“Leo, es como una enfermedad”, cuenta Agota Kristof en su libro La analfabeta.
¿Cómo no identificarse con esa frase? No hay momento del día en el que no quiera leer.
Igual que a Kristof, que a muchos. me gustar leer, y sí, a veces parece una enfermedad. Cabe anotar que a los que nos gusta hacerlo, no somos seres especiales, solo nos gusta leer y ya está, como a otros les puede gustar hacer Papás Noel con bom bom bun y papel crepé, por nombrar cualquier actividad.
Entonces fantaseo con la idea de que algún día voy a conseguir un trabajo en el que me van a pagar por leer y en el que no debo hacer nada más que decir si lo que leí me gustó o no, sin necesidad de tener que dar mi opinión concreta sobre una obra. Un trabajo que involucra lectura y tomar café en cantidades abundantes.
En este mundo en el que vivimos, e imagino que en otros, no tener opiniones sería lo mejor. Como dice Ribeyro en la Tentación al fracaso: “Me gustan las personas sobre las que no podemos formarnos una opinión, en otras palabras, las que nos obligan a renovar constantemente la opinión que tenemos de ellas; frase que no sé si aplique para la idea que quiero tratar, pero me acordé que el escritor peruano tocaba el tema de las opiniones.
Entonces leo para llenarme de historias en vez de opiniones. Igual las ultimas son muy jodidas, pues parecen tener vida propia y uno se las termina formando quiéralo o no.
Dicho esto, parece ser que el truco para que no sean tan nocivas, es aprender a dominar el fino arte de encerrarlas en la bóveda craneal, y saber morderse la lengua cuando alguna quiere salir disparada por la boca.
miércoles, 10 de mayo de 2023
lunes, 8 de mayo de 2023
¿Quién es ese hombre?
El hombre está sentado en un café de un centro comercial. El ruido que hace en el medio ambiente parece no afectarlo gracias a los audífonos que lleva puestos.
Sobre su mesa esposa una mochila descolorida, una libreta cerrada con un esfero de color azul encima, y un vaso de café que rara vez se lleva a la boca. Podría suponerse que ya se acabó la bebida, o que esta se enfrió y él perdió todo interés en tomarla. La vida, ya sabrán, es muy corta para tomar café helado. En eso estamos de acuerdo con ese hombre.
Teclea con fuerza sobre el teclado de un portátil diminuto y cuando lo hace deja de mirar la pantalla. Luego, cuando sube la vista, parta ver si no cometió algún error de digitación, lee lo que acaba de escribir, y lo hace sonreír o asentir con la cabeza. Incluso a veces gesticula con las manos como si pretendiera explicarle algo a la persona a la que va dirigido su mensaje. Entonces agacha la cabeza de nuevo, corrige algunas frases, y repite la operación de revisión.
¿Quién ese ese hombre? ¿Quién camina a nuestro lado? ¿Con quiénes nos cruzamos en el día? Seguramente son perfectos desconocidos, pero ¿cómo dimensionar cuál es su papel en la historia de la humanidad?
¿Cómo saber si ese hombre barbado y con el pelo ensortijado del que les hablé hace un momento no es un emprendedor tecnológico que va a cambiar el destino de nuestras vidas con eso a lo que se dedica?
Da un poco de angustia pensar que a cada rato nos cruzamos con personas que son como big bangs, listos a explotar para cambiar el mundo tal cual como lo conocemos.
Sobre su mesa esposa una mochila descolorida, una libreta cerrada con un esfero de color azul encima, y un vaso de café que rara vez se lleva a la boca. Podría suponerse que ya se acabó la bebida, o que esta se enfrió y él perdió todo interés en tomarla. La vida, ya sabrán, es muy corta para tomar café helado. En eso estamos de acuerdo con ese hombre.
Teclea con fuerza sobre el teclado de un portátil diminuto y cuando lo hace deja de mirar la pantalla. Luego, cuando sube la vista, parta ver si no cometió algún error de digitación, lee lo que acaba de escribir, y lo hace sonreír o asentir con la cabeza. Incluso a veces gesticula con las manos como si pretendiera explicarle algo a la persona a la que va dirigido su mensaje. Entonces agacha la cabeza de nuevo, corrige algunas frases, y repite la operación de revisión.
¿Quién ese ese hombre? ¿Quién camina a nuestro lado? ¿Con quiénes nos cruzamos en el día? Seguramente son perfectos desconocidos, pero ¿cómo dimensionar cuál es su papel en la historia de la humanidad?
¿Cómo saber si ese hombre barbado y con el pelo ensortijado del que les hablé hace un momento no es un emprendedor tecnológico que va a cambiar el destino de nuestras vidas con eso a lo que se dedica?
