Algo me despierta. Abro los ojos y el cuarto está completamente a oscuras. Como casi no hay ruido alcanzo a escuchar mi respiración. Le presto atención por un instante hasta que un carro que, parece, va a toda velocidad, pasa por una de las calles cercanas.
Menos mal que no son las 3 de la mañana, la hora del diablo, pues dicen, los que saben de esas cosas, que abandonar el sueño abruptamente a esa hora, tiene que ver con actividad paranormal.
No soy del club de las 4 a.m. ni tampoco del de las 5. Pertenezco más bien al de las 7, pero tengo ganas de que me admitan en el de las 10:00 o 10:30, pero en ese grupo deben estar personas del estilo de Paris Hilton, sin mayores preocupaciones que dedicarse a tener billete, entonces veo complicado el ingreso.
Vida catresetentadoblequintuplehp, ¿Por qué me desperté?, me pregunto, y caigo en cuenta al instante: un dolor martilla el costado izquierdo de mi cabeza.
Acomodo las almohadas y cierro los ojos. Intento relajarme a ver si de pronto se esfuma. Lo hago por un par de minutos, pero no pasa nada.
Entonces imagino que soy un monje Zen, Shaolin, Capuchino, monje al fin y al cabo, y tomo consciencia de mi respiración, de como entra el aire frío y luego sale caliente.
Intento entrar en un estado profundo de meditación, pero tampoco pasa nada. El dolor de cabeza sigue ahí, como si nada e incluso es más intenso.
Como ninguno de mis métodos de relajación funciona, me pongo de pie derrotado, me zampo una pastilla y mojo un pañuelo para ponérmelo en la frente. Me gustaría ser como una amiga que no consume medicamentos, porque dice que el cuerpo es capaz de aliviar el dolor por sí solo, a punta de concentración, meditación o quién sabe qué. Yo no soy tan valiente y si debo tomar una pastilla para tratar alguna dolencia bienvenida sea con los efectos secundarios que traiga.
Prendo el televisor, pero la luz me molesta y lo apago de inmediato. Cierro los ojos de nuevo y al final la relajación surte efecto. El dolor comienza a esfumarse al tiempo que me voy quedando dormido.
jueves, 27 de abril de 2023
miércoles, 26 de abril de 2023
¿Qué me pasa?
No sé qué me pasa. Llevo como quince minutos mirando la pantalla sin hacer ni el más mínimo amague de escribir. Estoy estancado por completo. La verdad tengo más ganas de levantarme del escritorio y echarme en la cama a mirar pal techo, que ponerme a escribir algo. ¿Qué por qué lo hago entonces? No sé de pronto es masoquismo puro o, como dicen hoy en día, porque la escritura es terapéutica.
Ahora que me viene ese término a la mente y aprovechando que mi cerebro está lento, pues hablemos de eso. Además, hoy esto en modo opinionador y no en modo contar historias. Lo sé, un asco total, pero es lo que hay querido lector. A veces hay que conformarse con lo que hay y dejarse llevar por la corriente y ya está, ser como la hoja de un árbol que el viento arrastra para donde le dé la gana. No resistirse a nada.
¿Pero si ven? Ya me desvié del tema que me había encontrado, el de escritura terapéutica. El punto, bueno el mío por lo menos, no sé si alguien lo comparta, de pronto soy yo solo contra el mundo, pero bueno, como dicen por ahí: terco pero decidido.
El punto del que no hablé en el párrafo pasado, es que no tengo nada contra de la escritura terapéutica, pero su nombre me parece redundante. Casi toda la escritura es terapéutica, a menos de que uno escriba manuales de electrodomésticos o algo por el estilo.
Estas palabras, por ejemplo, sin ton ni son, ya sacudieron un poco mi estado aletargado. No digo que del todo, pero de algo han servido, porque, ya sabemos, escribir es terapéutico.
Ahora me voy a echar en la cama.
Hasta luego.
Ahora que me viene ese término a la mente y aprovechando que mi cerebro está lento, pues hablemos de eso. Además, hoy esto en modo opinionador y no en modo contar historias. Lo sé, un asco total, pero es lo que hay querido lector. A veces hay que conformarse con lo que hay y dejarse llevar por la corriente y ya está, ser como la hoja de un árbol que el viento arrastra para donde le dé la gana. No resistirse a nada.
