Cuando hago el pedido, el barista me dice que me puedo sentar y que dentro de un momento me llevan la bebida a la mesa. Cuando doy medía vuelta veo que solo queda una disponible que da hacía una vitrina. Quedo expuesto a las personas que caminan por el centro comercial, e imagino que soy una especie de maniquí viviente.
Saco el kindle y comienzo a leer. Me siento extraño leyendo en digital en medio de ese templo que le rinde culto a los libros físicos, pero aún no quiero comenzar ninguno de los libros que acabo de comprar. A veces leo varios libros a la vez y otras me obligo a terminar la lectura de turno antes de comenzar cualquier otra.
Al rato uno de los libreros se ubica detrás mío. Viene acompañado por una mujer rubia que carga una mochila roja. “Acá tenemos toda la sección de cine y guiones”, comenta él. “Veo”, responde ella y suelta una risita nerviosa.
“ ¿Has leído los guiones de Andrés Caicedo?, son buenísimos".
“No”, responde ella al tiempo que se pasa una mano por el pelo.
La mujer se interesa por otro libro y pregunta sobre él. El librero despliega todo su arsenal de conocimiento y habla con propiedad: “Claro, ese que mencionas también es muy bueno, es como el de …. el de”, y no consigue acordarse del nombre que busca en su memoria.
Parece que la clienta está a punto de perder el interés, y para retenerla a él solo se le ocurre decir: “ ¿Cómo se me va a olvidar el nombre? El viernes pasado, con unos amigos, nos la pasamos hablando 5 horas seguidas de él en el parque de los hippies.