Hoy, parece, no tengo mucho por contar.
Es lunes, día lento, de prender motores, y en los que me cuestiono por qué no soy millonario.
Acompaño a alguien a una misa funeraria. Solo un decir, porque no entro. No me gustan esos espacios, es decir, no le veo sentido a todos esos rituales para los muertos, pero bueno aquí me podría quedar dándoles mis razones u opiniones sobre el tema y pues eso sirve de muy poco o de nada, es decir es solo mi punto de vista y ya está, y como ya lo he dicho antes, no existen cosas buenas o malas, sino solo los puntos de vista. No debería repetir punto de vista tan seguido, pero es que las palabras no me salen, disculpen ustedes.
Por eso redacto estas palabras a las patadas, o más bien a las manadas, es decir, sin importar lo que salga; solo para mirar si al descargar unas cuantas, se me organizan ciertas ideas que andan por ahí flotando en mi cabeza.
Pues bien, les decía que fui a una misa de un funeral, pero no entré a ella, me fui a leer a un café, mientras esperaba a la persona que acompañé. Pedí un capuchino y pregunté si tenían algo pequeño de dulce para picar. “Si, galletas”, me dijo la mesera y me contó que tenía de dos tipos: una con un punto de mermelada roja en el centro y otras de avena. “Vienen dos en un mismo paquete”, me dijo, y yo que estaba ahí, pero quién sabe donde tenía a la mente, le pregunte “¿Dos qué? “Dos galletas de avena”.
Sl final me decidí por esas, pero fallé por completo pues estaban insípidas como un berraco. Además de eso el capuchino estaba muy claro, más bien tirando a leche con espuma, pero bueno, me lo tomé y me zampé las galletas con sabor a nada a modo de castigo por escoger el local que no era.
Prendí el Kindle y continué con la lectura de Violeta de Isabel Allende. Es el segundo libro que leo de ella y es demasiado tesa para narrar. Además, el libro tiene un estilo epistolar(una abuela le narra a su nieto la historia de su familia por medio de una carta extensa, digamos que una carta-novela.
Como ya me falta poco para acabarlo los personajes del principio del libro van muriendo, y hay unas escenas tristísimas.
De pronto reparé en eso porque estaba con el tema de la funeraria en la cabeza y con el de la muerte en un segundo plano.
¿Qué puedo concluir de todo esto? Ninguna reflexión profunda, solo que lean a Isabel Allende. Es muy buena en su oficio de escritora, de esas personas que nacen con el don de narrar hasta una lista de mercado.
lunes, 3 de abril de 2023
jueves, 30 de marzo de 2023
Ir a cine solo
No me disgusta hacer planes solo y a veces uno de ellos es ir a cine.
En las ocasiones que lo he hecho es porque no he conseguido con quien ir y tenía muchas ganas de ver la película. Me acuerdo de que así fue con: World War Z, Ted, Whiplash y Tolkien; esta última fue la única que me propuse ir con nadie, por mi terrible adicción a ese escritor y porque quería disfrutarla de esa forma.
Recuerdo que mi hermana tuvo un jefe que conoció a su esposa de esa manera. Un día fue a cine solo, y la mujer que se sentó a su lado andaba en el mismo plan, se conocieron, se ennoviaron y se casaron. No hay otra cosa que pensar que estaban destinados a encontrarse. Lo que me pregunto es cómo habrán hecho: ¿Entablaron conversación antes de comenzar la película? ¿Alguno hizo un comentario suelto y el otro le respondió? Me gustaría conocer al detalle esa historia, para intentar descifrar los mecanismos del destino.
Por mi parte nunca me ha tocado sentarme al lado de una mujer que va sola. Solo en una ocasión vi a una, pero se sentó lejos en otra fila.
Pero ya ven, no dejen de hacer planes solos, aunque crean que está mal visto o que los pueden tildar de raros.
En las ocasiones que lo he hecho es porque no he conseguido con quien ir y tenía muchas ganas de ver la película. Me acuerdo de que así fue con: World War Z, Ted, Whiplash y Tolkien; esta última fue la única que me propuse ir con nadie, por mi terrible adicción a ese escritor y porque quería disfrutarla de esa forma.
