miércoles, 31 de mayo de 2023

El fin del mundo

Hoy volví al supermercado en el que hice mercado justo cuando estalló la pandemia y nos iban a encerrar en nuestras casas. Recuerdo que ese día había una sensación de angustia en el ambiente y las personas estaban llenando los carritos de mercado con una compulsión que nunca había visto , como si se estuvieran preparando para el fin del mundo. Ese día llevaba guantes y utilicé el tapabocas por primera vez, sin saber que iba a ser una prenda de uso frecuente los años siguientes. Nunca sabemos nada.

Hoy, cuando pasé por una sección de productos de belleza femenina, una marca tenía una pantalla con un video de un producto. Eso, por alguna razón, me hizo acordar de esa ocasión, y también del Telescreen que inventó Orwell para 1984, el sistema de televisión que difunde mensajes de propaganda del partido y que permite a la Policía del pensamiento escuchar y ver lo que se hace en cualquier lugar en el que esté instalado uno.

No sé por qué asocie el recuerdo de los inicios de la pandemia con eso, seguro fue porque la novela da la sensación de fin, de que todo se fue al carajo.

Quizá no venga al caso, pero en ese momento también llegaron dos palabras en ingles a mi cabeza, una de ellas fue smithereens y ya no recuerdo cual fue la otra.

Ahora me entero que “añicos” es la traducción de esa palabra. Lo más probable es que haga parte de la letra de una canción y apareció en mi cabeza simplemente porque sí, porque las palabra son caprichosas y nos habitan cuando les da la gana.

La definición de añicos es: “Pedazos o piezas pequeñas en que se divide algo al romperse”. De ahí ,imagino, que haya llegado a mi cabeza, pues supongo que el fin del mundo ocurrirá cuando todo se rompa en miles de pedazos y no haya forma de volver a unirlos.

martes, 30 de mayo de 2023

Cambio

Partamos del hecho de que la gente cambia, nada que hacer. Que el de ayer nunca será el mismo que el de hoy. Que a cada segundo experimentamos metamorfosis a nivel celular que pasan desapercibidas y, vuelvo y repito, nos cambian.

Entonces nuestra psique se altera y el punto de vista que teníamos tan enquistado en la cabeza se derrumba. Pasamos del amor al odio en menos de un segundo. No sé quizá son lo mismo, o comparten terreno, y no nos hemos dado cuenta.

Nunca nos damos cuenta de nada, ese es otro gran problema. Vamos por ahí como dando tumbos, y a veces tenemos episodios de lucidez, pero por lo general transitamos a tientas por la oscuridad.

¿Y qué hacer con el cambio? Pues nada, no queda más que aceptarlo, aceptar lo que la vida tenga por ofrecer sin lloriquear, como me dijo la escritora Laura Ortiz hace poco, el truco está en “Dejar de poner resistencia a los ritmos de la vida”.

La frase me sacudió por completo apenas la escuché. Estuve a punto de decirle “Tienes huevo, ¿de dónde sacaste esas palabras?”, pero me quedé callado para no sugestionar su respuesta.

Lo mejor es no dar la opinión nunca. Así las personas se abren por completo, son sinceras, y de vez en cuando si tienen la sensibilidad adecuada, salen con esos balazos poéticos como el de Laura.

¿Pero les hablaba del cambio cierto? Entonces me repito. Es aceptar lo que venga y ya está, sin echarle tiza a ideas, acontecimientos, actitudes o lo que sea que nos raye la cabeza.

Nada nunca es igual, eso es todo, y como dice Thumbing my way de Pearl Jam: “There’s no right or wrong, but I’m sure there’s Good an bad”. Entonces lo único que queda son los puntos de vista y procurar que el de uno no esté tan torcido.

lunes, 29 de mayo de 2023

La gente feliz lee y toma café

Ese es el título de una novela con la que di por casualidad en una librería hace ya varios años.

El título me llamó la atención porque me vi reflejado en él. No tanto por lo de ser feliz, pues creo que es un estado en el que eventualmente se cae, sino por lo de leer y tomar café, algo que hago con frecuencia.