¿Pero si ven? Ya me desvié del tema que me había encontrado, el de escritura terapéutica. El punto, bueno el mío por lo menos, no sé si alguien lo comparta, de pronto soy yo solo contra el mundo, pero bueno, como dicen por ahí: terco pero decidido.
El punto del que no hablé en el párrafo pasado, es que no tengo nada contra de la escritura terapéutica, pero su nombre me parece redundante. Casi toda la escritura es terapéutica, a menos de que uno escriba manuales de electrodomésticos o algo por el estilo.
Estas palabras, por ejemplo, sin ton ni son, ya sacudieron un poco mi estado aletargado. No digo que del todo, pero de algo han servido, porque, ya sabemos, escribir es terapéutico.
Ahora me voy a echar en la cama.
Hasta luego.
martes, 25 de abril de 2023
Los imbéciles del 402
Antes en el 402 vivía D. un anciano que ponía a calentar ollas en la estufa y muchas veces lo olvidaba, hasta que a los vecinos les empezaba a llegar el olor a quemado y avisaban a la portería.
Que miedo eso, no lo de quemar la comida sino lo de envejecer, en fin. D. ahora vive en una residencia para personas de la tercera edad.
Luego el apartamento lo ocupo J. el nieto de D, un personaje medio alocado que se la pasaba de fiesta en fiesta. Esos eran los rumores y muchas veces los fines de semana se escuchaba música y voces en su apartamento.
Otros rumores cuentan que J. se fue a Estados unidos y que allá murió, quién sabe si de tanta fiesta o qué.
Luego P. el hijo de D. y tío de J., ocupo el apartamento por unos meses, pero por cuestiones de trabajo se tuvo que ir del edificio.
Ahora el apartamento está arrendado y después de un interrogatorio a los porteros, se sabe que viven dos hombres: uno mayor y otro menor.
Pues bien estos dos hombres siguieron la tónica fiestera de J. y el sábado pasado muy a las 2:30 a.m, cuando un dolor intenso me comía la cabeza, decidieron, con un grupo de amigos, al parecer todos hombres, cantar a grito herido canciones que también ponían a todo volumen.
Me despertaron con Living on a Prayer de Bon Jovi y cada vez que llegaba el coro (Whoa, we're half way there Whoa oh, livin' on a prayer) los imbéciles coreaban el Whoa como si su vida dependiera de ello.
Luego continuaron con The reason de Hobbastank, canción que me parece sonsa.
Y luego, para terminar de indignarme, cantaron Wonderwall, canción que, me parece, está sobrevalorada y me aburre demasiado.
Pues bien así siguieron hasta casi las 5 de la mañana y no hubo ni celador ni policía que pudiera callarlos.
¿Por qué algunas personas son tan imbéciles?
Que miedo eso, no lo de quemar la comida sino lo de envejecer, en fin. D. ahora vive en una residencia para personas de la tercera edad.
Luego el apartamento lo ocupo J. el nieto de D, un personaje medio alocado que se la pasaba de fiesta en fiesta. Esos eran los rumores y muchas veces los fines de semana se escuchaba música y voces en su apartamento.
Otros rumores cuentan que J. se fue a Estados unidos y que allá murió, quién sabe si de tanta fiesta o qué.
Luego P. el hijo de D. y tío de J., ocupo el apartamento por unos meses, pero por cuestiones de trabajo se tuvo que ir del edificio.
Ahora el apartamento está arrendado y después de un interrogatorio a los porteros, se sabe que viven dos hombres: uno mayor y otro menor.
Pues bien estos dos hombres siguieron la tónica fiestera de J. y el sábado pasado muy a las 2:30 a.m, cuando un dolor intenso me comía la cabeza, decidieron, con un grupo de amigos, al parecer todos hombres, cantar a grito herido canciones que también ponían a todo volumen.
Me despertaron con Living on a Prayer de Bon Jovi y cada vez que llegaba el coro (Whoa, we're half way there Whoa oh, livin' on a prayer) los imbéciles coreaban el Whoa como si su vida dependiera de ello.
