jueves, 28 de enero de 2021

El sepulturero

Hace sol, y faltan pocos minutos para el medio día. Ignacio Bohórquez, abogado, camina desprevenido por el centro de la ciudad, perdido en una conversación interna sobre gramática alemana, que trata sobre el uso de los pronombres posesivos en genitivo.

Aunque lleva 10 años estudiando esa lengua, a veces siente que apenas puede decir cómo se llama, cuál es su edad, y preguntar dónde queda el baño. Cuando repasa el femenino: meiner, deiner, seiner… ve a un hombre, cavando un hueco en la calle, que tiene puesto un overol azul oscuro y un casco amarillo.

Sabe que debe ser un operario del acueducto o de una empresa telefónica, pero a Bohórquez se le antoja pensar que es un sepulturero. El hombre cava una tumba para enterrar un cuerpo que no está a la vista. Ese personaje, le parece, es invisible para el resto de personas que caminan por la calle y lo pasan de largo. “¡Va a enterrar a alguien en plena calle! ¿por qué alguien no dice o hace algo?”, se pregunta. Sabe que él podría ser ese alguien, pero cree que es mejor no meterse dónde nadie lo ha llamado, que no interferir con el curso de la vida, si tiene alguno, siempre es la mejor opción.

Igual que los otros, Bohórquez también pasa de largo al hombre y vuelve a concentrarse en lo del genitivo, ahora el plural: meiner, deiner, ihrer… hasta que pasa por enfrente de una oficina de migración, en la que más de 10 personas hacen fila con papeles en la mano y caras expectantes.

“Que bueno sería migrar, irse para ser otro(s)”, piensa Bohórquez, y siente algo de envidia por esas personas que, imagina, están por abandonar su lugar de residencia o llegaron a su ciudad para ser otros.

Migrar, cree, es una forma de morir, de despojarse del yo; una oportunidad perfecta para convertirse en alguien más. 

Ahí está, de forma simbólica, el cuerpo que va a enterrar el sepulturero que acaba de ver.

miércoles, 27 de enero de 2021

Cables cruzados

Alguien, un perfecto desconocido, me escribe por WhatsApp. En la foto del perfil sale un hombre tocando batería y lleva un gesto de concentración; una mezcla de sentimiento y furia. Las baquetas están a media altura, y se me ocurre pensar que el baterista está a punto de ejecutar un flam, una figura de notas cercanas, que al final se convierten en una más gruesa. Parece que fuera solo una, pero son dos seguiditas.

Mauricio es el nombre que acompaña la foto en la esquina inferior derecha. Después del saludo, el hombre, el baterista, Mauricio, ya está; me pregunta que si le puedo proveer de servicio de internet en Coveñas. Le contesto que no, que se equivocó, pues no presto esos servicios. 

¿Qué hace Mauricio, un baterista, em Coveñas? ¿vive allá o se va a trasladar a ese lugar? ¿Para qué necesita internet? Sé que son inquietudes que no me incumben, pero el cerebro siempre intenta encontrarle significado a todo lo que nos ocurre. 

Más tarde me llega un E-mail de un spa al que nunca he ido, en el que me saludan como Nelson, y me ofrecen planes de estética corporal y facial con los mismos precios del año pasado. En las fotos sale una mujer de mirada desafiante y glúteos redondos en ropa interior. 

¿Cómo habrá llegado Mauricio hasta mí?, no tengo ni la más mínima idea. ¿Quién es Nelson? De pronto uno es muchos al mismo tiempo, y se pasa la vida sin que lo sepamos, de pronto somos como ese flam en batería y necesitamos de otra persona para estar o ser completos, qué sé yo. 

Imagino que en ese vericueto de cables cruzados y equivocaciones, seguro hay una historia por contar, que será de interés para todos. 

Debe existir algún vínculo entre Mauricio, Nelson y yo. De pronto el segundo es el que le puede instalar internet en Coveñas al baterista, o los hombres que menciono hacen parte de un triángulo amoroso. 

Tal vez sería mucho decir que la otra arista de ese triángulo es la mujer de la foto del spa, o quizá no, quizá sea cierta esa creencia oriental que habla de un hilo rojo que conecta a todas las personas que en algún momento se deben conocer. 

Espero poder zafarme de Mauricio, Nelson y la mujer del aviso. Yo no sé, pero solo huelo lío en ese asunto, sea el que sea.

martes, 26 de enero de 2021

Wait a minute man

En épocas de universidad había días en los que disfrutaba pasar tiempo solo. Había diferentes lugares a los que iba, pero el que más me gustaba era la cafetería de la facultad de música, donde vendían unas pizzas personales tremendas. 

 Ya en el lugar, buscaba una mesa y , de acuerdo con la hora, me compraba algo para comer o tomar. Mi plan casi siempre consistía en leer o simplemente me dedicaba a perfeccionar el arte de ver pasar gente.

