lunes, 5 de octubre de 2020

Dibujar

Cuando era pequeño dibujaba mucho, lo que fuera. Recuerdo que me sentía afortunado cuando tenía una hoja Xerox gruesa a mi disposición —En ese entonces creía que solo las podían utilizar los adultos—, eran el lienzo perfecto. 

Llegaba a la cocina y me sentaba en la mesa, y mientras mi mamá cocinaba le pedía que me diera ideas para dibujar, entonces ella me decía: “dibuja tal fruta, dibújame a mí, o tal objeto”, y ahí me quedaba yo dibujando por horas. 

Luego, no sé en qué momento, conocí los tarritos de tinta china con sus plumas de punta metálica y le empecé a echar tinta a lo que dibujaba. Eran dibujos de súper héroes, más complicados por la cantidad de detalles que tenían y, por lo general, los terminaba en varias sentadas. 

En los últimos años de colegio siempre tomé la vocacional de pintura y ahí conocí la técnica de carboncillo. El hombre que la dictaba, Jairo, creo que se llamaba, siempre que pasaba al lado de mi caballete, admiraba mis dibujos y decía, como pensando en voz alta: “¡Qué buen trazo!”. 

No sé en qué momento dejé de dibujar seguido, hasta que paré de hacerlo por completo. En los últimos años siempre había pensado que debía volverlo a hacer, pero nunca me decidía. 

Hace unos días, me topé con un tweet de Inktober y, sin pensarlo, decidí participar en esta edición. El bujo que hice hoy es el que más me ha gustado, porque me traslado a esa época de mi niñez en la que dibujaba seguido, y volví a experimentar esa calma profunda que me produce la actividad, aquel estado en el que no pienso en nada aparte del dibujo, sensación similar a cuando me siento a escribir. 

Un lápiz y una hoja; es poco lo que se necesita.