Luego continuaron con The reason de Hobbastank, canción que me parece sonsa.
Y luego, para terminar de indignarme, cantaron Wonderwall, canción que, me parece, está sobrevalorada y me aburre demasiado.
Pues bien así siguieron hasta casi las 5 de la mañana y no hubo ni celador ni policía que pudiera callarlos.
¿Por qué algunas personas son tan imbéciles?
viernes, 21 de abril de 2023
7 libros
Volví a la FilBo.
Siempre pienso: “Este año no voy a comprar tantos libros, ¿para qué atiborrarse de libros de un tacazo si los puedo comprar en una librería en cualquier momento ?”, pero cuando apenas pongo un pie en el primer pabellón que visito, me olvido de eso.
“Ayer que fui a la charla pasé por un pabellón y me dio una alegría, una emoción ja. Es una cosa rara la sensación de la FilBo”. Nos dijo C., una amiga, por un chat, y es verdad, la Filbo siempre emociona.
Como siempre, visito la feria sin ningún libro en mente, y deambulo por ella sin una intención precisa.
El primero que escojo es Las intermitencias de la muerte de Saramago. Pienso que el escritor Portugués es de esos autores con los que uno siempre va la fija y me gusta mucho cómo maneja el absurdo. Hacía poco había leído unas notas que tomé de su novela El Hombre Duplicado y por eso me llamo la atención su libro en el que la gente deja de morir.
Ya no recuerdo bien el orden de compra, es decir, cuál fue el segundo que decidí llevarme. Creo que fue Mis últimos 10 minutos y 38 segundos en este extraño mundo de Elif Shafak, porque me cautivo su premisa: “El cerebro permanece activo unos 10 minutos después de que el corazón deja de latir”.
En otro stand me topé con Malabarista Nervioso, un libro de cuentos de Luis Miguel Rivas. De este autor había leído Era más grande el muerto, y me gusta porque habla de eventos cotidianos de barrio y ciudad.
Luego miré el celular y María, una paisa a la que le encanta leer y a la que le había pedido una recomendación, me había escrito lo siguiente: “Hamnet, que no he leído, pero lo quiero leer”.
En el pabellón de caricatura aproveché para comprarme un separador y escampar de un aguacero que, afortunadamente, fue express. Luego me metí en otro pabellón cercano y me puse a mirar una sección de literatura colombiana.
Había varios libros de Santiago Gamboa. Antes había pensado comprar Colombian Psycho, su última novela, pero al final no lo hice. En este lugar hojeé El síndrome de Ulises y leí la contraportada. Nunca he leído nada de ese autor, así que entre de nuevo al chat , pues días entes M, el esposo de C., me había recomendado unas novelas de Gamboa, entre las que se encontraba la que había tomado.
Luego, caminando desprevenido, se me apareció Hamnet y decidí que era una señal del destino y también la llevé.
Antes de seguir este recorrido desordenado, debo contarles que también había comprado Escribir de Marguerite Duras, pues me gustan esos libros en los que los escritores hablan de su oficio.
En ese punto ya me dolían los pies de dar tantas vueltas y solo me quedaba ir al pabellón de México, el país invitado. Allá le pregunté a uno de los vendedores en que lugar estaban las novelas y luego de que me indicara me puse a mirar los libros, pero ninguno me llamaba la atención. Cuando creí que no iba a encontrar nada, apareció el libro de Crónicas completas de Clarice Lispector, que no sé por qué estaba ahí, pues la escritora es brasilera.
De ella había leído En estado de viaje, Otro libro de crónicas y una, que trata sobre unos bailarines de flamenco me preció brillante. Lispector también era muy buena narrando lo cotidiano. Al final decido llevar ese libro porque también cumplía con mi teoría de precio y volumen: a mayor precio mayor número de páginas.
Larga vida a la FilBo.
Siempre pienso: “Este año no voy a comprar tantos libros, ¿para qué atiborrarse de libros de un tacazo si los puedo comprar en una librería en cualquier momento ?”, pero cuando apenas pongo un pie en el primer pabellón que visito, me olvido de eso.
“Ayer que fui a la charla pasé por un pabellón y me dio una alegría, una emoción ja. Es una cosa rara la sensación de la FilBo”. Nos dijo C., una amiga, por un chat, y es verdad, la Filbo siempre emociona.