Si me preguntan ahora de qué trata la novela, no sabría que responder, pues la trama se esfumó por completo de mi cerebro. Me imagino que fue así porque la historia le quedó debiendo al título, no lo igualó, no cumplió con todo lo que prometía o lo que me llegué a imaginar en su momento.

Debo aceptar que me dejé llevar por él. A veces tengo buenos aciertos de feeling con los títulos, como cuando compré El hombre que murió la víspera o Como los perros, felices sin motivo, pero otras veces me descacho por completo.

En varias ocasiones y contrario al dicho, si juzgo los libros por su portada. Bueno, más bien por su contraportada que siempre tiene frases que atrapan, como Conversación en La catedral de Vargas Llosa, que al final no fue uno de mis preferidos de ese autor, pero que tenía una frase suya que decía algo como: “Si tuviera que salvar solo una obra del fuego, sería esta”.

¿Cómo no me iba a causar intriga leer esa obra para saber por qué su autor dijo eso? La curiosidad es una droga muy poderosa.

No sé como concluir estas palabras medio desordenadas, pues solo quería sentarme a escribir algo y esto fue lo que salió quién sabe si del consciente o el inconsciente.

En esos días he pensado mucho sobre eso, escribir desde el inconsciente. Varios grandes autores dicen que es la mejor forma para hacerlo, o que es el lugar donde reside la verdadera escritura.

El punto es ¿cómo hacerlo?, pues como le comentaba a una escritora en estos días, proponerse escribir desde el inconsciente es un despropósito pues el simple hecho de pensarlo ya lo convierte en algo consciente, en fin.

Ella me decía que cada quien debe encontrar rituales que lo lleven a ese estado de escritura inconsciente.

De pronto a la autora de la Gente feliz lee y toma café le llego esa frase de la nada y trato de armar su novela lo mejor que pudo, vaya uno a saber.

viernes, 26 de mayo de 2023

El otro

Cuenta la escritora Laura Ortiz, autora de Sofoco, que para escribir, escribir de verdad, es decir, escribir de forma sincera sin pretensión alguna ni intentando sonar inteligentes, es necesario prestarle atención a la voz extraña.

Se refiere a ese otro yo que nos habita, una voz extraña que nos sobrepasa y toma control del proceso de escritura. Es, creo, como ya lo he mencionado un par de veces, dejar que el inconsciente tome el control del proceso, y dejarse atravesar por los personajes y las historias; rendirse a ellos.

Menciona Yo es otro un poema de Rimbaud que siempre trató ubicarse fuera de sí mismo y que pensaba que solo se puede comprender el mundo cuando se mira bajo los ojos de otro.

“Nos equivocamos al decir: yo pienso: deberíamos decir me piensan. –Perdón por el juego de palabras. YO es otro.”

Según parece, cuando solo se acude a la racionalidad para escribir, puede que se obtengan textos redondos y pulcros, pero de los que se nota a leguas que no salieron del barro y a la larga suenan falsos. Textos que no sacuden al lector para nada.

Quizá por eso Marguerite Duras dice lo siguiente en Escribir:

“Creo que lo que reprocho a los libros, en general es eso: que no son libres. Se ve a través de la escritura: están fabricados, están organizados, reglamentados, diríase que conformes

“Sigue habiendo generaciones muertas que hacen libros pudibundos. Incluso jóvenes: libros encantadores, sin poso alguno, sin noche. Sin silencio. Dicho de otro modo: sin auténtico autor, libros de un día, de entretenimiento de viaje. Pero no libros que se incrusten en el pensamiento y que hablen del duelo profundo de toda vida, el lugar común de todo pensamiento.”

jueves, 25 de mayo de 2023

Momento oceánico, sublime o satori

Por alguna razón inexplicable experimento un momento sublime. Ya saben uno de esos estados en los que las piezas de la existencia parecen encajar a la perfección, donde la vida cobra todo sentido y su significado no presenta grietas. Imagino que se debe a que hoy no he tenido dolor de cabeza y me llena de ilusión pensar que salí de ese episodio.

