenzar a escribir un cuento".
Entonces hice algo que tal vez no se deba hacer, y lo primero que hice fue escribir el título: "Realidad Liquida", un par de palabras o un sintagma, signifique lo que eso signifique, con las que vengo jugando en mi cabeza desde hace más de un mes.
La idea me llego de una frase de Rosa Montero: " A poco que levantes una pizca la esquina de la alfombra de la realidad, enseguida descubres el moho, el caos que se agazapa y esa pequeña muerte que anida en el corazón de todas las cosas."
Hace dos días había garabateado las escenas que va a tener, entonces escribí la primera casi de un tirón, cuando terminé, la sensación caos, o esa pequeña muerte de la que habla la escritora española, había desaparecido.
Me va a mejor cuando hago eso, es decir, cuando sé, más o menos, hacia dónde va la historia, que cuando me pongo a escribir de la nada. Juan Gabriel Vásquez decía que existen dos formas para escribir, una con brújula y la otra a punta de machete abriéndose camino en medio de la maleza mental (esto último me lo acabo de inventar, pero más o menos esa era la idea). Yo creo que me funciona más la primera, porque con la segunda me pierdo, y si eso ocurre, me aburro.
Queda claro que escribir cura, relaja, y nos aleja de esa locura que a todos nos habita y que en cualquier momento puede salir a la superficie de la conciencia. Esa es una de mis teorías: todos, por más cuerdos que parezcamos, estamos locos, pero contamos con diferentes válvulas de escape para liberar esa tensión demente con la que venimos al mundo por culpa de nuestros ancestros.
Doris Lessing lo tenía muy claro: "Creo que puedo simplemente pasar mi locura a…tal vez otra gente. Puedo rebotarla fuera de mí".
viernes, 9 de diciembre de 2022
Conversaciones decisivas
Me gusta prestarle atención a las conversaciones ajenas. No sé si esté bien o mal. Tal vez la balanza de lo correcto se incline hacia el segundo aspecto.
Si lo hago es solo porque me gusta imaginarme la vida de las personas, aventurarme a pensar qué los mueve en la vida, a qué le temen, cuáles son sus deseos, en fin esas finas hebras que conforman el tejido de la realidad, y que al final son las que realmente importan y nos definen.
Le prestó atención a dos conversaciones, como siempre, haciéndome el loco, porque en ambas hablan en voz baja, y no quiero que sea obvio que estoy espiando lo que conversan.
En la primera una pareja almuerza en una mesa detrás de mí. Hablan de viajes y de cómo es vivir inmerso en otras culturas. Por lo que alcanzo a captar parece que ella se va de viaje a España.
Es una conversación repleta de lugares comunes, como si los dos caminaran por el borde del abismo de los temas comprometedores, y miden sus palabras hasta tal punto que la conversación resulta sonsa.
En un momento el hombre olvida los formalismos y dice "Espero que no te vayas a olvidar de mí cuando te vayas a España.". “Lo mismo te digo”, responde la mujer.
Más tarde, en la terraza de un café, otra pareja cucharea una copa de un helado de color rojo y hablan casi en susurros. Tienen las manos entrelazadas y hay cierta tensión en el ambiente.
Es difícil captar el hilo de la conversación, así que solo alcanzo a escuchar un par de frases sueltas por parte de la mujer:
Va a llegar un día en el que no te voy a ver
Por lo menos sé que le voy a seguir diciendo mentiras.
Sé que no nos vamos a dejar de hablar y que nos vamos a ver por este medio
Pasado un rato, la copa de helado ahora ocupa una esquina de la mesa y el hombre tiene las manos de ella dentro de las de él. Entre frase y frase la mujer las libera de esa prisión para agarrarle la cara y darle besos prolongados, y luego las devuelve a la posición original.
En uno de esos movimientos, luego de que la mujer dice Te quiero mucho, caigo en cuenta de que él es el único que lleva argolla de matrimonio.
