viernes, 30 de octubre de 2020

Le vale madres

Al universo, el destino, en fin, a esto, la vida —disculpen la imprecisión—, le vale madres nuestros berrinches, malos genios o cualquier estado anímico. Comprobé esto hace unos días al momento de lavar loza. 

Era solo un mísero plato, que había ensuciado comiendo la mitad de una milhoja. Abrí el grifo, le eché jabón a la esponjilla, enjaboné el plato y lo juagué. Decidí secarlo de una vez, en vez de ponerlo en el platero. 

El trapo estaba colgado en una de las puertas de uno de los muebles de la cocina, y no sé qué movimiento hice, pero el trapo cayó al suelo en forma de bola y en su trayectoria se llevó la tapa de una olla que estaba mal acomodada. Esta cayó al piso con un gran estruendo, la muy exagerada. 

En ese momento me dio mal genio con el trapo, ¿por qué tenía que ponerse rebelde y no dejarse agarrar? A modo de castigo, lo tomé con rabia y lo tiré hacia el lugar donde se cuelgan, sin preocuparme si acertaba o no, deseando más bien lo último para darle una lección. 

Me quedé viendo su trayectoria, casi perfecta, como se abrió por completo en pleno vuelo, como una de esas ardillas voladoras con membranas entre sus patas, para luego aterrizar, de forma precisa, en uno de los ganchos. 

Ni siquiera, en todos los años de práctica en el ritual del limpión de cocina, había logrado un tiro tan perfecto. 

El trapo, claro está, en ese momento, personificó a la vida y se burló en mi cara de la pataleta poco justificada que tuve.

miércoles, 28 de octubre de 2020

Menos de 10 palabras

Suelo escribir posts de mínimo 300 palabras. Esto, porque cuando leí On writing, el memoir sobre escritura de Stephen King, el escritor menciona, si no estoy mal, que uno debe como mínimo escribir esa cantidad de palabras al día. Si esta rutina se practica con juicio, en un mes se tendría un texto de 9000 palabras , al año uno de 108.000, y así. 

Paul Auster cuenta que en un buen día de trabajo produce una página, de 400 a 500 palabras, y otros escritores hablan de luchar solo con un párrafo, que quizás al final del día deciden borrar, porque escribir, imagino, se trata más de estar equivocados, de prueba y error, que de tener la razón. 

Hay veces que rebaso las 300 palabras como si nada. En esos días las palabras fluyen de mi cabeza a la punta de los dedos fácil, de manera continua, pero hay otros días en los que me cuesta alcanzar esa cifra. 

A veces me hacen falta 10 o menos palabras, y entonces vuelvo a leer el post, a ver cuáles le puedo agregar, situación que a veces se complica, pues en vez de agregarle decido eliminar algunas. Creo que escribir también consiste en eso, en decir las cosas con la menor cantidad de palabras posibles. En este caso aplicaría ese cliché tan trillado de menos es más, en fin. 

En esos días que no encuentro las palabras, logro sacar del sombrero —¿de cuál? digamos que el de la escritura, lo que sea que eso signifique—, las palabras que me hacen falta para alcanzar las 300, pero nunca dejo de pensar si realmente son necesarias o mero relleno, el más del menos. 

Hace un rato a este post le faltaban 7 palabras y ahora le hacen falta 20. Disculpe usted, estimado lector, esta frase de relleno.

lunes, 26 de octubre de 2020

En Nueva York

Estoy con M, una escritora que vive en Nueva York. M. me gusta o, mejor dicho, la considero atractiva. Estamos en un evento en el que, parece, ella es el centro de atención. Hay varias personas revoloteando a nuestro alrededor, pero ella me presta atención a mí, y eso me hace sentir especial. 

Digo parece porque es un sueño y, como casi siempre, todo los elementos que lo componen están difuminados. No veo su cara como un todo, pero sí algunas de sus facciones. Sé que es ella por la forma en que sus labios se curvan cuando sonríe y dejan entrever unos dientes blancos; por sus ojos grandes, negros, como dos pozos profundos en los que quiero caer, y el pintalabios rojo que siempre utiliza, que contrasta con la escala de grises que nos rodea. 