Rosa montero cuenta en El peligro de estar cuerda que el escritor Francés Romain Rolland, amante de las filosofías orientales, bautizó bajo el nombre de momentos oceánicos, esos episodios de dicha plena.

“Instantes de aguda y trascendente intensidad, cuando tu yo se borra y la piel, frontera de tu ser, se desvanece, de manera que te parece sentir que las células de tu cuerpo se expanden y se fusionan con las demás partículas del universo.”

Rolland decía que es sentirse como el sol que arde en el horizonte o una gota de agua que se une al océano.

Una especie de supernova dentro de la cabeza, o bien un satori que significa comprensión y que corresponde a la iluminación en el budismo Zen. Instantes que los japoneses llaman de no-mente o presencia total. Estar conectados con todo y todos.

Cuando experimento esa sensación me dan ganas de todo al mismo tiempo: leer, escribir, dibujar, ver pasar la gente, tomar capuchino, mirar pal techo, etc. Es una emoción muy fuerte que parece sobrepasarme y que, como siempre he dicho, lo más importante es aferrarse a ella con todas las fuerzas del ser, pues se esfuma tan de repente como apareció, y como bien sabemos, la dudas, la angustia y la ansiedad, acechan a la vuelta de cualquier pliegue del cerebro.

Entonces no queda más que disfrutar lo que dure, hundirse y relamerse en ese momento sublime y darse cuenta de que a la larga nada es tan importante como parece ser, y que, como dice el copywriter español Isa Bravo, no somos ni únicos ni especiales, sino solo seres intentando sobrevivir y manejar el dolor.

miércoles, 24 de mayo de 2023

No pude con la muerte

¿Cuál?

Las intermitencias de la muerte de Saramago. Simplemente no pude meterme en la lectura. En otras palabras, no me ha emocionado como si lo han hecho otros de sus libros. Entonces abandono esa lectura porque la vida es muy corta para leer por obligación. ¿Qué si soy un mal lector? De pronto, aunque no sé qué pueda significar eso.

¿La razones? Bueno esto es una mera opinión personal, pero me hace falta que el narrador siga a un(os) personajes de cerca, pues la narración es, como decirlo, ¿periférica quizá? Habla mucho de la situación del país en el que la muerte dejó de hacer presencia, pero vuelvo y repito, me hace falta sentirme reflejado en un personaje o hacerle barra a alguno en concreto.

En un post de hace poco decía que con Saramago uno siempre va a la fija, lo que prueba que nada es fijo, que nunca hay una última palabra sobre nada, que las verdades en las que creemos, como dice Manuel Vilas, siempre son difíciles de señalar y más bien siempre están huyendo, o bien cambiando.

Me queda esa excusa romántica de muchos lectores que afirman que todavía no es el tiempo de leer el libro y que cuando sea el indicado o cuando yo esté listo, volveré a él o llegará a mí de nuevo. La verdad no creo mucho en eso porque otros libros que he abandonado como El Péndulo de Focault o El Asesino ciego, no me han dado ni cinco de ganas de intentar leerlos de nuevo.

Puede que este a solo un par de capítulos en que la historia va a tener un giro drástico y se va a encarrilar hacia donde yo quiero, o puede que no y que va a seguir hasta el final como la he percibido hasta el momento. Por eso veo que la solución más sana es cortar la lectura de tajo y ya está, ¿qué le vamos a hacer?

El punto es que no hay que sentirse mal por abandonar una lectura, sin importar si el autor es un premio nobel o cualquier perico de los palotes.

Como ya lo he mencionado muchas veces, hay que seguir las indicaciones que García Márquez dio en una de sus notas de prensa: “el método más saludable es renunciar a la lectura en la página en que se vuelva insoportable.

martes, 23 de mayo de 2023

Volver

Por eso había estado tan ausente en este espacio, porque solo me daban ganas de echarme en la cama para despotricar del mundo y lo miserable que era.

Una exageración, claro está, porque nadie, que yo sepa, ha muerto por un dolor de cabeza, y al final siempre se desvanecía tan de repente como había llegado.