Me gustaba ese lugar porque tenía un ambiente diferente al resto de cafeterías de la universidad y me embobaba ver a los alumnos cantar o solfear, con sus partituras sobre las piernas, mientras llevaban el tiempo con los pies o moviendo una mano de un lado a otro, al tiempo que chasqueaban los dedos y murmuraban una melodía.

Supongo que el músico frustrado que llevo dentro se sentía bien en ese lugar. Fue precisamente ese personaje el que me empujó a hablarle a Adriana. En ese entonces me intrigaba cómo sería eso de leer una partitura.

Un día ella y una amiga se sentaron cerca de la mesa en la que yo estaba. Me acerqué y les pregunté en qué semestre iban, Adriana me dijo que ella estaba en octavo. Luego le propuse que si me podía dictar unas clases de música, establecimos un precio por dos horas, un horario, martes a las 4 de la tarde, y listo.

Alcanzamos a vernos tres veces , porque las ocupaciones del semestre nos consumieron, pero en una de nuestras clases, le pregunté a cuál cantante admiraba, y no dudo ni un segundo en darme la respuesta: Alanis Morissette.

“¿Cuál canción de ella que más te gusta?, le pregunte. “Right Through You”, respondió, y sin  pedírselo la comenzó a cantar:

“Wait a minute man 
You mispronounced my name 
You didn’t wait for all the information 
Before you turned me away.” 

Le sonó muy bien, muy Alanis.

lunes, 25 de enero de 2021

Andrés y Mariana

Andrés me cuenta que apenas vio a Mariana, en la ceremonia de matrimonio de un amigo, le pareció bonita. No cree que fue amor a primera vista; “Yo no creo en esas pendejadas”, dice, pero sí que le gustó bastante. En la iglesia se la pasó mirándola, y dice que debió haber sido demasiado obvio porque ella estaba en una de las sillas de atrás.

Luego, en la fiesta, quedaron en la misma mesa y se aventó a hablarle, bailaron, se tomaron unos tragos juntos; el de whiskey, ella de Vodka con jugo de naranja y, al final, intercambiaron teléfonos. 

Andrés dice que esperó unos días para llamarla, para no parecer desesperado y que cuando por fin se decidió hacerlo, la invitó a comer sushi. 

Ese día, cuando se encontró con ella en el restaurante, confirmó que le gustaba. Hablaron y hablaron; al parecer se entendían. Andrés se enteró de que Mariana era cristiana, pero no le dio importancia al asunto, “ni que nos fuéramos a casar”, pensó. 

Comenzaron a salir y a verse todas las semanas y Andrés pensó que tal vez podría tener algo con Mariana, un cuento, un noviazgo, lo que fuera, y se concentró en eso, es decir, en caerle con toda. 

Un día, en una de sus citas, Andrés le dijo que sentía algo por ella, y Mariana le digo que ella también, pero que ella era cristiana y solo se involucraría sentimentalmente con alguien que practicara su religión. 

“Apenas estoy tanteando las aguas”, pensó Andrés, así que le dijo que fueran despacio, para ver como evolucionaban las cosas. 

Siguieron saliendo y, pasado un mes, Mariana le pidió a Andrés que la acompañara a su sitio de culto. Él dijo que no le veía sentido a hacer eso, pues no era cristiano, pero ella le respondió que eso no importaba, que era un ambiente muy relajado. 

Andrés fue, para que ella no se emputara con él, pero ya en el lugar, el templo, se sintió extraño. “Marica, es que yo nunca había asistido como a una misa, ceremonia, lo que fuera eso, como tan pasional, ¿si me entiende? Todo el mundo cantaba y aplaudía, y hasta tenían un grupo con guitarra eléctrica y batería”. 

Después de ese día, ella le pregunto si quería volver al templo, y él, para no comprometerse y saldar el asunto, le dijo que dentro de quince días iba a volver a acompañarla. 

Andrés no cumplió su promesa, y en otra de sus citas, Mariana le preguntó que por qué no lo había hecho. Él trato de evadir el asunto, pero ella insistió, y le dijo que si quería tener algo con ella debía leer un libro. 

Mariana le contó que, con la lectura de ese libro, el iba a entender como era la religión cristiana, y se iba a convencer de convertirse a ella. 

A Andrés no le sonó mucho el tema, y entonces ella le dijo que le iba a presentar a una pareja de amigos que habían pasado por la misma situación: el hombre no era cristiano y le gustaba una mujer que si lo era; leyó el libro, se convirtió al cristianismo, y al final todos felices. 

Andrés dice que no sabe bien por que accedió a eso, y que se vio una vez con el amigo de Mariana, un tipo rollizo y de aspecto bonachón. Ese día, el hombre no le dijo nada diferente a lo que le había contado Mariana, pero que si valía mucho la pena leerse el libro. 