Ahora estamos sentados cerca el uno del otro y el ambiente carga una tensión sexual. No sé si seguimos en el mismo evento o fuimos a otro lugar, un bar me imagino, ya que cada uno tiene un vaso enfrente. Siento unos deseos inmensos de abalanzarme sobre ella y besarla y así lo hago. 

M. me corresponde los primeros besos, pero cuando me emociono mucho me detiene. Le digo que la quiero y necesito. M, sentada recta como si le hubieran puesto una tabla en la espalda, me dice que debo calmarme. Me pregunta por qué lo quiero todo ya, al instante, y qué gracia tiene obtener todo lo que se desea en un segundo, un instante fugaz que se desvanece tan rápido como llega. Me da a entender que lo mejor es que las cosas ocurran despacio, con una cadencia lenta y casi infinita. 

Maravillado, le presto atención a sus palabras; imagino que por eso es que me gusta. Luego el sueño se desvanece del todo.

jueves, 22 de octubre de 2020

Tinto


Me tomo un tinto que sabe muy bien. Lo hago apenas me despierto y creo que, en él, en su sabor, temperatura, vaho, se encuentra el significado de la vida. Ese tinto que me acabo de tomar llevaba el sabor de la muerte y el amor en justa medida. Es como si mi vida, todo lo que he hecho, las decisiones buenas o malas que he tomado, y que me han llevado a ser quien soy o no soy, lo que sea que me haya pasado, me condujo a ese instante en el que me tomé el tinto. 

Hay tintos de tintos: claros, fuertes, oscuros, amargos, con sabor a madera, añejos; tintos que se beben de forma solitaria en la terraza de un café, mientras se ve pasar a la gente que va por la calle, afanada, no la calle sino la gente, o más bien ambas; otros que amenizan una conversación entre amigos, como esos que me tomaba con D. en los primeros semestres en la universidad, después del almuerzo, y que siempre acompañaba con una chocolatina jet de las pequeñas; en fin, parece que hay tantos tintos como personalidades o estados anímicos, qué sé yo. 

Les hablo de ese tinto por dos cosas: la primera, como suele ocurrir, porque no sabía sobre qué escribir. Eso es algo extraño porque siento unas ganas inmensas de contar algo, lo que sea. Quisiera ser como un niño pequeño que cada día se empapa del mundo y cada evento le parece novedoso, para luego narrarlo todo, en especial lo obvio, lo más insignificante, que, sin darnos cuenta, es lo que más vida tiene; pero le doy vueltas y vueltas a temas e ideas y nada me convence. 

La segunda es que como no sabía que escribir, el escritor húngaro Sandor Márai me dio la solución. En los capítulos finales de Confesiones de un Burgués, Márai está de vuelta en Hungría luego de haber vivido en Paris, tras haber pasado varios años por fuera. El escritor está reconociendo su ciudad natal; cuenta qué le gusta y como se siente en cada lugar, por qué le agrada o desagradan ciertos aspectos de Buda o de Pest. Dice que busca un café en el cual trabajar, pues eso es lo que todo escritor hace, pero no sabe bien sobre qué escribir. Entonces el narrador comenta: “Pues sí, hacía falta saber sobre qué iba a escribir. Yo miraba hacia adelante y pensaba: “¿Por qué no escribir sobre el vaso de agua que hay en la mesa?” 

Por eso escribo sobre el tinto, porque la taza, ya vacía, ocupa parte de mi campo visual. De pronto de eso se trata la escritura. De mirar lo que se tiene en frente de las narices e intentar contar algo sin muchas florituras.

miércoles, 21 de octubre de 2020

Tensión

A veces me distraigo con eventos cotidianos mientras me ducho. Hace un tiempo, por ejemplo, me puse a leer la etiqueta del champú, y traía la palabra fortalecedor. Ese día me lo eché pensando que me iba a convertir en una especie de Sansón, que el producto me iba a dar una fuerza descomunal por el resto del día. Al final, claro está, nada de eso pasó, aunque no creo haberme enfrentado a ninguna situación que requiriera el uso de mi nueva fuerza.

Hoy, se formó una pompa de jabón mientras me enjabonaba las manos. Hasta ahí nada raro, pues es algo que suele pasar cuando el agua y el jabón entran en contacto, pero hoy fue distinto porque la burbuja que se formó era descomunal. 