Le prestó atención a dos conversaciones, como siempre, haciéndome el loco, porque en ambas hablan en voz baja, y no quiero que sea obvio que estoy espiando lo que conversan.
En la primera una pareja almuerza en una mesa detrás de mí. Hablan de viajes y de cómo es vivir inmerso en otras culturas. Por lo que alcanzo a captar parece que ella se va de viaje a España.
Es una conversación repleta de lugares comunes, como si los dos caminaran por el borde del abismo de los temas comprometedores, y miden sus palabras hasta tal punto que la conversación resulta sonsa.
En un momento el hombre olvida los formalismos y dice "Espero que no te vayas a olvidar de mí cuando te vayas a España.". “Lo mismo te digo”, responde la mujer.
Más tarde, en la terraza de un café, otra pareja cucharea una copa de un helado de color rojo y hablan casi en susurros. Tienen las manos entrelazadas y hay cierta tensión en el ambiente.
Es difícil captar el hilo de la conversación, así que solo alcanzo a escuchar un par de frases sueltas por parte de la mujer:
Va a llegar un día en el que no te voy a ver
Por lo menos sé que le voy a seguir diciendo mentiras.
Sé que no nos vamos a dejar de hablar y que nos vamos a ver por este medio
Pasado un rato, la copa de helado ahora ocupa una esquina de la mesa y el hombre tiene las manos de ella dentro de las de él. Entre frase y frase la mujer las libera de esa prisión para agarrarle la cara y darle besos prolongados, y luego las devuelve a la posición original.
En uno de esos movimientos, luego de que la mujer dice Te quiero mucho, caigo en cuenta de que él es el único que lleva argolla de matrimonio.
miércoles, 7 de diciembre de 2022
Historias que no dejan dormir
Hace dos días, las luces del del árbol de navidad se prendieron solas. Cuando abrí el mueble donde está el estabilizador para encenderlas, estaba apagado.
Ayer, cuando iba a salir del edificio, Alex, uno de los porteros, le decía a otro: “Álvarez, tenemos fantasmas” y luego se echó a reír.
Le pregunté de qué hablaba y me dijo que estaban llamando por citófono desde un apartamento desocupado. Le pregunté si alguna vez había visto algo extraño por las cámaras de seguridad, pero me dijo que no, que en este edificio nunca lo habían asustado, pero que en el otro, uno que queda por la 159, si asustan.
“¿Y eso?”, le pregunté. “Pues allá se prenden las luces que se activan con sensores de movimiento. A mí nunca me ha tocado, pero a uno de mis compañeros sí.”
Nos quedamos callados por un momento y al rato noto una nueva expresión en su cara, la de alguien a quien le llega un recuerdo. Alex vuelve a hablar.
“Eso no es nada, en el campo, de donde yo vengo, si que es berraco.”
“Cuente, ¿qué le paso?”
“Uff, si le dijera, una vez casi me lleva el putas”, dice sonriendo, pero en medio de lo tranquilo que parece al hablar del tema, se nota que fue una experiencia escalofriante.
“¿En serio? Cuénteme, ¿qué le pasó?”
En ese momento mi hermana, que ha seguido la conversación, pero no ha intervenido dice: “¡Uy, no no no no! Mejor no nos cuente nada, porque si no yo no puedo dormir esta noche”
“Otro día me cuenta que fue lo que le pasó Alex”, le digo.
“Bueno”, responde.
Me aventuro a imaginar que lo que marca el citófono desde el apartamento vacío, y lo que prendió las luces del árbol de navidad fue un espíritu burlón. Dice Internet que esos entes están a medio camino entre ser fantasmas y poltergeists. Todo bien mientras no se ponga agresivo.
Les quedo debiendo la historia de Alex.
Ayer, cuando iba a salir del edificio, Alex, uno de los porteros, le decía a otro: “Álvarez, tenemos fantasmas” y luego se echó a reír.
Le pregunté de qué hablaba y me dijo que estaban llamando por citófono desde un apartamento desocupado. Le pregunté si alguna vez había visto algo extraño por las cámaras de seguridad, pero me dijo que no, que en este edificio nunca lo habían asustado, pero que en el otro, uno que queda por la 159, si asustan.