El fin de semana siguiente, Andrés volvió a verse con Mariana. Fueron a cine y cuando salieron se sentaron a hablar. Andrés no aguantó más y le dijo: “Mira, tu a mí me gustas un montón, pero yo no me voy a convertir a una religión para salir con alguien”.

viernes, 22 de enero de 2021

La mujer que celebra en silencio

La mujer gana y recibe un premio por su trabajo. Al final compitió contra 7 personas, luego de haber sido preseleccionada de las 2428 que se presentaron al concurso. Esa mujer de la que hablamos recibe la noticia en su casa. Está, como muchos de nosotros, detrás de una pantalla, y tiene puestos unos audífonos de cable blanco. 

El jurado anuncia a la ganadora, pero no es ella, sino la cantante Claudia de Colombia. Ese fue el pseudónimo que la mujer utilizó para presentarse en el concurso. Esa, antes de participar en él, quizá fue su primera prueba, es decir, despojarse de su yo, de su identidad, desmarcarse de quién es y que ha hecho hasta el momento. 

Cuando escucha la noticia, la mujer Curva los labios un poco, en lo que parece una sonrisa, pero sin abrir la boca. Podría pensarse que no está emocionada pero, de pronto, solo quiere explotar esa bomba de felicidad que lleva por dentro, en presencia de sus familiares y amigos más cercanos. 

Horas más tarde la mujer no dice nada al respecto. Aunque ganó dinero y prestigio en lo que hace, continúa celebrando en silencio. Qué difícil es hacer eso en medio de esta economía de la atención, que nos empuja a gritarle al mundo entero todos nuestros logros. 

Una amiga me dice que la mujer, al escuchar la noticia, hizo ojos de alegría. Yo, que soy bien malo para determinar el estado de ánimo de una persona con solo mirarle los ojos (algo que he corroborado con la pandemia), no me doy cuenta de eso. 

Hoy la mujer se pronuncia tangencialmente al respecto en una de sus redes sociales, y les escribe a sus seguidores: “Quisiera responder cada mensaje que me llega, pero ya veo que no lo voy a lograr. Muchas gracias a todas las personas que me escriben. Ha sido un día loco y feliz” 

Esa mujer es la escritora Pilar Quintana, ganadora del premio Alfaguara de novela 2021. Muchos aplausos para ella.

jueves, 21 de enero de 2021

Ese día

Ayer, con ese engaño de: “solo un capítulo más”, me acosté tarde leyendo o, mejor dicho, me acosté hoy. Configuré tres alarmas en mi celular, para dormir alrededor de 6 horas, y antes de cerrar los ojos y hundir mi cabeza en la almohada, repetí mentalmente varias veces: “tengo que levantarme temprano”. 

A veces ese tipo de programación me funciona. Hoy fue uno de esos días y me desperté 20 minutos antes de que sonara la primera alarma que había configurado. No cerré los ojos ni intenté hacer pereza, para no volverme a dormir, y me quedé mirando el techo. Me gusta hacer eso porque repaso temas que me inquietan, me acuerdo de chistes bobos, de algo que leí o vi en la televisión y, a veces, con algo de suerte, logro organizar lo que voy a hacer en el día. 

En medio de ese estado contemplativo, llegó una frase a mi cabeza: “Ese día me desperté”. Tenía que ver, claro, con haberme despertado de repente, pero la frase no me pertenecía a mí, sino a un personaje. 

Me levanté, me duché, preparé un café, y mientras iba de un lado a otro del apartamento, le daba vueltas a esa frase. “Debe ser el inicio de un texto”, pensé. 

Cuando volví al cuarto, prendí el computador y escribí unas mil palabras sin tener idea sobre quién escribía. Me gustó la voz del narrador, que resultó desafiante, altiva. El texto empezó así: 

Ese día me desperté antes de que sonara la alarma del celular. Cómo me intriga eso; parece que el cuerpo quisiera avisarle a uno que algo importante va a pasar, un llamado que invita a tener los sentidos alerta todo el día. 

Decir “Ese día” es fuerte, pienso, pues incluye la promesa de que algo va a pasar, pero no tengo idea qué, por eso puse a rodar, digamos, el relato y comencé a escribir.

Escribir, como dice Rosa Montero, debe ser un ejercicio de libertad, y tiene que ver con dejar circular el inconsciente, por eso la escritora española afirma que las novelas nacen del mismo lugar que los sueños. 

No digo que lo que escribí sea el inicio de una novela. Por el momento es un puñado de palabras, pero me inquieta eso de la promesa, pues no puedo salir con un chorro de babas y decir que, por ejemplo, todo era un sueño, o utilizar algún recurso narrativo bien zonzo. 

