Wachumara es la palabra-no-palabra, que se me ocurre para titular este post que, pienso, bien se podría llamar: escrito a dos tiempos.
El primero es este, que tecleo antes de salir a la calle y sin saber sobre qué escribir ni cómo empezar. Es, creo, un momento parecido a la transición del sueño a la vigilia, donde uno está desorientado, sin poder comunicarse con la realidad.
7.27 p.m.
Llego a casa, me preparo un tinto, me sirvo una bola de helado de ron con pasas y me siento en el escritorio a seguir con este wachumara, el segundo tiempo de este escrito.
Horas antes mientras hacía fila para comprarme un café una pareja se ubicó detrás de mí. Comencé a escuchar su conversación. Era en inglés. La mujer hablaba con un acento marcado (thick dirían los gringos) y el hombre con uno latino.
Discutían por algo. Me hice el loco y volteé a mirarlos. El lenguaje corporal de la mujer (brazos cruzados y quijada elevada) indicaba que estaba de mal genio. Me esforcé por entender, pero aparte del acento, la mujer hablaba en tono bajo lo que solo me permitía captar algunas palabras sueltas.
En un momento la mujer subió la voz y djo: “How could you say to your parents: She wants to go to the mall, instead of saying: we're going to the mall. That leaves room for interpretation.”
El hombre se quedó callado como buscando las palabras precisas, pero la mujer siguió hablando: “I don't know how to communicate with them...."
El hombre debió hacer algún gesto de reproche porque la mujer concluyó con un contundente: “Calm down!”
A la larga pienso que este texto en principio titulado wachumara o escrito a dos tiempos, bien podría haberse titulado miscommunication, pues vivir bien se resume a saber comunicarse, bien sea con los demás o la realidad, cuando se habla, apenas despertamos o se comienza a escribir.
viernes, 2 de enero de 2026
jueves, 18 de diciembre de 2025
Un único fin
Este post tiene un único fin: sobrepasar el número de veces que posteé el año pasado. Según el blog escribí 104 veces ambos años. Se podría pensar que en los 261 días restantes del año no escribí. Me gustaría poder decir que escribí 365 veces al año en este espacio, pero eso no ocurrió. Así están las cosas.
Pienso sobre escritura mientras hago fila para comprar un café. Hace poco me había entretenido con algo que vi en un supermercado: un cepillo de peinar estaba en uno de los estantes de la sección de huevos. Intenté imaginar cómo ese producto había llegado a ese lugar, pero mi mente no dio con una explicación convincente. Cuando digo explicación me refiero a una historia.
Sea como sea, al café no le queda ni una mesa desocupada. La mayoría están ocupadas por personas que trabajan o escriben una novela en sus computadores portátiles, o que fingen hacerlo. Siempre que veo a alguien con un computador en un café, prefiero pensar lo segundo. Eso no quiere decir que escribir novelas no sea un trabajo, pero sí es uno poco común. Mejor dicho, la cantidad de escritores que pueden decir que viven de escribir novelas es ínfima.
A pesar de que la mayoría llevan audífonos, no sé cómo hacen para concentrarse con el ruido que hay en el lugar.
En una de las pocas mesas que no están ocupadas por un emprendedor o novelista urbano, se encuentra un abuelo que lleva puesta una chaqueta roja impermeable. Mira un punto fijo en la distancia y le da sorbos pausados a una taza de café.
En otra, un niño pequeño está recostado sobre la mesa con su cabeza apoyada en los brazos, mientras tres adultos discuten quién sabe qué tema. Todos llevan vestimentas negras. Parece que se les hubiera perdido un funeral.
“Buenas tardes, ¿qué va a ordenar?”, me pregunta la cajera y me saca de mi estado contemplativo.
Pienso sobre escritura mientras hago fila para comprar un café. Hace poco me había entretenido con algo que vi en un supermercado: un cepillo de peinar estaba en uno de los estantes de la sección de huevos. Intenté imaginar cómo ese producto había llegado a ese lugar, pero mi mente no dio con una explicación convincente. Cuando digo explicación me refiero a una historia.
Sea como sea, al café no le queda ni una mesa desocupada. La mayoría están ocupadas por personas que trabajan o escriben una novela en sus computadores portátiles, o que fingen hacerlo. Siempre que veo a alguien con un computador en un café, prefiero pensar lo segundo. Eso no quiere decir que escribir novelas no sea un trabajo, pero sí es uno poco común. Mejor dicho, la cantidad de escritores que pueden decir que viven de escribir novelas es ínfima.