Da un poco de angustia pensar que a cada rato nos cruzamos con personas que son como big bangs, listos a explotar para cambiar el mundo tal cual como lo conocemos.
jueves, 4 de mayo de 2023
Speck on the ground
La traducción literal, por lo bajo viene a ser: mota en el suelo.
Esa es la frase que se me aparece en la cabeza. Irrumpe de un momento a otro con fuerza; no me suelta, hace que la repita una y otra vez: speck on the ground, speck on the ground, speck on the ground.
Pienso en motas, una ventisca ,polvo y tierra.
La digo fuerte en voz alta, y luego la susurro hasta que la encierro en mí cabeza.
¿Acaso es el subconsciente, en su papel de musa, que intenta enviarme un mensaje? No lo sé.
¿Cómo saberlo? ¿Cómo saber con certeza algo en esta vida o en cualquier otra? ¿Cómo Saber si es una filia o un miedo, que por algún estímulo externo brotó a la superficie de la conciencia?
Me inclino a pensar que es la letra de una canción, pero no logro precisar cual. Me gusta su sonoridad, por eso la repito hasta la saciedad.
Podría ser la semilla de un poema, de la letra de una canción, un ensayo o toda una novela, igual que cuando Tolkien escribió: en un agujero en el suelo vivía un hobbit, en una hoja de examen que calificaba, y ya sabemos el universo fantástico que se desmembró de esa frase.
La escribo en mi libreta de la siguiente forma: el viento levanta una mota de polvo del suelo.
Y la dejó ahí quieta, a ver si crece por si sola o me llegan más mensajes que tengan que ver con ella.
Los mantendré informados.
Esa es la frase que se me aparece en la cabeza. Irrumpe de un momento a otro con fuerza; no me suelta, hace que la repita una y otra vez: speck on the ground, speck on the ground, speck on the ground.
Pienso en motas, una ventisca ,polvo y tierra.
La digo fuerte en voz alta, y luego la susurro hasta que la encierro en mí cabeza.
¿Acaso es el subconsciente, en su papel de musa, que intenta enviarme un mensaje? No lo sé.
¿Cómo saberlo? ¿Cómo saber con certeza algo en esta vida o en cualquier otra? ¿Cómo Saber si es una filia o un miedo, que por algún estímulo externo brotó a la superficie de la conciencia?
Me inclino a pensar que es la letra de una canción, pero no logro precisar cual. Me gusta su sonoridad, por eso la repito hasta la saciedad.
Podría ser la semilla de un poema, de la letra de una canción, un ensayo o toda una novela, igual que cuando Tolkien escribió: en un agujero en el suelo vivía un hobbit, en una hoja de examen que calificaba, y ya sabemos el universo fantástico que se desmembró de esa frase.
La escribo en mi libreta de la siguiente forma: el viento levanta una mota de polvo del suelo.
Y la dejó ahí quieta, a ver si crece por si sola o me llegan más mensajes que tengan que ver con ella.
Los mantendré informados.
martes, 2 de mayo de 2023
La eterna parranda
Ese es el título de un libro de crónicas de Alberto Salcedo Ramos. Lo acabo de ver en mi biblioteca y por eso escribo esto.
Recuerdo que lo empecé a leer en un viaje de trabajo a Cartagena. Teníamos que dictar 3 capacitaciones diarias y al final del día, cuando yo lo daba todo por echarme en una cama y no hacer nada, la que era mi jefe en ese entonces le daba por trabajar más.
Un día, debido a un cambio de grupos, lo teníamos libre, y como el hotel quedaba en la mitad de la nada, lejos de la ciudad, tomé un cupo de uno de los buses que salían para la ciudad vieja.
Para mi fortuna, mi jefe decidió quedarse en el hotel ese día y como ya estaba mamado de verle la mala cara todos los días quería pasar un buen rato solo.
El bus nos dejó, a mi y a otro par de personas, cerca de la Plaza de Armas, y el conductor nos dijo que a las 7 de la noche nos recogía en ese mismo lugar.
Lo primero que hice fue ubicarme, porque soy muy despistado y si me iba del lugar de una, seguro después no lo encontraba. Cuando ya creí haber ajustado mi brújula interna comencé a deambular por la ciudad vieja hasta que di con un restaurante de sushi, en el que venden un rollo con tiritas de naranja encima que no he visto en ningún otro sitio.
Eso lo vine a saber después en un viaje que hice con mi hermana, pues el día del que les hablo, no sé por qué me decidí por un arroz con langostinos que al final no me convenció del todo.
