miércoles, 21 de octubre de 2020

Tensión

A veces me distraigo con eventos cotidianos mientras me ducho. Hace un tiempo, por ejemplo, me puse a leer la etiqueta del champú, y traía la palabra fortalecedor. Ese día me lo eché pensando que me iba a convertir en una especie de Sansón, que el producto me iba a dar una fuerza descomunal por el resto del día. Al final, claro está, nada de eso pasó, aunque no creo haberme enfrentado a ninguna situación que requiriera el uso de mi nueva fuerza.

Hoy, se formó una pompa de jabón mientras me enjabonaba las manos. Hasta ahí nada raro, pues es algo que suele pasar cuando el agua y el jabón entran en contacto, pero hoy fue distinto porque la burbuja que se formó era descomunal. 

Era una de esas burbujas que invitan a que uno la sople, pues están destinadas a eso, es decir, esa es su función en la vida de las personas: que uno las sople, para luego quedarse mirándolas como un pendejo. 

Esas burbujas que se crean en la ducha suelen ser débiles, y apenas se soplan se desbaratan. Eso fue lo que hice con esta, pero aguantó con dignidad la primera embestida del aire que salió de mi boca. Soplé otra vez y ahí siguió, como si nada. Al tercer intento para desprenderla de mi mano, y ya en el borde de esta, a punto de saltar o, más bien, flotar al vacío, me di cuenta de la tensión superficial de la burbuja, para no desbaratarse e irse por el sifón sin antes dar un espectáculo. Ahí estaban las moléculas de agua apretujándose unas contra las otras para darle vida a la burbuja. 

En ese momento pensé que se pueden hacer metáforas de una burbuja de jabón y diferentes situaciones de la vida, pero que pereza andar detrás de las figuras narrativas para dejar una moraleja. 

Y sí, al final la burbuja abandonó mi mano para luego de un corto trayecto, de no más de 4 segundos, estrellarse contra el suelo y desaparecer.