martes, 29 de junio de 2021

Placeres lectores sencillos

Me refiero a esas minucias que le alegran a uno un rato de lectura. Son eventos triviales cargados, creo, de ese tipo de energía que lo pone a uno de buen humor.

Leer despacio, en mi caso, es el primero de todos y hace posible los otros. Me considero un lector lento, poco devora libro, y por eso me cuesta comprender las ventajas de la lectura rápida, ¿cuál es el afán?, en fin. Nada mejor que leer sin prisa y demorarse lo que uno se tenga que demorar en una página.

El segundo es cuando me encuentro con el título de la novela en alguno de sus capítulos. Siempre que me pasa eso, siento que es debo compartir esa información con alguien, y que si el autor inserto el título en ese pasaje preciso, es porque es determinante o encierra el significado de su obra.

A veces leo y releo la frase o el párrafo, que contiene al título, pero nunca llego a una conclusión certera.

El tercero es cuando conozco o he estado en el escenario en el que transcurre la historia; las calles que se mencionan o los lugares emblemáticos que se describen, hacen que viva la lectura a otro nivel.

Hoy M. fue la que me hizo car en cuenta del cuarto, que es cuando una novela hace referencia a un suceso especial de otra gran obra.

Por ejemplo En donde Cantan las Ballenas, Kilnkert hace una referencia al inicio de Cien Años de Soledad, cuando Aureliano Buendía recuerda aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

viernes, 25 de junio de 2021

Mishima

Yukio se llama, y es un escritor japonés que nunca he leído.

Ayer organicé unos libros huérfanos de biblioteca y apareció uno de ese autor "Yasunari Kawabata, Yukio Mishima. Correspondencia (1945-1970). El primero fue el tutor del segundo.

Mishima irrumpe en mi vida, justo cuando una mujer me cuenta que su libro, El rumor del oleaje, es uno de sus preferidos, y que es una lectura a la que vuelve una y otra vez.

El que me encuentro lleva un sello de la librería Nacional en la primera hoja, y debajo de este, en letras mayúsculas, aparece la palabra CORTESÍA.

Me imagino que me lo encimaron por alguna compra, pero no recuerdo cuál, y mucho menos por qué lo escogí. De pronto lo hice por mi gusto por los diarios, y un intercambio epistolar entre dos escritores, puede tener ciertas semejanzas con ese tipo de libros.

Lo más probable es que necesite leer al autor, y este no se cansará de aparecer en mi vida a modo de noticia, comentario suelto, o como sea, hasta que lo haga; así de caprichosos son los libros, y uno todavía cree que es el que los escoge, en fin.

El que me encontré, cuenta que Mishima consideraba un maestro al escritor veterano, y que ambos compartían varios temas y obsesiones: La atracción por la muerte, las percepción trascendente de las relaciones humanas, signifique lo que eso signifique, y la devoción por la belleza, entre otros.

Parece que era tanta la atracción por la muerte de los dos, que ambos se suicidaron.

miércoles, 23 de junio de 2021

¿Qué hacer?

Fabian Peláez, consultor financiero independiente, se despertó temprano. Fue a la cocina, se preparó un café cargado, le echó un chorrito de leche, que dejó caer en la taza desde gran altura, y se sentó a tomarse la bebida en la mesa de la cocina.

Como era temprano, las cuatro y media de la mañana, la ciudad cargaba un silencio pesado. Peláez aprovecho esa atmosfera acogedora y leyó un capítulo de “Las flores malditas”, una novela policiaca que lo tenía en vilo.

Cuando lo acabó, dudó por un instante si continuar con la lectura, pero en un arrebato de responsabilidad cerró el libro, terminó su café de un sorbo decidido y luego se dirigió a la ducha.

Cuando las primeras gotas de agua golpearon su cabeza, una idea de trabajo se le apareció en ella, pero se obligó a pensar rápido en otro tema, pues quería disfrutar del baño, sin ningún tipo de preocupación.

Por más que trató de hacerlo, la idea se camufló en los pliegues de su cerebro, y aunque Peláez creyó evitarla, nunca dejó de pensar en ella.

