Desayuno torta de navidad con café y comienzo a leer el capítulo 24 de una novela. De repente, una mosca aterriza en la página del libro y se queda congelada.
Por un momento pienso que hace parte de la tipografía , una licencia creativa que se tomó el diseñador editorial, hasta que veo como se frota las patas. Puede que esté reajustando sus sensores de gusto y olfato. Me aventuro a pensar que esta mosca es especial y también puede leer.
De un momento a otro siento un asco milenario. Maldita, pienso. Luego la soplo y sale a volar despavorida.
Me pregunto cuál es el significado de lo que acaba de suceder. Podría buscar en internet o preguntarle a una IA para que me explique. No lo hago. Que pereza eso: necesitar de la ayuda de las máquinas a toda hora para darle sentido a la vida y justificar lo que pensamos o lo que nos ocurre, por más trivial que parezca.
La mosca aterrizó en la parte superior cerca del número cuatro. Atribuirle significado a eso sería de locos. Otra cosa es que hubiera aterrizado en la línea que dice: "A veces venía a contarme cosas de María: que se iba curando, que no estaba tan triste, que ya decía que iba a volver a la escuela de enfermeras de nuevo".
De haber sido así, eso me habría disparado a pensar en las Marías que conozco, y a preguntarme si se encuentran bien.
Dejó el libro sobre la mesa y tomó el celular para escribir un borrador apurado de estas palabras. Apenas comienzo a hacerlo, la mosca aterriza en la punta del teléfono.
Aunque puede que sea una señal o no, o que intente establecer contacto conmigo para transmitirme un mensaje, me pongo de pie para buscar el matamoscas.