lunes, 31 de enero de 2022

MP3

En la universidad, en segundo semestre, tenía laboratorio de física  los viernes de 4 a 6 de la tarde.

Eran clases súper aburridoras, porque el ambiente fiestero permeaba el ambiente.

En mi grupo estaba D. y en el salón del frente C, dos grandes amigos. Cuando terminábamos la clase, salíamos derechito para MP3.

MP3 era el típico chuzo universitario que tenía unas cuantas mesas de madera cuadradas, vendían cerveza y ponían música a todo volumen.

El lugar no se llamaba así, pero no recuerdo por qué fue que decidimos bautizarlo con ese nombre.

El plan era sencillo, podría decirse que incluso inocente: Sentarnos a tomar cerveza y hablar de la vida, de nuestras clases, de fulanito o fulanita etc. y cantar algunas canciones a todo pulmón, según las cervezas que ya lleváramos encima.

El plan en MP3 se acababa cuando no teníamos más dinero o creíamos estar lo suficientemente prendidos.

De ahí, muertos del hambre, salíamos para un local de empanadas mexicanas en el que hacían un guacamole muy picante. La consigna era sencilla: empacarnos cada uno de a dos empanadas, y echarles mucho guacamole para, supuestamente, bajar la prenda.

Uno de los días que más recordamos, y también uno en el que estábamos justo en el borde del precipicio de la borrachera, fue cuando cantamos Carrie de Europe, como si la existencia de la raza humana dependiera de ello.

Cantar solo es un decir, pues la única palabra de la letra que nos sabíamos era el título de la canción, que gritábamos como locos cada vez que llegaba el coro.

viernes, 28 de enero de 2022

La noche y otros temas

Aquí, en Almojábana me refiero, suelo escribir de noche. También suelo leer de noche o, más bien, mi hora preferida de lectura es a las 11:00 p.m. Eso no quiere decir que pueda leer en otros momentos del día, sino que por alguna razón me agrada más hacerlo a esa hora.

Casi siempre hago lo segundo, y lo primero, escribir, a veces se me pasa como ayer. De repente estaba sentado en frente del computador, miré el reloj y ya eran las 11.

Aunque estaba cansado intenté pensar algún tema al cual pudiera arrancarle unas cuantas palabras, pero no se me ocurrió nada, así que desistí de la idea. De pronto es que ya había agotado mi cuota de escritura, porque en la mañana escribí una pequeña pieza acerca de los Thin places, lugares reales o imaginarios en los que el cielo se toca con la tierra.

Duré un buen rato mirando qué palabras utilizar para la frase de cierre de ese escrito.

Luego, en la tarde, logré salir de ese terreno de sequía creativa en el que llevaba algún tiempo estancado y comencé a escribir un cuento. La línea que lo abre dice: “Hola hermano, hoy voy a llegar a la casa en una bolsa para cadáveres. Te quiero. Hasta nunca”.

Apenas voy en la primera versión y no sé si sea un buen cuento o no, aunque lo más importante no es eso, sino sentirse a gusto con el tema, es decir, no escribir con pereza, como por obligación, sino emocionarse cada vez que se piensa en el escrito.

Creo que, en gran parte, los buenos textos dependen mucho de eso, de que tanto se encarrete uno con ellos, y de estar pensando durante todo el día en cómo mejorarlos. 

Eso era algo que hacía rato no me pasaba con un cuento.

miércoles, 26 de enero de 2022

A punto de volverse mierda

Luego de tomarse la selfie la mira. A Juliana le gusta la forma en que sus labios rojos contrastan con su cara blanca tirando a pálida.

Es el día de las agrupaciones de metal, un día para batir las cabezas al ritmo de la música y, ¿por qué no? Entregarse al ritual del pogo.

Está con un grupo de amigas. Todas gritan, agitan los brazos y hacen el símbolo tradicional de la mano cornuta.

“Nos metemos?, pregunta Juliana tiempo después de comenzado el concierto, cuando de un momento a otro una multitud de personas se avalancha a un claro del parque para dar comienzo a una tanda de pogo.

“Ni a bate Juli, fijo nos vuelven mierda”, le responde María, una mujer bajita y rolliza. “Aquí estamos bien, ¿no?”, concluye, y cuando voltea a mirar a Juliana, ya no la encuentra a su lado.

Está al borde del pogo que, como un remolino, poco a poco la absorbe. Siente una energía extraña, donde los empujones, patadas y puños esporádicos, más que agresiones, hacen parte de un ritual que es como una comunión del metal.

Toma impulso y se lanza, batiendo sus brazos y piernas, hacia la masa uniforme de cuerpos. Siente como choca con las personas, y en un momento decide dejar de moverse, adquiere las propiedades de un bulto y deja que los otros decidan su movimiento.

Sonríe, se siente feliz. A veces la golpean con fuerza, pero piensa que es un dolor agradable.

De repente alguien le pellizca el talón con una pisada y siente como su tenis se le desprende del pie.