Recuerdo que mi hermana tuvo un jefe que conoció a su esposa de esa manera. Un día fue a cine solo, y la mujer que se sentó a su lado andaba en el mismo plan, se conocieron, se ennoviaron y se casaron. No hay otra cosa que pensar que estaban destinados a encontrarse. Lo que me pregunto es cómo habrán hecho: ¿Entablaron conversación antes de comenzar la película? ¿Alguno hizo un comentario suelto y el otro le respondió? Me gustaría conocer al detalle esa historia, para intentar descifrar los mecanismos del destino.
Por mi parte nunca me ha tocado sentarme al lado de una mujer que va sola. Solo en una ocasión vi a una, pero se sentó lejos en otra fila.
Pero ya ven, no dejen de hacer planes solos, aunque crean que está mal visto o que los pueden tildar de raros.
“Loneliness feels like such a shameful experience, so counter
to the lives we are supposed to lead, that it becomes increasingly
inadmissible, a taboo state whose confession seems destined to cause
others to turn and flee.”
– The lonely city: Adventures in the Art of Being Alone
miércoles, 29 de marzo de 2023
Sobre los flashbacks
“Un vehículo vacío estacionado en la calle se consideraba un peligro potencial en ese entonces”.
Esa es la única referencia al pasado en un cuento.Aunque es casi imperceptible, V. dice que el uso de flashbacks le enredan el caminao’ a los escritores y que nada mejor que ceñirse al presente y narrar todo desde ahí.
Le damos la razón, a veces solo sirven para complicar la narración. Recuerdo que me costó mucho leerlos en La forma de las Ruinas, la novela de Juan Gabriel Vásquez, pues eran extensos, más de 100 páginas, y siempre que caía en uno de ellos, no veía el momento en que el narrador me trajera de nuevo al presente.
A mí es mejor que me tengan ahí, al ladito de la acción, o si no me pierden.
Lisa Cron dice que hay que tratarlos con mucho cuidado y que los hay de todo tipo y tamaño. Cuenta que algunas veces pueden ser subtramas que no tienen nada que ver con la historia principal, o una pieza de información que a la larga no se necesita y por lo tanto el escritor no tiene ni idea qué hacer con ella, y termina por insertarla a la maldita sea donde mejor le parezca.
Los retrata de esta manera: “un flashback mal utilizado es como alguien que te toca la espalda en el cine justo después de que el protagonista lo ha perdido todo. No tienes ganas de quitar la vista de la pantalla, pues en el segundo que lo hagas sabes que el hechizo se romperá”.
Tal vez, al momento de escribir, es importante tener ínfulas de budista y darle mayor importancia al tiempo presente qué a cualquier otro elemento.
Porque si un flashback disuena de la historia vendría a ser, como también dice Cron, una gota de tinta que cae en un recipiente con agua y que termina por extenderse y untar todo.
martes, 28 de marzo de 2023
Helado derretido
En un restaurante, en una mesa que da contra una pared, una pareja discute. Ella gesticula con las manos y no para de hablar, mientras que él la mira fijamente, no dice nada, y cada cierto tiempo se lleva a la boca una cucharada de helado.
Me fijo de forma más detenida en la mujer y me parece atractiva. Tiene la nariz respingada, pelo negro largo y liso, y unas pestañas negras también largas. También noto que tiene el maquillaje algo corrido, seguro porque lloró en algún momento de la discusión.
La escena carga mucha emoción y drama, y si eso está presente siempre hay una historia de por medio. Agudizo el oído, pero en el lugar hay mucho ruido: el barullo de voces de las otras mesas, el sonido de cubiertos chocando contra la vajilla y música que sale de unos parlantes.
Por eso solo alcanzo a captar un par de frases. “A mi no me importa perder una amiga”, dice ella que, al parecer, no le importa hablar en voz alta sobre la situación que atraviesan como pareja.
Parece que no ha tocado su copa de helado ni una sola vez y que ya está del todo derretido.
El hombre, como ya les dije, casi no habla, y las pocas veces que decide hacerlo, lo hace en un tono muy bajo.
Me parece extraño el contraste de las emociones del lugar. Parece que ella se está jugando la vida en esa conversación y que tiene un nudo adentro que está tratando de desenredar con las palabras, pero hacia mi derecha, un grupo de amigos ríe con fuerza en otra mesa.
De pronto es verdad lo que dicen algunos escritores como Borges y Ribeyro sobre la superioridad de la amistad sobre el amor, en el sentido que es más desinteresada y menos invasiva, y que no carga tanta ansiedad.