Como siempre, visito la feria sin ningún libro en mente, y deambulo por ella sin una intención precisa.
El primero que escojo es Las intermitencias de la muerte de Saramago. Pienso que el escritor Portugués es de esos autores con los que uno siempre va la fija y me gusta mucho cómo maneja el absurdo. Hacía poco había leído unas notas que tomé de su novela El Hombre Duplicado y por eso me llamo la atención su libro en el que la gente deja de morir.
Ya no recuerdo bien el orden de compra, es decir, cuál fue el segundo que decidí llevarme. Creo que fue Mis últimos 10 minutos y 38 segundos en este extraño mundo de Elif Shafak, porque me cautivo su premisa: “El cerebro permanece activo unos 10 minutos después de que el corazón deja de latir”.
En otro stand me topé con Malabarista Nervioso, un libro de cuentos de Luis Miguel Rivas. De este autor había leído Era más grande el muerto, y me gusta porque habla de eventos cotidianos de barrio y ciudad.
Luego miré el celular y María, una paisa a la que le encanta leer y a la que le había pedido una recomendación, me había escrito lo siguiente: “Hamnet, que no he leído, pero lo quiero leer”.
En el pabellón de caricatura aproveché para comprarme un separador y escampar de un aguacero que, afortunadamente, fue express. Luego me metí en otro pabellón cercano y me puse a mirar una sección de literatura colombiana.
Había varios libros de Santiago Gamboa. Antes había pensado comprar Colombian Psycho, su última novela, pero al final no lo hice. En este lugar hojeé El síndrome de Ulises y leí la contraportada. Nunca he leído nada de ese autor, así que entre de nuevo al chat , pues días entes M, el esposo de C., me había recomendado unas novelas de Gamboa, entre las que se encontraba la que había tomado.
Luego, caminando desprevenido, se me apareció Hamnet y decidí que era una señal del destino y también la llevé.
Antes de seguir este recorrido desordenado, debo contarles que también había comprado Escribir de Marguerite Duras, pues me gustan esos libros en los que los escritores hablan de su oficio.
En ese punto ya me dolían los pies de dar tantas vueltas y solo me quedaba ir al pabellón de México, el país invitado. Allá le pregunté a uno de los vendedores en que lugar estaban las novelas y luego de que me indicara me puse a mirar los libros, pero ninguno me llamaba la atención. Cuando creí que no iba a encontrar nada, apareció el libro de Crónicas completas de Clarice Lispector, que no sé por qué estaba ahí, pues la escritora es brasilera.
De ella había leído En estado de viaje, Otro libro de crónicas y una, que trata sobre unos bailarines de flamenco me preció brillante. Lispector también era muy buena narrando lo cotidiano. Al final decido llevar ese libro porque también cumplía con mi teoría de precio y volumen: a mayor precio mayor número de páginas.
Larga vida a la FilBo.
miércoles, 19 de abril de 2023
Watcha gonna do?
Desde semana santa le perdí el ritmo de sentarme a escribir por culpa de una gripa que me tumbó en la cama y que me quito el ánimo de hacer cualquier cosa. Recuerdo que una noche fue un infierno, pues tuve fiebre y me la pasé en un duermevela acompañado de sueños raros, y cuando me despertaba no sabía bien quién era; supongo que la fiebre me hizo delirar.
En esos días que no escribí ni leí, pensé que quizás no debería escribir en este espacio cinco veces por semana, sino solo cuando me ocurriera algo que yo creyera digno de contar. Pero luego cambié de opinión y me dije a mí mismo: “mí mismo puede que haya días que no escriba, pero igual va a tratar de seguir haciéndolo con la misma periodicidad y bajo la misma premisa de siempre: contar lo que sea.
Dicho esto, hoy también pensé en no venir por acá, pero escribir siempre será terapéutico, por ese heme aquí tratando de imprimirle algo de sentido a estas palabras.
Decidí hacerlo, hablo de sentarme a escribir, hace un momento cuando me llegó la siguiente letra a mi cabeza:
Whatcha gonna do?