Su desgracia justo ocurre en el climáx del pogo, la parte de la canción con el tempo mas acelerado y Juliana toma la mala decisión de agacharse a buscar su zapato.

Apenas se arodilla, siente como la agarran de las axilas, la halan fuerte, como si fuera una muñeca de trapo, y le ponen de pie.

Da media vuelta y se encuentra con la mirada de su salvador, un hombre Calvo con chivera, que lleva puesta una chaqueta de cuero con taches. Se miran fijo a los ojos por unos segundos; antes de darse media vuelta el hombre le dice: “Nunca, óigame bien, nunca se agache a recoger algo en medio de un pogo, la pueden volver mierda”.

martes, 25 de enero de 2022

Dibujar y los universos paralelos

Todo el día me la pase esperando un email que no llega. Tal vez nunca llegue, en fin.

Después de una seguidilla de ingresos al correo electrónico, me dije: “oiga mí mismo, bájele a la ansiedad”.

Como no podía dejar de pensar en el asunto, decidí dibujar.

Dibujar me calma porque toda mi atención se la dedico a la tarea; me baja las revoluciones. Escribir también me produce el mismo efecto, pero siento que cuando dibujo mi mente divaga lo menos posible.

En un instante, cuando le sacaba punta a uno de los lápices, el 5B, el que utilizo para colorear los espacios de color negro, imaginé que debe existir un universo paralelo en el que soy dibujante.

Intento imaginar cuál fue esa decisión de vida que creo ese otro plano, pues se supone que es en esos momentos se crean los universos paralelos: cuando debemos elegir una opción de lo que sea, cuando deseamos vivir una vida y desechar otra.

Lo bueno, por si sirve de consuelo, es que la física cuántica dice que cada una de esas vidas que dejamos de vivir y la que finalmente escogimos, ocurren al mismo tiempo. En otras palabras, lo que esto quiere decir es que todo lo que podría suceder de hecho sucede, pero uno solo vive una serie de experiencias y eventos que se desarrollan para poder existir.

Todo es extraño, tanto este mundo, como esos otros que no vemos, pero en los que también existimos, porque solo imagínense la cantidad de copias que debemos tener, cuando nuestros yoes de otros mundos también comiencen a decidir.

Supongo que esa vida, resultado de la copia de la copia de la copia está echada a perder, pues es como una cinta que se ha grabado muchas veces y pierde calidad.

Relaciono esto con La República del Vino, una novela de Mo Yan que me regalaron y que se me dificulto leer, pues al parecer era una doble traducción: de chino a inglés y luego a español, entonces la obra a veces tenía inconsistencias en el punto de vista.

A lo mejor nuestra vida solo es una vida que desecho nuestro yo superior, si se le puede llamar así.

lunes, 24 de enero de 2022

Dejar el tinto servido

Acompaño a mi hermana a cambiar ropa.

Luego de un tiempo de andar por el centro comercial, le digo que mejor la espero en un café, mientras leo; que termine de hacer sus vueltas a su ritmo, sin tenerme a mí revoloteando a su lado.

Cuando llegó al lugar, pienso en comprar alguna bebida para acompañar la lectura, pero al final desisto de la idea, porque seguro me antojo de algo de pastelería y no quiero dañar el almuerzo, así que me siento en la primera mesa desocupada que veo.

Alguien dejó un tinto servido. Pienso que la bebida afianza mi derecho a ocupar la mesa, pues parece como si fuera mía.

Después de sentarme toco la base de la mesa con un pie y noto que está tembleque, pues el tinto comienza a mecerse dentro del vaso de cartón.

Para evitar un accidente, decido ponerlo sobre una barra que está a mi izquierda y cuando tomo el vaso noto que todavía está algo caliente.

¿Qué le pasó a la persona que dejo el tinto servido?

Me aventuro a pensar que es un hombre al que le gusta tomar el café bien oscuro. “Démelo cargado”, siempre dice cuando lo ordena. Le gusta beberlo muy caliente y de esa forma, pues el tinto clarito, piensa, es para personas flojas.

Ese día, sábado en la mañana, el hombre había salido a hacer su caminata habitual de 5 kilómetros que siempre termina en el centro comercial. Llegó al café, hizo la fila, luego el pedido y lo esperó en la barra.

Apenas se lo entregaron le dio un sorbo y cuando se sentó en la mesa le sonó el celular.

No sabemos que noticia le dieron, pero no era buena. Por eso salió de inmediato para su casa, pues no tenía tiempo que perder.

Podemos parafrasear a Joan Didion: “La vida cambia rápido, la vida cambia en el instante. Te sientas a tomar un tinto y la vida, como la conocías, se acaba”.

viernes, 21 de enero de 2022

Sencillez

L. Me regalo la novela Panza de Burro en navidad.

La empecé a leer ayer y me ha sorprendido por su sencillez. Me gusta como Abreu juega con las palabras y las acomoda a su antojo, pero bueno, no quiero escribir mucho acerca de su obra, porque aun no la he terminado y también porque estoy cocinando un artículo en mi cabeza y no quiero quemar los cartuchos narrativos antes de tiempo.