El hecho es que heme aquí estancado, pues la falta de práctica me tiene como embotado. Apenas me senté me hice la misma pregunta que en muchas ocasiones: ¿Sobre qué carajos voy a escribir? entonces opté por lo fácil, contarles que, al parecer, estoy saliendo de mi temporada de dolor de cabeza.

Aunque lo mejor, tal vez, sería ser prudente y no cantar victoria tan pronto. Si lo hago es porque es el primer día que me siento normal, si es que esa definición aplica. A lo que me refiero es que los dolores siempre venían acompañados de una sensación de extrañeza, como melancolía o ansiedad, producto, imagino, del coctel de medicamentos que estaba tomando. Entonces sentía que estaba sin estar, si es que ustedes me entienden.

Algo que me propuse en esta nueva temporada de dolor de cabeza que no me daba desde marzo de 2020 cuando la pandemia estalló, fue no parar de leer, así que aprovechaba cualquier periodo de mediana calma para hacerlo.

Además, porque me di cuenta de que cuando esa sensación de extrañeza intentaba sobrepasarme, la lectura era la única actividad que la contrarrestaba. Así que al menor indicio de cabeza despejada. metía mis narices, ojos más bien, en un libro.

Cuando todo lo demás falla, la lectura siempre seguirá en pie.

Por ahora espero volver a Almojábana con la misma frecuencia de antes y si alguien me extrañó, pues aquí estoy de vuelta.

Larga vida a la escritura, mi blog y a la lectura.

jueves, 18 de mayo de 2023

Temblores, caos y otras cosas

Ahí estaba, con las gotas de agua golpeándome la cabeza mientras pensaba sobre mis dolores de cabeza, cuando de repente la siguiente idea aterrizó en mi cerebro; Los dolores de cabeza guardan cierta relación con los temblores de tierra. (la ducha siempre será uno de los mejores espacios de creación).

Se me ocurre pensar que siempre los tenemos, que siempre están por ahí escondidos dentro de un pliegue del cerebro, listos a hacer presencia cuando menos se espera.

¿Acaso esa no es la forma de actuar de los temblores de tierra? Siempre he escuchado que cada día tiembla, que las placas tectónicas no dejan de acomodarse, sino que son movimientos casi imperceptibles y por eso solo se les presta atención cuando son terremotos.

Así, imagino, pasa con los dolores de cabeza; que en medio de tanta ocupación no reparamos en ellos, solo hasta cuando son dolores intensos.

Todo esto me hace pensar también en la locura. Siempre he creído que de una u otra forma todos andamos mal de la cabeza, pero afortunadamente contamos con válvulas de escape (trabajo, estudio, sexo, hobbies, etc.) para que salga de nosotros de manera dosificada. De no ser así supongo que todos andaríamos armados esperando cualquier momento que consideremos propicio para levantar a plomo a las personas a nuestro alrededor.

Hay personas a las que esas válvulas de escape les resultan insuficientes.

La conclusión, si es que hay alguna, es que el caos y el desorden acechan a la vuelta de la esquina, que en un segundo todo está bien y al siguiente todo puede irse en picada.

Por eso no hay que tomarse la vida tan en serio.

miércoles, 17 de mayo de 2023

Puta cabeza

Ya Perdí la cuenta de los días que llevo sin escribir acá.

Bueno no la perdí, sino más bien nunca la encontré, es decir nunca la llevé. Esto que acabo de escribir quizá no tenga mucho sentido, pero vale cinco, pues uno al final escribe lo que le dé la gana, sin importar lo que piensen las personas, es decir, no se escribe para el aplauso.

La culpa, de no escribir me refiero, la tiene mi puta cabeza. Llevo semanas con dolores de cabeza diarios y simplemente no soy persona cuando tengo las crisis, pero bueno a quejarse a otro lado.

También parezco una farmacia ambulante con todo lo que me han recetado. Esto me recuerda una frase de Juan José Millás de su diario novelado La vida a ratos:

“Ya tengo incorporadas cuatro pastillas que son para toda la vida. Todos los días de mi puta vida me las he de tomar con el desayuno o con la comida o con la cena. No se trata de un gran trabajo, pero su ingesta posee un significado simbólico de la hostia. El significado simbólico es que me hago viejo de manera real, palpable”.