Después del almuerzo ya tenía cuadrada el resto de mi tiempo libre: meterme a un café y leer el libro de Salcedo Ramos, que no había podido tocar en todo el viaje, debido a las largas jornadas de trabajo.
Luego de caminar un par de cuadras encontré uno, pedí un capuchino con una porción de torta de zanahoría y me puse a leer como si el mundo se fuera a acabar, concentrado, con furía, o bien, con furia concentrada, si me entienden.
En medio de mi lectura cayó un pequeño diluvio universal, y el agua se estanco en las calles, pero el sol de la tarde la evaporó en menos de media hora.
Cuando faltaba una hora para tomar el bus, comencé a caminar hacia la Plaza de Armas por si de pronto olvidaba el camino y necesitaba tiempo para ubicarme, pero llegué sin inconvenientes, con más de 40 minutos de sobra, así que busqué otro café, pedí un jugo de piña con mucho hielo y me dediqué al fino arte de ver pasar la gente.
Recuerdo que lo empecé a leer en un viaje de trabajo a Cartagena. Teníamos que dictar 3 capacitaciones diarias y al final del día, cuando yo lo daba todo por echarme en una cama y no hacer nada, la que era mi jefe en ese entonces le daba por trabajar más.
Un día, debido a un cambio de grupos, lo teníamos libre, y como el hotel quedaba en la mitad de la nada, lejos de la ciudad, tomé un cupo de uno de los buses que salían para la ciudad vieja.
Para mi fortuna, mi jefe decidió quedarse en el hotel ese día y como ya estaba mamado de verle la mala cara todos los días quería pasar un buen rato solo.
El bus nos dejó, a mi y a otro par de personas, cerca de la Plaza de Armas, y el conductor nos dijo que a las 7 de la noche nos recogía en ese mismo lugar.
Lo primero que hice fue ubicarme, porque soy muy despistado y si me iba del lugar de una, seguro después no lo encontraba. Cuando ya creí haber ajustado mi brújula interna comencé a deambular por la ciudad vieja hasta que di con un restaurante de sushi, en el que venden un rollo con tiritas de naranja encima que no he visto en ningún otro sitio.
Eso lo vine a saber después en un viaje que hice con mi hermana, pues el día del que les hablo, no sé por qué me decidí por un arroz con langostinos que al final no me convenció del todo.
Después del almuerzo ya tenía cuadrada el resto de mi tiempo libre: meterme a un café y leer el libro de Salcedo Ramos, que no había podido tocar en todo el viaje, debido a las largas jornadas de trabajo.
Luego de caminar un par de cuadras encontré uno, pedí un capuchino con una porción de torta de zanahoría y me puse a leer como si el mundo se fuera a acabar, concentrado, con furía, o bien, con furia concentrada, si me entienden.
En medio de mi lectura cayó un pequeño diluvio universal, y el agua se estanco en las calles, pero el sol de la tarde la evaporó en menos de media hora.
Cuando faltaba una hora para tomar el bus, comencé a caminar hacia la Plaza de Armas por si de pronto olvidaba el camino y necesitaba tiempo para ubicarme, pero llegué sin inconvenientes, con más de 40 minutos de sobra, así que busqué otro café, pedí un jugo de piña con mucho hielo y me dediqué al fino arte de ver pasar la gente.
viernes, 28 de abril de 2023
Operación precisa
Quedo de verme con A. a las 10:30 a. m. Me envía un mensaje y me dice que no alcanza, que mejor a las 11. Le respondo que no hay problema y antes mejor porque ya me veía llegando tarde.
Finalmente nos encontramos a las 11:30 y no se puede demorar porque tiene que recoger a su hijo dentro de una hora, pero igual charlamos un rato y, me parece, tenemos una conversación productiva a pesar de su corta duración.
Cuando nos despedimos me pregunto: ¿Y ahora qué?
Comienzo a deambular sin rumbo alguno y un vacío en el estómago me recuerda que ya es la hora del almuerzo. ¿Pero solo?, y pues sí, qué carajos, no entiendo bien porque andar solos está tan satanizado.
Me doy cuenta de que estoy cerca de ese restaurante mexicano que tanto me gusta y comienzo a caminar hacia el lugar. Antes de llegar ya sé que voy a pedir: 3 taquitos, 1 al pastor, 2 de camaron con salsa chipotle y una ginger con hielo y rodajas de limón.
Ya en el lugar de todas formas vuelvo a mirar la carta y me entero de que lo tacos de camarón también llevan piña. Que buen dato, le podría echar piña sin problema alguno a todo lo que me como.
