Desayuno torta de navidad con café y comienzo a leer el capítulo 24 de una novela. De repente, una mosca aterriza en la página del libro y se queda congelada.
Por un momento pienso que hace parte de la tipografía , una licencia creativa que se tomó el diseñador editorial, hasta que veo como se frota las patas. Puede que esté reajustando sus sensores de gusto y olfato. Me aventuro a pensar que esta mosca es especial y también puede leer.
De un momento a otro siento un asco milenario. Maldita, pienso. Luego la soplo y sale a volar despavorida.
Me pregunto cuál es el significado de lo que acaba de suceder. Podría buscar en internet o preguntarle a una IA para que me explique. No lo hago. Que pereza eso: necesitar de la ayuda de las máquinas a toda hora para darle sentido a la vida y justificar lo que pensamos o lo que nos ocurre, por más trivial que parezca.
La mosca aterrizó en la parte superior cerca del número cuatro. Atribuirle significado a eso sería de locos. Otra cosa es que hubiera aterrizado en la línea que dice: "A veces venía a contarme cosas de María: que se iba curando, que no estaba tan triste, que ya decía que iba a volver a la escuela de enfermeras de nuevo".
De haber sido así, eso me habría disparado a pensar en las Marías que conozco, y a preguntarme si se encuentran bien.
Dejó el libro sobre la mesa y tomó el celular para escribir un borrador apurado de estas palabras. Apenas comienzo a hacerlo, la mosca aterriza en la punta del teléfono.
Aunque puede que sea una señal o no, o que intente establecer contacto conmigo para transmitirme un mensaje, me pongo de pie para buscar el matamoscas.
domingo, 30 de noviembre de 2025
lunes, 24 de noviembre de 2025
Microsueños
Experimento dos. No me refiero a esos estados de sueño que duran pocos segundos, sino a esas ficciones que se inventa la cabeza mientras se duerme.
Después del almuerzo me siento fresco y sin rastros de cansancio. Sin embargo, apenas me siento en el computador, cae sobre mí una sensación de modorra que me pide, a gritos, tumbarme en la cama.
Le hago caso. Pienso en si poner una alarma en el celular para que no se me vaya la volqueta al río con el sueño, pero me convenzo de que solo voy a cerrar los ojos.
el primer microsueño tiene tintes de pesadilla. No sé en qué lugar me encuentro ni con quien estoy, pero de un momento a otro la tierra se comienza a sacudir y siento una angustia tremenda. El otro es psicodélico, podría decirse, y floto a toda velocidad por una habitación interminable.
Despierto, todavía con pereza, y presiento que viene un dolor de cabeza. “Es solo el cansancio”, me digo. Me levanto, voy a la cocina a prepararme un tinto y meto la cabeza debajo del chorro de agua del lavaplatos.
El agua y el café terminan de borrar esa sensación de extrañeza que me dejaron los microsueños.
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