Era una de esas burbujas que invitan a que uno la sople, pues están destinadas a eso, es decir, esa es su función en la vida de las personas: que uno las sople, para luego quedarse mirándolas como un pendejo. 

Esas burbujas que se crean en la ducha suelen ser débiles, y apenas se soplan se desbaratan. Eso fue lo que hice con esta, pero aguantó con dignidad la primera embestida del aire que salió de mi boca. Soplé otra vez y ahí siguió, como si nada. Al tercer intento para desprenderla de mi mano, y ya en el borde de esta, a punto de saltar o, más bien, flotar al vacío, me di cuenta de la tensión superficial de la burbuja, para no desbaratarse e irse por el sifón sin antes dar un espectáculo. Ahí estaban las moléculas de agua apretujándose unas contra las otras para darle vida a la burbuja. 

En ese momento pensé que se pueden hacer metáforas de una burbuja de jabón y diferentes situaciones de la vida, pero que pereza andar detrás de las figuras narrativas para dejar una moraleja. 

Y sí, al final la burbuja abandonó mi mano para luego de un corto trayecto, de no más de 4 segundos, estrellarse contra el suelo y desaparecer.

martes, 20 de octubre de 2020

Comprar un lápiz

Salgo a comprar un lápiz, porque el que tengo ya está enano de tanto tajarlo. Camino hasta una papelería que queda cerca, y ya en el lugar, saludo a la mujer que la atiende. La semana pasada había ido, y ese día me contó que no sabía si entregar el local, porque casi no tenía clientes. Le pregunté si había hablado con el dueño del local y me dijo que sí, que habían llegado a un acuerdo, pero que sin ventas era imposible seguir pagando el arriendo. 

La mujer saca tres cajas de lápices y me dice que los puedo probar. Eso me da un poco de pereza, pues pienso que debo tajarlos, pero cuando saco un lápiz de cada una de las cajas, me encuentro con que todos tienen punta. Antes, si no estoy mal, los lápices venían chatos; ahora parece que no, a menos que la señora de la papelería, para matar la aburrición, haya decidido sacarle punta a todos, que no creo que sea el caso, en fin. 

Para mí pesar ninguno se parece al que tengo en casa, de mina gruesa como aceitosa, lo que permite difuminar mejor las sombras cuando dibujo. 

“ ¿Va a abrir mañana?”, le pregunto, y me responde que no sabe, que si hoy casi nadie ha visitado la papelería, mucho menos mañana con el paro. 

Nuestra conversación toma un giro imprevisto, como el flujo de un riachuelo por entre unas piedras, y me cuenta que la única ventaja es que se puede ir caminando a la casa. Luego algo la pica mentalmente y me comienza a hablar de sus hijos: Tiene tres y todos están por fuera. La menor está en Paris, pero que está en cuarentena en el apartamento donde vive, pues uno de sus room mates dio positivo para Covid; que el hijo está en Vancouver, Canada, y la hija mayor en Australia. 

“Menos mal que mis hijas se fueron a estudiar afuera, porque aquí no habría tenido como pagarles la universidad. Con mi patrimonio, y una herencia que me dejaron mis padres, pude pagarle la carrera de Ingeniería Electrónica a mi hijo, dice, y continúa hablándome sobre ellos. 

“La mayor fue la primera que se fue, y ya estando allá convenció a la menor. Ella —se refiere a la segunda— estuvo un tiempo y no le gustó. Antes de devolverse probó suerte en la Sorbona, pasó los papeles, y pudo entrar a estudiar arquitectura. Luego estudio Arte e hizo una Maestría. Es muy pila, habla como cinco idiomas”, dice con orgullo en su voz. 

En medio de la conversación, saca el celular para mostrarme el video de uno de sus nietos que vive en Brisbane. 

Le doy la razón con respecto a su idea de que lo mejor es que se hubieran ido a estudiar afuera y finalmente le digo: “Me llevo este”, un Faber Castel Eco Grip 2001.

lunes, 19 de octubre de 2020

Todo

El agua que cae del grifo de la ducha, ese pequeño placer de sentir como el agua caliente resbala por su cuerpo, hoy no tiene efecto alguno. Cristina apoya los brazos contra la pared, como si esta se fuera a caer, y llora desconsolada. “¿Qué mejor lugar para sentirse mal que este espacio? El último bastión ante las distracciones del mundo moderno, el único lugar, quizá, en el que estamos desconectados así sea solo por unos minutos”, piensa. 