Puede que esas palabras se queden ahí, como un simple inicio de algo, al igual que muchos otros documentos que tengo guardados en el computador. Ya veremos, no prometo nada.

miércoles, 20 de enero de 2021

Lecturas extraviadas

Durante el día, cuando mis niveles de atención tienden a la baja, me disperso navegando en internet. Perderse en internet es de lo más fácil, pues un link lleva a este, a otro, al video, etc. y a veces se termina en los rincones más recónditos que uno se pueda imaginar, como cuando me idioticé con los videos de Robot Wars

A veces, con el fin de no distraerme, cuando me encuentro con una página o un enlace que me llama la atención, la abro en una pestaña nueva, para así darle continuidad a lo que estoy haciendo. 

Hoy, en una red social, alguien publicó un texto corto que, me pareció, estaba muy bien escrito. De clic en clic, llegué al blog del autor o la autora del escrito; perdone usted, estimado lector, pero lo firmaban con un seudónimo y por ello la imprecisión en el género. 

Con un excelso dominio de la técnica del Scroll down, leí por encima un par de entradas que, como el texto que me llevo a ellas, también fueron una cachetada narrativa. Apliqué el mismo método de siempre, y las abrí en pestañas nuevas, para leerlas cuando tuviera tiempo. 

Escribo esto para informarles que las perdí. En algún momento, no lo tengo presente en mis recuerdos a corto plazo, cerré el navegador de internet y perdí las entradas. Por ahí deben estar en el historial de navegación, pero no tengo idea cuál era el nombre del blog. A veces memorizo una, digamos, palabra clave, para buscar lo que había visto, pero hoy no lo hice. Lo único que les puedo contar es que el primer texto que leí era bellísimo. Hablaba sobre una declaración de amor de un condenado a muerte a una mujer, que le decía al verdugo algo como: “Por favor dígale que la quise”. El segundo analizaba gramaticalmente la frase y discutía con el hombre hasta convencerle. “Está bien, dígale que la quiero”.

martes, 19 de enero de 2021

Aparición

Son las 12:33 a.m. Leo. Siento hambre, como si no hubiera comido nada hace unas horas. La sensación se traduce en un antojo: bocadillo beleño con queso. Imagino que así, repentinos, deben ser los antojos que sienten las mujeres embarazadas. No lo sé, que ignorancia tan infinita. 

Decido terminar el capítulo antes de ir por mi tentempié de medianoche. La frase con la que cierro dice: “Cuadros grandes, como antes, en los que cabía el mundo”. 

Siento que a mi estómago le cabe todo el mundo. Me destapo y me pongo de pie. La puerta de mi cuarto coincide, más o menos, con la mitad del Hall del apartamento, ese intestino que conecta las habitaciones. Para llegar a la sala no debo dar más de cinco pasos. 

Ya en el hall, luego de dar dos, la luz de la lámpara que utilizo para leer me abandona. Ahora todo es oscuridad. Agudizo el oído para ver si escucho algún ruido o a alguien; nada. Apresuro los pasos. Ese par de segundos, hasta que alcanzo el interruptor de las luces de la sala, es angustiante, pues siempre pienso que se me va a aparecer alguien, qué se yo, digamos el fantasma de una persona que se ahorcó en otro apartamento, o un alma en pena cualquiera, que está perdida y que no encuentra el camino hacia la eternidad, si es que existe. Ahora su papel, en ese plano que no es de los vivos, consiste en asustar a aquellas personas que se levantan a la medianoche, para ir a tomar o comer algo a la cocina 

Cuando por fin piso el territorio de la sala, mando mi mano al interruptor con un movimiento decidido, antes de que la aparición haga presencia, pues la oscuridad, supongo, es su perfecta aliada. 

Luego de comer, devolverme al cuarto ya no me resulta amenazante, pues si el fantasma no se me presentó de ida, mucho menos de vuelta a mi cuarto; no sé en que baso esa teoría, pero así funciona mi cabeza a esas horas. 

Imagino que algún día se me aparecerá ese fantasma, y solo está esperando que cometa algún error. Les estaré contando.

lunes, 18 de enero de 2021

Parqueaderos del fin del mundo

El edificio en el que vivo colinda con dos parqueaderos. Uno es de varios niveles y sótanos y el otro semi-rodea un edificio de oficinas. Me aventuro a pensar que el segundo siente envidia del primero, pues ese luce mucho más imponente, pero eso no viene al caso. 

El segundo, desde que empezó la pandemia, se comenzó a quedar sin carros estacionados de forma juiciosa dentro de sus líneas amarillas. A cada rato se le dispara una alarma y deja de sonar hasta que se cansa o alguien la apaga. Supongo que ocurre lo segundo, porque la determinación que tienen las alarmas, de lo que sea, a menos de que se les acabe la batería, es impresionante. Como no he vuelto a ver carros estacionados en ese parqueadero, es, se me ocurre pensar, un parqueadero-no-parqueadero, pues perdió, de haberla tenido, toda su identidad; estragos de la pandemia, ustedes saben. 

