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jueves, 4 de enero de 2024

Escritos perdidos

Una vez me quedé donde mi hermana y me dieron unas ganas, casi incontenibles, de escribir una idea que estaba a punto de salirse de mi cabeza. Esos momentos, que son escasos, no se deben dejar pasar.

El texto que salió era una especie de cuento corto en el que intentaba hacer sentir al lector como un personaje más del mismo. Entonces, usted, querido lector, estaba sentado en la barra de un bar y el narrador contaba un suceso mientras hacía referencia a esa persona, que estaba perdida en sus pensamientos y que que bebía un líquido de color azul de un vaso con gotas que escurrían por su superficie a causa del hielo.

Al final el personaje de la barra, se volvía en un personaje protagónico, o más bien siempre lo había sido, pero al principio intenté dejarlo en un segundo plano.

Recuerdo que por momentos, pocos la verdad, lograba el efecto que quería, pero en otros se perdía. Esa tarde edité y edité el texto hasta el cansancio y cuando ya no sabía que más agregarle o quitarle, decidí dejarlo descansar. A veces esa es la única solución, dejar añejar los textos y ver si con eso mejoran o se puede tomar algo de distancia para apreciarlos mejor.

Hace poco, de nuevo donde mi hermana, le pedí que me dejara revisar el computador a ver si encontraba ese escrito, pero no apareció por ningún lado. Me pregunto qué habrá pasado con esa historia del hombre en la barra.

viernes, 22 de diciembre de 2023

La abuelita

Nunca fui muy cercano a mis abuelas. La paterna vivía muy lejos y la visitábamos con muy poca frecuencia, y mi relación con la materna, Inés, no pasaba del pico en la mejilla para el saludo y la despedida.

Recuerdo a la abuelita, porque leo una novela en la que una abuela es un personaje importante, y el narrador la llama así: abuelita.

Cuando era pequeño, mi abuelita vivía en una casa de dos pisos inmensa que parecía tener cientos de cuartos. Ella ocupaba el segundo piso con dos de mis tías, y el primero lo arrendaba a una familia o familias que siempre me causaron curiosidad, pero nunca supe quiénes eran. Me resultaba extraño que dos familias que no tenían nada que ver, vivieran en un mismo lugar.

De esa casa recuerdo que el piso de la sala y el comedor era de madera y a mí me gustaba deslizarme por él cuando lo encerraban, hasta que mi madre o alguna de mis tías me regañaba para que dejara de hacerlo. Al fondo había un radio viejo y gigante, que nunca funcionó o que nunca prendían.

Años más tarde a la abuelita, una mujer menuda y arrugada como una pasa, que caminaba como dando pasitos de pingüino, le comenzó a fallar la visión. A pesar de que la mejor opción para su edad eran unas gafas, por pura vanidad se negó a utilizarlas y se obligó a utilizar lentes de contacto.

También recuerdo el ritual que tenía para ponerselos: extendía un pañuelo blanco sobre la cama y con una parsimonia que parecía tomar 100 años, se arrodillaba para ponerselos. Aunque siempre procuraba hacerlo con cuidado, muchas veces algún lente se perdía y mi madre y mis tías terminaban todas en cuatro patas buscándolo. Hoy supe que una vez sintió una molestía cuando se puso uno, y la solución que encontró fue limarlo.

A la abuelita también le diagnosticaron diabetes y mis tías cuidaban mucho su alimentación. A veces se metía a la cocina y salía con un aire distraído con las manos debajo de sus sobacos. “Mamá, ¿qué lleva ahí?”, le preguntaban mis tías. “Nada”, respondía ella. A veces la dejaban en paz, pero si repetía esa conducta mucho la requisaban, porque lo más probable era que debajo de un brazo llevara un pan y del otro un bocadillo.

Los últimos años de su vida fueron tristes, porque una trombosis la dejo en coma y tendida en una cama por 4 años. Me aterra pensar que sentía, si es que sentía algo en esa época. Porque aunque no tenía como comunicarse, sus ojos, negros y profundos, seguían a las personas por la habitación.

“Escuché los pasos de la abuelita, nerviosa y esperanzada como
un ratoncillo, husmeando el prohibido mundo de la cocina”
- Nada -