Cuando mi pedido llega a la mesa, el mesero también trae una botella de salsa picante. La etiqueta dice: Del primo, salsa habanera roja, y a esa frase la acompaña un dibujo de un hombre con bigotes largos, sombrero y chiles rojos y verdes a su alrededor.
Es ahí cuando debo efectuar una operación precisa, pues quiero echarle salsa a los tacos, pero solo unos punticos porque se ve demasiado picante, entonces le quito la tapa y la inclino lentamente para derramar la cantidad exacta.
Muerdo el primero, me pico lo justo, y determino que la operación fue un éxito.
Finalmente nos encontramos a las 11:30 y no se puede demorar porque tiene que recoger a su hijo dentro de una hora, pero igual charlamos un rato y, me parece, tenemos una conversación productiva a pesar de su corta duración.
Cuando nos despedimos me pregunto: ¿Y ahora qué?
Comienzo a deambular sin rumbo alguno y un vacío en el estómago me recuerda que ya es la hora del almuerzo. ¿Pero solo?, y pues sí, qué carajos, no entiendo bien porque andar solos está tan satanizado.
Me doy cuenta de que estoy cerca de ese restaurante mexicano que tanto me gusta y comienzo a caminar hacia el lugar. Antes de llegar ya sé que voy a pedir: 3 taquitos, 1 al pastor, 2 de camaron con salsa chipotle y una ginger con hielo y rodajas de limón.
Ya en el lugar de todas formas vuelvo a mirar la carta y me entero de que lo tacos de camarón también llevan piña. Que buen dato, le podría echar piña sin problema alguno a todo lo que me como.
Cuando mi pedido llega a la mesa, el mesero también trae una botella de salsa picante. La etiqueta dice: Del primo, salsa habanera roja, y a esa frase la acompaña un dibujo de un hombre con bigotes largos, sombrero y chiles rojos y verdes a su alrededor.
Es ahí cuando debo efectuar una operación precisa, pues quiero echarle salsa a los tacos, pero solo unos punticos porque se ve demasiado picante, entonces le quito la tapa y la inclino lentamente para derramar la cantidad exacta.
Muerdo el primero, me pico lo justo, y determino que la operación fue un éxito.
jueves, 27 de abril de 2023
4:13 a. m.
Algo me despierta. Abro los ojos y el cuarto está completamente a oscuras. Como casi no hay ruido alcanzo a escuchar mi respiración. Le presto atención por un instante hasta que un carro que, parece, va a toda velocidad, pasa por una de las calles cercanas.
Menos mal que no son las 3 de la mañana, la hora del diablo, pues dicen, los que saben de esas cosas, que abandonar el sueño abruptamente a esa hora, tiene que ver con actividad paranormal.
No soy del club de las 4 a.m. ni tampoco del de las 5. Pertenezco más bien al de las 7, pero tengo ganas de que me admitan en el de las 10:00 o 10:30, pero en ese grupo deben estar personas del estilo de Paris Hilton, sin mayores preocupaciones que dedicarse a tener billete, entonces veo complicado el ingreso.
Vida catresetentadoblequintuplehp, ¿Por qué me desperté?, me pregunto, y caigo en cuenta al instante: un dolor martilla el costado izquierdo de mi cabeza.
Acomodo las almohadas y cierro los ojos. Intento relajarme a ver si de pronto se esfuma. Lo hago por un par de minutos, pero no pasa nada.
Entonces imagino que soy un monje Zen, Shaolin, Capuchino, monje al fin y al cabo, y tomo consciencia de mi respiración, de como entra el aire frío y luego sale caliente.
Intento entrar en un estado profundo de meditación, pero tampoco pasa nada. El dolor de cabeza sigue ahí, como si nada e incluso es más intenso.
Como ninguno de mis métodos de relajación funciona, me pongo de pie derrotado, me zampo una pastilla y mojo un pañuelo para ponérmelo en la frente. Me gustaría ser como una amiga que no consume medicamentos, porque dice que el cuerpo es capaz de aliviar el dolor por sí solo, a punta de concentración, meditación o quién sabe qué. Yo no soy tan valiente y si debo tomar una pastilla para tratar alguna dolencia bienvenida sea con los efectos secundarios que traiga.
Prendo el televisor, pero la luz me molesta y lo apago de inmediato. Cierro los ojos de nuevo y al final la relajación surte efecto. El dolor comienza a esfumarse al tiempo que me voy quedando dormido.
Menos mal que no son las 3 de la mañana, la hora del diablo, pues dicen, los que saben de esas cosas, que abandonar el sueño abruptamente a esa hora, tiene que ver con actividad paranormal.