Time's caught up with you
Now you wait your turn
You know there's no return
Tenía claro que era una canción de Balck Sabbath, pero no recordaba su título, así que la busqué en Google y me acordé de que era Hand of Doom del albúm Paranoid.
La dos primeras líneas Whatcha gonna do? Time's caught up with you, me hicieron pensar que no hay tiempo para nada, que la vida es un segundo y luego estamos muertos. Por eso no hay excusa para dejar de hacer lo que a uno le gusta.
Luego de escuchar esa canción, puse The Wizard y ahora escucho, en mi humilde opinión, el mejor albúm de Black Sabbath: Master of Reality.
En esos días que no escribí ni leí, pensé que quizás no debería escribir en este espacio cinco veces por semana, sino solo cuando me ocurriera algo que yo creyera digno de contar. Pero luego cambié de opinión y me dije a mí mismo: “mí mismo puede que haya días que no escriba, pero igual va a tratar de seguir haciéndolo con la misma periodicidad y bajo la misma premisa de siempre: contar lo que sea.
Dicho esto, hoy también pensé en no venir por acá, pero escribir siempre será terapéutico, por ese heme aquí tratando de imprimirle algo de sentido a estas palabras.
Decidí hacerlo, hablo de sentarme a escribir, hace un momento cuando me llegó la siguiente letra a mi cabeza:
Whatcha gonna do?
Time's caught up with you
Now you wait your turn
You know there's no return
Tenía claro que era una canción de Balck Sabbath, pero no recordaba su título, así que la busqué en Google y me acordé de que era Hand of Doom del albúm Paranoid.
La dos primeras líneas Whatcha gonna do? Time's caught up with you, me hicieron pensar que no hay tiempo para nada, que la vida es un segundo y luego estamos muertos. Por eso no hay excusa para dejar de hacer lo que a uno le gusta.
Luego de escuchar esa canción, puse The Wizard y ahora escucho, en mi humilde opinión, el mejor albúm de Black Sabbath: Master of Reality.
martes, 18 de abril de 2023
El amor de mi vida
Hace unos días estaba decidiendo que novela leer y me topé con este libro de Rosa Montero. No es una novela, sino un texto en el que habla sobre su amor por la lectura y cómo prefiere esa actividad sobre la escritura.
Cada capítulo habla sobre una novela que la marco por algún motivo, pero lo que me ha gustado es que muchas no son los grandes clásicos, sino novelas de las que uno nunca se enteraría de su existencia si no es por este tipo de libros.
Me gusta leer a escritores que escriben sobre otros escritores. Imagino que eso se debe a que siempre ando en búsqueda de recomendaciones de libros, así tenga muchos en cola de lectura. Ese, creo, es otro deporte de las personas a las que les gusta leer, anotar o intentar grabarse en la cabeza cuanto título nuevo les llame la atención.
Recuerdo que en pleno auge de la pandemia asistí a una charla virtual que trataba sobre Borges, su obra y detalles de su vida. El escritor que la daba contó, por ejemplo, que en sus últimos años de vida estaba casi ciego, y como no podía leer bien, una vez se aprendió de memoría un discurso que debía dar. A mí me gusta conocer ese tipo datos curiosos sobre los escritores y así lo mencioné en un grupo de WhatsApp en el que hay algunos extranjeros. Una mujer inglesa me dijo de frente que le parecían una perdedera de tiempo esas charlas en las que un escritor habla sobre otro.
A mí me parecen todo lo contrario y siempre estoy dispuesto a escuchar historias sobre escritores. Esa señora siempre me pareció extraña porque en los Hay Festival, por ejemplo, prefiere ir a charlas de académicos y políticos, en vez de escritores de literatura, pero bueno, cada quien con sus gustos ¿acaso no?
Me gusta leer a escritores que escriben sobre otros escritores. Imagino que eso se debe a que siempre ando en búsqueda de recomendaciones de libros, así tenga muchos en cola de lectura. Ese, creo, es otro deporte de las personas a las que les gusta leer, anotar o intentar grabarse en la cabeza cuanto título nuevo les llame la atención.