A pesar de que la mayoría llevan audífonos, no sé cómo hacen para concentrarse con el ruido que hay en el lugar.
En una de las pocas mesas que no están ocupadas por un emprendedor o novelista urbano, se encuentra un abuelo que lleva puesta una chaqueta roja impermeable. Mira un punto fijo en la distancia y le da sorbos pausados a una taza de café.
En otra, un niño pequeño está recostado sobre la mesa con su cabeza apoyada en los brazos, mientras tres adultos discuten quién sabe qué tema. Todos llevan vestimentas negras. Parece que se les hubiera perdido un funeral.
“Buenas tardes, ¿qué va a ordenar?”, me pregunta la cajera y me saca de mi estado contemplativo.
domingo, 7 de diciembre de 2025
Hippie encubierto
Después de pagar en la caja miro hacia la cafetería de la librería. Pienso que me caería bien un capuchino, así que no dudo ni un segundo en comprarlo.
Cuando hago el pedido, el barista me dice que me puedo sentar y que dentro de un momento me llevan la bebida a la mesa. Cuando doy medía vuelta veo que solo queda una disponible que da hacía una vitrina. Quedo expuesto a las personas que caminan por el centro comercial, e imagino que soy una especie de maniquí viviente.
Saco el kindle y comienzo a leer. Me siento extraño leyendo en digital en medio de ese templo que le rinde culto a los libros físicos, pero aún no quiero comenzar ninguno de los libros que acabo de comprar. A veces leo varios libros a la vez y otras me obligo a terminar la lectura de turno antes de comenzar cualquier otra.
Al rato uno de los libreros se ubica detrás mío. Viene acompañado por una mujer rubia que carga una mochila roja. “Acá tenemos toda la sección de cine y guiones”, comenta él. “Veo”, responde ella y suelta una risita nerviosa.
“ ¿Has leído los guiones de Andrés Caicedo?, son buenísimos".
“No”, responde ella al tiempo que se pasa una mano por el pelo.
“Dame un momento y te los traigo”.
La mujer se interesa por otro libro y pregunta sobre él. El librero despliega todo su arsenal de conocimiento y habla con propiedad: “Claro, ese que mencionas también es muy bueno, es como el de …. el de”, y no consigue acordarse del nombre que busca en su memoria.
Parece que la clienta está a punto de perder el interés, y para retenerla a él solo se le ocurre decir: “ ¿Cómo se me va a olvidar el nombre? El viernes pasado, con unos amigos, nos la pasamos hablando 5 horas seguidas de él en el parque de los hippies.
Cuando hago el pedido, el barista me dice que me puedo sentar y que dentro de un momento me llevan la bebida a la mesa. Cuando doy medía vuelta veo que solo queda una disponible que da hacía una vitrina. Quedo expuesto a las personas que caminan por el centro comercial, e imagino que soy una especie de maniquí viviente.
Saco el kindle y comienzo a leer. Me siento extraño leyendo en digital en medio de ese templo que le rinde culto a los libros físicos, pero aún no quiero comenzar ninguno de los libros que acabo de comprar. A veces leo varios libros a la vez y otras me obligo a terminar la lectura de turno antes de comenzar cualquier otra.
Al rato uno de los libreros se ubica detrás mío. Viene acompañado por una mujer rubia que carga una mochila roja. “Acá tenemos toda la sección de cine y guiones”, comenta él. “Veo”, responde ella y suelta una risita nerviosa.
“ ¿Has leído los guiones de Andrés Caicedo?, son buenísimos".
“No”, responde ella al tiempo que se pasa una mano por el pelo.
La mujer se interesa por otro libro y pregunta sobre él. El librero despliega todo su arsenal de conocimiento y habla con propiedad: “Claro, ese que mencionas también es muy bueno, es como el de …. el de”, y no consigue acordarse del nombre que busca en su memoria.
Parece que la clienta está a punto de perder el interés, y para retenerla a él solo se le ocurre decir: “ ¿Cómo se me va a olvidar el nombre? El viernes pasado, con unos amigos, nos la pasamos hablando 5 horas seguidas de él en el parque de los hippies.
viernes, 5 de diciembre de 2025
Un libro infantil
Acompaño a mi hermana a una Panamericana. Mientras ella busca yo no sé qué, orbito hacia la sección de libros.