No soy del club de las 4 a.m. ni tampoco del de las 5. Pertenezco más bien al de las 7, pero tengo ganas de que me admitan en el de las 10:00 o 10:30, pero en ese grupo deben estar personas del estilo de Paris Hilton, sin mayores preocupaciones que dedicarse a tener billete, entonces veo complicado el ingreso.
Vida catresetentadoblequintuplehp, ¿Por qué me desperté?, me pregunto, y caigo en cuenta al instante: un dolor martilla el costado izquierdo de mi cabeza.
Acomodo las almohadas y cierro los ojos. Intento relajarme a ver si de pronto se esfuma. Lo hago por un par de minutos, pero no pasa nada.
Entonces imagino que soy un monje Zen, Shaolin, Capuchino, monje al fin y al cabo, y tomo consciencia de mi respiración, de como entra el aire frío y luego sale caliente.
Intento entrar en un estado profundo de meditación, pero tampoco pasa nada. El dolor de cabeza sigue ahí, como si nada e incluso es más intenso.
Como ninguno de mis métodos de relajación funciona, me pongo de pie derrotado, me zampo una pastilla y mojo un pañuelo para ponérmelo en la frente. Me gustaría ser como una amiga que no consume medicamentos, porque dice que el cuerpo es capaz de aliviar el dolor por sí solo, a punta de concentración, meditación o quién sabe qué. Yo no soy tan valiente y si debo tomar una pastilla para tratar alguna dolencia bienvenida sea con los efectos secundarios que traiga.
Prendo el televisor, pero la luz me molesta y lo apago de inmediato. Cierro los ojos de nuevo y al final la relajación surte efecto. El dolor comienza a esfumarse al tiempo que me voy quedando dormido.
miércoles, 26 de abril de 2023
¿Qué me pasa?
No sé qué me pasa. Llevo como quince minutos mirando la pantalla sin hacer ni el más mínimo amague de escribir. Estoy estancado por completo. La verdad tengo más ganas de levantarme del escritorio y echarme en la cama a mirar pal techo, que ponerme a escribir algo. ¿Qué por qué lo hago entonces? No sé de pronto es masoquismo puro o, como dicen hoy en día, porque la escritura es terapéutica.
Ahora que me viene ese término a la mente y aprovechando que mi cerebro está lento, pues hablemos de eso. Además, hoy esto en modo opinionador y no en modo contar historias. Lo sé, un asco total, pero es lo que hay querido lector. A veces hay que conformarse con lo que hay y dejarse llevar por la corriente y ya está, ser como la hoja de un árbol que el viento arrastra para donde le dé la gana. No resistirse a nada.
¿Pero si ven? Ya me desvié del tema que me había encontrado, el de escritura terapéutica. El punto, bueno el mío por lo menos, no sé si alguien lo comparta, de pronto soy yo solo contra el mundo, pero bueno, como dicen por ahí: terco pero decidido.
El punto del que no hablé en el párrafo pasado, es que no tengo nada contra de la escritura terapéutica, pero su nombre me parece redundante. Casi toda la escritura es terapéutica, a menos de que uno escriba manuales de electrodomésticos o algo por el estilo.
Estas palabras, por ejemplo, sin ton ni son, ya sacudieron un poco mi estado aletargado. No digo que del todo, pero de algo han servido, porque, ya sabemos, escribir es terapéutico.
Ahora me voy a echar en la cama.
Hasta luego.
Ahora que me viene ese término a la mente y aprovechando que mi cerebro está lento, pues hablemos de eso. Además, hoy esto en modo opinionador y no en modo contar historias. Lo sé, un asco total, pero es lo que hay querido lector. A veces hay que conformarse con lo que hay y dejarse llevar por la corriente y ya está, ser como la hoja de un árbol que el viento arrastra para donde le dé la gana. No resistirse a nada.
¿Pero si ven? Ya me desvié del tema que me había encontrado, el de escritura terapéutica. El punto, bueno el mío por lo menos, no sé si alguien lo comparta, de pronto soy yo solo contra el mundo, pero bueno, como dicen por ahí: terco pero decidido.
El punto del que no hablé en el párrafo pasado, es que no tengo nada contra de la escritura terapéutica, pero su nombre me parece redundante. Casi toda la escritura es terapéutica, a menos de que uno escriba manuales de electrodomésticos o algo por el estilo.
Estas palabras, por ejemplo, sin ton ni son, ya sacudieron un poco mi estado aletargado. No digo que del todo, pero de algo han servido, porque, ya sabemos, escribir es terapéutico.
Ahora me voy a echar en la cama.
Hasta luego.
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