martes, 1 de septiembre de 2020

A punta de golpes

Leo Confesiones de un Burgués, la biografía novelada de Sandor Márai. Llegué a ese autor luego de leer La vida a Ratos de Juan José Millás, en donde menciona los diarios de ese escritor, y algo relacionado con su suicidio cuando tenía 89 años. 

Hasta el momento me ha gustado la obra porque procura alejarse de las reflexiones y del monólogo interior, que, como también dice Millás, administrado en grandes dosis, produce en el cerebro de la trama unas lesiones irreversibles.  Márai se dedica a contar sus eventos, incluso sin muchos adornos ni figuras narrativas, algo, que, si uno se fija bien, es difícil.

“Las bofetadas formaban parte integrante de la marcha cotidiana de los días, como las oraciones o los deberes” cuenta Marai sobre la educación en esos tiempos,

Apenas leo eso, me acuerdo de una historia que mi padre siempre cuenta entre risas en medio de lo cruel.

Cuando era pequeño, debía tener 10 años, mi abuelo lo metió a estudiar a un internado, donde el pan de cada día eran los golpes. Mi padre dice que él era un buen estudiante, y que muchos estudiantes le tenían envidia porque era muy bueno en matemáticas, pero que siempre pasaba disciplina raspando.

Un día él iba caminando como si nada, procurando meterse con nadie, por uno de los pasillos del colegio y en dirección contraria venía caminando el director de la institución, un cura mala clase. Mi padre cuenta que apenas lo vio y sin mediar ni una palabra le dijo: “Ahh pero mire al señor Rodríguez, el de la guachafita” y sin ninguna razón le mandó una cachetada porque sí. Mi padre alcanzó a cubrirse y pensó: “Si me tiro al suelo, el viejo fijo me deja en paz”, pero cuál sería su sorpresa cuando el miserable ese, ni corto ni perezoso lo agarro a patadas.

lunes, 31 de agosto de 2020

La línea de la vida

Hace unos días, más o menos una semana, me desperté con picazón en la palma de la mano izquierda. Me la rasqué como si el mundo se fuera a acabar, y esa acción sería lo que evitaría tal evento. 

La rasquiña resultó ser producto de una especie de raspón, muy pequeño, justo encima de una de las líneas de la mano, pero que me ardía y a lo único que me inducía era a rascarlo. Cuando logré abandonar esa obsesión, me apliqué una crema por un par de días, hasta que la pequeña herida desapareció. 

Ahora que repaso el episodio, pienso que podría haber sido el rastro de una combustión espontánea fallida, y estoy vivo de milagro. ¿Cuántas veces habremos estado a punto de morir y no nos dimos cuenta? Ahora el raspón solo es una pequeña mancha rojiza casi imperceptible. 

No sé precisar por qué, pero a lo largo del día me examino la palma de la mano, y miro la mancha como si tuviera que revelarme algo: “¿qué será?”, me pregunto. 

Decido buscar en internet para ver cuál es el nombre de esa línea. Según la imagen que consulto resulta ser la de la vida. Lo más fácil sería pensar que el raspón corresponde a un bache en el camino, correspondiente a este año extraño que a todos nos tocó vivir, pero, la verdad, me parece una conclusión muy obvia, un lugar común fácil de trillar. 

Busco un poco más en internet, pero no encuentro ningún enlace que diga qué significa un raspón justo encima de la línea de la vida. Al final doy con un buscador de quiromantes (lectores de manos o palmistas) en el que me preguntan que tipo de lectura quiero: occidental, oriental; que si la lectura es para un niño, un adolescente o un adulto, y luego me dejan escoger, de una lista desplegable, la hora a la que quiero la consulta. Lleno todos los datos y me llamo Pedro Pérez para ese formulario. Al final me piden que registre un número de celular y escribo uno de los primeros que tuve: 310-8670709, que no sé por qué aún guardo en mi cabeza. Luego de eso, aparece un mensaje en la pantalla en el que me indican que me enviaron un código de activación. 

Vuelvo a mirar la palma de la mano, y al rato me olvido del tema.

viernes, 28 de agosto de 2020

Como los libros

Luego de hablar con Camilo, tras dos años sin verlo, Alejandra llega a una conclusión: las personas son como los libros. Su teoría no tiene nada que ver con esa frase que dice: “Las personas son como libros abiertos”, que hace referencia a aquellas que, en apariencia, no ocultan nada, y se muestran tal como son. Alejandra no cree en eso; piensa, más bien, que todos, sin importar quienes seamos, cargamos con fantasías, ideas, pensamientos, filias, lo que sea, que consideramos inconfesables. 