Más tarde, cuando se sentó en su escritorio, la idea de trabajo creció hasta ocupar todo su pensamiento. Peláez cayó en cuenta de que más que una simple idea era una epifanía, un salvavidas que le tiraba el destino, su cabeza o las circunstancias, para que corrigiera el rumbo de su negocio.

Ahí sentado, con las manos sobre el teclado, cayó en cuenta de que debía replantear toda su estrategia. Si no conseguía los resultados que quería, era porque desde el principio se había equivocado en uno de sus planteamientos.

Mientras pensaba sobre eso, quedó como paralizado. Miró su reloj; marcaba las 6 de la mañana y, justo en ese momento, sonó la alarma del despertador de su esposa, pero el ruido de la chicharra le pareció lejano, como si fuera de otra dimensión.

Luego abrió un documento de Word, anotó la idea, presionó la tecla enter una, dos, tres veces, y escribió la pregunta "¿qué hacer?"

Aún no lo sabe, pero cree que con haber planteado esa inquietud, puso a rodar su vida en la dirección adecuada.

martes, 22 de junio de 2021

Tienda de especias

Me metí en un club de lectura en el que estamos leyendo “Donde cantan las ballenas”, la novela de Sara Jaramillo Klinkert. Cuando lo terminemos, vamos a tener una sesión virtual con la escritora. Eso me parece maravilloso, es decir, poder preguntarle a un autor, todo lo que a uno se le ocurra acerca de su obra, con la historia fresca en la mente.

Antes de enterarme del club de lectura, tenía en mi radar de títulos “Como maté a mi padre”, su primera novela, pero ya ven, a veces no escogemos los libros que leemos, sino que son ellos los que atropellan nuestros caprichos lectores, con sus cascos de potrancos desbocados.

Hace dos semanas fui a la Lerner, mi comprador compulsivo salió a flote, y compré ambos.

A ratos pienso en hacerme un harakiri de lectura, y mirar si también leo su primer libro. Lo más probable es que no lo haga, porque tendría que acabarlo en un tiempo récord y leer, creo, no se trata de eso.

Disculpe usted, querido lector, por lo que acaba de leer, que no tiene nada que ver con el título del post.

Mejor vamos al lío, como dicen los españoles.

En la solapa de la novela, sale una foto de la escritora y, a primera vista, por la expresión de su cara, se podría pensar que es una mujer seria.

Luego viene ese extracto en el que se cuenta con rapidez quién carajos es Klinkert en el mundo de las letras. El texto dice que estudio comunicación social y periodismo en la Pontificia Universidad Bolivariana, que ha trabajado en los principales medios colombianos y que cursó un Máster de Narrativa en la escuela de escritores de Madrid.

Pero lo mejor de ese breve escrito es la frase que lo cierra: “En la actualidad vive en Medellín, dirige una tienda de especias y escribe su tercera novela.

lunes, 21 de junio de 2021

Señales divinas

En una tarde de 1978, un hombre fue a un estadio de beisbol. Ya en el lugar, compró una cerveza y se sentó a ver el partido. El cielo estaba azul, sin rastro alguno de nubes, la bebida helada, y el contraste de la pelota blanca y el verde intenso del césped, era un efecto visual placentero.

En la parte baja del primer inning, el bateador golpeó el lanzamiento del pitcher hacia el campo izquierdo.

¡Crack!

El impacto del bate contra la pelota resonó en todo el estadio

Fue justo en ese instante, y sin ningún motivo aparente, en el que el hombre tomó una decisión importante: “Creo que puedo escribir una novela”, pensó.

La señal divina le cayó en la cabeza ahí mismo; no sabemos si iba dirigida hacia él, o si el mecanismo con el que funcionan los eventos del universo falló por un instante, y le tocó  ser el receptor de esa señal que, en principio, iba destinada a otra persona, como, por ejemplo, un escritor con la autoestima baja.

Ahora, lo único que ese hombre sabe a ciencia cierta, es que el doble de Dave Hilton, el bateador, cambió de forma drástica su vida.

Después del partido, camino a su casa, compró una resma de papel, un bolígrafo, y comenzó a escribir su primera novela. La actividad lo fascinó y le pareció algo muy fresco.