Recuerdo que en pleno auge de la pandemia asistí a una charla virtual que trataba sobre Borges, su obra y detalles de su vida. El escritor que la daba contó, por ejemplo, que en sus últimos años de vida estaba casi ciego, y como no podía leer bien, una vez se aprendió de memoría un discurso que debía dar. A mí me gusta conocer ese tipo datos curiosos sobre los escritores y así lo mencioné en un grupo de WhatsApp en el que hay algunos extranjeros. Una mujer inglesa me dijo de frente que le parecían una perdedera de tiempo esas charlas en las que un escritor habla sobre otro.
A mí me parecen todo lo contrario y siempre estoy dispuesto a escuchar historias sobre escritores. Esa señora siempre me pareció extraña porque en los Hay Festival, por ejemplo, prefiere ir a charlas de académicos y políticos, en vez de escritores de literatura, pero bueno, cada quien con sus gustos ¿acaso no?
jueves, 13 de abril de 2023
Temporadas
Al finalizar la tarde me senté a escribir algo y no me salió nada. Me quedé viendo como titilaba el cursor, pero ni media palabra abandonó mis manos. Al final me aburrí y pensé: “pues de malas, hoy tampoco escribo”.
No recuerdo que hice apenas me puse de pie, pero si es así fue porque no fue nada decisivo, nada como para decir: “uff que bien aprovecho mi tiempo". Lo más probable es que me haya puesto a farolear por ahí y en medio de ese hacer nada, enredé mi cabeza en fantasías de poca monta.
Llevo una buena racha de días sin escribir. Experimento, imagino, una temporada de no-escritura. No le veo nada malo a eso, o bueno sí, pues como dice Millás, cuando se deja de escribir algo se desbarajusta en el mundo; el hecho es que no me quiero forzar, porque termino escribiendo textos sonsos que no disfruto para nada.
Así me pasó hace un rato, pues después del fracaso de la sesión de no-escritura previa, decidí volver a la carga y escribí un pequeño texto de ficción, pero cuando lo leí por primera vez, sentí que estaba lleno de gritas narrativas. Igual ahí lo dejé, a ver si algún día tengo ánimo de retomarlo, de imprimirlo y quemarlo o de lo que sea.
Borrar y quemar, desaparecer. A veces esa es la mejor táctica y no solo para la escritura, en fin.
De pronto todo esto solo me está indicando que me olvide por un tiempo de la escritura y me concentre solo en la lectura, actividad que, no queda duda y me le paro a quién sea, supera a la escritura. Rosa Montero tiene mucha razón al decir: “Dejar de leer es la muerte instantánea. Sería como vivir en un mundo sin oxígeno”.
Vargas Llosa no se queda atrás: “Lo más importante que me ha pasado en la vida ha sido aprender a leer”.
No recuerdo que hice apenas me puse de pie, pero si es así fue porque no fue nada decisivo, nada como para decir: “uff que bien aprovecho mi tiempo". Lo más probable es que me haya puesto a farolear por ahí y en medio de ese hacer nada, enredé mi cabeza en fantasías de poca monta.
Llevo una buena racha de días sin escribir. Experimento, imagino, una temporada de no-escritura. No le veo nada malo a eso, o bueno sí, pues como dice Millás, cuando se deja de escribir algo se desbarajusta en el mundo; el hecho es que no me quiero forzar, porque termino escribiendo textos sonsos que no disfruto para nada.
Así me pasó hace un rato, pues después del fracaso de la sesión de no-escritura previa, decidí volver a la carga y escribí un pequeño texto de ficción, pero cuando lo leí por primera vez, sentí que estaba lleno de gritas narrativas. Igual ahí lo dejé, a ver si algún día tengo ánimo de retomarlo, de imprimirlo y quemarlo o de lo que sea.
Borrar y quemar, desaparecer. A veces esa es la mejor táctica y no solo para la escritura, en fin.
De pronto todo esto solo me está indicando que me olvide por un tiempo de la escritura y me concentre solo en la lectura, actividad que, no queda duda y me le paro a quién sea, supera a la escritura. Rosa Montero tiene mucha razón al decir: “Dejar de leer es la muerte instantánea. Sería como vivir en un mundo sin oxígeno”.
Vargas Llosa no se queda atrás: “Lo más importante que me ha pasado en la vida ha sido aprender a leer”.
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