No entiende qué le ocurre. Tiene un buen trabajo, un matrimonio estable, dos hijos que la adoran y una casa de campo a la que puede escapar con su familia cuando la ciudad, con sus altas dosis de cemento, la agobian. 

Lo tiene todo, pero no deja de cuestionar nada. A veces, como hoy, siente que escogió el camino equivocado, que debió haber elegido otra carrera, otro hombre, otra vida. “¿Si lo tengo todo qué es lo que me preocupa?, vuelve y se pregunta. 

“¿Qué es todo?”, piensa. Quizá lo mejor sea no tener nada o tener muy poco, pero le cuesta imaginarse esa otra vida austera. 

Sale del baño y en un trote corto llega al cuarto, dejando un hilo de agua en el piso. No quiere que, por nada del mundo, Federico, su esposo, la vea así, pues vendría un interrogatorio para el cual no está preparada, porque no tiene ni idea qué le ocurre, y mucho menos quiere oír frases hechas del tipo: “Tranquila, todo va a estar bien”. “ ¿Pero qué carajos es todo?”, vuelve y se pregunta. 

Lo que en verdad le gustaría es iluminarse. Hace un tiempo leyó una revista, en la sala de espera de un centro médico, en la que había un artículo sobre una mujer que, de un momento a otro, entendió cuál era el significado de la vida y el papel que debía interpretar. 

A Cristina le gustaría que el destino le pegara una cachetada de tal magnitud, que la sacudiera y sacara de ese estado de duda permanente en el que se encuentra. 

“Apúrate Cris, vamos tarde para el trabajo”, le grita Federico desde el piso de abajo. Tal vez hoy no es día para iluminarse y ese momento tan esperado llegará cuando comprenda qué es todo.

viernes, 16 de octubre de 2020

Escribir para evitar una guerra

Ayer dibujé un soldado de la segunda guerra mundial y el tiempo se me pasó volando. El hombre aparece sentado con el fusil en sus manos, y en la mano izquierda se puede ver su argolla de matrimonio. Estoy seguro que esa argolla encierra una gran historia y, varias veces, mientras dibujaba, dejé de hacerlo para hacerme preguntas sobre ese hombre: ¿Quién es o era?, ¿sobrevivió a la guerra y se volvió a reunir con su esposa y familia?, ¿tuvieron hijos?, ¿cuántos?, ¿siguen vivos? en fin, una seguidilla de preguntas que tuve que interrumpir, pues caso contrario no iba a acabar el dibujo nunca. 

Por eso terminé más tarde de lo previsto, luego me preparé un té y me dediqué a elaborar todo tipo de ficciones en mi cabeza, que no vienen al caso mencionar, mientras me lo tomaba. 

Fue por esa razón que ayer no escribí nada acá. Cuando eso pasa, como ustedes saben, algo ocurre en el desarrollo de los eventos. Me gustaría pensar que solo los que tienen que ver con mi vida, pero temo que, a veces, tiene efectos sobre la vida de otras personas. 

Es como si nuestras vidas estuvieran regadas a lo largo de la cuerda de un instrumento musical, y que esta vibra cada vez que hacemos algo. Por eso, cada una de nuestras acciones hacen vibrar de alguna forma al resto de la humanidad. 

Como ayer no escribí, el presidente de China, Xi Jinping, le pidió a las tropas de su país que se alisten para la guerra, por las frecuentes tensiones con Estados Unidos, que le quiere vender armas a Taiwán. 

Ya ven, ese inconveniente se habría podido solucionar con unas cuantas palabras, les pido disculpas.

miércoles, 14 de octubre de 2020

Karma

Un sueño hace que me despierte en la madrugada. Sus imágenes se atropellan y sobreponen unas sobre otras, pero las pocas que recuerdo las tengo nítidas, hasta tal punto que siento muchas ganas de levantarme a anotarlo todo en mi libreta, pero desisto de la idea, porque quiero seguir durmiendo. 

