jueves, 18 de diciembre de 2025

Un único fin

Este post tiene un único fin: sobrepasar el número de veces que posteé el año pasado. Según el blog escribí 104 veces ambos años. Se podría pensar que en los 261 días restantes del año no escribí. Me gustaría poder decir que escribí 365 veces al año en este espacio, pero eso no ocurrió. Así están las cosas.

Pienso sobre escritura mientras hago fila para comprar un café. Hace poco me había entretenido con algo que vi en un supermercado: un cepillo de peinar estaba en uno de los estantes de la sección de huevos. Intenté imaginar cómo ese producto había llegado a ese lugar, pero mi mente no dio con una explicación convincente. Cuando digo explicación me refiero a una historia.

Sea como sea, al café no le queda ni una mesa desocupada. La mayoría están ocupadas por personas que trabajan o escriben una novela en sus  computadores portátiles, o que fingen hacerlo. Siempre que veo a alguien con un computador en un café, prefiero pensar lo segundo. Eso no quiere decir que escribir novelas no sea un trabajo, pero sí es uno poco común. Mejor dicho, la cantidad de escritores que pueden decir que viven de escribir novelas es ínfima.

A pesar de que la mayoría llevan audífonos, no sé cómo hacen para concentrarse con el ruido que hay en el lugar.

En una de las pocas mesas que no están ocupadas por un emprendedor o novelista urbano, se encuentra un abuelo que lleva puesta una chaqueta roja impermeable. Mira un punto fijo en la distancia y le da sorbos pausados a una taza de café.

En otra, un niño pequeño está recostado sobre la mesa con su cabeza apoyada en los brazos, mientras tres adultos discuten quién sabe qué tema. Todos llevan vestimentas negras. Parece que se les hubiera perdido un funeral.

“Buenas tardes, ¿qué va a ordenar?”, me pregunta la cajera y me saca de mi estado contemplativo.

domingo, 7 de diciembre de 2025

Hippie encubierto

Después de pagar en la caja miro hacia la cafetería de la librería. Pienso que me caería bien un capuchino, así que no dudo ni un segundo en comprarlo.

Cuando hago el pedido, el barista me dice que me puedo sentar y que dentro de un momento me llevan la bebida a la mesa. Cuando doy medía vuelta veo que solo queda una disponible que da hacía una vitrina. Quedo expuesto a las personas que caminan por el centro comercial, e imagino que soy una especie de maniquí viviente.

Saco el kindle y comienzo a leer. Me siento extraño leyendo en digital en medio de ese templo que le rinde culto a los libros físicos, pero aún no quiero comenzar ninguno de los libros que acabo de comprar. A veces leo varios libros a la vez y otras me obligo a terminar la lectura de turno antes de comenzar cualquier otra.

Al rato uno de los libreros se ubica detrás mío. Viene acompañado por una mujer rubia que carga una mochila roja. “Acá tenemos toda la sección de cine y guiones”, comenta él. “Veo”, responde ella y suelta una risita nerviosa.

“ ¿Has leído los guiones de Andrés Caicedo?, son buenísimos".

“No”, responde ella al tiempo que se pasa una mano por el pelo.

“Dame un momento y te los traigo”.

La mujer se interesa por otro libro y pregunta sobre él. El librero despliega todo su arsenal de conocimiento y habla con propiedad: “Claro, ese que mencionas también es muy bueno, es como el de …. el de”, y no consigue acordarse del nombre que busca en su memoria.

Parece que la clienta está a punto de perder el interés, y para retenerla a él solo se le ocurre decir: “ ¿Cómo se me va a olvidar el nombre? El viernes pasado, con unos amigos, nos la pasamos hablando 5 horas seguidas de él en el parque de los hippies.

viernes, 5 de diciembre de 2025

Un libro infantil

Acompaño a mi hermana a una Panamericana. Mientras ella busca yo no sé qué, orbito hacia la sección de libros.

Comienzo a jugar con la idea de comprarme uno, aunque pienso que comprar libros en ese lugar no es bueno, es decir, lo mejor sería apoyar una librería independiente o un lugar que de verdad se sienta una librería y no una miscelánea gigante.

Reviso la nota de mi celular Libros, para ver qué títulos me han llamado la atención últimamente. Leo un par de ellos hasta que me encuentro con uno: El Libro Salvaje, Juan Villoro. Lo anoté porque la premisa del libro me parece brillante: un libro que se esconde y se rehúsa a ser leído.

De un momento a otro me entra ese arrebato comprador y le pregunto a una mujer por él. ¿Villoro?, responde levantando una ceja. Luego camina hasta un computador para teclearlo a ver si aparece en el sistema.

“Sí, lo tenemos, pero es para niños”, me informa, al tiempo que me estudia con la mirada. Por el tono de su respuesta y la forma en que me mira parece que se pregunta: ¿No está usted muy viejo para ese tipo de libros?

Me surgen preguntas: ¿Estoy viejo para leer cierto tipo de libros? ¿Llegar a cierta edad restringe la lectura de libros infantiles? ¿Qué carajos es un libro infantil?

Entonces sonrió de medio lado y con aires de suficiencia le digo: “Señora, vea que Tolkien creía que los libros no tienen edad y que a los niños no hay que protegerlos de lo complejo ni tratar de simplificar su literatura.”

Remato anotando que aparte de que no tienen edad, tampoco tienen género.

La mujer me mira raro y solo responde: “¿Lo puedo ayudar con algo más?”

La anterior escena solo me la imagino. nunca actuaría de forma tan ridícula. Lo más probable es que a la mujer le importe cinco lo que lean las personas, pues ella solo está allá para atender de la mejor forma posible.

Sea como sea siento algo de pena y le preguntó por otro libro como para que vea el supuesto lector serio y recorrido que soy, uno de Ricardo Piglia. De nuevo busca en el sistema y no tienen libros de ese escritor.

Abandono el lugar.

Al siguiente día despierto con la firme convicción de comprar el libro de Villoro. En la tarde voy a cumplir mi ritual decembrino de pasar horas en una librería hojeando libros. Escojo la Tornamesa de la avenida Chile.

Ya en la librería, Después de pasearme un buen tiempo por los pasillos y no ver nada que capte mi atención, preguntó de nuevo por El Libro Salvaje.

El librero no hace ninguna acotación al respecto, lo busca y me lo entrega. De camino a la caja me cruzo con Que pase lo peor, de Antonio García Ángel, y también me lo llevo.