Escribir sencillo no es tan fácil como parece. Antes que nada, quiero dejar dejar claro que dista mucho de escribir simple.

A veces siento que las personas que escriben, en ocasiones también me pasa, intentan sonar listas y exponer ideas y pensamientos brillantes, y con eso se pierde mucha originalidad y sinceridad.

Recuerdo que en un diplomado de escritura creativa que tomé, la idea del profesor era que trabajáramos el borrador de una novela. Yo comencé a escribir una en la que el protagonista se llamaba Heinz, pero fracase en el intento porque a las pocas páginas se me acabo la gasolina. Si eso ocurrió fue porque yo no quise echarle más, porque no tenía claro a dónde quería llegar.

Carlos presentó unos capítulos de una novela que se desarrollaba en un convento donde varias de las monjas eran lesbianas, pero hacia el final dejó de presentar avances, Martha nunca presentó nada, y Javier fue el único que terminó su novela: una profesora de colegio que tenía un pasado turbio de actriz porno y al final uno de sus alumnos la descubría.

Pero de todos los proyectos, el que más me gustaba era el de Simón, un periodista que escribía para la sección de deportes de un portal de noticias. Su novela se desarrollaba en un centro comercial y trataba sobre un hombre que trabajaba en una compraventa y estaba enamorado de una vendedora de zapatos.

No pasaba mucho, es decir, los capítulos eran tajadas de la vida de esos personajes en ese lugar, pero su escritura tenía buen humor y era un ambiente cercano. Al final también dejó de presentar avances, pero siempre admiré su propuesta y su estilo sencillo de escritura.

jueves, 20 de enero de 2022

De escritores y opiniones

El escritor Ramón Jiménez piensa que ha tenido algunos aciertos literarios en su vida. Si todavía se mantiene en escena es por su trilogía Blanco púrpura, pero desde que publicó Mañanas Frías el último libro de la saga, no ha vuelto, cree, a producir nada con la misma calidad.

A veces piensa que hay escritores de un solo libro, escritores que no evolucionan con el paso de los años, sino que por alguna razón —alineación de planetas, ayuda de los dioses de la escritura, confabulación de las musas, la que sea— publican un libro en los inicios de su carrera, que adquiere el título de obra maestra según la crítica.

Esos escritores después la pasan mal, porque piensan que la siguiente obra que escriben debe sobrepasar a la anterior, pero muy pocos son los que lo logran y por eso se quedan ahí, estáticos, con un único libro que les brinda la fama necesaria para hacer parte de la escena literaria actual y que les permite participar en festivales y simposios.

Hace poco a Jiménez lo invitaron a participar en una antología de cuentos.  Aceptó solo porque lleva atascado 2 años en una novela, de la que siente que la trama se le esfumo por completo.

Piensa que escribir cuentos es uno de los mejores métodos para desbloquearse creativamente.

El tema de la antología era la soledad y Jiménez escribió Llama viva, un cuento que le gustó mucho, quizá no el mejor que ha escrito, pero si uno sincero. La antología contaba con más de 10 autores, algunos conocidos y otros que era la primera vez que los oía nombrar.

Uno de ellos era Robert Fisher, un escritor con ínfulas de estrella que siempre le ha caído mal.

Hace poco leyó una entrevista que le hicieron, donde le preguntaron por la antología y el escritor dijo que solo unos pocos cuentos tenía un nivel literario aceptable y que otros, si acaso, deberían salir en publicaciones no profesionales como fanzines.

Jiménez detesta esa superioridad moral y prefiere no opinar. Le es fiel a una cita de Las Olas de Virginia Woolf.

"I am like a log slipping smoothly over some waterfall. I am not a judge. I am not called upon to give my opinion."

miércoles, 19 de enero de 2022

Diarios familiares

Francisco almuerza con Diana, una amiga que es escritora y ella le cuenta que una tía le entregó sus diarios, pues quiere que cuente su historia.

Empezó a llevarlos desde que era una niña y en relata el camino que la llevó al alcoholismo, y cómo logro superar su adicción.

Más tarde mientras prepara un tinto, Francisco piensa en lo que le contó su amiga, pues resonó en él de cierta forma. Piensa que eso es una prueba de que todo está conectado, de que estamos ligados a cualquier suceso, solo que no nos fijamos bien y por eso no nos damos cuenta de casi nada.

Francisco recuerda su accidente y como quedó en coma por dos semanas. El dictamen: Trauma craneoencefálico Epidural. Lo del coma, claro esta no lo recuerda, sino que se lo han contado.

Cuando superó esa zancadilla del desino, y cuando más o menos ya se había habituado a la rutina de la vida —como si tal cosa en verdad fuera posible—, le explicaron que el coma había sido por barbitúricos, es decir, el neurólogo le produjo un profundo estado de inconsciencia por medio de un fármaco.

