La compulsión con la que anoto libros que me llaman la atención supera exponencialmente la velocidad a la que los leo.
Vuelve y juega: no hay vida que alcance para tanto libro.
Hace unas semanas me suscribí a un par de newsletters que hablan sobre libros y la lista de los que quiero leer aumenta día tras día.
Hoy, por ejemplo, me enteré de la existencia de Gato encerrado, un libro de crónicas, entrevistas y diversos escritos que publicó el escritor peruano Fernando Ampuero en distintos medios.
Me gustan ese tipo de libros que recopilan escritos de diferentes épocas. De pronto es porque guardan cierta similitud con los diarios y porque leer la cotidianidad de la vida de alguien me llama la atención.
La persona que escribió el correo contaba que en un momento de su vida trabajó en un periódico en el turno de la noche, de 5 de la tarde a la 1 de la madrugada. Decía que después de las 8 de la noche le quedaba mucho tiempo para leer. Cuenta que cuando Gato Encerrado cayó en sus manos, pensó que había dado con el santo grial del periodismo; pues era un estilo con el que no se había encontrado antes.
Luego el texto vuelve al presente y comenta que vivimos en una época en la que los jóvenes no leen y que cuando lo hacen no leen lo que deben. Dice que ese libro debería estar de primero en su lista de lecturas pendientes u obligatorias.
Dizque lecturas obligatorias, hágame el berraco favor.
No puedo con esa superioridad moral de algunos lectores empedernidos. Que cada quien lea lo que se le dé la gana y ya está, ¿acaso no? A mí me gustaría que muchas personas leyeran los Articuentos Completos de Millás, pero si no quieren hacerlo y prefieren leer Condorito o las saga de Crepúsculo pues que lo hagan. ¿Quién soy yo para decirles qué deben leer?
Para mí, e imagino que para muchos, no leer sería la muerte en vida, pero leer tampoco tiene nada de especial, es un placer y ya está. Dejen de considerarse especiales porque les gusta hacerlo.
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sábado, 21 de octubre de 2023
domingo, 8 de octubre de 2023
Ayer, día
Ayer fue un día.
Ayer fue día
Día.
¿Malo, bueno?
Podría decir que lo primero, pero también lo segundo. Los absolutos, creo, no existen.
A eso de las 9 de la mañana me propuse dibujar para el reto de inktober. El tema era goteo, así que seleccioné unas fotos de ojos llorosos, y cuando me decidí por una, mis trazos fallaban una y otra vez.
Hacía medio día me comenzó un dolor de cabeza en el costado derecho y a los pocos minutos se intensificó. ¿Solución? Almuerzo, pastilla y echarme a dormir. Sentía sueño y pensé que una siesta era lo que necesitaba para reponerme del malestar.
Pasé unos 20 minutos tumbado en la cama y el sueño no aparecía, así que me levanté y di un par de vueltas por la casa con una nube de mal genio encima de mi cabeza.
Luego volví al cuarto a obligarme a dormir. Lo logré, pero fue un sueño intranquilo, una especie de duermevela que no me dejo salir de la frontera que separa el territorio del sueño y la vigilia. Pisé la realidad a eso de las 7:30. El dolor de cabeza se había esfumado por completo y pensé de nuevo en el dibujo. Putos ojos que no logré dibujar. Me levanté directo a mi escritorio para comenzar un nuevo dibujo.
Necesitaba aislarme, así que me puse los audífonos, mientras decidía qué canción iba a escuchar. De ese lugar extraño de donde provienen las ideas y los recuerdos, se me aparecieron dos palabras en inglés: Virtual Insanity. Sí, Jamiroquai era justo lo que necesitaba escuchar en es momento, pero como la sesión de dibujo se iba a alargar, necesitaba más de una canción para ella, entonces puse el Travelling Without Moving. ¿Qué mejor que escuchar ese disco mientras se dibuja? Dibujar, pienso, es viajar bien adentro sin desplazarse, ¿acaso no?. Cuando se acabó ese disco busqué el Amorica de los Black Crowes, mi preferido de esa banda.
Terminé el dibujo a las 9:30, justo cuando el estómago me reclamaba algo de comida. Fui a la cocina, caliente una almojábana con bocadillo por dentro, y me serví agua con dos cubos de hielo.
Volví a mi escritorio a las 10 para echarle tinta al dibujo y difuminar distintos tonos de negro. En ese proceso ya no puse más música, pues me pareció suficiente el silencio de la noche.
Terminé a eso de las 12:30 a.m. y como no tenía sueño y llevaba un par de días sin leer, me metí a la cama y me zampé un capítulo de La casa de los espíritus. Son capítulos largos y siempre he dicho que prefiero los capítulos cortos, sobre todo para no dejarlos por la mitad, pero la prosa de isabel Allende es tan envolvente que no he tenido problemas con eso.
Ayer fue día
Día.
¿Malo, bueno?
Podría decir que lo primero, pero también lo segundo. Los absolutos, creo, no existen.
A eso de las 9 de la mañana me propuse dibujar para el reto de inktober. El tema era goteo, así que seleccioné unas fotos de ojos llorosos, y cuando me decidí por una, mis trazos fallaban una y otra vez.
Hacía medio día me comenzó un dolor de cabeza en el costado derecho y a los pocos minutos se intensificó. ¿Solución? Almuerzo, pastilla y echarme a dormir. Sentía sueño y pensé que una siesta era lo que necesitaba para reponerme del malestar.
Pasé unos 20 minutos tumbado en la cama y el sueño no aparecía, así que me levanté y di un par de vueltas por la casa con una nube de mal genio encima de mi cabeza.
Luego volví al cuarto a obligarme a dormir. Lo logré, pero fue un sueño intranquilo, una especie de duermevela que no me dejo salir de la frontera que separa el territorio del sueño y la vigilia. Pisé la realidad a eso de las 7:30. El dolor de cabeza se había esfumado por completo y pensé de nuevo en el dibujo. Putos ojos que no logré dibujar. Me levanté directo a mi escritorio para comenzar un nuevo dibujo.
Necesitaba aislarme, así que me puse los audífonos, mientras decidía qué canción iba a escuchar. De ese lugar extraño de donde provienen las ideas y los recuerdos, se me aparecieron dos palabras en inglés: Virtual Insanity. Sí, Jamiroquai era justo lo que necesitaba escuchar en es momento, pero como la sesión de dibujo se iba a alargar, necesitaba más de una canción para ella, entonces puse el Travelling Without Moving. ¿Qué mejor que escuchar ese disco mientras se dibuja? Dibujar, pienso, es viajar bien adentro sin desplazarse, ¿acaso no?. Cuando se acabó ese disco busqué el Amorica de los Black Crowes, mi preferido de esa banda.
Terminé el dibujo a las 9:30, justo cuando el estómago me reclamaba algo de comida. Fui a la cocina, caliente una almojábana con bocadillo por dentro, y me serví agua con dos cubos de hielo.
Volví a mi escritorio a las 10 para echarle tinta al dibujo y difuminar distintos tonos de negro. En ese proceso ya no puse más música, pues me pareció suficiente el silencio de la noche.
Terminé a eso de las 12:30 a.m. y como no tenía sueño y llevaba un par de días sin leer, me metí a la cama y me zampé un capítulo de La casa de los espíritus. Son capítulos largos y siempre he dicho que prefiero los capítulos cortos, sobre todo para no dejarlos por la mitad, pero la prosa de isabel Allende es tan envolvente que no he tenido problemas con eso.
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