Sea como sea, no cabe duda de que dejar derretir un helado indica que algo anda mal.
Me fijo de forma más detenida en la mujer y me parece atractiva. Tiene la nariz respingada, pelo negro largo y liso, y unas pestañas negras también largas. También noto que tiene el maquillaje algo corrido, seguro porque lloró en algún momento de la discusión.
La escena carga mucha emoción y drama, y si eso está presente siempre hay una historia de por medio. Agudizo el oído, pero en el lugar hay mucho ruido: el barullo de voces de las otras mesas, el sonido de cubiertos chocando contra la vajilla y música que sale de unos parlantes.
Por eso solo alcanzo a captar un par de frases. “A mi no me importa perder una amiga”, dice ella que, al parecer, no le importa hablar en voz alta sobre la situación que atraviesan como pareja.
Parece que no ha tocado su copa de helado ni una sola vez y que ya está del todo derretido.
El hombre, como ya les dije, casi no habla, y las pocas veces que decide hacerlo, lo hace en un tono muy bajo.
Me parece extraño el contraste de las emociones del lugar. Parece que ella se está jugando la vida en esa conversación y que tiene un nudo adentro que está tratando de desenredar con las palabras, pero hacia mi derecha, un grupo de amigos ríe con fuerza en otra mesa.
De pronto es verdad lo que dicen algunos escritores como Borges y Ribeyro sobre la superioridad de la amistad sobre el amor, en el sentido que es más desinteresada y menos invasiva, y que no carga tanta ansiedad.
Sea como sea, no cabe duda de que dejar derretir un helado indica que algo anda mal.
lunes, 27 de marzo de 2023
¿Para qué?
Hoy no tengo ganas de escribir.
Es mi culpa por no haber dedicado, en medio de mis ocupaciones, un par de minutos a pensar sobre qué tema hacerlo.
Debe ser porque es lunes. Últimamente los lunes me están dando en la cabeza, pues como ya les había comentado en esta entrada (que precisamente escribí el primer día de la semana), los siento viscosos.
Una vez, salí con V. por un par de meses. En una ocasión en un bar, celebrando el cumple de yo no sé quiensito, se me ocurrió contarle a uno de sus amigos que tenía un blog en el que escribía seguido sobre lo que fuera.
“¿Para qué?”, me pregunto con cara de asombro, como si yo fuera un bicho raro. La mayoría de amigos de V. me parecían tarados, es decir, como falsos y que solo vivían de las apariencias.
No recuerdo que le respondí, seguro nada y cambié el tema o lo dejé solo solo y me fui con mi cerveza a otro lado.
No logro entender porque algunas personas creen que todo lo que se hace debe tener un fin más allá de que a uno le guste hacerlo porque sí, porque le brinda tranquilidad o le da la regalada gana.
Muchas veces me he sentado, como hoy, a juntar unas cuantas palabras con un tedio que parece sobrepasar las ganas de hacer cualquier cosa, pero igual lo hago porque sé que escribir me relaja, que contar cualquier cosa, como que vi pasar una mosca, elimina ese efecto de viscosidad del que les hable, en fin, que aligera mi vida y eso es bueno, porque he llegado a la conclusión de que lo más importante en la vida es estar tranquilo.
Esa, imagino, será mi respuesta cuando algún otro tarado, tarada, tarade, taradx, tarad@, me pregunte con el rostro retorcido “¿Para qué?”, después de contarle que escribo seguido.
Es mi culpa por no haber dedicado, en medio de mis ocupaciones, un par de minutos a pensar sobre qué tema hacerlo.
Debe ser porque es lunes. Últimamente los lunes me están dando en la cabeza, pues como ya les había comentado en esta entrada (que precisamente escribí el primer día de la semana), los siento viscosos.
Una vez, salí con V. por un par de meses. En una ocasión en un bar, celebrando el cumple de yo no sé quiensito, se me ocurrió contarle a uno de sus amigos que tenía un blog en el que escribía seguido sobre lo que fuera.
“¿Para qué?”, me pregunto con cara de asombro, como si yo fuera un bicho raro. La mayoría de amigos de V. me parecían tarados, es decir, como falsos y que solo vivían de las apariencias.