En el otro a veces veo unos carros solitarios, estacionados en algunos de los niveles, e imagino una de esas películas sobre el fin del mundo, y que el dueño de ese carro es una especie de Mad Max que estacionó su coche para salvarnos de un peligro del que aún no sabemos nada, qué se yo, unas hordas salvajes que viven escondidas en los cerros de la ciudad. 

En ese parqueadero, a cambio de la incansable alarma del otro, lo que se escucha son los ladridos de, supongo, perros guardianes. Son ladridos cargados de rabia, de pocos amigos, que camuflan un: "si se me acerca le arranco una mano”. 

Parece que los vigilantes, en medio de su aburrimiento, se acercan a las casetas de los perros para molestarlos y estos empiezan a ladrar como si fuera el fin del mundo. Cuando eso pasa, me pregunto qué andará haciendo el Mad Max que nos va a salvar de esa catástrofe que está a punto de ocurrir, bien sean las hordas salvajes o que algún día, un guardián cometa un error y deje escapar a esos perros rabiosos.

sábado, 16 de enero de 2021

Posturas

Almuerzo. Cuando termino de hacerlo, mi futuro inmediato se bifurca en dos opciones: leer o dormir. Escojo la primera, porque si me voy con la otra, es muy probable que me desvele por la noche, y no hay necesidad de estropear, más de lo que está, mi ciclo circadiano de luz y oscuridad. 

Ya en mi cuarto y recostado en la cama, acomodo las almohadas contra la pared, me recuesto, dictamino que las organice mal, las vuelvo a organizar, me recuesto de nuevo y considero que estoy en la posición adecuada. Prendo la lámpara, apunto su haz de luz a las páginas de libro y comienzo a leer. 

Después de unas cuantas líneas, mi mente decide que la postura que adopté para la actividad ya no es la adecuada y me invita a recostarme de medio lado. Le hago caso, pues se supone que es sensata y que sus sugerencias le apuntan a mi bienestar. 

Luego de acomodar las almohadas una tercera vez, me doy cuenta de que resulta incómodo sostener el libro en la nueva posición. Lo sostengo con una mano, con ambas, lo apoyo contra las cobijas, pero ninguna postura funciona. 

El libro me está tocando las pelotas, y precisamente el diálogo que leo habla sobre eso: 

“—Ya. ¿Y hay grados en esto de tocar las pelotas? 

—Claro. El tocapelotas perfecto es aquel que fusilarían todos los bandos porque no se encuentra a gusto en ninguno. Se suele decir que a Galileo lo condenaron por afirmar que la tierra daba vueltas alrededor del Sol, pero yo creo que a la gente, en general, no la castigan por sus ideas, sino por tocapelotas.” 

Los personajes intercambian otro par de ideas sobre el tocapelotismo, y cuando termino el diálogo, una sensación de cansancio y sueño cae sobre mí. Pongo el separador en la página que voy a las patadas, porque es de imán y no me preocupo en abrirlo para que la muerda justo después del último párrafo que leí. Vuelvo a acomodar las almohadas, que también me tocaron las pelotas en todo momento, y le toco las pelotas a mi ciclo circadiano.

jueves, 14 de enero de 2021

De amarres y otras cosas

Estoy en un grupo de Facebook de expats. No sé que hago ahí, ni en qué momento o por qué me metí, pero a veces me llegan notificaciones de las publicaciones que hacen las personas, la mayoría extranjeros, en el muro del grupo. Lo más sensato sería salirme, pero ya ven, ahí sigo, como esas personas que no abandonan un grupo de whatsapp, así no tengan nada que ver o aportar en él. 

Por lo general, esas publicaciones tienen que ver con viviendas o habitaciones en arriendo, objetos que están a la venta, y otras sobre trámites migratorios. 

Hace unos días, alguien publicó unas fotos de un local de brujería, en las que salían muñecos de felpa blancos, con hilos rojos y azules amarrados a los brazos y piernas, y otras en las que se veía la fachada de una casa de familia donde, supongo, prestan los servicios. 

El mensaje que acompañaba a los anuncios decía que unos maestros en amor y prosperidad, expertos en ligas, amarres, pactos, despojos y limpiezas, podían atraer y doblegar al ser amado o alejar a los enemigos, y daban a entender que solo se necesitaba de un chasquido de sus dedos para lograrlo. También informaban que, aparte de eso, son capaces de entregar los números ganadores para jugar chance. No entiendo para que se dedican a todo eso, en vez de jugar al chance o a la lotería ellos mismos, en fin. 

Me intriga mucho ese mundo esotérico. Una vez, en un taller de escritura, la persona que lo dirigía nos contó muchas historias de esas, y afirmaba que en Bogotá hay brujos muy poderosos. Una mujer de unos 50 años le dio la razón, y contó una historia que no entendí muy bien, que involucraba unas almohadas que flotaban. 