En días posteriores, cada vez que llegaba del trabajo, repetía su rutina de escritura sentado en la mesa de la cocina. El momento en el que terminó borrador de su primera novela, coincidió con el final de la temporada de béisbol.

Hasta ese momento, el hombre afirma que no tenía ni idea de cómo escribir ficción, y lo que le gustaba leer, eran novelas rusas del siglo XIX y cuentos americanos de detectives.

El hombre es Haruki Murakami.

Su historia me hace preguntar algo: ¿Será que el universo a cada rato nos envía señales divinas para que vivamos la vida a la que estamos destinados y, como somos medio atembados, muy pocas veces nos damos cuenta de ellas?

viernes, 18 de junio de 2021

Sirena

Cuando llamo a un negocio de sushi que queda cerca de mi casa, la mayoría de las veces contesta una mujer. Siempre Me cautiva su voz, y la escuchó con cuidado mientras toma mi pedido.

Su tono y timbre, son una mezcla de ternura y sensualidad que, aunque suene raro, me atraen. Trato de imaginar cómo será, todo un despropósito, en fin.

Hoy, después de varias semanas volví a llamar, y su voz surtió el mismo efecto. A veces me dan ganas de preguntarle cualquier cosa, qué platos me recomienda, los diferentes tipos de sushi, etc. solo por prolongar un poco la llamada, pero nunca lo hago.

Apenas cuelgo el encantamiento cesa de inmediato.

Leo por encima del tema. Cuentan que en tiempos antiguos a los marineros les daba miedo aventurarse en aguas desconocidas, pues corrían peligro de encontrarse con sirenas, que los atraían usando sus atractivas y sensuales voces. Por medio de ellas lograban que estos se echaran al agua como si nada, para morir en el mar.

Parece que esa atracción que se siente por una voz, tiene que ver con el cerebro y las conclusiones que este saca según su frecuencia: Cuanto más alta sea la de las mujeres, sin llegar a pasarse de chillona, y más baja la de los hombres, las voces funcionan mejor si de atraer a alguien se trata.

¿Será posible que esa mujer provenga del linaje de las sirenas?

miércoles, 16 de junio de 2021

Carne de reno

“En serio me da tristeza, era el único evento al que pensaba asistir. Hasta iba pedir permiso entre semana” dice C, una amiga, por un chat de WhatsApp. Se refería a la feria del libro, que otra vez se canceló por culpa de Covid Alfonso.

El rumor era que Suecia, como país invitado, iba a botar la casa por la ventana. Mi amiga pensaba que era posible que trajeran carne de Reno. Eso la había entusiasmado, pues ella la ha probado y dice que sabe muy bien.

Luego de haber expresado su decepción, L, otra amiga, compartió un tweet de un hombre, que afirmaba extrañar las filas para ir al baño y las crispetas a 20.000 pesos, cifra que, imagino, exageró para darle un toque gracioso a su publicación.

Yo extraño el evento, pero sin tanto guayabo. En las últimas ediciones me gustó mucho ir solo, en los primeros días de la semana, para paseármela a mi ritmo, siempre con actitud Flánerie y con muy pocos libros en mente.

Solo hubo una edición en la que llevé una lista y encontré dos novelas que tenía muchas ganas de leer: El tumbao de Beethoven y Vibrato.

También, con esa actitud vagabunda conocí los Articuentos completos de Millás y caí, o bien, sigo cayendo en el abismo de su obra.

También recordamos las filas para entrar al pabellón de caricatura, no encontrar mesas para almorzar, llevar sándwich porque era difícil comprar algo, y tomar cafecito sentados en el piso, porque todo estaba lleno.

“¿Pero no te estresa un poco pensar en ese ambiente, todo super lleno?” le pregunta L. a C. Yo lo pienso y es como “Estábamos locos para estar así de juntos jajaja".

C responde que eso le encantaba, es decir, saber que la gente andaba comprando libros, junto con el dolor de espalda de caminar horas y horas viendo libros, y esperar los últimos días la promoción de 4x8 de Random House.

“Siento que es como una vida pasada”, concluye.