Llego a un lugar al que, supongo, se llega cuando se muere. No sé muy bien como explicar esto, pero así lo siento. Visto con ropas ligeras, como una túnica de color crema, y me comunico mentalmente con una entidad divina, a la que le pregunto en dónde estoy y qué carajos hago allí, pero que ignora mis preguntas. 

Todo se convierte en polvo arenoso apenas lo toco y una fuerte corriente de aire se lo lleva por los aires. Camino de un lado a otro, sin un destino en particular, con rabia de no poder agarrar nada. Le pregunto a la voz el por qué de tan ridícula situación, y me explica que tiene que ver con el karma, pero ¿acaso no es eso algo que se debe pagar cuando se está vivo? Aunque ese Dios parece escuchar mis pensamientos, me ingenio una manera de que no escuche esa pregunta que me hago. 

En ese momento esa escena se corta y da paso a otra, en la que aún continúo en ese lugar, pero llegan dos personas más. Ellas llevan carritos de mercados repletos y, por alguna razón, sé que hicieron sus compras en Walmart y Target. Se ve que están felices y le pregunto al Dios con el que me comunico, por qué yo llegué a se lugar sin un carrito de mercado, pero sí con el poder de transformar todo en polvo, y el muy idiota vuelve a repetirme lo del Karma, y que esas personas no tienen uno que pagar. 

Luego el sueño se diluye; seguro soñé más cosas de las que no me acuerdo para nada.

martes, 13 de octubre de 2020

Consecuencias

Ayer, a eso de las 5 de la tarde, me puse a leer. Acomodé las almohadas contra la pared, prendí la lámpara, dirigí su haz de luz hacia la pantalla del Kindle y comencé. Al rato esa posición me cansó, o bien me aburrió, y acomodé el aparato contra el mueble modular que se camufla en mi cuarto como mesa de noche. Luego me recosté de medio lado. 

Pestañeé y al abrir los ojos la pantalla no estaba encendida. No sé por cuánto tiempo me quedé dormido; imagino que no mucho, porque cuando miré por la ventana, la luz del día no había cambiado. Luego, como el sueño apuñaleó los acontecimientos, decidí dormir, pero programé la alarma del celular para que sonara una hora después. 

Caí en un estado de duermevela confuso, y cuando sonó la alarma, no estaba seguro de si había dormido o no; supongo que sí porque estaba medio borracho. 

Luego ocupé mi tiempo con nimiedades que no viene al caso mencionar, hasta las 9 de la noche, hora en la que me senté a dibujar. Como había almorzado tarde, todavía no tenía hambre, pero igual prometí prepararme algo más tarde. 

Conecté los audífonos, busqué un playlist llamado “Varios”, me los puse y comencé a dibujar. Cuando realizo esa actividad, a veces, como me ocurrió, el tiempo se contrae y los quince minutos que pensé llevaba haciéndolo resultaron ser dos horas. 

Me puse de pie, fui a la cocina y me comí unos platanitos de sal y un chocoramo—aprovecho para pedir disculpas a los dioses de la comida saludable—, y luego, cuando llegó la hora de dormir, casi al filo del siguiente día, decidí leer, porque la vida es muy cortica. 

Luego, cuando por fin llegó el momento de dormir, cerré los ojos, me gire hacia el lado derecho, luego hacia el izquierdo y no lograba conciliar el sueño. Escuché a alguien que gritaba en la calle. “¿Quién puede andar por ahí gritando como si nada a esta hora?”, me pregunté, y me puse a darle vueltas en mi cabeza a ese asunto. Al final concluí que debía ser un loco. Los gritos de esa persona a veces eran acompañados por los ladridos de los perros del edificio de parqueaderos contiguo, como si entre ellos, él loco y los animales, estuvieran conversando. 

El reloj cucú marcó las 2 de la mañana. “Maldita sea, no debí dormir por la tarde”, pensé. Cada acto con sus consecuencias.

lunes, 12 de octubre de 2020

Rituales y Rutinas

Ambas palabras se parecen. Tan solo basta reordenar un poco sus letras y agregarle otra(s) para que adopten esa otra apariencia. 