2 semanas borradas de su existencia, 14 días en un sueño profundo del que no se sabía si iba a despertar o no.

Hace un tiempo se enteró que una de sus hermanas, a modo de ejercicio catártico, llevó un diario de los días que duró en cuidados intensivos. Un recuento de las cosas que pasaban en esos días, como la compra de su carro, o el nacimiento de un primo. Solo consistía en eso, en contarle a su hermano qué ocurría en su mundo cercano mientras él dormía.

Siempre hay alguien mirando, alguien dispuesto a contar la historia de la forma que mejor le parezca.

Al hombre le gustaría leer ese recuento de hechos, saber cómo fueron esos días marcados por su ausencia; le gustaría estrellarse con la cotidianidad de ese tiempo que  fue borrado de su existencia.

El hombre nunca le ha pedido a su hermana que le deje leer esas hojas. Cree que hay que respetar esos textos que solo se escriben para uno mismo.

martes, 18 de enero de 2022

La escurridiza verdad

“Al menos 50 personas mueren en un ataque suicida en Diwaniya, capital de la provincia de Cadisia en Irak”.

Ese es el titular que lee Valentina Bustamante, mientras toma un café y hojea el periódico.

Lo primero que se le viene a la cabeza son las palabras Al·lahu-àkbar (Dios es grande), esa frase inocente que ha sido degradada por los atentados terroristas.

Luego, quién sabe por qué tipo de asociaciones que realiza su cerebro, piensa sobre el concepto de verdad.

Bustamante anda por la vida tratando de descifrar qué es la verdad o, por lo menos, definir la suya. Cree que está ligada al punto de vista de cada persona y que por más increíble o ridícula que nos parezca le verdad de alguien,  es casi imposible cambiar lo que las personas consideran como verdad.

Después de darle un sorbo a la bebida caliente y respirar su vaho, deja el pocillo sobre la mesa, toma su celular y busca la palabra en la RAE:

Se encuentra con seis definiciones y, de esas, 2 le llaman la atención:

“Conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa.”

Cree que esta tiene que ver con lo del punto de vista: estar conformes con lo que sea que hagamos, y que el resto de mortales se muerdan el codo si no les gusta; es nuestra verdad y punto.

Piensa en el hombre que llevaba puesto un chaleco con explosivos. Para él su verdad era esa: inmolarse y llevarse con él a unas cuantas personas. ¿Quién le puede cambiar su forma de pensar? Seguro que es casi imposible hacerlo, esa era su verdad y no hay nada que hacer.

La otra definición dice:

“Propiedad que tiene una cosa de mantenerse siempre la misma sin mutación alguna”.

Bustamante cree que es muy difícil encapsular el significado de una palabra y todo lo que nos hace sentir en tan solo una frase. Piensa que ambas definiciones, como muchas cosas en esta vida, están bien y mal al mismo tiempo, que hay verdad en ellas, valga la redundancia, pero también mentira o, más bien, desconocimiento.

Decir que la verdad es siempre la misma, sin mutación alguna le parece un absurdo. Recuerda la definición que da el escritor español Manuel Vilas:

“La verdad está siempre en constante transformación, por eso es difícil decirla, señalarla. Más bien siempre está huyendo. Más bien lo importante es reflejar su continuo movimiento, su irregular y desacomplejada metamorfosis.”

Le gustan más la definiciones de verdad que dan los escritores, como esta otra de Javier Marías:

“La verdad no es nunca nítida, sino que siempre es maraña.”

O la manera en que la describe Anaïs Nin en uno de sus diarios:

“In creation I would reveal what I am, or all the truth.

lunes, 17 de enero de 2022

Volver de la muerte

No hablo de volver de la muerte como una de esas experiencias en la que las personas flotan fuera de su cuerpo y se ven ahí tendidos, con las mismas propiedades de un bulto cualquiera, hasta que por fin logran volver a su cuerpo, sino de regresar cuando ya todos los conocidos han seguido con sus vidas, luego de haberse hecho a la idea de la ausencia de la persona muerta.

Más allá, como me contó una profesora de biología, de entender la muerte como un proceso en el que un organismo deja de funcionar, es decir, cuando sus células no pueden volver a comunicarse entre sí y con el ambiente, nunca terminamos de comprender qué ocurre cuando alguien cercano muere, y es por eso que, en medio del duelo, esperamos su regreso.

Cuenta Joan Didion en El año del pensamiento mágico que cuando murió su esposo, ella no quería desprenderse de su ropa, por si acaso él volvía a aparecer.

Cómo la escritora era tan aguda evaluando lo que le pasaba se pregunta: “Si los muertos realmente regresaran, ¿qué volverían sabiendo? ¿Seríamos capaces de confrontarlos?”

Javier Marías también plantea, de cierta forma, esa pregunta en su novela Los Enamoramientos.

En una conversación de dos de los personajes, se menciona El coronel Chabert, una novela de Balzac, cuya trama, a grandes rasgos, consiste en una viuda de un coronel que fue dado por muerto y que vuelve a aparecer cuando la mujer ya ha vuelto a rehacer su vida con otro hombre.

