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miércoles, 3 de enero de 2024

momentos en los que se tuerce la historia

Es una tarde fría y lluviosa y un hombre camina a paso apresurado hasta que alcanza la cornisa del edificio que busca. Se sacude las gotas de las solapas de su abrigo con la mano derecha y luego entra al lugar.

Le pide indicaciones a un portero sobre la oficina que busca y minutos después, cuando por fin la encuentra, la secretaria de la academia de artes de Viena le pregunta: Wie heissen Sie? (¿Cuál es su nombre?)

El hombre que está a punto de responder es pequeño y lleva un bigote cómico como de personaje de caricatura.

“Adolf Hitler”, responde.

La mujer toma un libro gordo y lo mueve con dificultad hasta ponerlo encima de su escritorio. Luego busca los apellidos que empiezan por la H y desliza su dedo por ellos: Haas, Heinrichs, Herrmann, Höfler, Hoover, Hidmann, Hiebaum, Hildmann, hasta que por fin llega a Hitler. Luego busca uno al que lo acompañe el nombre Adolf y desliza su dedo hacia la derecha, sobre una columna titulada “admitido”. La casilla tiene la palabra “Nein”.

Le da la noticia y complementa la información con una frase de consuelo vacía: “puede volver a intentarlo el año que viene.”, pero eso ya se lo habían dicho la primera vez que se presentó en 1907 y este, 1908, es ese año que viene que le habían dicho.

Warum? (¿por qué?) se pregunta el joven Hitler. Nadie se lo dice, pero la razón es que como pintor no es original ni creativo.

Aprieta los puños y no dice nada. La rabia lo consume lentamente, da media vuelta y deja el lugar.

Un par de años más tarde, en 1914, estalla la Primera Guerra Mundial y Hitler cae en las garras del ejército. Eso sí, nunca abandona la pintura, ni siquiera en tiempos de guerra, e incluso carga su caballete y utensilios al frente de combate.

miércoles, 20 de diciembre de 2023

Exponer las vísceras

Desde hace un tiempo no me siento del todo a gusto con lo que escribo aquí, aunque eso no se debe a su calidad, es decir, no me importa que sean textos pésimos, malos o excelentes. Como dice Rosa Montero, independiente de su calidad, la escritura es un esqueleto exógeno que nos mantiene en pie.

A lo que voy es que a veces siento que mucho de lo que cuento es superficial, es decir, muy pandito o a medias tintas, y se me ocurre pensar que quizás escribir debería ser todo lo contrario, un acto visceral, si es que el término aplica, en el que se deja todo en la página y cuyo fin último debe ser vomitar palabras sin importar lo crudas o retorcidas que sean.

Puede que eso tenga que ver con lo que hablan muchos escritores acerca de que escribir tiene tiene que ver más con el subconsciente, con esos deseos profundos y retorcidos que todos llevamos por dentro.

Me pregunto si será falta de vivir más, de ir tan a lo seguro en la vida, en vez de tropezar en o con ella casi de forma deliberada, para contar con más material narrativo, o de abrazar la oscuridad que se lleva, que no es poca, y narrarla con desparpajo.

El punto es que hay que tener cuidado con la aguas mansas de la vida, con esa supuesta apariencia de tranquilidad que a veces nos envuelve, pues bien decía Sylvia Plath: “Me preocupa que la felicidad me vuelva perezosa (para la escritura)” y también lo sentenciaron los Beatles: Hapiness is a warm gun.

Según Mario Mendoza a veces se vive poco y se especula más de lo necesario, y un escritor sin vivencias puede ser peligroso no solo para él, sino también para los demás.

La clave, creo, de la escritura, está en no dejar de practicarla pues, como dicen por ahí, es como un músculo que se debe ejercitar de forma constante. De pronto, con algo de suerte, en medio de ese ejercicio, aparecen esas palabras con visos de verdad, que estaban tan enquistadas allá, en ese lugar donde el cuerpo las guarda, y todo cobra sentido.

Escribir, entonces, como muchas cosas en la vida, no es más que un ejercicio de prueba y error, más lo segundo que lo primero, pues como ya lo he dicho, somos más nudo que desenlace.