viernes, 5 de diciembre de 2025

Un libro infantil

Acompaño a mi hermana a una Panamericana. Mientras ella busca yo no sé qué, orbito hacia la sección de libros.

Comienzo a jugar con la idea de comprarme uno, aunque pienso que comprar libros en ese lugar no es bueno, es decir, lo mejor sería apoyar una librería independiente o un lugar que de verdad se sienta una librería y no una miscelánea gigante.

Reviso la nota de mi celular Libros, para ver qué títulos me han llamado la atención últimamente. Leo un par de ellos hasta que me encuentro con uno: El Libro Salvaje, Juan Villoro. Lo anoté porque la premisa del libro me parece brillante: un libro que se esconde y se rehúsa a ser leído.

De un momento a otro me entra ese arrebato comprador y le pregunto a una mujer por él. ¿Villoro?, responde levantando una ceja. Luego camina hasta un computador para teclearlo a ver si aparece en el sistema.

“Sí, lo tenemos, pero es para niños”, me informa, al tiempo que me estudia con la mirada. Por el tono de su respuesta y la forma en que me mira parece que se pregunta: ¿No está usted muy viejo para ese tipo de libros?

Me surgen preguntas: ¿Estoy viejo para leer cierto tipo de libros? ¿Llegar a cierta edad restringe la lectura de libros infantiles? ¿Qué carajos es un libro infantil?

Entonces sonrió de medio lado y con aires de suficiencia le digo: “Señora, vea que Tolkien creía que los libros no tienen edad y que a los niños no hay que protegerlos de lo complejo ni tratar de simplificar su literatura.”

Remato anotando que aparte de que no tienen edad, tampoco tienen género.

La mujer me mira raro y solo responde: “¿Lo puedo ayudar con algo más?”

La anterior escena solo me la imagino. nunca actuaría de forma tan ridícula. Lo más probable es que a la mujer le importe cinco lo que lean las personas, pues ella solo está allá para atender de la mejor forma posible.

Sea como sea siento algo de pena y le preguntó por otro libro como para que vea el supuesto lector serio y recorrido que soy, uno de Ricardo Piglia. De nuevo busca en el sistema y no tienen libros de ese escritor.

Abandono el lugar.

Al siguiente día despierto con la firme convicción de comprar el libro de Villoro. En la tarde voy a cumplir mi ritual decembrino de pasar horas en una librería hojeando libros. Escojo la Tornamesa de la avenida Chile.

Ya en la librería, Después de pasearme un buen tiempo por los pasillos y no ver nada que capte mi atención, preguntó de nuevo por El Libro Salvaje.

El librero no hace ninguna acotación al respecto, lo busca y me lo entrega. De camino a la caja me cruzo con Que pase lo peor, de Antonio García Ángel, y también me lo llevo.