Comienzo a jugar con la idea de comprarme uno, aunque pienso que comprar libros en ese lugar no es bueno, es decir, lo mejor sería apoyar una librería independiente o un lugar que de verdad se sienta una librería y no una miscelánea gigante.
Reviso la nota de mi celular Libros, para ver qué títulos me han llamado la atención últimamente. Leo un par de ellos hasta que me encuentro con uno: El Libro Salvaje, Juan Villoro. Lo anoté porque la premisa del libro me parece brillante: un libro que se esconde y se rehúsa a ser leído.
De un momento a otro me entra ese arrebato comprador y le pregunto a una mujer por él. ¿Villoro?, responde levantando una ceja. Luego camina hasta un computador para teclearlo a ver si aparece en el sistema.
“Sí, lo tenemos, pero es para niños”, me informa, al tiempo que me estudia con la mirada. Por el tono de su respuesta y la forma en que me mira parece que se pregunta: ¿No está usted muy viejo para ese tipo de libros?
Me surgen preguntas: ¿Estoy viejo para leer cierto tipo de libros? ¿Llegar a cierta edad restringe la lectura de libros infantiles? ¿Qué carajos es un libro infantil?
Entonces sonrió de medio lado y con aires de suficiencia le digo: “Señora, vea que Tolkien creía que los libros no tienen edad y que a los niños no hay que protegerlos de lo complejo ni tratar de simplificar su literatura.”
Remato anotando que aparte de que no tienen edad, tampoco tienen género.
La mujer me mira raro y solo responde: “¿Lo puedo ayudar con algo más?”
La anterior escena solo me la imagino. nunca actuaría de forma tan ridícula. Lo más probable es que a la mujer le importe cinco lo que lean las personas, pues ella solo está allá para atender de la mejor forma posible.
Sea como sea siento algo de pena y le preguntó por otro libro como para que vea el supuesto lector serio y recorrido que soy, uno de Ricardo Piglia. De nuevo busca en el sistema y no tienen libros de ese escritor.
Abandono el lugar.
Al siguiente día despierto con la firme convicción de comprar el libro de Villoro. En la tarde voy a cumplir mi ritual decembrino de pasar horas en una librería hojeando libros. Escojo la Tornamesa de la avenida Chile.
Ya en la librería, Después de pasearme un buen tiempo por los pasillos y no ver nada que capte mi atención, preguntó de nuevo por El Libro Salvaje.
El librero no hace ninguna acotación al respecto, lo busca y me lo entrega. De camino a la caja me cruzo con Que pase lo peor, de Antonio García Ángel, y también me lo llevo.
Comienzo a jugar con la idea de comprarme uno, aunque pienso que comprar libros en ese lugar no es bueno, es decir, lo mejor sería apoyar una librería independiente o un lugar que de verdad se sienta una librería y no una miscelánea gigante.
Reviso la nota de mi celular Libros, para ver qué títulos me han llamado la atención últimamente. Leo un par de ellos hasta que me encuentro con uno: El Libro Salvaje, Juan Villoro. Lo anoté porque la premisa del libro me parece brillante: un libro que se esconde y se rehúsa a ser leído.
De un momento a otro me entra ese arrebato comprador y le pregunto a una mujer por él. ¿Villoro?, responde levantando una ceja. Luego camina hasta un computador para teclearlo a ver si aparece en el sistema.
“Sí, lo tenemos, pero es para niños”, me informa, al tiempo que me estudia con la mirada. Por el tono de su respuesta y la forma en que me mira parece que se pregunta: ¿No está usted muy viejo para ese tipo de libros?
Me surgen preguntas: ¿Estoy viejo para leer cierto tipo de libros? ¿Llegar a cierta edad restringe la lectura de libros infantiles? ¿Qué carajos es un libro infantil?
Entonces sonrió de medio lado y con aires de suficiencia le digo: “Señora, vea que Tolkien creía que los libros no tienen edad y que a los niños no hay que protegerlos de lo complejo ni tratar de simplificar su literatura.”
Remato anotando que aparte de que no tienen edad, tampoco tienen género.
La mujer me mira raro y solo responde: “¿Lo puedo ayudar con algo más?”
La anterior escena solo me la imagino. nunca actuaría de forma tan ridícula. Lo más probable es que a la mujer le importe cinco lo que lean las personas, pues ella solo está allá para atender de la mejor forma posible.