Puede que la viuda haya deseado con todas sus ganas que Chabert volviera, pero en ese momento ya no le interesaba.

¿Qué haríamos si los muertos volvieran?

"Todo el mundo acaba por sacudirse a los muertos, ese es su
destino final, y lo más probable es que ellos se mostraran
conformes con esa medida, y que, una vez conocida y probada
su condición, no estuvieran tampoco dispuestos a regresar.”
- Los enamoramientos- 

viernes, 14 de enero de 2022

Ella era como una pluma

Siempre he creído que a los buenos narradores las figuras narrativas les salen hasta por los oídos y siempre encuentran la indicada para hacer más potente una narración.

Algunos locutores de fútbol, en especial los ingleses son buenísimos al hacer eso.

Recuerdo que para el partido Costa de Marfil vs Colombia en el mundial del 2014, di con una transmisión de ese país.

En un momento los africanos comenzaron a atacar y uno de sus delanteros se descolgó por una punta a toda velocidad. El locutor. en vez de decir que comenzó a correr rápido o cualquier otra frase plana y falta de sustancia, se le ocurrió decir lo siguiente: “Ohhhh a great storming run from…

Hace poco escuché una entrevista que le hicieron al locutor y escritor colombiano Andrés Salcedo. Es un programa, no recuerdo el nombre, en el que los entrevistados proponen la banda sonora de su vida, de acuerdo a cada etapa, y presentan las canciones que por una u otra razón los marcaron.

Cuando Salcedo estaba hablando de la adolescencia, contó que conoció a una mujer que le encantaba, pero que todos los mensajes se los transmitía por medio de una amiga en común.

Un día hubo una fiesta a la que, aun sin saber bailar nada y para su extrañeza, fue invitado.

Ese día la mujer que le gustaba estaba allí y Salcedo junto todos sus ánimos para sacarla a bailar.

La describe como delgada de pelo negro liso largo y ojos grises, y dice que cuando la agarró para empezar el baile tenía muchos nervios, pero que todo salió bien porque ella era como una pluma y el baile resulto natural.

“Ella era como una pluma”, no hace falta decir nada más para describir esa escena.

jueves, 13 de enero de 2022

Significado

Este día les conté que tenía ganas de escribir un cuento. Hace tres días programé una hora del día para comenzarlo, pero no alcancé a redactar más de una página y dejé de hacerlo porque sentí que no iba hacia ningún lado.

Con eso me refiero a que me falta imprimirle significado, pues más allá de que a un personaje le pasen muchas cosas, buenas o malas, interesantes o no, la gracia de un cuento, creo, está en imbuirle (no sé de dónde me salió esa palabreja) algo más allá del texto; que cuando las personas lo lean se sientan especiales porque piensan que han descubierto una verdad que resonó en ellos.

Con eso de sentir algo, recuerdo el cuento: The Dog hair de Lydia Davis:

“The dog is gone. We miss him. When the doorbell rings, no one barks. When we come home late there is no one waiting for us. We still find his white hairs here and there around the house and our clothes- We pick them up. We should throw them away. But they are all we have left of him- we don’t throw them away. We have a wild hope —if only we collect enough of them, we will be able to put the dog back together again.

Cuando estaba leyendo ese libro: Can’t and won’t stories, y leí ese cuento, recuerdo que me golpeó emocionalmente, pues tiene todo el significado del mundo. Lo tenía que compartir con alguien y se lo mostré a Vicki y cuando lo terminó de leer dijo “Awwhh!”, porque a ella también la sacudió.

Pero volvamos al cuento que intenté escribir el otro día, supongo que su falla, más allá de mi incapacidad narrativa, se encuentra en su falta de significado, y ¿dónde lo encuentro? Imagino que debo dedicar más tiempo a su planeación y no sentarme a escribir apenas con la idea garabateada en mi cabeza.

Aunque de pronto solo fue una mala racha de escritura, porque ese día luego de que abandoné la escritura del cuento, intenté escribir un artículo y logré terminarlo, pero cuando lo leí, tenía el mismo problema del cuento, era solo un arrume de palabras carente de significado.

miércoles, 12 de enero de 2022

La existencia

María Bruni siempre trata de llevar con cuidado cualquier asunto de su vida, el que sea. Por ejemplo, si va por la calle, se asegura de pisar firme para no resbalar, pues ¿cómo saber si ese tropiezo no va a terminar en un golpe en la nuca que le va a producir la muerte?

Bruni piensa que todos, independiente de las condiciones de vida que se tengan, caminamos al filo del abismo todos los días, y que si no nos damos cuenta de ello, es porque andamos preocupados por minucias de la vida: El trabajo, los estudios, las redes sociales, si fulano dijo y mengano le respondió, la política, que los carnívoros están acabando con el planeta, pues que se jodan los veganos, en fin, mil y un asuntos en los que vamos consumiendo los segundos de nuestra existencia.