Lo que ella quiere decir, es que, a veces, cuando uno las comienza a leer, sus palabras y todo lo que hacen nos caen bien, entonces uno se encarreta con ellas. Con eso se refiere a cualquier tipo de relación, o bien, de encarrete: de amistad, laboral, sentimental, etc. (acudo al recurso perezoso del etc. porque, de momento, no se me ocurre otro tipo de relación que, imagino, seguro existirá, perdóneme usted, estimado lector). 

Hay otros libros que, por diferentes razones, nos caen mal, y nos entran, como se dice popularmente cuando un trago no nos sienta bien, en reversa. A esas por lo general las dejamos de leer, porque presentimos que no vamos a sacar ningún provecho de esa lectura. 

Piensa que deben existir tantos tipos de personas como libros, pero particularmente le interesan esas que uno empieza a leer con agrado, pero en algún momento se siente hastío hacia ellas. 

Entonces uno se aleja porque, como ocurre con los libros, no era el momento indicado para leerlas. Es posible que vuelvan a aparecer, y que en ese nuevo encuentro pensemos lo mismo que antes, o que nos den ganas de leerlas. 

En eso, y otros temas, piensa Alejandra, mientras mira de forma distraída por la ventana del tren que la lleva a Auxerre, “¿Qué tipos de libros leeré allá?”, se pregunta.

jueves, 27 de agosto de 2020

Pulso

“O se va el inepto de García o me voy yo”. Ese es el ultimátum que Carrillo le acaba de dar. Las palabras, que le caen como un mal bocado de comida, generan un pulso, un rifirrafe de voluntades. 

A su jefe, Carrillo le parece mucho mejor trabajador que García, y poco sabe de las diferencias que existen entre ambos. ¿Qué hacer? “¿Sería lógico echar a García, solo porque Carrillo así lo quiere?”. Concluye que no, que la actitud del segundo es un poco infantil. ¿En qué terminará todo esto?, se pregunta, al tiempo que piensa que le gustaría ser un subalterno más, no tener ningún tipo de mando, sino solo ejecutar órdenes y ya. No entiende muy bien la sed de poder que tenemos los humanos. 

Cree que si nos fijáramos bien—pocas veces lo hacemos— todo sería más sencillo, pero siempre miramos hacia donde no es, nos preocupamos por cosas sin sentido, y es ahí, desde ese punto de vista precario que ocupamos, donde surgen los malentendidos. 

Está alterado. Siente como el corazón galopa dentro de su pecho. Una corriente de aire le golpea la cabeza y la sensación se acentúa por las gotas de sudor que lleva en la frente. Si pierde su pulso se queda sin vida, y si pierde el otro pulso, el laboral, no sabe bien cuáles serán las consecuencias, pero seguro las habrá. 

No entiende por qué en su vida, todo tiene que estar envuelto en esa actitud decadente del pulso: uno con sus familiares, otro con su pareja, uno más con sus amigos, y eso sin contar los personales, los que tiene contra su yo, que son los más fuertes. 

Suena el teléfono. Lo contesta y es Carrillo. Le recuerda que ya son las 4:30, y quiere saber si ya tomó una decisión, y a él, ya no le importa perder cualquiera de los pulsos,  ¿qué más da?

miércoles, 26 de agosto de 2020

La tapa del pan

Una de mis comidas tradicionales en esta cuarentena, ha sido un perro caliente degradado, es decir un remedo de perro caliente. Me explico: En una sartén frito una salchicha con un mínimo de aceite, hablo de dos o tres gotas; pongo a tostar en el horno una tajada de pan, después le hecho cualquier salsa que me encuentre en la nevera, saco un paquete de papas, y destapo una gaseosa. Que me perdonen los dioses del Wellness y del Fitness, pero a veces me dan ganas de comer toda esa cantidad de chatarra. 

Hoy volví a comer lo mismo, y cuando abrí la bolsa del pan, solo quedaban dos tajadas, y una de ellas era la tapa. Dude, por un instante, cuál de las dos tomar, y al final me decidí por la tapa, que suele ser relegada debido, supongo, a su lado no blando. 

Que feo es eso, es decir, sentirse despreciado, diferente, que uno no encaja en el mundo. De cierta forma me solidaricé con la tapa del pan y pensé: ¡Aquí estoy para devorarte hermana!, entiendo cómo te sientes. 

¿Quién no, en cualquier momento o situación, se ha sentido un extranjero en tierra propia?, ¿quién no ha pensado que no encaja en ninguna tribu? El que diga que no, creo que miente. 

Cuando ese desprecio se presenta en grandes cantidades, va quedando grabado en algún lugar de nuestro cuerpo, digamos el subconsciente, que alberga cualquier cantidad de información oscura, indescifrable y que, pienso, es como una olla a presión que en el momento menos pensado nos hace estallar junto a ella. 