También recuerda cómo ella y su esposo llevaban maletas vacías para cargar sus compras, y dice que hasta desarrolló una habilidad para llenar un formulario, para que le dieran entrada gratis todos los días.

Pero ya ven, los amantes de los libros otra vez nos quedamos sin feria y sin poder probar la carne de Reno.

martes, 15 de junio de 2021

Leer a sorbos

Me considero un lector que lee a sorbos, a copitas de lectura y no de esos que se empacan un libro de una sentada, como si supieran que se van a morir al día siguiente.

Tal vez eso se deba a que siempre leo hacia las 11 de la noche, ya estoy cansado, y si me demoro mucho leyendo, levantarme al otro día me costaría más de lo normal.

Otra razón, imagino, es porque me gusta leer varios libros al tiempo, entonces cuando leo, a veces, suelo mezclar sorbos de lectura de un libro y de otro.

Igual ser un lector que le gusta atragantarse con las letras o ser otro, como yo, que lee de a poquitos no importa, pues el fin es leer, ¿acaso no?.

Leer como sea y en el momento que se pueda, porque puede que llegue un día en el que no lo vamos a poder hacer más.

Digo eso, porque estoy leyendo los diarios de Sándor Márai y son impactantes, pues el escritor se está desmoronando físicamente, ya casi no puede ver, al igual que su esposa, y lo que más lo aterra es ese día en el que no pueda volver a hacer lo que más le gusta: leer.

Eso que dice Márai, prueba lo que cuenta Rosa Montero en su libro La Loca de la Casa. A La escritora española le gusta hacerle una pregunta a sus colegas: "¿ si, por alguna circunstancia que no viene al caso, tuvieras que elegir entre no volver a escribir o no volver a leer nunca jamás, ¿qué escogerías?”. La gran mayoría escoge leer.

“Y es que, ¿cómo puede una apañárselas para vivir sin la lectura?
Dejar de escribir puede ser la locura, el caos, el sufrimiento;
pero dejar de leer es la muerte instantánea.
Un mundo sin libros es un mundo sin atmósfera, como Marte.
Un lugar imposible, inhabitable.” 
- La Loca de la Casa -

lunes, 14 de junio de 2021

Otra vez en Nueva York

La primera vez fue esta.

Ahora estoy, creo, en una cafetería en el centro de esa ciudad. Hay mucho movimiento de personas que entran y salen del local y meseros que caminan apurados, con bandejas llenas de platos que sobresalen por encima del mar de cabezas, como si estuvieran tomando una bocanada de aire.

Digo creo porque no conozco esa ciudad, pero algo me dice que estamos en ella.

Estoy con Silvana, una mujer que no veo desde que salí de la universidad y otro hombre.

Ese otro hombre, es solo un bulto opaco. Sé que lo conozco, y también sé, no me pregunten cómo, que no tiene ningún lazo con Silvana.

A pocos metros, en otra de las mesas, una mujer lleva puesta una gorra azul. Esta recostada y escurrida contra una pared y lee un libro que tiene apoyado sobre el borde de su mesa y que sujeta con ambas manos.

El hombre, que supongo es un amigo, dice en voz alta : ¡Es Emma Stone¡ y  señala a la mujer de la gorra. No para de decir eso, y cada vez lo hace con más emoción: “¡Emma Stone¡, ¡Emma Stone¡”

Stone se quita la gorra y le dice que deje de gritar, que sí que es ella. Resulta obvio que quiere pasar desapercibida y con tanto alboroto del hombre todo el mundo se va a enterar de que está ahí.

Mi amigo le dice que si le puede tomar una foto. Stone le dice que sí y el aprovecha para acercarle una cámara digital a pocos centímetros de la cara. Dispara y el flash ilumina por un segundo la cara de la actriz.

Tiempo después estamos Silvana y yo, solos, en la misma cafetería. Me cuenta que hace mucho no tiene pareja y que le preocupa ya su edad y el paso despiadado del tiempo. Le respondo que yo tampoco.

Nos quedamos en silencio por un rato, rumiando lo que acabamos de decir, y luego le digo que si no conseguimos una pareja en el corto plazo deberíamos convertirnos en una.