¿Qué tal que eso de los amarres funcione? ¿No se sentiría uno una especie de traidor, si la persona que tiene al lado, está ahí solo porque fue, digamos, hechizada?

miércoles, 13 de enero de 2021

Sometimes salvation in the eye of the storm

Vas en un bus de vuelta a casa, después de una larga jornada de trabajo. Es un día gris, frío y una lluvia tenue cae sobre la ciudad. El bus se detiene en un cruce, y cuando volteas a mirar hacia la derecha, te distraes con las gotas de agua que escurren por la ventana. Ves dos que se empezaron a deslizar por el vidrio, más o menos, a la misma altura, y le haces barra a la de la derecha que, crees, compite con la otra por ser la primera en alcanzar la parte inferior de la ventana. 

Ahora llueve más fuerte. Cuando el bus se va a poner en movimiento, pierdes de vista la gota por la que habías apostado y enfocas la vista en la acera. Ves a un hombre que camina con la corbata desajustada y lleva las manos en los bolsillos. Su andar es de pasos largos, y parece que no le importa meter los pies en los charcos. 

“Pobre desgraciado”, piensas. Luego te das cuenta de que el hombre sonríe. Te desconcierta esa actitud, ese desparpajo con el que anda por la calle, ¿por qué no va maldiciendo o con el ceño fruncido?, te preguntas. 

Algo le tuvo que haber ocurrido para que esté así. Se te ocurre pensar en tres posibles razones para su estado: se acaba de enterar que va a ser padre, lo ascendieron en su trabajo, o se ganó la lotería; las posibilidades son miles. Incluso puede que no le haya ocurrido nada en especial, sino que es de ese tipo de personas que siempre ven algo bueno en lo malo. 

En el siguiente semáforo en rojo, decides que su motivo de felicidad es que va a ser papá, y juegas a imaginar cómo es su esposa, y en el abrazo que se van a dar cuando llegue a su casa empapado, pero feliz. 

en ese momento suena en tu reproductor musical Sometimes Salvation.

martes, 12 de enero de 2021

David vs. Goliat

Hace unos días una amiga me contó que en la copa FA, el torneo que enfrenta a los equipos de todas las ligas de Inglaterra, y que está próximo a cumplir 150 años; ocurrió algo que nunca había ocurrido. El Marine AFC, un equipo conformado por jugadores amateurs, con un delantero que es profesor de inglés y un mediocampista que trabaja como recolector de basuras; se enfrentó contra el poderoso Tottenham. Lo que llama la atención es que a ambos equipos los separa una distancia de 8 ligas. 

El Marine AFC cuenta con, más o menos, 500 fanáticos que son las personas que viven cerca, y la cancha donde entrenan tiene una malla protectora, pues colinda con los patios traseros de las casas del vecindario. Colgados en la malla se pueden ver letreros con números como el 22 por ejemplo, qué indica cuál es la casa a la que deben ir a golpear, para recuperar el balón, si alguno de los jugadores patea la pelota muy fuerte. 

Ocurrió lo que se supone debía pasar, los Marines fueron derrotados 5 goles a cero. Aunque imaginé que iba a pasar algo así, en el fondo guardaba la esperanza de que ocurriera lo contrario, de que por uno de esos giros del destino, el equipo amateur le ganara al profesional. 

A la larga uno siempre quiere consumir ese tipo de historias, es decir, las que presentan héroes anónimos con los que nos relacionamos fácilmente., historias del tipo: David derrota a Goliat; como cuando el Leicester subió a primera división.

lunes, 11 de enero de 2021

Notas

De link en link, caigo en el blog de una mujer. El post que leo habla sobre su experiencia con el Covid (Me niego a escribir la covid). En la entrada cuenta cómo cree que se infectó, cómo lo superó y luego da un par de consejos para las personas que están pasando por lo mismo.

Aparte de esa, el blog solo tiene otras dos entradas. Me llama la atención la primera publicación de la mujer, que consiste en una serie de frases sueltas o notas, después de una visita a donde un tatuador. Son frases sin ningún tipo de conexión; más bien pensamientos sobre su experiencia, o sensaciones que le produjo o le dejó el haberse hecho un tatuaje. En una de ellas, por ejemplo, cuenta a qué olía el lugar y los objetos que alcanzaba a ver desde donde estaba sentada o acostada.

Me gustan ese tipo de anotaciones porque así, descriptivas, tienden a estar desprovistas de opinión, entonces uno les puede dar el significado que quiera y apropiárselas según lo que se esté pensando o viviendo.

Quedé con ganas de un relato, porque las notas tenían mucha carne narrativa. A lo mejor, a menos que se tenga en mente otro fin, lo mejor es dejar a las notas quietas y que solo sean lo que son, sin importar si tienen sentido.

En Áves inmóviles, una novela que terminé de leer hoy, el protagonista cuenta que realiza un ejercicio similar, y habla sobre un cuaderno en el que anota frases que le llaman la atención: Pero me daba miedo oír su voz; el estruendo de la cascada; los desaparecieron a todos en una sola noche; las cosas suceden en el mismo orden, incluso las más insólitas.

