Este post tiene un único fin: sobrepasar el número de veces que posteé el año pasado. Según el blog escribí 104 veces ambos años. Se podría pensar que en los 261 días restantes del año no escribí. Me gustaría poder decir que escribí 365 veces al año en este espacio, pero eso no ocurrió. Así están las cosas.
Pienso sobre escritura mientras hago fila para comprar un café. Hace poco me había entretenido con algo que vi en un supermercado: un cepillo de peinar estaba en uno de los estantes de la sección de huevos. Intenté imaginar cómo ese producto había llegado a ese lugar, pero mi mente no dio con una explicación convincente. Cuando digo explicación me refiero a una historia.
Sea como sea, al café no le queda ni una mesa desocupada. La mayoría están ocupadas por personas que trabajan o escriben una novela en sus computadores portátiles, o que fingen hacerlo. Siempre que veo a alguien con un computador en un café, prefiero pensar lo segundo. Eso no quiere decir que escribir novelas no sea un trabajo, pero sí es uno poco común. Mejor dicho, la cantidad de escritores que pueden decir que viven de escribir novelas es ínfima.
A pesar de que la mayoría llevan audífonos, no sé cómo hacen para concentrarse con el ruido que hay en el lugar.
En una de las pocas mesas que no están ocupadas por un emprendedor o novelista urbano, se encuentra un abuelo que lleva puesta una chaqueta roja impermeable. Mira un punto fijo en la distancia y le da sorbos pausados a una taza de café.
En otra, un niño pequeño está recostado sobre la mesa con su cabeza apoyada en los brazos, mientras tres adultos discuten quién sabe qué tema. Todos llevan vestimentas negras. Parece que se les hubiera perdido un funeral.
“Buenas tardes, ¿qué va a ordenar?”, me pregunta la cajera y me saca de mi estado contemplativo.
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