Ella se queda en silencio.

Me despierto.

jueves, 10 de junio de 2021

2000

El sábado pasado publiqué la entrada 2000 de este blog. Es como si hubiera escrito todos los días por 5 años y medio.

Cuando abrí el blog esa era mi meta, pero al poco tiempo me aburrí de hacerlo los fines de semana, y ahora intento hacerlo cinco días como mínimo.

Algunos se preguntarán para qué carajos lo hago, y pues más allá de escribir algo, lo que sea, Almojábana con Tinto no tiene un fin específico o más elevado, solo escribir lo que salga y ya está. Si hay una razón para hacerlo, podría decir que es para que el músculo de la escritura no se atrofie.

Tenía previsto que la entrada 2000 fuera un escrito, digamos, especial, pero olvidé que había llegado a ella y por eso escribí, como suelo hacerlo, cualquier cosa.

Recuerdo todo el revuelo que causó la llegada del año 2000, y el supuesto bug informático del milenio.

En ese entonces decían que las computadoras iban a enloquecer, porque para ellas el “00” se refería al año 1900, y entonces los sistemas informáticos iban a viajar 100 años al pasado.

Según los expertos del momento, ese fallo iba a hacer que los ascensores se detuvieran, que los cajeros automáticos enloquecieran, además de que los aviones debían permanecer en tierra, mejor dicho, que todo lo que estuviera controlado por computadoras corría un grave peligro, pues estas no iban a reconocer la fecha.

Yo era pequeño en ese entonces, y no le puse mucha atención a la noticia. Lo que más recuerdo de ese año es que yo estaba esperando que ya existieran las patinetas voladoras como las de volver al futuro.

Al final, como casi siempre ocurre con todo lo que le pasa a la humanidad, no pasó nada y el mundo siguió girando; igual que este blog, que después de su entrada 2000 ahí sigue andando.

miércoles, 9 de junio de 2021

Estados contemplativos

Imagino que hay diferentes estados contemplativos.

Desde el más bajo: darle vueltas a una idea, y dejar que se vaya de la cabeza tan rápido como llego, sin prestarle mayor atención, hasta ese modo trascendental de preguntarse que significa la vida, qué carajos hacemos aquí y demás preguntas sin respuesta de ese estilo.

Supongo, también, que cada persona tiene sus propios niveles de contemplación, y que estos se disparan de acuerdo con las actividades que se realizan a lo largo del día.

Uno de los míos, por ejemplo, lo llamo: “La contemplación de la vida al desayuno”, y es que el desayuno en sí, es decir, todo su ritual de preparación; encierra, creo, algo Zen, y por eso es una de las comidas del día que más se disfruta.

Después de ducharme y vestirme, voy a la cocina a preparármelo, y cuando está listo, me siento con la taza humeante de la bebida caliente, en el comedor, mirando hacia la ventana de la sala que da hacia un edificio de parqueaderos.

Lo sé, no es una vista nada romántica, pero de alguna forma se las ingeniaron para sembrar una hilera de arboles en el parqueadero, y uno de ellos queda justo a la vista, cada vez que levanto la cabeza después de darle un sorbo a la bebida.

La Mayoría de veces que me siento me quedo contemplando el árbol, como sus ramas se mecen con el viento, mientras diferentes temas van llegando a mi mente.

Lo bueno es que no me pongo trascendental, sino que los mastico un poco, me hago un par de preguntas sobre ellos, y luego me los paso con un sorbo de café o té y ya está.

martes, 8 de junio de 2021

Patear piedritas en la calle

Hoy me desperté antes de que sonara el despertador, pero cerré los ojos, dizque para hacer pereza, y me quedé dormido.

Me desperté una hora más tarde, gracias a una alarma que había configurado para tomarme una pastilla. me levanté sobresaltado y con la sensación de que iba a ser un día perdido.

Después del desayuno, un té y unas galletas saltinas con mantequilla y mermelada, me senté en el escritorio, prendí el computador con ánimo de escribir un texto, pero no me salía nada. Las palabras, al parecer, todavía Seguían dormidas.