“¿Y eso?”, le pregunté. “Pues allá se prenden las luces que se activan con sensores de movimiento. A mí nunca me ha tocado, pero a uno de mis compañeros sí.”
Nos quedamos callados por un momento y al rato noto una nueva expresión en su cara, la de alguien a quien le llega un recuerdo. Alex vuelve a hablar.
“Eso no es nada, en el campo, de donde yo vengo, si que es berraco.”
“Cuente, ¿qué le paso?”
“Uff, si le dijera, una vez casi me lleva el putas”, dice sonriendo, pero en medio de lo tranquilo que parece al hablar del tema, se nota que fue una experiencia escalofriante.
“¿En serio? Cuénteme, ¿qué le pasó?”
En ese momento mi hermana, que ha seguido la conversación, pero no ha intervenido dice: “¡Uy, no no no no! Mejor no nos cuente nada, porque si no yo no puedo dormir esta noche”
“Otro día me cuenta que fue lo que le pasó Alex”, le digo.
“Bueno”, responde.
Me aventuro a imaginar que lo que marca el citófono desde el apartamento vacío, y lo que prendió las luces del árbol de navidad fue un espíritu burlón. Dice Internet que esos entes están a medio camino entre ser fantasmas y poltergeists. Todo bien mientras no se ponga agresivo.
Les quedo debiendo la historia de Alex.
lunes, 5 de diciembre de 2022
Dieta en navidad
Hago fila en el supermercado para pagar unos productos. Me llama la atención un hombre que esá delante de mí y que lleva un carrito de los grandes. Es de baja estatura, calvo y barrigón.
Ahí está muy tranquilo, mientras yo intento imaginarme su vida a partir de los productos que lleva.
Me fijo en él porque su mercado solo consiste en un queso pera amarillo y dos botellas de coca cola de 600 ml. De pronto lo hace a manera de terapía; me refiero a lo de llevar un carro grande, para solo echar dos productos. Así puede darse ánimos al pensar cosas como: “Pasé por la sección de galguerías y no eche ningún paquete al carrito”. Eso imagino, es decir, esa fuerza de voluntad funciona para que no desista de su propósito de hacer dieta.
También es posible que el hombre esté completamente concentrado, casi al nivel de un Monje Zen en pleno proceso de meditación, y esto le permite imaginar que lleva el carro repleto de productos de todo lo que le gusta y no debe comer: dulces, tortas, galletas, etc. Quizá por eso mira un punto fijo en la distancia, abstraído del mundo y todo lo que lo rodea, y mueve los labios, casi de forma imperceptible, repitiendo algún mantra que le ayuda a mantener la calma.
Ya está cansado de hacer dietas y que nada le funcione. Por eso ahora se auto aplico la dieta del queso y la Coca Cola.
Leyó sobre ella en un foro de internet, junto con varios testimonios de personas que decían que les había funcionado. Un par de tajadas de queso y un cuarto de vaso de Coca cola va a ser su comida en los próximos días.
Para lograrlo se va a desconectar del mundo. Va a utilizar su celular para lo mínimo y rechazará cualquier invitación a una novena, pues sabe que flaquearía si se llega a encontrar frente a frente con un buñuelo, pero ¿acaso quién no?
Ahí está muy tranquilo, mientras yo intento imaginarme su vida a partir de los productos que lleva.
Me fijo en él porque su mercado solo consiste en un queso pera amarillo y dos botellas de coca cola de 600 ml. De pronto lo hace a manera de terapía; me refiero a lo de llevar un carro grande, para solo echar dos productos. Así puede darse ánimos al pensar cosas como: “Pasé por la sección de galguerías y no eche ningún paquete al carrito”. Eso imagino, es decir, esa fuerza de voluntad funciona para que no desista de su propósito de hacer dieta.