Ritual, dicen los viejitos de túnicas largas de la RAE, es un conjunto de ritos de una religión, de una iglesia o de una función sagrada, que también, imagino, tiene que ver con tribal, pues los fieles que conforman una religión son como una tribu esparcida en diferentes rincones del planeta, ¿acaso no? 

Por otro lado, los mismos viejitos u otros, vaya uno a saber cómo se reparten las funciones los de la RAE, dicen que rutina es una costumbre o hábito adquirido por mera práctica y de manera más o menos automática. 

Toda esa introducción para contarle que, imagino, cada uno de nosotros cuenta con diferentes Rituales o rutinas, que cargan un significado sagrado en nuestras vidas, sin importar lo insignificantes que puedan llegar a ser. 

En mi caso me acuerdo de dos: preparar el café y secarme con una toalla luego de haberme bañado. Hablemos del segundo, que fue el que dio origen a este escrito. 

Cuando tuve el accidente que me dejó el amable recordatorio, un temor de los médicos era que se me borrara información de la cabeza; que de buenas a primeras, apenas despertara del coma, no iba a saber cómo me llamaba o en qué país vivía. Afortunadamente no ocurrió nada de eso, pero una de las cosas que si se me olvido fue mi ritual para secarme. Sabía que tenía uno específico que iba de la cabeza a los pies, pero no recordaba cómo era la secuencia de los pasos y eso me daba mal genio. 

Imagino que desde ese día que me volví a bañar sin la ayuda de nadie, creé un nuevo ritual de secado. 

Queridos lectores, no dejen que nada ni nadie les quite esos rituales o rutinas que  consideran importantes.

jueves, 8 de octubre de 2020

Yu

La Imagen que tengo clavada en la memoria de Yu, Gilling su nombre, que no estoy seguro si se escribe así, es metiéndose el pelo, que lo tenía largo, detrás de la oreja. Yu, de ascendencia asiática, le toco repetir un año, ¿octavo tal vez?, y cayó en nuestro curso, junto con el Flaco y Ariza, que tenían ínfulas de chicos malos, pero eran más bien pandilleritos de poca monta. Igual son puros prejuicios míos; no debe ser agradable repetir un año escolar, que es como ser un extranjero, en el mismo territorio donde están esos que nos han acompañado toda la vida, y por eso aparentar lo que no se es, puede ser un mecanismo para no derrumbarse. 

Yu me caía bien porque era un tipo callado, que siempre andaba en su rollo y que no buscaba meterse con nadie. Lo tengo presente porque ese año quedó sentado en la fila de al lado. 

Jugaba ping-pong, y siempre creí que era muy bueno en eso por el simple hecho de ser Asíático, pero no, su juego era más bien normal. Recuerdo la forma en que cogía la raqueta boca arriba, como esos bateristas de Jazz que no cogen la baqueta con toda la mano, sino solo con la punta de los dedos. Su aspecto era algo desguarambilao’ (desordenado) y casi siempre andaba con una chaqueta de Jean que parecía quedarle pequeña, y tenis converse. 

Sus apuntes de clase, con una letra diminuta, eran erráticos. Escribía con un rapidógrafo, pero me parece que en vez de tomar apuntes, se la pasaba perdido quién sabe en qué tipo de fantasías, y las márgenes de sus cuadernos siempre estaban repletas de dibujos. 

El profesor de español, que llamaba a los estudiantes por su apellido, le preguntaba con frecuencia a Yu. “¡A ver, Yu! Le decía, señalando hacia nuestro lugar, y muchas veces creíamos que nos hablaba a nosotros de You, y cuando estábamos listos a responder, nos dábamos cuenta que al que llamaba era a Gilling. 

No sé que despertó a Yu en mi memoria. ¿Dónde y en qué andará?

miércoles, 7 de octubre de 2020

Alejarse

Otra vez llego tarde a este lugar, espacio, blog, bitácora, página, en fin, lo que sea, por la misma razón de ayer, el dibujo de Inktober. Siento ser repetitivo con el tema, estimado lector, pero es lo que hay. Sí, lo acepto, puede que sea simple pereza mental no buscar algo diferente a lo que le pueda arrancar unas cuantas palabras, pero bueno, es tarde y tengo sueño.