¿10, 15, 20 minutos? No sé cuánto tiempo me quedé mirando la pantalla en blanco, mientras me sacaba las yucas de los dedos y practicaba batería aérea con un ritmo que me inventé en el momento. Soy bueno para eso, para crea ritmos de batería de canciones que no existen, en momentos en que la inspiración no llega.

Mi mini concierto se acabo o me aburrí del ritmo, pero seguía sin saber qué escribir.

Decidí ponerme de pie y dar una vuelta por el apartamento para ver si alguna idea se me aparecía por la cabeza.

Cuando llegué a la cocina, abrí la nevera a modo de acto reflejo, pues acababa de desayunar, miré la caja de leche, luego unos tuppers con verduras adentro, a ver si me podían dar alguna idea, pero los miserables no me dijeron nada, entonces la cerré.

Luego me encaramé en una silla para mirar por la ventana y vi a un hombre que estaba caminando con las manos en los bolsillos, los hombros apuntando hacia el cielo, y que pateaba una piedra que se había encontrado en su camino.

Aunque imprimía poca fuerza en sus patadas, lo hacia de manera concienzuda, como si quisiera llegar con la piedrita que se había encontrado hasta su destino.

Luego, así, de a poquitos, como el hombre y su piedra, comencé a poner una palabra detrás de la otra hasta que logré terminar el texto.

lunes, 7 de junio de 2021

La anciana

Bajo a la portería a recoger un domicilio.

La puerta que da a la calle es de vidrio y está enmarcada en madera.

El portero acciona el mecanismo que la abre y suena un pito agudo. Tomo la perilla, abro la puerta, saco la plata del bolsillo, le pago al mensajero y tomo los paquetes.

No deben pasar más de cinco segundos mientras realizo esas acciones consecutivas.

Cuando doy media vuelta para subir al apartamento, me doy cuenta de una anciana que está parqueada en su silla de ruedas al lado derecho, y que mira a la calle por un ventanal que está a ese lado de la puerta.

“¿Cuánto tiempo llevará ahí?”, me pregunto.

Ya de camino hacia el ascensor, me doy cuenta de que la enfermera que se hace cargo de ella, está sentada atrás, en un butaco, y parece vigilar a la mujer. Lleva un uniforme blanco, el pelo agarrado en una cola y bate ligeramente la pierna izquierda, que tiene cruzada sobre la otra.

Afuera hace sol, pero en vez de pasear a la anciana en su silla de ruedas para que tome un poco, prefirió parquearla en la portería, o de pronto ese fue el deseo de la anciana, a la que ya le da lo mismo pasar el tiempo encerrada o al aire libre, pues solo abandona su silla de ruedas cuando se va a dormir.

¿En qué pensará ahí, quieta, mientras ve pasar la vida o cómo la vida pasa por ella? ¿Recordará su juventud, cuando nunca se le pasó por la cabeza que sus últimos días de vida los iba a pasar anclada a una silla de ruedas?

En otras ocasiones he visto como la enfermera casi le grita al oído para que la anciana pueda escuchar. ¿Tendrá noción de lo que ocurre a su alrededor?

¡Qué putada es la vejez!

sábado, 5 de junio de 2021

Me dio sueño

Quiero leer despacio, pero largo; entregarme, mínimo unas dos horas, a una lectura libre de cualquier afán.

Comienzo a hacerlo y logro engancharme con la historia de la novela. Quiero saber qué les va a pasar a los personajes principales.

Los capítulos están intercalados entre lo que ocurre en el mundo de la novela y una novela que escribe la protagonista. A veces comienzo a leer los de la novela y no entiendo un carajo, hasta que caigo en cuenta que estoy en la novela dentro de la novela.

Leo un capítulo que transcurre en la vida de la protagonista.

La mujer le compra verduras a una viejita enigmática que nunca antes había visto, que tiene un puesto en la calle. La segunda trata de sonsacarle información a la primera, lo que hace aún más sospechoso su actuar o, más bien, su presencia.

En la vida real, aquí y ahora, si es que usted, estimado lector, considera el paso del tiempo de forma lineal— digo esto porque el otro día leía que pasado, presente y futuro se entremezclan de manera continua—tuve que interrumpir la lectura para salir a hacer una vuelta no prevista.

