viernes, 5 de marzo de 2021

Obsesión

Hay ocasiones en las que termino de escribir un texto y me obsesiono con él. Lo leo, lo edito, lo vuelvo a leer y editar, y repito esa secuencia de pasos hasta que en un momento determinado lo dejo ser, porque sé que si sigo en esa tónica nunca terminaré de revisarlo.

Hace unos días me paso con uno que había dejado reposando por más de una semana, para que sus cimientos gramaticales se asentaran. Puede que eso haya ocurrido, pero cuando lo volví a abrir no me aguante las ganas de leerlo y volverlo a editar. Le hice ajustes mínimos aquí y allá—eso me hago creer siempre— a la puntuación, cambié unas palabras por otras, a causa de un capricho lingüístico que no sé bien cómo funciona, y luego lo leí en voz alta.

Cuando pensé que lo había terminado, abrí el E-mail para enviarlo de inmediato, antes de que me entrara otra vez la duda. Pero una vez realicé esa acción no me aguanté las ganas, y volví a leerlo.

Tenía la palabra “eres” repetida no en el primer párrafo, sino en la primera línea. Lo corregí y lo volví a enviar, después de cambiar la primera frase.

Hace un tiempo leí un texto de una mujer que alegaba que estaba cansada de los correctores de estilo que eran muy estrictos con la repetición de palabras y que exigen eliminar una cuando esa situación se presenta. La mujer alegaba que hay ocasiones en que eso no es necesario por otras características del texto, como su ritmo, por ejemplo.

Ese no era el caso en el mío, sino un claro error, porque la frase sonaba chistoso. No sé en cuál de las n revisiones que le hice al texto repetí la palabra o si había estado duplicada desde el principio.

Parece que hay palabras que de tanto ser leídas deciden camuflarse.