“Existir. Claro. Es que nos creemos los amos y dueños del universo así seamos unos pobres diablos que no tienen en donde caer muertos; siempre cargando esa falsa sensación de inmortalidad. Obvio, ¿cómo va a ser posible que algo malo me pase a mí que soy tan buena gente?, bien lo tienen merecido esos condenados a los que la mala suerte siempre acompaña”.

En eso piensa Bruni mientras viaja a su oficina en un bus en el que es difícil respirar. Ella lo toma en los primeros tramos de la línea y siempre alcanza a conseguir un puesto al lado de una ventana del lado derecho, pues el otro lo considera de mala suerte, y los 30 minutos que dura el viaje los dedica a perderse en sus monólogos mentales.

Hace poco un hombre se sentó al lado de ella, lo miro de reojo, pero al instante continuó mirando el paisaje y masticando un pensamiento detrás de otro.

Ahora que acaba de llegar a esa conclusión sobre la existencia. Voltea de nuevo a mirar hacia el interior del bus y no puede evitar que sus ojos lean el titular de una noticia del periódico que está leyendo el hombre que está sentado a su lado: “Un asteroide de un kilómetro de diámetro pasará cerca de la tierra el martes que viene”.

“La existencia, que cosa tan frágil”, piensa Bruni.

martes, 11 de enero de 2022

Los CAMIS y los hijos

En la mesa de al lado un hombre hojea su celular y juega a darle scroll down. Su actitud, parece, se trata de solo eso, de no detenerse nunca a leer nada, sino de pasar el tiempo deslizando hacia abajo la pantalla.

Dejo de mirarlo y me concentro en una idea que se me acaba de ocurrir para escribir algo. Mientras comienzo a masticarla, a exprimirle sus jugos a ver si cuenta con los suficientes o si solo es una bala perdida que cayó en mi cabeza porque sí, le doy sorbos a una taza de capuchino.

Pasados un par de minutos otro hombre llega y saluda fuerte al primero desde lejos “¿Entonces? ¿Qué se dice el Cami?

Cami, Camilo supongo —a menos de que CAMI sea un acrónimo de una sociedad secreta a la que ambos pertenecen, y a sus miembros se les conoce como “los Camis” — se para a saludarlo.

Se dan un fuerte abrazo— al diablo el distanciamiento social— acompañado de fuertes palmadas en la espalada por parte de ambos.

Bien por ellos, quién sabe cuánto tiempo llevaban estos CAMIS sin verse pues, como la mayoría de encuentros presenciales, los de su sociedad secreta también llegaron a su fin con la aparición del virus, el Covid, Covi, Covis, la Covid, en fin.

Mientras tanto ahí sigo yo con mi idea y mi bebida y no sé cuál de las dos se está enfriando más rápido, y ahí están esos hombres, felices por verse de nuevo. Cada mesa en lo suyo, en sus conversaciones, saludos o monólogos internos.

Pasado un rato escucho que el primer CAMI, el que esperaba, le pregunta al que acaba de llegar:

“Cómo va con su matrimonio? ¿Ya hay planes de heredero? Los niños son muy lindos, pero es pesadito jaja, como decirlo, requieren de mucha energía.

“Sí, es verdad, si tenemos ganas con Marcela, estamos mirando a ver, y también ver si Dios también lo quiere. Pero tiene razón, es un cambio de vida total.”

“Sí, es un cambio grande, pero son hermosos los chiquitines”.

Luego, al instante, olvidan ese tema y se ponen de hablar de carros, pues el CAMI 2, el que llegó, está vendiendo el suyo.

Le pierdo interés a la conversación y vuelvo a mis pensamientos, a mi idea que yace muerta en algún pliegue del cerebro y que tiene pocas posibilidades de revivir.

Una nube tapa el sol, y se apaga el color de los objetos que me rodean. Termino la bebida y abandono el lugar.

lunes, 10 de enero de 2022

Comerse la cabeza

Cuando entra a su casa, después de uno de esos días de trabajo lleno de chicharrones, Camilo Góngora ve a su novia de espaldas, preparando algo en la estufa de la cocina. Se da cuenta cómo mueve las manos con agilidad y con la punta de los dedos le espolvorea una pizca de sal a lo que sea que esté preparando.

El solo echo de verla le despeja la cabeza de inmediato. A veces piensa que el amor que siente hacia ella no es normal, y se le instala un rato en la cabeza ese cliché horroroso de: Eso tan bueno no dan tanto.

“Hola amor”, le dice luego de descargar, sobre la mesa de la cocina, el morral azul deshilachado que lleva a la oficina.

Espera la respuesta de siempre que, segundos después, siempre viene acompañada de una ligera risa: “¿no te da pena ponerte corbata y colgarte esa porquería?”, pero esta vez solo le habla el chisporroteo de trozos de cebolla y tomate finamente picados que Marcela sofríe en un sartén negro, con abolladuras en los bordes, más viejo que su mochila.