No recuerdo que le respondí, seguro nada y cambié el tema o lo dejé solo solo y me fui con mi cerveza a otro lado.
No logro entender porque algunas personas creen que todo lo que se hace debe tener un fin más allá de que a uno le guste hacerlo porque sí, porque le brinda tranquilidad o le da la regalada gana.
Muchas veces me he sentado, como hoy, a juntar unas cuantas palabras con un tedio que parece sobrepasar las ganas de hacer cualquier cosa, pero igual lo hago porque sé que escribir me relaja, que contar cualquier cosa, como que vi pasar una mosca, elimina ese efecto de viscosidad del que les hable, en fin, que aligera mi vida y eso es bueno, porque he llegado a la conclusión de que lo más importante en la vida es estar tranquilo.
Esa, imagino, será mi respuesta cuando algún otro tarado, tarada, tarade, taradx, tarad@, me pregunte con el rostro retorcido “¿Para qué?”, después de contarle que escribo seguido.
viernes, 24 de marzo de 2023
En la cima del mundo
Es un día soleado.
Un hombre que sale de un edificio lleva puesto un blazer de cuadros blancos y negros pequeños, una camiseta azul, lentes oscuros, barba rala y una sonrisa fulminante, que opaca el resto de sus prendas o accesorios.
Mira el reloj de forma distraída, como si no tuviera afán de llegar a ningún lado, y se lanza a la calle a lo que sea que tenga que hacer.
Me aventuro a imaginar que está en la cima del mundo, en la suya por lo menos, que todo le ha salido bien en la vida y que no carga con más preocupaciones que decidir en qué restaurante comer o cómo gastarse su fortuna.
Entonces llegan a mi mente imágenes de películas donde él o la protagonista camina por el centro de una gran ciudad, a medio arreglar porque salió de afán de sus casas y con un vaso de café en sus manos.
A veces fantaseo con escenarios de ese tipo. Yo en una mega urbe, digamos NY, caminando de afán por las calles porque tengo que llegar a la sala de redacción de de The New Yorker, revista en la que ocupo un cargo importante.
Pero al rato le encuentro peros a esa fantasía, pues que pereza tomar café caminando de afán, en vez de sentado viendo pasar la gente, uno de mis deportes favoritos.
La descarto y pienso en otra: el novelista que anda con su portátil debajo del brazo. Cambió de ciudad y me voy a Dublin. También camino, pero no de afán, buscando cafés para sentarme a escribir.
Pero no sirvo para ese rol. No me refiero al de escritor, sino al del escritor que escribe en cafés. Es un plan que he hecho un par de veces, pero no lo disfruto porque siempre pienso que un ladrón me está estudiando desde algún lugar, para ver en qué momento se puede robar mi máquina. También me da una pereza infinita desconectar el cable HDMI, el del Kindle, junto con el cargador.
Mucha gente romantiza eso de trabajar en cafés. Dicen que el ambiente da un subidón a la creatividad y no sé qué más cosas.
De pronto si es así y no me he dado cuenta, o he visitado cafés que no crean esa atmósfera tan propicia para crear.
Entonces aquí sigo sin ocupar un puesto importante en una revista y sin ser novelista.
¿Qué le vamos a hacer?
Un hombre que sale de un edificio lleva puesto un blazer de cuadros blancos y negros pequeños, una camiseta azul, lentes oscuros, barba rala y una sonrisa fulminante, que opaca el resto de sus prendas o accesorios.
Mira el reloj de forma distraída, como si no tuviera afán de llegar a ningún lado, y se lanza a la calle a lo que sea que tenga que hacer.
Me aventuro a imaginar que está en la cima del mundo, en la suya por lo menos, que todo le ha salido bien en la vida y que no carga con más preocupaciones que decidir en qué restaurante comer o cómo gastarse su fortuna.
Entonces llegan a mi mente imágenes de películas donde él o la protagonista camina por el centro de una gran ciudad, a medio arreglar porque salió de afán de sus casas y con un vaso de café en sus manos.
A veces fantaseo con escenarios de ese tipo. Yo en una mega urbe, digamos NY, caminando de afán por las calles porque tengo que llegar a la sala de redacción de de The New Yorker, revista en la que ocupo un cargo importante.
Pero al rato le encuentro peros a esa fantasía, pues que pereza tomar café caminando de afán, en vez de sentado viendo pasar la gente, uno de mis deportes favoritos.
