jueves, 22 de octubre de 2020

Tinto


Me tomo un tinto que sabe muy bien. Lo hago apenas me despierto y creo que, en él, en su sabor, temperatura, vaho, se encuentra el significado de la vida. Ese tinto que me acabo de tomar llevaba el sabor de la muerte y el amor en justa medida. Es como si mi vida, todo lo que he hecho, las decisiones buenas o malas que he tomado, y que me han llevado a ser quien soy o no soy, lo que sea que me haya pasado, me condujo a ese instante en el que me tomé el tinto. 

Hay tintos de tintos: claros, fuertes, oscuros, amargos, con sabor a madera, añejos; tintos que se beben de forma solitaria en la terraza de un café, mientras se ve pasar a la gente que va por la calle, afanada, no la calle sino la gente, o más bien ambas; otros que amenizan una conversación entre amigos, como esos que me tomaba con D. en los primeros semestres en la universidad, después del almuerzo, y que siempre acompañaba con una chocolatina jet de las pequeñas; en fin, parece que hay tantos tintos como personalidades o estados anímicos, qué sé yo. 

Les hablo de ese tinto por dos cosas: la primera, como suele ocurrir, porque no sabía sobre qué escribir. Eso es algo extraño porque siento unas ganas inmensas de contar algo, lo que sea. Quisiera ser como un niño pequeño que cada día se empapa del mundo y cada evento le parece novedoso, para luego narrarlo todo, en especial lo obvio, lo más insignificante, que, sin darnos cuenta, es lo que más vida tiene; pero le doy vueltas y vueltas a temas e ideas y nada me convence. 

La segunda es que como no sabía que escribir, el escritor húngaro Sandor Márai me dio la solución. En los capítulos finales de Confesiones de un Burgués, Márai está de vuelta en Hungría luego de haber vivido en Paris, tras haber pasado varios años por fuera. El escritor está reconociendo su ciudad natal; cuenta qué le gusta y como se siente en cada lugar, por qué le agrada o desagradan ciertos aspectos de Buda o de Pest. Dice que busca un café en el cual trabajar, pues eso es lo que todo escritor hace, pero no sabe bien sobre qué escribir. Entonces el narrador comenta: “Pues sí, hacía falta saber sobre qué iba a escribir. Yo miraba hacia adelante y pensaba: “¿Por qué no escribir sobre el vaso de agua que hay en la mesa?” 

Por eso escribo sobre el tinto, porque la taza, ya vacía, ocupa parte de mi campo visual. De pronto de eso se trata la escritura. De mirar lo que se tiene en frente de las narices e intentar contar algo sin muchas florituras.