Se acerca por detrás para plantarle un beso en la boca. La rodea con sus brazos. El gesto amoroso no la rescata de su silencio y sigue clavada en él, de ahí no la saca nadie. De todas formas no rehúsa el abrazo, da media vuelta, y deja que se acerque.

El contacto de los labios dura pocos segundos, pero es un beso frío, sin sustancia; mejor dicho no es un beso de pareja, donde se necesitan las ganas de ambos para poder catalogarlo de esa manera. Fue, siente Camilo, como haberle dado un beso a un maniquí.

Las alarmas se prenden. ¿Qué hice?, piensa y repasa las imágenes del desayuno, lo que hablaron puras trivialidades mezcladas con mimos y palabras tiernas, intenta recordar sus gestos, algo, lo que sea, que le de un indicio de la actitud de  su novia.

Cree que luego de salir de la casa, después de despedirse, todo andaba en orden. Siempre creemos, pero muy rara vez sabemos a ciencia cierta qué es lo que ocurre.

No le queda más remedio que preguntarle si le pasa algo, pero justo antes de hacerlo, Marcela habla.

“Cami”, le dice mirándolo fijo a los ojos —tenemos que hablar, concluye él la frase en su cabeza— las cosas no andan bien”

Por lo menos no utilizó esa maldita frase, piensa Góngora, aunque el golpe es el mismo. ¿Cosas?, ¿cuáles cosas?, ¿Su relación, ella, él, el mundo? ¿Qué cosas?

Góngora se come la cabeza intentando descifrar que ocurre, para tener la combinación de palabras más adecuadas cuando sea su momento de hablar.

“Necesito despejar mi cabeza. Perdóname”, es lo único que le dice Marcela.

Es Ahí cuando ve la maleta negra de rodachines en una de las esquinas de la cocina. Lo va a dejar.

“¿Qué hice? ¿Ahora qué voy a hacer? ¿Qué fue lo que paso?, se pregunta, mientras Marcela toma la maleta y abandona la casa con la cabeza gacha.

viernes, 7 de enero de 2022

Un único libro

Me gusta pensar que hay un libro único para mí, es decir, que en algún lugar del planeta, un escritor, sin saber de mi existencia, claro está, escribió un libro que le da algo de luz a todos los miedos e inseguridades que llevo por dentro, al tiempo que celebra mis alegrías y aciertos, o lo que yo considero aciertos en esta vida.

Aún no creo haberlo encontrado. Podría ser Articuentos Completos de Millás, pero ese es mi libro favorito, y creo que el libro favorito y el único no son lo mismo, en fin.

Imagino que resulta difícil coincidir con ese libro dado el número de libros publicados  a lo largo de la historia de la humanidad.

Quizá por eso es que  las personas a las que nos gustar leer, practicamos ese deporte de comprar libros, así tengamos varios sin empezar, pues inconscientemente andamos tras la búsqueda de esa obra única que nos va hablar directamente.

Puede que uno nunca lo encuentre, pues ya sabemos que la vida es muy corta para cualquier actividad, sobre todo para leer, por eso, pienso, se debe afinar el arte de comprar libros a puro feeling.

En épocas antiguas cuando se podía ir a la feria del libro, me gustaba visitarla la primera semana y sin compañía. La paseaba despacio, a mi antojo, hojeando muchos libros y demorándome en cada pabellón lo que me diera la gana.

A veces llevaba una lista de títulos y otras iba sin nada, dispuesto a antojarme de las portadas y la breve reseña de las contraportadas; dejaba que el azar jugara su papel.

En una de sus ediciones, para la que si llevé un listado de títulos, conseguí Vibrato de Isabel Mellado y el Tumbao de Beethoven, una novela corta, pero muy agradable, mucho más para los fanáticos de la salsa.

Esa vez también compré a puro feeling El hombre que murió la víspera y Como los Perros Felices Sin Motivo.

Supongo que una correcta dosis de feeling al momento de comprar libros, es lo que se necesita para dar con esa lectura única de la que les hablo.

jueves, 6 de enero de 2022

Ana Karenina

¿Qué hace falta por decir de esta novela? o, más bien, ¿qué hace falta por decir de toda la obra de Tolstói?

Imagino que muy poco, aunque siempre se podrán arañar ciertos aspectos para arrancarle algunas palabras al tema, como hablar hasta la saciedad de uno de los mejores inicios de una novela, ya conocen ustedes ese primer párrafo emblemático y si no, acá se los presento:

“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero
cada familia infeliz lo es a su manera”.

A veces, cuando recuerdo esas líneas me pregunto si el escritor ruso pensó ese inicio y cuántas veces lo edito, o si simplemente fue una frase que se le apareció en la cabeza, producto de una caminata o mientras tomaba una ducha.

Pero bueno, dejemos que los expertos en literatura hablen sobre Tolstoi y sigan haciendo los análisis que consideren necesarios.