La descarto y pienso en otra: el novelista que anda con su portátil debajo del brazo. Cambió de ciudad y me voy a Dublin. También camino, pero no de afán, buscando cafés para sentarme a escribir.
Pero no sirvo para ese rol. No me refiero al de escritor, sino al del escritor que escribe en cafés. Es un plan que he hecho un par de veces, pero no lo disfruto porque siempre pienso que un ladrón me está estudiando desde algún lugar, para ver en qué momento se puede robar mi máquina. También me da una pereza infinita desconectar el cable HDMI, el del Kindle, junto con el cargador.
De pronto si es así y no me he dado cuenta, o he visitado cafés que no crean esa atmósfera tan propicia para crear.
Entonces aquí sigo sin ocupar un puesto importante en una revista y sin ser novelista.
¿Qué le vamos a hacer?
jueves, 23 de marzo de 2023
Sobre diarios y lo cotidiano
Siempre me han impresionado mucho los escritores que saben narrar lo cotidiano que, aunque no parezca, tiene su ciencia.
De pronto por eso es que me atraen tanto los diarios , porque al no tener ínfulas de novela o cuento, parece que los escritores muestran su visión del mundo y relatan sus experiencias de forma cruda.
De pronto por eso es que me atraen tanto los diarios , porque al no tener ínfulas de novela o cuento, parece que los escritores muestran su visión del mundo y relatan sus experiencias de forma cruda.
Hay mucho poder en las viñetas de vida sinceras.
Después de mucho tiempo, por fin me volví a encarretar con La tentación del fracaso, los diarios de Julio Ramón Ribeyro a los que llegué por culpa de Millás, pues habla de ellos en La vida a ratos, su diario novelado.
Algún día he de volver a los de John Cheever, también mencionados por el escritor español.
Ese aspecto de cotidianeidad fue algo que me gustó mucho de Ordesa, la novela de Manuel Vilas, pero luego intenté leer Alegría y me pareció repetitiva con relación a la otra obra.
También están los de Virginia Woolf que traen unas alusiones bellísimas a la escritura.
He buscado como loco unas columnas que escribía Margarita García Robayo para un diario argentino, pero no las he podido encontrar. Eran un recuento de cosas que le habían pasado en la semana de Lunes a viernes. Cada día era un párrafo corto, pero Robayo, creo, es una de las escritoras más precisas para escribir sobre lo cotidiano.
La culpa de esa adicción a los diarios, o bien a lo cotidiano, la tiene Anaïs Nin, pues el volumen IV de los suyos me voló la cabeza.
Siempre he pensado que el curso correcto de lectura de un autor debería ser primero una de obra de ficción, para luego meterle el diente a los diarios, pero los libros van llegando y uno intenta despacharlos de la mejor manera posible.
Después de mucho tiempo, por fin me volví a encarretar con La tentación del fracaso, los diarios de Julio Ramón Ribeyro a los que llegué por culpa de Millás, pues habla de ellos en La vida a ratos, su diario novelado.
Algún día he de volver a los de John Cheever, también mencionados por el escritor español.
Ese aspecto de cotidianeidad fue algo que me gustó mucho de Ordesa, la novela de Manuel Vilas, pero luego intenté leer Alegría y me pareció repetitiva con relación a la otra obra.
También están los de Virginia Woolf que traen unas alusiones bellísimas a la escritura.
He buscado como loco unas columnas que escribía Margarita García Robayo para un diario argentino, pero no las he podido encontrar. Eran un recuento de cosas que le habían pasado en la semana de Lunes a viernes. Cada día era un párrafo corto, pero Robayo, creo, es una de las escritoras más precisas para escribir sobre lo cotidiano.
La culpa de esa adicción a los diarios, o bien a lo cotidiano, la tiene Anaïs Nin, pues el volumen IV de los suyos me voló la cabeza.
Siempre he pensado que el curso correcto de lectura de un autor debería ser primero una de obra de ficción, para luego meterle el diente a los diarios, pero los libros van llegando y uno intenta despacharlos de la mejor manera posible.
"Este aspecto de los grandes escritores es el que cada ves me interesa
más, sus papeles marginales: cartas, diarios, notas, borradores, artículos, etc.
Me entretiene meter las narices en este desván, siempre tan revelador"
- La tentación del fracaso -
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