En un viaje por carretera, el hombre olvida el cuaderno en un restaurante y le da un poco de nostalgia, porque era una costumbre que practicaba desde hace un tiempo, pero luego no le presta mayor atención al asunto y lo olvida.

jueves, 7 de enero de 2021

Cambiar de punto de vista

Me faltan unas 60 palabras para completar un escrito, pero ya no sé por dónde exprimirlo para sacárselas. Lo he leído más de tres veces, pero en cada revisión si acaso le agrego un par de palabras o, lo que es peor, decido borrar otras. 

Hacia días lo había dejado quieto, para que se añejara, pero ahora que vuelvo a él, no ha madurado lo suficiente. Divago mentalmente a ver si puedo conectarle otra idea que tenga esa cantidad de palabras, pero todo lo que se me ocurre me parece obvio o reforzado. 

Cuando estoy a punto de cerrar el documento, se me ocurre cambiarle el punto de vista. El texto está en primera persona, y raras veces me siento a gusto con ese tipo de narración. No sé, me parece algo narcisa y que cansa tanto a quien lo utiliza como a quien lo lee. 

Decido cambiar a tercera persona, un punto de vista que, me parece, da una mayor libertad y licencias creativas, al tener la posibilidad de hablar sobre alguien más. Hago el cambio de los pronombres, pero el conteo de palabras no cambia mucho. Vuelvo a leer todo, y se me ocurre iniciar con un diálogo, narrar todo mientras el personaje digiere lo que le dijeron y cerrar con su respuesta. 

Al final tengo 74 palabras más. Me falta darle una revisada “final”, entre otras cuestiones de carpintería gramática, pero eso ya es otro tema, a menos de que decida eliminar más palabras que las que agregué. 

Podría hacer lo mismo con este texto, pues me faltan 38 palabras para completar las 300, mi supuesta cuota mínima en este lugar, pero me da pereza imaginarme esta situación en otro punto de vista. Debí haberme preocupado por esto antes, pero estaba echado en la cama mirando el techo, y fue ahí cuando me dieron ganas de escribir algo.

miércoles, 6 de enero de 2021

Pasar desapercibidos

Una mujer me dice, en un video de Instagram, que debo estar atento, pues está a punto de revelarme un gran secreto, uno que marca la diferencia entre quienes triunfan y aquellos que pasan desapercibidos por la vida. Eso me recuerda una vez que tuve una clase de liderazgo con Félix, un amigo, que no estaba muy de acuerdo con esa materia. 

Él sostenía que un líder se hace a pulso, desempeñando un cargo, y que los rasgos y características que se deben tener para serlo, no se pueden enseñar en una clase, ni simplemente leyendo a ciertos autores. Además de eso decía que la universidad, al dictar esa clase, daba por hecho que todos los que la tomaban querían ser líderes, pero “¿y si no?”, se preguntaba. “¿Qué pasa si yo no quiero ser líder nunca en mí vida y solo quiero ser liderado?”

Me pregunté algo similar con la declaración de esa mujer: ¿Y qué si quiero pasar desapercibido por la vida? Además, la declaración resulta algo ambigua. ¿En qué consiste pasar desapercibido?, ¿hay alguna escala o método para medir eso?, qué sé yo, digamos ¿si escribo un libro o siembro un árbol, ya no pasaré desapercibido?

Imagino que también habrá algunos que tienen dominado el fino arte de comer callados, y que no sienten esa necesidad malsana de llamar la atención. Es probable que esos personajes a los que me refiero pasen “desapercibidos”, pero quizá eso que hicieron repercute más en nuestras vidas que lo que han hecho otros que se ufanan de sus acciones.

Algo similar, imagino, ocurre con el otro concepto. ¿Qué es triunfar?, ¿quién carajos define eso? Una vez en el centro, también con Félix, vimos a un hombre tocando un solo de guitarra eléctrica en una esquina, y lo hacía de forma virtuosa. Ese rockero solitario llevaba puesta una chaqueta de cuero negra, y arqueaba su espalda cada vez que acentuaba una nota. Algunas de las personas que pasaban por el lugar echaban dinero en un recipiente que el músico había dejado en el piso.

¿Será que ese rockero tiene en mente no pasar desapercibido por la vida? ¿Qué tal que su significado de triunfo equivalga a un solo limpio y bien ejecutado?

martes, 5 de enero de 2021

Caminata corta

Me alisto para ir por unos medicamentos. Lo ideal era haberlos pedido a domicilio, pero algo pasó con la autorización de la fórmula médica, con el número de la orden de la EPS, el número del pedido a la droguería, en fin, con algún dato o número, y al final no se pudo.

Me armo de una careta, y un gesto desafiante que camufla el tapabocas; solo me hace falta cargar un bate por si alguien insiste en quebrar la distancia de 2 metros a mi alrededor-  Si no no lo llevo es porque este año “quiero paz, quiero amor, quiero dulces por favor”.