Prometo…¡Que va! No les prometo nada. Iba a decir que les iba a prometer un texto cargado de creatividad, altas dosis de tensión, toda una bomba narrativa, pero ¿para qué les voy a decir eso, si es algo que me prometo todos los días.  Hay ocasiones logro dar con ellos, pero otras veces no,  esto quizá se deba a que no he tomado la correcta distancia.

Pero mejor le sigo contando sobre el dibujo de hoy. Lo empecé más temprano, y confiaba acabarlo antes, pero hice un mal cálculo del nivel de dificultad, y caí en cuenta de eso cuando ya llevaba más del 50% del trabajo. En ese momento me detuve y evalué si dibujar algo más sencillo. 

En medio de esa conversación interna, puse la libreta contra la pared y me alejé para mirar el dibujo. Si bien me di cuenta de que me faltaba un segmento difícil, pensé que el conjunto de lo que llevaba se veía bien. De ahí la importancia de alejarse, de tomar distancia, cuando uno dibuja algo, para verlo desde otra perspectiva. 

Alejarse es un arte que, pienso, nos hace falta dominar a todos, pues no solo sirve para cuando se dibuja algo, sino que también aplica para los escritos y las relaciones. Los textos, como las personas, a veces saben mal, y es en ese momento, cuando detectamos su sabor rancio, que debemos alejarnos, para retomarlos días, meses, o años después, y comprobar si se pueden rescatar, o si debemos desecharlos por completo, en el caso de los escritos, o seguir tomando distancia, en el caso de las personas.

martes, 6 de octubre de 2020

Croissant con té

A las 10 y media de la noche aún no había comido nada, pues se me había hecho tarde para hacer el dibujo de Inktober, el cual empecé de afán, pero luego tuve que borrarle unas líneas porque las proporciones se me habían ido al carajo. 

Cuando lo terminé, no hice nada en específico, sino pasearme de un lado a otro del apartamento como si estuviera buscando algo, pero no era así. Al final, como no encontré eso que no se me había perdido, el hambre me venció y me fui a preparar algo de comer. 

Ese algo resulto ser un Croissant y una taza de té, bebida que me cae bien porque es humilde en presentación, sabor, preparación, y todos los demás aspectos en los que una bebida caliente pueda ser humilde. Cuando estuvo listo, acompañe el croissant con mermelada y mantequilla. 

Después de esa comida con pinta de desayuno, me senté en el computador a perder el tiempo, pues me puse a mirar Twitter y a darle scroll down a la pantalla, como si mi vida dependiera de eso, o para encontrar, a modo de link, eso que andaba buscando mientras deambulaba de un cuarto para el otro. Queda claro que así veamos mil documentales como el de Social Dilemma, nada nos va a despegar de internet. 

Así las cosas, me senté muy a las 11:12 p.m. para escribir algo, y cómo no tenía ni idea qué, pues esto fue lo que se me ocurrió contarles. 

La verdad es que me gustaría entregarles escritos mejor preparados, si es que tal vaina existe, pero hoy fue un día extraño, en el que pensé que no iba a trabajar nada, y cuando me disponía a entregarme al dios de la locha, algo cambió el curso de los eventos. 

De pronto eso de los textos preparados es una gran mentira, pues hoy leí uno que escribí hace ya varios años, en el que narro cómo me desperté un sábado a las 5:45 a.m. y como no pude volverme a dormir, me levanté a escribir. 

Puede ser que los buenos textos, lo que sea que eso signifique, tienen cierto parecido con los planes que menos se preparan, y que muchas veces resultan ser los más apropiados.

lunes, 5 de octubre de 2020

Dibujar

Cuando era pequeño dibujaba mucho, lo que fuera. Recuerdo que me sentía afortunado cuando tenía una hoja Xerox gruesa a mi disposición —En ese entonces creía que solo las podían utilizar los adultos—, eran el lienzo perfecto. 

Llegaba a la cocina y me sentaba en la mesa, y mientras mi mamá cocinaba le pedía que me diera ideas para dibujar, entonces ella me decía: “dibuja tal fruta, dibújame a mí, o tal objeto”, y ahí me quedaba yo dibujando por horas. 