Me acordé de la novela en estos días, porque un hombre publicó en una red social algo que, más o menos, decía así: mi hija de nueve años está leyendo Ana Karenina y mi hijo de 12, yo no sé qué clásico; algo debo estar haciendo bien”.

Que los niños lean me parece estupendo, pero que pasa con esos niños de 9 a 12 años, digamos que no leen nada, ¿acaso sus papás están fallando en su educación?

No sé, no sé nada, pero pienso que si yo hubiera leído Ana Karenina a esa edad me habría aburrido tremendamente. De hecho, a esa edad todavía no leía de forma frecuente y, creo, todavía hojeaba unos colección de libros que me habían regalado siendo más pequeño: 100 cosas y casos de los animales prehistóricos, 100 cosas y casos de la tierra”, y así eran el resto de títulos.

Los libros traían ilustraciones de esas cosas y casos junto con pequeños párrafos donde se narraba un dato curioso a manera de Guinness récord.

De acuerdo con lo que me conozco, si a mis nueve años me hubiera estrellado con eso de las familias infelices, seguro habría abandonado esa lectura.

martes, 4 de enero de 2022

Hacer cosas

En el 2008 salí con C. La conocí en una celebración de cumpleaños de la exnovia de un amigo. Esa vez una de sus amigas me dijo que yo le interesaba a ella, “¡Qué va!”, respondí”, y después de dos semanas la llamé y comenzamos a salir.

C. trabajaba en un banco y su grupo de amigos no me caía muy bien que digamos, no sé, me parecían como creídos; seguro algunos de ellos pensaban lo mismo de mí o se preguntaban qué carajos hace C. saliendo con ese man, en fin.

Una vez en una de las salidas a un bar de la 85, llegué al lugar y ella no había llegado. Había una reserva a nombre de un tal Felipe, di su nombre en la entrada y me senté, en el lugar que nos habían asignado, a ver pasar gente.

Pasados unos minutos llegó un hombre de gafas y pelo negro ensortijado, que también hacia parte del grupo de esa noche.

“ ¿Qué más, como está? soy Juan Manuel.”

“ ¿Cómo le va? soy perenganito.”

Perenganito resultó ser alguien que trabajaba con C. en el banco.

Supongo que en un momento la conversación que sosteníamos se estaba poniendo aburridora, y ya no sabíamos cuál cliché o tema comodín tocar. Yo quería llevarla a mi terreno, con eso me refiero a hablar de libros y todo lo relacionado con ellos.

No recuerdo cuál fue el rumbo exacto qué tomo la conversación, pero decidí contarle al hombre que en ese momento estaba tomando un diplomado de escritura creativa y novela corta.

Luego de decir eso, el hombre me miró fijamente y con cara de asombro y levantando un poco el tono de su voz preguntó: “¿Y para qué?”

“Porque me gusta”, le respondí”. Razón suficiente, pienso, para hacer algo.

En ese momento llegaron más personas y ambos, supongo, respiramos aliviados.

lunes, 3 de enero de 2022

Oscuridad y notas

Hace un tiempo leí una noticia que estaba cargada de conflicto y de emociones encontradas. Desde ese día almacené esa información en los archivos temporales de mi cabeza y al día de hoy, por fortuna, no se han borrado.

La nota de prensa hablaba sobre un escritor que debe tomar una decisión de vida o muerte: mirar si quema una novela en la ha trabajado por dos años, para poder seguir con vida.

Ese día en que leí la noticia pensé: “Voy a escribir una historia sobre esto, y anoté en algún lugar el título de la noticia, al tiempo que un pequeño resumen de la historia: “Un escritor que bla bla bla…”

Puede que alguien piense que la trama es algo ridícula, pues cualquier persona escogería vivir por encima de cualquier cosa, pero pues ese escritor no es cualquier persona y por eso es capaz de contemplar la idea de anteponer su obra a su vida, además piensa que si la termina esta le asegurará inmortalidad en forma de letras.

Otros podrían preguntarse: “¿Pero si Steinbeck fue capaz de reescribir De ratones y hombres luego de que Toby, su perro, se comiera el manuscrito, como es posible que este escritor no sea capaz de reproducir de nuevo su novela?”

El escritor sabe que sí puede hacerlo, pero le gusta como está y piensa que la nueva novela tendría ligeros cambios, imperceptibles para cualquier lector, pero no para él. Ese hombre piensa que el trabajo escrito de una idea, una vez trabajada, más todas las emociones y posturas que genera, no se puede volver a reproducir de forma idéntica por más que se intente.

Siempre trato de anotarlo todo en mi libreta, en la aplicación de notas del celular o enviándome un mail, bueno no todo, pero si lo que se me ocurre, me llama la atención o me parece importante. Pero más importante que realizar una anotación, creo, es recordar en qué lugar se hace, pues he buscado la nota como loco y no la encuentro por ningún lado.

Tendré, como Steinbeck, que empezar de cero. A la larga escribir es un poco eso, alumbrar la oscuridad con palabras hasta encontrar un camino y seguirlo, ¿acaso no?.