Cuando regresé, después de no más de 2 horas de estar por fuera, acomodé las almohadas para seguir leyendo , pero me dio sueño y los ojos se me comenzaron a cerrar.

Dejé que el sueño, los ojos o ambos hicieran lo que les diera la gana, supuestamente para descansar, y cuando los abrí por tercera vez, el Kindle se había apagado; me había quedado dormido.

Me gustaría dejarles una enseñanza, sorprenderlos con un texto que sacuda su forma de pensar, pero no. Solo quería contarles que me dio sueño.

jueves, 3 de junio de 2021

Historia en remojo

Debo trabajar en una presentación, pero antes de abrirla decido cerrar todas las pestañas del navegador de internet.

Una es una noticia que cuenta cómo un hombre, descargó el cargador de una pistola 9 mm en otros dos, y cuando se iba a pegar un tiro, el arma se atascó y no pudo hacerlo. No recuerdo la seguidilla de links para llegar a esa página, ¿qué estaba buscando?

La noticia tiene declaraciones del asesino. Cuenta que fue Jesús quién lo salvo en esa ocasión y que lo terminó de encontrar los años que pasó en la cárcel.

Me sumerjo en la noticia, porque las declaraciones del hombre son párrafos extensos y me parece que hacen parte de una novela, pues están cargados de tensión y frases precisas que, en vez de  respuestas improvisadas, parecen elaboradas con detenimiento.

Se me viene a la cabeza un escrito sobre el hombre. Abro un documento nuevo, anoto un par de ideas y redacto una introducción o, más bien, la copio, porque es uno de los dardos narrativos que disparó el hombre cuando lo entrevistaron.


Miro el reloj, y debo ponerme a trabajar en la presentación.

Leo lo poco que escribí, lo edito a las patadas y cierro el documento.

El escrito queda todo el día en remojo en mi cabeza. Le doy vueltas y vueltas y me imagino diferentes estructuras para contar la historia del asesino creyente.

Me gusta cuando eso pasa, cuando una historia se queda dando vueltas en la cabeza, como exigiendo que la contemos; como si preguntara: “¿para qué se tomó el trabajo de prestarme atención, si no me va a narrar pronto?”

miércoles, 2 de junio de 2021

Libros al año

“Los españoles leen al año 13 libros de media. ¿Qué os parece la cifra?” publica un hombre en una red social con un tono de alarma.

Da a entender que es una cifra baja y que deberían leer más.

Una mujer, en una actitud lambona, le responde con el mismo tono de drama”

“¡Qué tristeza me da esta noticia! Pero gracias por compartirla. Sin duda, invita a una gran reflexión y explica el motivo de la falta de empatía y otros valores que carecemos a nivel social.”

Que afirmación tan rimbombante, y que pereza que acuda a ese lugar común y fastidioso de la empatía.

A mí, la verdad, no me da tristeza. Que los españoles hagan con su tiempo lo que les dé la gana.

Dice la mujer que ese dato invita a una gran reflexión y les voy a contar cuál es la mía:

A mí no me escandaliza. Es más, me parece que leer alrededor de un libro al mes está bien, pues ¿cómo saber si esos lectores se dedican a leer libros tan extensos como Guerra y Paz cada mes?

Lo importante, como escribí hace algún tiempo, es leer al ritmo de cada uno, pero que sea a conciencia; un acto de comunión con la luz y tinieblas que llevamos por dentro, y no por mejorar la estadística de libros leídos al año.

Reflexionando de más, de acuerdo con la invitación de la que habla la mujer, me parece que su comentario carga ese tufillo de superioridad moral que a veces se le da la lectura.

Los que leemos mucho lo hacemos porque nos gusta y ya está, como al que le gusta jugar videojuegos, dibujar, ver televisión hasta que se le salgan los ojos, o echarse en la cama a mirar pal’ techo.

Si ese pobre hombre viviera en Colombia ya se habría quitado la vida, pues dicen las estadísticas que los colombianos leen 2.7 libros al año.