Luego, no sé en qué momento, conocí los tarritos de tinta china con sus plumas de punta metálica y le empecé a echar tinta a lo que dibujaba. Eran dibujos de súper héroes, más complicados por la cantidad de detalles que tenían y, por lo general, los terminaba en varias sentadas. 

En los últimos años de colegio siempre tomé la vocacional de pintura y ahí conocí la técnica de carboncillo. El hombre que la dictaba, Jairo, creo que se llamaba, siempre que pasaba al lado de mi caballete, admiraba mis dibujos y decía, como pensando en voz alta: “¡Qué buen trazo!”. 

No sé en qué momento dejé de dibujar seguido, hasta que paré de hacerlo por completo. En los últimos años siempre había pensado que debía volverlo a hacer, pero nunca me decidía. 

Hace unos días, me topé con un tweet de Inktober y, sin pensarlo, decidí participar en esta edición. El bujo que hice hoy es el que más me ha gustado, porque me traslado a esa época de mi niñez en la que dibujaba seguido, y volví a experimentar esa calma profunda que me produce la actividad, aquel estado en el que no pienso en nada aparte del dibujo, sensación similar a cuando me siento a escribir. 

Un lápiz y una hoja; es poco lo que se necesita.

domingo, 4 de octubre de 2020

Janis

Hoy en la mañana, mirando Twitter, me enteré de que hace 50 años falleció Janis joplin. Doy clic a dos links: un artículo de un diario argentino y otro de uno español, en el que, se supone, narran las últimas horas de vida de la cantante. 

Comienzo a leer el primero, pero no lo entiendo, es decir, me parece que no tiene una secuencia o estructura lógica. Algo, un sexto sentido gramatical, digamos, me dice que tiene fallas, así que cuando voy por la mitad lo abandono. 

Con el otro, el artículo español, me pasa algo similar. No sé si es que a veces, uno sufre de episodios de incomprensión de lectura o qué, pero ese texto también me aburrió, sobre todo por su tufillo amarillista y trágico, en el que se repite la palabra sangre, y se describe la posición de su cuerpo, en la cama del hotel donde la encontraron, luego de que había salido a comprar cigarrillos. 

La primera vez que escuché un fragmento de una de sus canciones, fue en un comercial de arequipe. Si no me falla la memoria, alguien sacaba una cucharada del producto, justo cuando joplin comienza a cantar Summertime. Su voz, creo, era pegajosa, o como decía una línea de uno de los artículos: una mezcla de ternura y ansiedad.

Algo que también me llamó la atención, es que la artista lloraba cuando terminaba los conciertos, pues decía que cantar era como hacerle el amor, al mismo tiempo, a todas las personas que habían ido a verla. 

Joplin, como Hendrix, Winehouse, Morrison y Cobain, se supone que hace parte del club de los 27, es decir, músicos que murieron a esa edad; una triste coincidencia.

jueves, 1 de octubre de 2020

No entiendo

Una mujer, llamémosla Nora, para efectos de que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, cuenta que siente haber adquirido un nuevo súper poder—ignoramos cuántos tiene hasta el momento—, que consiste en leer libros como si no fuera a existir un mañana. Dice que pudo leer tres en la misma semana, y aclara que no andaba de vacaciones, sino que estaba llena de trabajo. 

No solo contenta con eso, dice que además también tiene acciones muy concretas para implementar en el corto plazo, porque alguien, Pedro, digamos, dice que si uno lee un libro debe ser con una meta en mente, y que solo se considera leído cuando esa meta se lleva a la acción. 

No entiendo, no entiendo nada. En mi profunda ignorancia, necesito que alguien, por favor, me explique cuales son las reglas para leer libros, porque, según lo que expone Nora, de los pocos que he leído en mi vida, quizá no he leído ninguno, ya que siempre trato de leer por puro placer, independiente del tipo de texto: académico, laboral o literatura. 

No entiendo, no entiendo por qué cualquier cosa que hagamos debe tener un fin más allá de hacer algo; un fin, en apariencia, más elevado que la actividad en sí. 

No sé, quizá lo he hecho mal siempre, y necesito que alguien corrija el rumbo de mis métodos de lectura. 

No entiendo, no entiendo nada.