El trayecto es corto, alrededor de 5 cuadras, y me parece que hay gente en la calle, pero no tanta como en un año cualquiera, es decir, sin pandemia. 

Después de cruzar una carrera, en un puesto de ventas ambulantes, la mujer que lo atiende dice en tono de queja: “Es que a nosotros los de ruana…”. La paso de largo y no alcanzo a oír como concluye la frase. 

Justo después de pasar a esa mujer, un hombre les cuenta a otros dos: “Pienso vender el apartamento allá y comprarme uno acá”. 

Llego a la droguería, y un celador que está en la entrada, alista su pistola para tomarme la temperatura. Mientras arremango la manga derecha para que me la dispare en la muñeca, pienso que voy a tener fiebre, se va a encender una alarma y van a activar un protocolo de emergencia en el local. Hombres con trajes de astronauta aparecerán de la nada y me echarán al suelo, mientras les intento explicar que no tengo nada, que lo más seguro es que el termómetro-pistola está fallando. 

“Siga”, me dice el guardia de seguridad, y no me preocupo por preguntarle cuánto marcó la pistola. 

Ya en la caja, estoy listo para reclamar por si me llegan a decir que falta un dato o algo así, pero la mujer que atiende revisa los papeles que le paso, teclea información en el sistema, y se pone de pie para ir a buscar los medicamentos. 

Justo en ese momento me da un ataque de rasquiña debajo de la nariz. Trato de rascarme con los dientes, pero fracaso en el intento. Menos mal llevo tapabocas, pues debo haber hecho un gesto ridículo. 

Salgo de la droguería y en el camino de vuelta paso por enfrente de un local que está cerrado y en arriendo. Recuerdo que, en una celebración de mi cumpleaños, calentamos motores ahí. En ese entonces era una tienda con cara de licorera o viceversa. Ese día, alrededor de 30 personas de las que cité para la celebración, llegaron a ese lugar, tomamos algo y luego comenzamos a caminar para ver a que sitio nos metíamos. Ese día, una exnovia se emborrachó hasta el tuétano y, dicen algunos, hizo show. Yo no me di cuenta de eso. Al final de la noche terminé con una camiseta blanca chorreada de ron con Coca Cola, producto de un fondo blanco fallido. 

Cuando paso de largo el local veo a un hombre con un overol azul que le saca brillo a un registro del agua dorado, con un trapo rojo. Lo brilla, observa su trabajo por un rato y lo vuelve a brillar con esmero. Los rayos de sol se reflejan en el registro. 

Antes de llegar a la casa paso por una notaría y alcanzo a ver a unas cuantas personas que hacen fila adentro. Siempre que me cruzo con una notaría, intento recordar el número y la dirección en la que se encuentra, por si algún día alguien tiene que hacer una diligencia en una específica, y no sabe dónde queda. Mi esfuerzo no sirve de nada, porque si no olvido por completo el asunto, olvido el número de la notaría, o bien, su dirección.

lunes, 4 de enero de 2021

Inicios

Suena la alarma del celular. Entreabro los ojos, lo busco con la mano y le presiono un botón cualquiera para que deje de sonar. Siento un cansancio milenario, así que vuelvo a cerrar los ojos. Me gustaría quedarme en la cama por el resto del año, de mi vida, que ese momento de hacer pereza fuera la eternidad.

Después de unos minutos de estar al filo del abismo del sueño, me destapo y me siento en el borde de la cama, con una pereza que tiende al infinito. Agarro el celular y miro las redes sociales a manera de acto reflejo, pues no tengo ninguna notificación y, además, siempre lo mantengo en silencio. 

Lo mismo de siempre: Peleas virtuales e indignación en Twitter y derroche de positivismo en Instagram

Veo la publicación de una mujer en un hotel de Turquía. Es una foto de su desayuno: una taza de café y un waffle bañado en una salsa roja y servido en una vajilla blanca con arabescos dorados. Puede que no sea su desayuno sino sus onces en la tarde. Siento hambre. 

No sé por qué sigo a esa mujer. Supongo que fue otro acto reflejo, así que la dejo de seguir. 

Luego hago scroll down como si el mundo se fuera a acabar. Me gustaría contar con la energía de las personas que publican videos cortos con sonrisas de oreja a oreja, y que preguntan si estoy listo para comenzar el año. Vamos por partes; deberían, más bien, preguntarme si estoy listo para comenzar el día, si estoy listo para desayunarme un café con un waffle. 

El cansancio sigue ahí, intacto, como si hubiera corrido una maratón el día anterior, aunque solo caminé de una habitación a otra. Dejo el celular encima del mueble modular, que se camufla como mesa de noche en mi cuarto, y pienso que debo hacer algo que me termine de despertar, o bien, de cansar. 

Me pongo a trapear el apartamento.