También es posible que el hombre esté completamente concentrado, casi al nivel de un Monje Zen en pleno proceso de meditación, y esto le permite imaginar que lleva el carro repleto de productos de todo lo que le gusta y no debe comer: dulces, tortas, galletas, etc. Quizá por eso mira un punto fijo en la distancia, abstraído del mundo y todo lo que lo rodea, y mueve los labios, casi de forma imperceptible, repitiendo algún mantra que le ayuda a mantener la calma.
Ya está cansado de hacer dietas y que nada le funcione. Por eso ahora se auto aplico la dieta del queso y la Coca Cola.
Leyó sobre ella en un foro de internet, junto con varios testimonios de personas que decían que les había funcionado. Un par de tajadas de queso y un cuarto de vaso de Coca cola va a ser su comida en los próximos días.
Para lograrlo se va a desconectar del mundo. Va a utilizar su celular para lo mínimo y rechazará cualquier invitación a una novena, pues sabe que flaquearía si se llega a encontrar frente a frente con un buñuelo, pero ¿acaso quién no?
jueves, 1 de diciembre de 2022
Lanzar los dados
Daniela disfruta jugar parqués, porque es un juego que no la exige mentalmente. No le toca hacer cuentas complicadas, ni imaginarse jugadas delante de su turno, nada. Lanzar los dados es como la vida misma, nunca sabe que resultado va a obtener. Todo consiste en batirlos, esperar sacar un buen número y ya está. Más allá de eso no controla nada. Esa es la única responsabilidad, si se le puede llamar de esa manera, que le impone el juego.
Cuando es su turno y bate los dados –le gusta hacerlo encerrándolos entre ambas manos–, visualiza en su mente que va a obtener un lanzamiento perfecto: pares o el número que necesita para comer o llegar al seguro, aunque sabe que el puntaje no depende de ella, que es algo aleatorio, como la mayoría de cosas que le ocurren en su vida. Así las cosas, las personas aún creen que pueden dominar el curso de su destino, piensa.
Le gusta jugar con unas fichas de color verde chillón y con unos dados negros de pintas blancas, porque son livianos y dan muchas vueltas cuando los lanza. Dice que con esos saca más pares, a diferencia de los que utiliza su hermana, que son rojos y pesados y que siempre caen sobre la mesa con un golpe seco.
Su abuela le inculcó el vició por el juego desde muy pequeña, y en ese entonces se ponía de mal genio cuando le metían una ficha a la cárcel o la soplaban. Ahora, de adulta, siente que, de alguna manera, el parqués le ha ayudado a entender que no debe ponerle peros a la vida, que hay que aceptar todo como venga, pues siempre habrá opción de un nuevo lanzamiento.
Es su turno de nuevo. Encierra los dados con ambas manos y las mueve como si estuviera tocando una maraca. “Miren el doble seis que voy a sacar”, les dice a sus familiares con una amplia sonrisa.
Recuerda la estrofa de un poema que le regalo un poeta callejero:
Mientras hace rodar los dados por la mesa. Cierra los ojos y cuando los abre, ahí está ese par que predijo hace un momento.
“¿Y que tal que mi mente si pueda influir en los lanzamientos?”, se pregunta.
Cuando es su turno y bate los dados –le gusta hacerlo encerrándolos entre ambas manos–, visualiza en su mente que va a obtener un lanzamiento perfecto: pares o el número que necesita para comer o llegar al seguro, aunque sabe que el puntaje no depende de ella, que es algo aleatorio, como la mayoría de cosas que le ocurren en su vida. Así las cosas, las personas aún creen que pueden dominar el curso de su destino, piensa.
Le gusta jugar con unas fichas de color verde chillón y con unos dados negros de pintas blancas, porque son livianos y dan muchas vueltas cuando los lanza. Dice que con esos saca más pares, a diferencia de los que utiliza su hermana, que son rojos y pesados y que siempre caen sobre la mesa con un golpe seco.