Puede ser que ese desbalance físico se deba a no escribir. Por alguna razón, antes de los dolores de cabeza, dejé de hacerlo un par de días y eso fue lo que los desencadenó, y si se siguen presentando es simplemente porque no saco de mi sistema lo que necesite expulsar de él en letras.

Esa es mi teoría y la pondré a prueba. A partir de hoy intentaré escribir algo, lo que sea, aunque mi cabeza esté a punto de explotar.

Deséenme suerte.

miércoles, 10 de mayo de 2023

Leer y opinar

“Leo, es como una enfermedad”, cuenta Agota Kristof en su libro La analfabeta.

¿Cómo no identificarse con esa frase? No hay momento del día en el que no quiera leer.

Igual que a Kristof, que a muchos. me gustar leer, y sí, a veces parece una enfermedad. Cabe anotar que a los que nos gusta hacerlo, no somos seres especiales, solo nos gusta leer y ya está, como a otros les puede gustar hacer Papás Noel con bom bom bun y papel crepé, por nombrar cualquier actividad.

Entonces fantaseo con la idea de que algún día voy a conseguir un trabajo en el que me van a pagar por leer y en el que no debo hacer nada más que decir si lo que leí me gustó o no, sin necesidad de tener que dar mi opinión concreta sobre una obra. Un trabajo que involucra lectura y tomar café en cantidades abundantes.

En este mundo en el que vivimos, e imagino que en otros, no tener opiniones sería lo mejor. Como dice Ribeyro en la Tentación al fracaso: “Me gustan las personas sobre las que no podemos formarnos una opinión, en otras palabras, las que nos obligan a renovar constantemente la opinión que tenemos de ellas; frase que no sé si aplique para la idea que quiero tratar, pero me acordé que el escritor peruano tocaba el tema de las opiniones.

Entonces leo para llenarme de historias en vez de opiniones. Igual las ultimas son muy jodidas, pues parecen tener vida propia y uno se las termina formando quiéralo o no.

Dicho esto, parece ser que el truco para que no sean tan nocivas, es aprender a dominar el fino arte de encerrarlas en la bóveda craneal, y saber morderse la lengua cuando alguna quiere salir disparada por la boca.

lunes, 8 de mayo de 2023

¿Quién es ese hombre?

El hombre está sentado en un café de un centro comercial. El ruido que hace en el medio ambiente parece no afectarlo gracias a los audífonos que lleva puestos.

Sobre su mesa esposa una mochila descolorida, una libreta cerrada con un esfero de color azul encima, y un vaso de café que rara vez se lleva a la boca. Podría suponerse que ya se acabó la bebida, o que esta se enfrió y él perdió todo interés en tomarla. La vida, ya sabrán, es muy corta para tomar café helado. En eso estamos de acuerdo con ese hombre.

Teclea con fuerza sobre el teclado de un portátil diminuto y cuando lo hace deja de mirar la pantalla. Luego, cuando sube la vista, parta ver si no cometió algún error de digitación, lee lo que acaba de escribir, y lo hace sonreír o asentir con la cabeza. Incluso a veces gesticula con las manos como si pretendiera explicarle algo a la persona a la que va dirigido su mensaje. Entonces agacha la cabeza de nuevo, corrige algunas frases, y repite la operación de revisión.

¿Quién ese ese hombre? ¿Quién camina a nuestro lado? ¿Con quiénes nos cruzamos en el día? Seguramente son perfectos desconocidos, pero ¿cómo dimensionar cuál es su papel en la historia de la humanidad?

¿Cómo saber si ese hombre barbado y con el pelo ensortijado del que les hablé hace un momento no es un emprendedor tecnológico que va a cambiar el destino de nuestras vidas con eso a lo que se dedica?