Sea como sea siento algo de pena y le preguntó por otro libro como para que vea el supuesto lector serio y recorrido que soy, uno de Ricardo Piglia. De nuevo busca en el sistema y no tienen libros de ese escritor.
Abandono el lugar.
Al siguiente día despierto con la firme convicción de comprar el libro de Villoro. En la tarde voy a cumplir mi ritual decembrino de pasar horas en una librería hojeando libros. Escojo la Tornamesa de la avenida Chile.
Ya en la librería, Después de pasearme un buen tiempo por los pasillos y no ver nada que capte mi atención, preguntó de nuevo por El Libro Salvaje.
El librero no hace ninguna acotación al respecto, lo busca y me lo entrega. De camino a la caja me cruzo con Que pase lo peor, de Antonio García Ángel, y también me lo llevo.
domingo, 30 de noviembre de 2025
Capítulo 24
Desayuno torta de navidad con café y comienzo a leer el capítulo 24 de una novela. De repente, una mosca aterriza en la página del libro y se queda congelada.
Por un momento pienso que hace parte de la tipografía , una licencia creativa que se tomó el diseñador editorial, hasta que veo como se frota las patas. Puede que esté reajustando sus sensores de gusto y olfato. Me aventuro a pensar que esta mosca es especial y también puede leer.
De un momento a otro siento un asco milenario. Maldita, pienso. Luego la soplo y sale a volar despavorida.
Me pregunto cuál es el significado de lo que acaba de suceder. Podría buscar en internet o preguntarle a una IA para que me explique. No lo hago. Que pereza eso: necesitar de la ayuda de las máquinas a toda hora para darle sentido a la vida y justificar lo que pensamos o lo que nos ocurre, por más trivial que parezca.
La mosca aterrizó en la parte superior cerca del número cuatro. Atribuirle significado a eso sería de locos. Otra cosa es que hubiera aterrizado en la línea que dice: "A veces venía a contarme cosas de María: que se iba curando, que no estaba tan triste, que ya decía que iba a volver a la escuela de enfermeras de nuevo".
De haber sido así, eso me habría disparado a pensar en las Marías que conozco, y a preguntarme si se encuentran bien.
Dejó el libro sobre la mesa y tomó el celular para escribir un borrador apurado de estas palabras. Apenas comienzo a hacerlo, la mosca aterriza en la punta del teléfono.
Aunque puede que sea una señal o no, o que intente establecer contacto conmigo para transmitirme un mensaje, me pongo de pie para buscar el matamoscas.
Por un momento pienso que hace parte de la tipografía , una licencia creativa que se tomó el diseñador editorial, hasta que veo como se frota las patas. Puede que esté reajustando sus sensores de gusto y olfato. Me aventuro a pensar que esta mosca es especial y también puede leer.
De un momento a otro siento un asco milenario. Maldita, pienso. Luego la soplo y sale a volar despavorida.
Me pregunto cuál es el significado de lo que acaba de suceder. Podría buscar en internet o preguntarle a una IA para que me explique. No lo hago. Que pereza eso: necesitar de la ayuda de las máquinas a toda hora para darle sentido a la vida y justificar lo que pensamos o lo que nos ocurre, por más trivial que parezca.
La mosca aterrizó en la parte superior cerca del número cuatro. Atribuirle significado a eso sería de locos. Otra cosa es que hubiera aterrizado en la línea que dice: "A veces venía a contarme cosas de María: que se iba curando, que no estaba tan triste, que ya decía que iba a volver a la escuela de enfermeras de nuevo".
De haber sido así, eso me habría disparado a pensar en las Marías que conozco, y a preguntarme si se encuentran bien.
Dejó el libro sobre la mesa y tomó el celular para escribir un borrador apurado de estas palabras. Apenas comienzo a hacerlo, la mosca aterriza en la punta del teléfono.
Aunque puede que sea una señal o no, o que intente establecer contacto conmigo para transmitirme un mensaje, me pongo de pie para buscar el matamoscas.
lunes, 24 de noviembre de 2025
Microsueños
Experimento dos. No me refiero a esos estados de sueño que duran pocos segundos, sino a esas ficciones que se inventa la cabeza mientras se duerme.