Su abuela le inculcó el vició por el juego desde muy pequeña, y en ese entonces se ponía de mal genio cuando le metían una ficha a la cárcel o la soplaban. Ahora, de adulta, siente que, de alguna manera, el parqués le ha ayudado a entender que no debe ponerle peros a la vida, que hay que aceptar todo como venga, pues siempre habrá opción de un nuevo lanzamiento.
Es su turno de nuevo. Encierra los dados con ambas manos y las mueve como si estuviera tocando una maraca. “Miren el doble seis que voy a sacar”, les dice a sus familiares con una amplia sonrisa.
Recuerda la estrofa de un poema que le regalo un poeta callejero:
“Toma los dados de la suerte
Arrebátale a todo misticismo
El poder en tu vida
Y lanza los dados
Apuesta
Y si pierdes es tu derrota
Y si ganas
Tu victoria
No la del destino.”
Mientras hace rodar los dados por la mesa. Cierra los ojos y cuando los abre, ahí está ese par que predijo hace un momento.
“¿Y que tal que mi mente si pueda influir en los lanzamientos?”, se pregunta.
miércoles, 30 de noviembre de 2022
No le gusta que la toquen
Entro a un almacén de esos que venden maricaditas varias. Esta repleto de objetos decorativos para la temporada navideña; es un lugar perfecto para salir de un apuro, cuando no se tiene ni idea de qué regalarle a alguien.
Camino con cuidado, alejado de los estantes, para no rozar ningún objeto por culpa de un movimiento torpe que, imagino, va a generar una reacción en cadena, que va a derrumbar todo el local. Mi hermana, en cambio, que hoy decidió ser entropía pura, ya ha tumbado un par de ellos, sin mayores consecuencias.
Una mujer camina detrás de mí y parece que está de mal genio. Le dice algo a su acompañante, pero como lleva tapabocas no alcanzó a captar sus palabras. Por el tono de su voz, se nota que esta molesta por algo. Le sostengo la mirada por un segundo, y me parece que está llena de odio, así que la bajo para que siga su rumbo, fiel a mi teoría de no cruzarme en el camino de otras personas, para que el curso de mi vida no se despiporre.
Otra clienta que está en el local no es seguidora de mi teoría y de un momento a otro le toca la espalda a la mujer malhumorada, para decirle: “Señora cuidado con la bolsa que lleva colgada, ahorita casi tumba algo”.
“¡Ay sí señora, ya! Le responde y luego, con un nivel adicional de rabia, le dice a su acompañante: “¡Como odio que me toquen!”.
El resto de tiempo que paso en el almacén, me preocupo más en no rozar a la señora , que rozar los productos y adornos; todo con el fin de que el curso de mi vida siga su, en apariencia pues nunca se sabe, apacible camino.
Camino con cuidado, alejado de los estantes, para no rozar ningún objeto por culpa de un movimiento torpe que, imagino, va a generar una reacción en cadena, que va a derrumbar todo el local. Mi hermana, en cambio, que hoy decidió ser entropía pura, ya ha tumbado un par de ellos, sin mayores consecuencias.
Una mujer camina detrás de mí y parece que está de mal genio. Le dice algo a su acompañante, pero como lleva tapabocas no alcanzó a captar sus palabras. Por el tono de su voz, se nota que esta molesta por algo. Le sostengo la mirada por un segundo, y me parece que está llena de odio, así que la bajo para que siga su rumbo, fiel a mi teoría de no cruzarme en el camino de otras personas, para que el curso de mi vida no se despiporre.
Otra clienta que está en el local no es seguidora de mi teoría y de un momento a otro le toca la espalda a la mujer malhumorada, para decirle: “Señora cuidado con la bolsa que lleva colgada, ahorita casi tumba algo”.
“¡Ay sí señora, ya! Le responde y luego, con un nivel adicional de rabia, le dice a su acompañante: “¡Como odio que me toquen!”.
El resto de tiempo que paso en el almacén, me preocupo más en no rozar a la señora , que rozar los productos y adornos; todo con el fin de que el curso de mi vida siga su, en apariencia pues nunca se sabe, apacible camino.
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