Estimado lector, la próxima vez que el destino le ponga en su camino una tapa de pan, piénselo dos veces antes de despreciarla. Recuerde que no todo lo que brilla es oro.

martes, 25 de agosto de 2020

Carta

Comienzas esta vida siendo expulsado del vientre de tu madre. No recuerdas nada sobre el episodio, pero debió haber sido traumático, ¿cierto? La vida, hasta ese momento, no había sido más que un fluido, una cosa líquida.

Tal vez esa primera experiencia traumática es la que te empuja a vivir como si todo fuera compacto, definido, y pasas el tiempo intentando solidificar tus asuntos para poder agarrarlos y que no se te escapen por entre los dedos.

Pero las cosas nunca tienen una única forma, todo experimenta una metamorfosis constante, incluso tú, nunca eres el mismo, nunca adquieres una identidad total; cambias a cada Segundo, y fluyes de aquí a allá como si nada.

¿Recuerdas esa vez que amaste con todas tus fuerzas?, ¿Cómo te hizo sentir esa persona? La vida era buena en ese momento, ¿cierto? Parecía que todo iba a durar para siempre, y es probable que le hayas dicho a esa persona que si la relación llegaba a terminar nunca la olvidarías, pues siempre ocuparía un lugar en tu corazón, que cursi suena eso ahora, ¿no?. Una vez más intentaste solidificar las cosas, en este caso, el amor.

De todas maneras, continuaste fluyendo como un río, avanzando por la vida a pesar de todas las zancadillas que suele ponerte. Llegas entonces a ese punto en el que crees que lo has comprendido todo, que cada uno de los aspectos de tu vida: una pareja, una Carrera, hijos, diplomas, reconocimiento laboral, lo que sea, cazaron como las piezas de un rompecabezas.

Y sí, parece que tienes todo bajo control, ¿cierto? Y tal vez sea así, pues ¿quién soy yo para negarlo? El problema con las cosas sólidas, llamémoslas cristalizadas, es que se pueden quebrar con facilidad en cualquier momento.

Las tienes en tus manos, pierdes el balance, y escapan de tu agarre, sin importar lo fuerte que las sujetabas, y es ahí cuando te das cuenta que, de pronto, el estado líquido no es tan malo.

No te estoy diciendo cómo debes vivir tu vida, al final tu eres el que está a cargo de ella, así que puedes cristalizar cada pequeño detalle o adoptar un estado líquido. Tal vez, no hay una única respuesta para la existencia, y todo se resume a una eterna dinámica de prueba y error.

Cordialmente.

Tu yo futuro.

lunes, 24 de agosto de 2020

Cuento, salve usted el día

Hoy, en la mañana, detecté que iba a ser uno de esos días improductivos. Luego de prepararme un café, y servirme una porción de torta de manzana, receta que he estado afinando durante la cuarentena, me senté en el computador y me puse a revisar Twitter. 

Di con un tweet de una mujer que pedía que le recomendaran un libro que le asegurara lágrimas. Puede que suene algo masoquista, pero necesitamos libros que nos sacudan, que nos hagan dudar, que nos llenen de preguntas en vez de respuestas, en fin, que nos descoloquen. 
Por eso es que Kafka decía: “Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”. 

El tweet, que captó mi atención, tuvo varias respuestas y comencé a mirar una por una, a ver si había leído algunas de las recomendaciones. Los títulos que me interesaron, los busqué en Goodreads para ver sobre qué tratan. En esas duré un buen rato. 

Luego envié un mensaje por WhatsApp, la persona a quien iba dirigido me dijo que estaba en una videoconferencia y que más tarde se comunicaba conmigo; que excusa tan poco elaborada, la verdad prefiero que no me contesten. Igual, al final nunca se comunicó conmigo. Eso me saltó el taco, pues dependo de su trabajo para hacer el mío. Ahí fue cuando cualquier rezago de concentración se fue a la porra y me dediqué exclusivamente a perderme de link en link, sin remordimiento alguno. 

Al iniciar la tarde me entró algo de angustia, pero cuando estaba cayendo en un espiral de cuestionamientos nocivos para la salud mental, o eso creo, seguro eran pendejadas a las que les estaba dando mayor importancia de la que debía; fue en ese momento que el cuento que estaba escribiendo salió al rescate y me invitó a que lo terminara. 

Temprano, en la ducha, mientras el agua golpeaba mi cabeza, se me había ocurrido estructurarlo de otra manera, para que tuviera una mejor coherencia narrativa. Lo que hice fue escribir la primera parte como un flashback del protagonista y el resto en tiempo presente. 

Terminar de escribir el cuento fue la acción que salvó, lo que bien podría haber sido un día de mierda.