Después del almuerzo me siento fresco y sin rastros de cansancio. Sin embargo, apenas me siento en el computador, cae sobre mí una sensación de modorra que me pide, a gritos, tumbarme en la cama.
Le hago caso. Pienso en si poner una alarma en el celular para que no se me vaya la volqueta al río con el sueño, pero me convenzo de que solo voy a cerrar los ojos.
el primer microsueño tiene tintes de pesadilla. No sé en qué lugar me encuentro ni con quien estoy, pero de un momento a otro la tierra se comienza a sacudir y siento una angustia tremenda. El otro es psicodélico, podría decirse, y floto a toda velocidad por una habitación interminable.
Despierto, todavía con pereza, y presiento que viene un dolor de cabeza. “Es solo el cansancio”, me digo. Me levanto, voy a la cocina a prepararme un tinto y meto la cabeza debajo del chorro de agua del lavaplatos.
El agua y el café terminan de borrar esa sensación de extrañeza que me dejaron los microsueños.
viernes, 31 de octubre de 2025
Impulso
Me siento en el escritorio con una taza de café humeante en la mano y me acompaña un extraño impulso de escribir algo. Dada mi sequía de palabras de las últimas semanas, me aferro a él a ver qué sale.
Lo de la taza es una vil mentira. Solo lo puse porque ya había terminado de escribir este texto y estaba lejos de cumplir mi cuota mínima de 300 palabras.
¿Recurso barato? Puede que sí, pero es lo que hay: escribir lo que sea, lo que salga, por más estúpido que parezca. No sé ustedes, pero a mí me parece una opción válida al momento de escribir: desparramarlo todo y no guardarse nada.
Llevo días sin escribir en forma, es decir, sin escribir con regularidad. Pienso que habría podido forzarme a ello, pero prefiero no hacerlo y dejar que la escritura aparezca cuando le dé la gana, como en este momento. Es como si el mecanismo de mi escritura se hubiera estropeado.
Por ejemplo, duré un largo rato buscando una palabra diferente a mecanismo y no la encontré. Estoy seguro de que existe una más precisa para expresar mi idea, pero simplemente no di con ella. De pronto ese es otro de los peligros de dejar de escribir: a uno se le comienzan a olvidar las palabras.
¿Cómo saberlo? Le doy otro sorbo a ese café imaginario, a ver si la bebida despierta mis conexiones neuronales.
No pasa nada.
Imagino que no escribir desequilibra algo. Algo interno, una joda de la psique, digamos, y entonces uno se emputa y se va amargando con la vida.
Supongo que alguien ya habrá escrito sobre esto. Supongo que ya todo está escrito y que uno copia a otros intentando crear algo nuevo o pretendiendo darle otro significado.
Sea como sea, hay que quitarse la pendejada de encima y no ponerle atención a lo que puedan pensar los otros.
Seguir los impulsos.
Lo de la taza es una vil mentira. Solo lo puse porque ya había terminado de escribir este texto y estaba lejos de cumplir mi cuota mínima de 300 palabras.
¿Recurso barato? Puede que sí, pero es lo que hay: escribir lo que sea, lo que salga, por más estúpido que parezca. No sé ustedes, pero a mí me parece una opción válida al momento de escribir: desparramarlo todo y no guardarse nada.
Llevo días sin escribir en forma, es decir, sin escribir con regularidad. Pienso que habría podido forzarme a ello, pero prefiero no hacerlo y dejar que la escritura aparezca cuando le dé la gana, como en este momento. Es como si el mecanismo de mi escritura se hubiera estropeado.
Por ejemplo, duré un largo rato buscando una palabra diferente a mecanismo y no la encontré. Estoy seguro de que existe una más precisa para expresar mi idea, pero simplemente no di con ella. De pronto ese es otro de los peligros de dejar de escribir: a uno se le comienzan a olvidar las palabras.
¿Cómo saberlo? Le doy otro sorbo a ese café imaginario, a ver si la bebida despierta mis conexiones neuronales.
No pasa nada.
Imagino que no escribir desequilibra algo. Algo interno, una joda de la psique, digamos, y entonces uno se emputa y se va amargando con la vida.
Supongo que alguien ya habrá escrito sobre esto. Supongo que ya todo está escrito y que uno copia a otros intentando crear algo nuevo o pretendiendo darle otro significado.
Sea como sea, hay que quitarse la pendejada de encima y no ponerle atención a lo que puedan pensar los otros.
Seguir los impulsos.
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