Da un poco de angustia pensar que a cada rato nos cruzamos con personas que son como big bangs, listos a explotar para cambiar el mundo tal cual como lo conocemos.

jueves, 4 de mayo de 2023

Speck on the ground

La traducción literal, por lo bajo viene a ser: mota en el suelo.

Esa es la frase que se me aparece en la cabeza. Irrumpe de un momento a otro con fuerza; no me suelta, hace que la repita una y otra vez: speck on the ground, speck on the ground, speck on the ground.

Pienso en motas, una ventisca ,polvo y tierra.

La digo fuerte en voz alta, y luego la susurro hasta que la encierro en mí cabeza.

¿Acaso es el subconsciente, en su papel de musa, que intenta enviarme un mensaje? No lo sé.

¿Cómo saberlo? ¿Cómo saber con certeza algo en esta vida o en cualquier otra? ¿Cómo Saber si es una filia o un miedo, que por algún estímulo externo brotó a la superficie de la conciencia?

Me inclino a pensar que es la letra de una canción, pero no logro precisar cual. Me gusta su sonoridad, por eso la repito hasta la saciedad.

Podría ser la semilla de un poema, de la letra de una canción, un ensayo o toda una novela, igual que cuando Tolkien escribió: en un agujero en el suelo vivía un hobbit, en una hoja de examen que calificaba, y ya sabemos el universo fantástico que se desmembró de esa frase.

La escribo en mi libreta de la siguiente forma: el viento levanta una mota de polvo del suelo.

Y la dejó ahí quieta, a ver si crece por si sola o me llegan más mensajes que tengan que ver con ella.

Los mantendré informados.

martes, 2 de mayo de 2023

La eterna parranda

Ese es el título de un libro de crónicas de Alberto Salcedo Ramos. Lo acabo de ver en mi biblioteca y por eso escribo esto.

Recuerdo que lo empecé a leer en un viaje de trabajo a Cartagena. Teníamos que dictar 3 capacitaciones diarias y al final del día, cuando yo lo daba todo por echarme en una cama y no hacer nada, la que era mi jefe en ese entonces le daba por trabajar más.

Un día, debido a un cambio de grupos, lo teníamos libre, y como el hotel quedaba en la mitad de la nada, lejos de la ciudad, tomé un cupo de uno de los buses que salían para la ciudad vieja.

Para mi fortuna, mi jefe decidió quedarse en el hotel ese día y como ya estaba mamado de verle la mala cara todos los días quería pasar un buen rato solo.

El bus nos dejó, a mi y a otro par de personas, cerca de la Plaza de Armas, y el conductor nos dijo que a las 7 de la noche nos recogía en ese mismo lugar.

Lo primero que hice fue ubicarme, porque soy muy despistado y si me iba del lugar de una, seguro después no lo encontraba. Cuando ya creí haber ajustado mi brújula interna comencé a deambular por la ciudad vieja hasta que di con un restaurante de sushi, en el que venden un rollo con tiritas de naranja encima que no he visto en ningún otro sitio.

Eso lo vine a saber después en un viaje que hice con mi hermana, pues el día del que les hablo, no sé por qué me decidí por un arroz con langostinos que al final no me convenció del todo.

Después del almuerzo ya tenía cuadrada el resto de mi tiempo libre: meterme a un café y leer el libro de Salcedo Ramos, que no había podido tocar en todo el viaje, debido a las largas jornadas de trabajo.

Luego de caminar  un par de cuadras encontré uno, pedí un capuchino con una porción de torta de zanahoría y me puse a leer como si el mundo se fuera a acabar, concentrado, con furía, o bien, con furia concentrada, si me entienden.

En medio de mi lectura cayó un pequeño diluvio universal, y el agua se estanco en las calles, pero el sol de la tarde la evaporó en menos de media hora.

Cuando faltaba una hora para tomar el bus, comencé a caminar hacia la Plaza de Armas por si de pronto olvidaba el camino y necesitaba tiempo para ubicarme, pero llegué sin inconvenientes, con más de 40 minutos de sobra, así que busqué otro café, pedí un jugo de piña con mucho hielo y me dediqué al fino arte de ver pasar la gente.